ESPECIAL CHANTAL AKERMAN

El guión de ‘Les Rendez-vous d’Anna’

Por Chantal Akerman


El guión de
Les Rendez-vous d’Anna se publicó en 1978, cuando se estrenó la película, acompañado de un prefacio de Eric de Kuyper y de una presentación de Chantal Akerman: «Anna es cineasta. Nunca sabremos demasiado bien por qué, ni cómo. Nunca veremos nada, a lo largo de la película, relacionado con su trabajo que tenga que ver de manera inmediata con el cine: ni rodajes, ni actores, ni productores, nada que pueda participar del mito del cine ni inscribir a Anna en alguna parte (...)».

            Una joven en una cabina telefónica en una estación. La estación de Essen, ciudad bastante importante del Ruhr. Ha dejado la puerta de la cabina abierta.
Su bolsa de viaje, bastante grande, está en el suelo, en la apertura entre la puerta corredora y la cabina.
Mete dinero en la ranura.
Marca un número.
Espera bastante rato. Aguarda silenciosa.
Entendemos que nadie le responde, porque un poco después, deja el auricular y cae el dinero en el platillo.
Lo recoge y sale de la cabina.
Cruza entonces la estación.


           
            La estación de Essen.

            Camina alrededor de la gente.
Al principio sus pasos son ligeramente inseguros, como si no supiera adonde ir.
Luego distingue dónde está la salida y camina con un poco más de seguridad y, aunque no anda rápido, el ritmo contrasta con el de otros paseantes o viajeros que atraviesan la estación o que circulan por ella.
Caminan más lentamente, como si no tuvieran nada que hacer hasta las seis de la tarde; caminan lentamente, con paso lúgubre.
Algunos esperan con mirada ausente, detrás de los carritos donde han colocado sus maletas, seguramente van a hacer un largo viaje.
Pero sobre todo nos sorprenden los otros, los empleados o los trabajadores que vuelven, en la ciudad vecina, después de una jornada de trabajo, y que avanzan tan lentamente hacia las vías.
Como sin energía.
No se puede decir que parezcan agotados después de una jornada de trabajo y que es por eso por lo que no parecen estar agobiados yendo de aquí para allá. Sólo dios lo sabe, pero es como si su energía estuviera en otra parte...
Y al mismo tiempo, en medio de este ambiente de lentitud, de falta de esfuerzo, hay una especie de expresión de una tensión subyacente.
Así que la joven que describiré en la escena siguiente atraviesa la estación.

***




Ella está de pie dentro del hall de un hotel moderno, acaba de cruzar el umbral.
Se frota los ojos, que no están todavía acostumbrados a la sombra sin frescura del hotel.
Detrás de ella, un rectángulo de luz muy blanca que coincide con el marco de la puerta abierta.
Parece que tiene treinta años, sin duda menos.
Tiene un aspecto distraído, o más bien aburrido.
Lleva un vestido de verano azul muy simple, casi insustancial.
Lleva una bolsa de viaje en la mano que parece estar casi vacía. Si miramos más atentamente, nos damos cuenta de que no va peinada, ni maquillada, y que su vestido es un poco demasiado largo, aunque no queda incoherente.
Lanza una breve mirada circular al hall del hotel.
Contempla con un vistazo las mesas bajas rodeadas de sillones, alguien sentado detrás de una cerveza que parece estar esperando, el espacio partido por algunas columnas rectangulares, seis, que sostienen el techo, al fondo un ascensor moderno, y el suelo con una alfombra oscura, inapropiada para esta temporada. Se dirige sin dudarlo a la recepción.

            Un hombre con aire ausente e introvertido está sentado tras el mostrador en el que gira un pequeño ventilador de hélice. Es de plástico, beige.
Ella dice: Creo que hay una habitación reservada para mí.
El hombre se ha levantado. Tiene caro. Tiene la frente ligeramente sudada.
A continuación, le dice su nombre, Anne, y su apellido se pierde para nosotros, pero no para el hombre que está frente a ella, y cuya fisonomía indiferente, incluso reticente, se ilumina un poco. Dice: Ah, sí, en efecto, con fuerte acento alemán. Mira en el registro y le dice: Habitación 418, cuarta planta.
Cierra el libro con un golpe seco que parece contentarle.

            El recepcionista tenía las manos húmedas, ha dejado una huella húmeda en la madera del mostrador, donde había puesto su mano izquierda mientras leía el registro. Anna le mira furtivamente mientras se la seca al girarse hacia un panel en el que cuelgan todas las llaves. Descuelga una, y coge igualmente un mensaje que se encontraba ya en la casilla 418.
Le da la llave y el mensaje a Anne.
Anne le da automáticamente su documento nacional de identidad.
Echa un ojo al mensaje y dice, con tono sorprendido, al recepcionista: ¡Me ha llamado mi madre! ¿Cómo sabe que estoy aquí? 
El recepcionista dice: Lo siento señorita, no lo sé.
Bueno, dice Anne.
Escucha un ruido de cristales detrás de ella que la hace girarse.
Se encuentra con la mirada del hombre que bebía cerveza, que baja la cabeza: sin duda la estaba observando, tiene el aspecto de alguien que ha sido sorprendido en un momento íntimo. Todo esto dura sólo unas décimas de segundo.
El recepcionista le pregunta: ¿Es usted quien viene a presentar una película esta noche en el Luxe? Sí. ¿Es usted la realizadora? ¿Es así como se dice, no? Ella asiente. Entonces él le dice que debe ser una profesión apasionante. Ella dice que sí, esboza una vaga sonrisa y antes de alejarse hacia el ascensor, le pregunta si hay teléfono en la habitación.
Sí, por supuesto.
Entonces se acerca a ella un botones que surge de ninguna parte. Le tiende la mano.
Hay un momento de duda.
Mira la bolsa de manera obstinada, y como se acordara de ella se la tiende.
Entran juntos en el ascensor.

            Entra ahora en la habitación. Habitación 418.
Se acuerda del botones, sale de la habitación.
Ve la silueta del chico al fondo del pasillo delante de la puerta del ascensor.
Se dirige hacia él y llega a él justo en el momento en que el ascensor llega y la puerta se abre.
Le toca la espalda, él se gira hacia ella sin decir nada. Ella le tiende el dinero un poco incómoda, con una pequeña sonrisa de excusa. Se diría que ella no sabe si es mucho o poco.
La puerta del ascensor se cierra suavemente.
Coge el dinero sin mirar y murmura algo entre dientes.
Ella se aleja hacia la habitación.

            Entra en la habitación y cierra la puerta tras ella.
Se detiene un momento en la puerta.
Echa un vistazo alrededor.
El silencio es total. Se dirige hacia la ventana.
Aparta las cortinas de un golpe y abre la ventana.
El silencio se interrumpe suavemente.
Un rumor indistinto sobre un fondo continuo de coches.
Se da cuenta de que hay una segunda ventana detrás de la primera. La abre igualmente.
Se liberan entonces todos los ruidos de la ciudad.
Cierra las dobles ventanas. Mira a través del cristal.
Desde su ventana se puede dominar la ciudad (Hauftbahnhof of Essen en letras negras) y los andenes.
La mira durante bastante tiempo y observa los diferentes movimientos.
En silencio.
Delante de la estación, la gente que se hunde y que vuelve a salir de una especie de agujero, sin duda una boca de metro, o un pasaje subterráneo, los tranvías amarillo pálido que pasan por encima del túnel de dos vías de la estación.
Hay dos que se cruzan, cada uno tiene dos vagones que cuando giran parecen dos serpientes que corren en sentidos opuestos.
A la izquierda, taxis azul cielo, uno que arranca.
No ve si ha recogido a alguien.
Luego mira de nuevo los andenes. La gente que espera quieta. Algunos empiezan a moverse. El tren llega. Se detiene. Bajan los viajeros, algunos dudan, pero la mayoría se dirigen hacia el mismo lado, caminando lentamente.
Otros suben y desaparecen con el tren que vuelve a arrancar. El andén está casi vacío.
Justo enfrente de ella, en la parte izquierda de la estación, hay un gran reloj eléctrico cuadrado que marca las 18h42. Más arriba un rótulo que domina todo este paisaje urbano, cuyas letras en línea recta, grandes, están colocadas en un edificio al estilo americano, Krupp.

            Detrás de la estación se ven las calles que suben, giran y se pierden.
Coches cuyo techo está violentamente iluminado por el sol.
A la derecha de la estación y del túnel por el que pasan los tranvías, una tienda de lámparas encendidas en pleno día, y más a la derecha, un viejo puesto que no quedó destruido en la guerra.
Y luego un lugar que parece un banco.
Se diría que delante de sus ojos se reúne la esencia de lo que es una ciudad.
Y esta ciudad, de la que no escuchamos nada, se mueve bastante despacio.
En el momento en el que el tranvía amarillo desaparece, tras unos instantes, una mujer, con un delantal azul, entra bruscamente.

            Sin duda es la encargada de abrir las camas por la tarde. Dice: Entschuldig Mich muy rápidamente. Ve a Anne y su mirada que se aparta de la ventana al escuchar el sonido violento de la llave en la cerradura.
Anne se aleja lentamente de la ventana y el paisaje urbano se contrae.
Ya no se ve la estación... Sólo la parte alta de los edificios recortados en línea recta en el cielo y el cartel de Krupp.

            Se acerca inmediatamente al teléfono, lo mira un instante, coloca su mano en el auricular y se decide a levantarlo como si debiera vencer una última resistencia a lanzarse al agua.
Dice: Señor recepcionista... querría comunicarme con el número 26.6.4 en Prato, sí, Italia... muchas gracias.  
Vuelve a dejar el auricular en la horquilla y espera de pie a que suene el teléfono. Sin moverse.
Suena.
Repite: Dos horas esperando... sí, espero, añade precipitadamente.
Sin duda, la ha sorprendido.
Responde al teléfono y se da cuenta de repente de que está sosteniendo el auricular con tanta violencia que su mano está totalmente en tensión.
La abre y la cierra varias veces.



Se dirige al baño, abre la puerta, enciende la luz.
Da un vistazo, lo ve sin mirarlo, como si tomara conciencia de él, como si ya «supiera» que es un baño moderno, este baño blanco y este wáter. El tipo de cuarto de baño que presagiaba una habitación como esa, de un modernismo un poco pasado de moda, con sus pretensiones de lujo sin lujo.

            Se vuelve hacia la habitación y abre el armario.
Olvida uno de los batientes.
Entonces tira el edredón de la cama pequeña a un mueble marrón, reluciente, nervado.
Se sienta en la cama y se tumba, como aliviada.
Se queda unos instantes tendida en la cama, con la mano en la cabeza. Un cigarro en la otra.
Frente a ella, hay un espejo en la pared, colocado a lo largo. Acostada, se refleja solamente una parte de su cuerpo, desde la parte superior de las piernas hasta la espalda.



Publicado originalmente en
Akerman, Chantal. Les Rendez-vous d’Anna.
París: Albatros, 1978.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.