ESPECIAL REIS & CORDEIRO EN EL SEFF

Memoria

Por Ana Reis



Mi memoria se detiene en una fotografía de un parque en Berlín, en una mañana en la que la fría luz del invierno hacía brillar la nieve. Tu rostro está iluminado de alegría y sonríes; el gesto de espera, cuando contemplas a una niña en el columpio para ser balanceada de nuevo, irradia una profunda y silenciosa alegría. Y miras sonreir a la niña del columpio, la niña feliz que fui.

Como si hubiera sido hoy, recuerdo aquella mañna en que cogiste en tus manos una botella de vidrio de aceite y la llevaste a la ventana, atravesada por los rayos de sol que entraban. Me hiciste mirar el suntuosso color semejante al oro líquido, venerar la preciosidad de aquella materia. Como un neófito iniciado en un misterio sacro, gracias a esa fascinación me hiciste conocer el color amarillo.

Me acuerdo también de las historias que me contabas, cuando me llevabas de la mano a la escuela. A veces, cuando camino de la mano de quien amo, parece que siento tu mano… Todavía me acuerdo de lo que escribiste en tu mano cuando anoto alguna palabra en la palma de mi mano…

Y esas historias eran casi siempre improvisadas, pero siempre tenían un resplandor fantástico, como si realmente fuesen leyendas del fin de los tiempos. Sobre todo, formaban parte de un mundo en el que no existía una realidad desprovista de poesía, eran pedazos de tiempo perdidos en lugares ocultos, conocidos sólo por ti y por mí. Son todos esos recuerdos los que me hacen pensar en todo lo que me hiciste descubrir; deseaba tanto decirte esto, y es de esta manera en que lo hago. Me hiciste ver el mundo a través de la poesía y de lo maravilloso, dando tanta importancia al más ínfimo de los detalles, así como al más significativo: cómo se apaga una luz en la noche, cómo cae una hoja en el crepusculo, el perturbador gesto de una mano esgrimiendo un adiós, el sonido de una rana que se sumerje en el silencio de un pozo… O el sol a través de un hilo de aceite transformado en un hilo de oro que se desliza en la luz de la mañana. Me enseñaste a venerar esa belleza sublime de cada elemento, a transformar cada acto en una función sagrada, a ver el mundo a través de los ojos de lo maravilloso.

Descubrí, también, que más tarde, al escribir mis propias historias, podía convertirlas en mágicas con la habilidad con la que creabas las historias que me contabas. Al recordar tus historias, comprendí el acto de creación: a través de la poesía de cada elemento transformabas lo real en lo sublime, en cada una de mis historias te seguí en esa búsqueda incesante de otro mundo, de mundos paralelos donde una gota de lluvia es como un vientre lleno de diamantes.

Pero, más allá de todo esto, al recordar este parque de Berlín, no puedo dejar de sentir cómo se me estremece el corazón: la lección mas importante que me diste fue la de crecer y mantener el corazón puro, la de comprender lo que puede ser la verdadera alegría, la verdadera comprensión, el verdadero amor. Al ver en esa fotografía tu rostro iluminado por esa sonrisa, sé que fui amada por ti, sé que fuiste feliz.

En ese instante, transformaste un acto de realidad en un acto maravilloso, cargado de complicidad, alegría y, sobre todo, amor.

Podría terminar este mensaje para ti con un fragmento de la décima Elegía de Dunio de Rilke, si sólo el dolor me lo permitiese:

            «Ya al pie de la montaña,
             Le abraza sollozando.
             El solitario, trepa hasta las cimas del Dolor primigenio
             Y su paso no suena al pisar los caminos del dolor
             Silencioso»

Pero sé que a ti no te gustaría que te recordase con sufrimiento. Es con amor verdadero y ternura como te recuerdo, y termino mis palabras con un fragmento de un poema de Trakl:

«Permíteme que entre en tu catedral
Como en otro tiempo un simple devoto fiel,
Para adorarte a ti».

Lisboa, 12 de noviembre de 1997.

Traducción del portugués de Basem Al Bacha Fernández.