ESPECIAL REIS & CORDEIRO EN EL SEFF

En medio del final del mundo. 'Ana'

Por Serge Daney



Muchos buenos cineastas en este pequeño país (Portugal). Ahora, António Reis y Margarida Cordeiro nos ofrecen con Ana una espléndida meditación.

Nada está perdido. Fuera de los caminos pisoteados de los medios y de la advertencia derrotada de las películas «cannables» y pre-canonizadas [«cannables et précanonisés», juego de palabras con el que Daney hace referencia al canon y al Festival de Cannes, N. del T.], encontramos aún algunos aerolitos. Uno por año, no está tan mal. El año 82 fue el de Sayat Nova de Paradjanov, 1982 podría ser, por el lado de las sorpresas fulgurantes, el año de Ana. Inclasificable, el segundo largometraje de António Reis y Margarida Cordeiro, magnífico viaje en el mundo tranquilamente perforado de nuestras percepciones, entre la precisión del sueño y la imprecisión del despertar, todo en el vértigo del presente. Ya no son muchas las películas que dan ganas de decirse murmurando, encantado, «¿dónde estoy?». No tanto por miedo de estar perdido, confundido, como por volver a encontrar la emoción del dormilón que, al despertarse, no sabe de qué plano sale, en qué plano «cama» acaba de descansar, en qué mundo se despierta. Por la gratitud hacia ese momento desorientado y el placer de decirse, formulación arcaica de una emoción arcaica, «¿dónde estoy yo?». Por el verbo «estar», que viene antes de ese pronombre sobrestimado, «yo». Por la vigilia.

¿Dónde estamos entonces en Ana? En Portugal, pues los autores de la película son portugueses. Pero este pequeño país es aún así muy grande. Al norte de Portugal, en la región de Miranda del Duero, donde Reis y Cordeiro ya rodaron, hace algunos años, esa otra magnífica película e inclasificable que lleva por título Tras-os-Montes. Ahí y en ningún otro lugar. Ahí y en todos sitios. Pues la fuerza de Ana, lo que disuade de antemano todas las clasificaciones perezosas, es precisamente eso. Hace tiempo que una película no nos recordaba de una forma tan evidente que el cine es a la vez un arte de lo singular y de lo universal, que las imágenes flotan aún mejor cuando han echado su ancla en algún lugar. ¿Ana-ficción? ¿Ana-documental? Esta distinción es realmente grosera. ¿Ficción documentada? Tampoco.

La ficción es situarse en el centro del mundo para contar una historia. El documental es ir al final del mundo para no tener que contarla. Pero hay ficción en el documento como hay insectos en las rocas fósiles, y hay documento en la ficción por la simple razón de que la cámara (es algo más fuerte que ella) registra lo que se pone delante de ella, todo lo que ponemos delante de ella. ¿Ana-final del mundo? ¿Ana-centro del mundo? Hay una escena extraña en esta película. En la morada familiar donde vive Ana (y donde morirá), un hombre (su hijo) habla interminablemente como lo haría en sus vacaciones un profesor de universidad que ensaya frente a un público conocido su próxima clase. Habla de lo que conoce: las intersecciones extrañas entre su país (esta parte de Portugal) y la antigua Mesopotamia, entre dos culturas de pescadores, dos maneras de moverse en el agua. «¿Qué es Mesopotamia?», pregunta un niño. El padre podría decirle: es la puerta de al lado. Los cineastas podrían decir: es el siguiente plano. Ya en Tras-os-Montes, la misma pregunta era formulada (por otro niño): «¿Dónde está Alemania?», preguntaba a su padre, trabajador emigrante. Allí, decía el hombre. Y veíamos que, para el niño, «allí» comenzaba al lado, en la próxima curva del río. Y en Ana, cuando Reis lee –en off– un poema de Rilke sobre el plano de un niño enfermo que se agita en su sueño, no es una coquetería, es una idea de poeta (Reis ha escrito poemas, que han sido publicados) según la cual existen rimas en este mundo. Cercanas, abrazadas, entrelazadas. Y que el cine es todavía bastante local (y no provincial) y bastante universal (y no esperanto) para hacerlas venir. Es por eso que Ana corre el riesgo de desorientar: al hacer recorrer el Éufrates en el Duero, nos hace perder el Oriente, literalmente.

Película de poeta, pero también de geólogos, de antropólogos, de sociólogos, de todos los –logos que queramos. Reis y Cordeiro son portugueses, pero no de Lisboa (es una capital demasiado provincial), ni siquiera de Oporto, acampan sus películas en ese norte de Portugal adonde nunca van los turistas (imbéciles, se van de cabeza al Algarve). Paisajes magníficos y desiertos que hay que ver como ruinas espléndidas. El campo filmado como una ciudad. En Ana, es como si los árboles, los caminos, las piedras de las casas tuvieran un nombre. Todo es encrucijada, nada es anónimo. La película es un alboroto apacible, el ruido del viento tapa y destapa los planos como un mar. Existe un vacío en el corazón de todas las sensaciones como existe un vacío en esta parte de Portugal. Las películas de Reis y Cordeiro toman nota de una situación inusual: los niños se abandonan a sus juegos y los ancianos a la custodia de los lugares. Falta la vigilancia de los padres, está el cuidado de los abuelos, todo un juego de miradas furtivas y tiernas, atónitas y serias.

¿Y la historia? Hay una, si se quiere. Pero no estamos obligados a quererla. Ana es el nombre de una mujer mayor que se ha quedado en casa, recta como un emblema. Su soberbio rostro está surcado por las arrugas, su cuerpo es pesado y digno. Ana es algo más que un símbolo. No es en absoluto el símbolo de la tierra o de las raíces o de todo ese fárrago campesino. Ana es también una mujer y ha caído enferma. O más bien, no se cae. Hay un momento admirable en el que, vestida con un largo abrigo de armiño bordado, atraviesa el campo con la elegancia amortiguada de un personaje de Murnau. El Magnificat de Bach que se escucha entonces está a la altura de estos andares. La vieja dama, de espaldas, grita un nombre: ¡Miranda! La sangre le llega entonces a la boca, mira sus manos enrojecidas y sabe que va a morir. Miranda es el nombre del pueblo más cercano y es también el nombre de una vaca que se ha perdido y que encontramos en el plano siguiente. Siempre existen varias cosas para responder a una palabra. Existe el riesgo de morir gritando solo en el campo.

Publicado originalmente en Libération, 8 de junio de 1983.
Traducción del francés de Miguel Armas.