ESPECIAL REIS & CORDEIRO EN EL SEFF

Trabajo de sueño. Sobre 'Jaime'

Por Regina Guimarães



Jaime: primera película de un gran poeta a quien la muerte segó prematuramente, se presenta como una certera reflexión sobre el fenómeno de la desmateriaización y de su corolario –revelación y alucinación de la materia- que los artistas tienen el privilegio de elegir como instrumento y, al mismo tiempo, como objeto de investigación.

António Reis demuestra de qué modo la materia medita en y a través del sujeto pensante/delirante, cuando éste corre el riesgo de transfromarla en mirada o en cosa mirada. Se trata de la perfecta adecuación del tema –la obra plástica de un «loco»- al tratamiento del ámbito de la intimidad de la creación, ya que la visualización de lo invisible es una labor que asusta a las mentes más cautelosas y vigilantes (hasta el punto de hacerlas reaccionar desde lo negativo, de llevarlas a inventar la condena y la clausura).

El primer grupo de personajes retratados en los dibujos de Jaime, que la película nos muestra con las manos levantadas, en un postura de fluido sentido, nos permite una triple lectura: sorpresa, rendición y acogida. Sin embargo, el aparente pavor presente, no sólo en estas obras, sino en todas las obras del artista «demente», y en la multiplicación de las rejas, que no son más que las tramas que texturan el/los universos/s, a los hombres-lobos que evidencian que no sólo habitamos los cuerpos, sino que los cuerpos nos habitan, traduce aquello que yo llamaría el «no tener miedo del miedo», aprendizaje que los locos recorren por atajos tan cortos y tan salvajes que no existe camino de regreso a la casa de la «normalidad».

Sin embargo, en la película de António Reis, la locura (¿compartida?) sigue siendo todavía el descubrimiento de la arcaica monstruosidad del mundo, el cual es necesario transformar en un sistema de divinidades protectoras –de imágenes como la curva maternal de los montes a contraluz o el oro del trigo tapado por el paraguas negro-, que constituyen ejemplos poéticos de ese trabajo de metamorfosis. Al final, entre los campos de margaritas, que la cámara lame de forma ávida, y el terreno invadido por las malas hierbas, donde la mirada se detiene en el límite del hospital, cabe quizá una brecha en la que la realidad se entrega a la tarea cotidiana de soñar. Y es justamente esa tarea la que el cine puede secundar, mejor que cualquier otro medio de expresión. Porque las mejores películas son materia de sueño y el sueño de la materia para soñar.

Oporto, 24 de septiembre de 1997.

Traducido del portugués por Basem Al Bacha Fernández.