ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE INLAND, DE TARIQ TEGUIA

La rebelión comienza en los pies

por Basem Pablo Al Bacha Fernández

(ver ilustraciones)


Las panorámicas son actos de reconocimiento de lugares. No son simples localizadores. Son ejercicios de ver y de re-ver. Movimientos que conciernen al pensamiento que hay detrás de la película. La realidad no se capta, se reflexiona, se ve, se trabaja, se anda. Son actos que manifiestan una voluntad, una actitud para con la realidad y el cine.

En Inland, si el tren se mueve, la cámara esta ahí, en un lateral, viendo desfilar el paisaje, o frontalmente, al principio del convoy, atravesando en una enigmática secuencia la ciudad. Esta vez los caminos, las vías del tren, sirven. En muchas ocasiones, Tariq Teguia (sobre todo en su película anterior, Rome plutôt que vous), filma a través de las ventanas de los coches. Cristales sucios o mojados que filtran la visibilidad, que relativizan el paisaje urbano en su mayoría. Teguia recicla imágenes, está constantemente reciclando: imágenes sucias, imágenes oscuras, imágenes ajustadas a los ángulos que la ventana de un automóvil nos permite ver.

Tierra adentro (Inland), la inquietud por dibujar el paisaje no es indiferente al modo de hacerlo. El cine puede llegar a ser un arma de doble filo, el espectáculo está al alcance de todos. La escuela del “paisajismo” fue y es todavía una realidad. Pero hoy, el valor de un paisaje reside más en los restos del paisaje. Aquellos que no se dibujan, que no responden a los requisitos académicos para ser un “buen paisaje”. Las películas de Tariq Teguia son un ejemplo constante en este sentido: todo aquello que nadie quiere para hacer un paisaje él lo recupera y lo presenta.

Se filma como se anda y se filma como se mide. Los no paisajes, ruinas de algo que fue, sin determinar, casas abandonadas, restos y huellas de habitantes, árboles que se mueven con el viento, terrenos rocosos, llanuras que lindan con el desierto. Se filma ahí donde nos llevan los pies. El espacio se hace al andar. Un topógrafo hace el espacio caminando, mide caminando. No tiene ninguna meta que alcanzar, solamente mide y dibuja, el relieve, las particularidades, los límites. Un topógrafo no atiende a los caminos (cuando no tiene que construirlos, ¡claro está!). Cruza campo a través. Inventa surcos que no sirven para nada. Sólo quiere el espacio, se desentiende de los caminos. Un afamado escultor lo dijo en su día: quedaros con lo que obtenéis de la montaña, yo me quedo con el vacío.

La periferia de las cosas es siempre más interesante. Merodear, husmear como un animal. Inspeccionar, anotar, sin pretensiones mayores. Hablar y preguntar ahí donde nadie pregunta. Otra vez, reciclando. Nos olvidamos que el habla, el lenguaje, también es un instrumento reciclado, quizá el más antiguo. Es utilizado siempre de forma violenta por los Mujabarat (policía secreta). Buscan respuestas, preguntan, ladran: de dónde eres, de dónde vienes, a dónde vas, cómo has llegado hasta aquí, qué pretendías, cómo te llamas. Preguntas banales, preguntas familiares. Un mismo lenguaje para un único mundo. Hacia el final de la película, cuando están cerca de la frontera, unas mujeres mayores preguntan a la chica protagonista: «¿Cómo te llamas? Habla en tu idioma, que oigamos cómo es. ¿No quieres hablar? Pues bienvenida de todas formas». Un mismo lenguaje para preguntar, dos gestos completamente antagónicos. La autoridad, monopolio de la palabra violentada, y la amistad, refugio y fuente de vida. Se habla sobre el pasado, sobre la guerra que nunca da opciones. Te elige de todas formas, estés acá o allá. Tariq Teguia rodea las cuestiones… Pregunta a la vez que anda. Se pregunta puesto que se vive y se conoce. Se pregunta sobre lo que se conoce una y otra vez… El acto de caminar se convierte en una declaración de principios. Andar como acto reflexivo. Se anda a contracorriente. La rebelión comienza en los pies.

El topógrafo es un medidor de realidades, no sólo de espacios. Captura y dibuja paisajes y rostros. El topógrafo mide y detecta. El topógrafo actúa porque atraviesa campo a través, en ayuda de alguien que estuvo a punto de perder el nombre y que anda en el sentido contrario a la lógica. Alguien que quiere volver a casa, que ya ha visto lo suficiente. En el camino, hecho a la medida de un viaje completamente subversivo, se encuentran con unos pastores que les socorren del aislamiento más absoluto y con unos jóvenes buscadores de petróleo en la llanura. La realidad no sirve a la película, es a la inversa: la película sirve a la realidad. Hay un manifiesto en Inland: no despreciar la realidad por pequeña e insignificante que sea. Vemos cómo a partir de una serie de medios precarios se encadenan los tubos que sirven para exprimir las tripas del fondo de la tierra en busca de líquido negro. El cine sirve a la realidad. Siempre.

Hombres con chaquetas de cuero, hombres de gesto agresivo que preguntan incesantemente con la misma intensidad a los muertos que a los vivos. No conocen la diferencia entre los vivos y los moribundos, entre los muertos y los supervivientes. Poder omnipresente, atemporal, inmortal. Frente a él, el poder invisible del pensamiento, pensamiento organizado o desorganizado, sujeto a las temporalidades, pensamiento de acción, de refugio, de huida, de resignación, de regeneración, de rebelión. Discusiones que se prolongan, que se prologan con poesía, que se sintetizan en ella. Cantos a la vida y contra la muerte, un rechazo a la hegemonía del discurso, un andar sin miedo.