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Especial Nicolas Rey

‘Les Soviets plus l’électricité’

por Boris Lehman

 

 

De todas las películas de Nicolas Rey (y no ha hecho más que tres, después de todo), Les Soviets plus l’électricité (2002) es sin duda la más perfecta, la más conseguida, la que muestra más de él (como viajero y cineasta) y la más construida de forma personal de entre las que ha hecho hasta ahora. En primer lugar, Nicolas se responsabilizó de todo. Hizo el procesado de la vieja película en Súper 8 y la infló a 16 mm. él mismo, añadiendo el sonido que había registrado en un dictáfono en su pequeño laboratorio. El resultado final es un viaje en tres etapas, de tres horas, siguiendo la pista de los prisioneros condenados a ser arrastrados a los confines más lejanos de Siberia. Comienza con la famosa canción de Vysotky, «Magadan». Nicolas no sólo logra su sueño y emprende este viaje imposible e inimaginable. También lo captura cinematográficamente como imágenes y sonidos, movimiento, luz, color, colas de negro e intertítulos.

Durante ese viaje, revela unos cuantos elementos importantes de su propia vida (su padre construyó plantas centrales, su abuelo era comunista) y algunos murmullos como avisos premonitorios sobre una Rusia que ahora saluda al capitalismo y al consumismo. El uso del ralentí, la disminución de imágenes (al principio son nueve por segundo, al final sólo una) y la banda de sonido distorsionada crean gradualmente un concierto espontáneo placentero que avanza felizmente y que lleva al espectador a «un viaje», como si estuviera viendo la visión de un extraterrestre de otro planeta. Es la travesía de un prisionero voluntario a finales del siglo XX. Al mismo tiempo, todas las imperfecciones de la emulsión (manchas, descomposición, y el medio imparcial, casi coreográfico) se convierten en una cualidad en sí mismas. Uno ve la belleza de las obras de Turner o Monet. La película es una pintura en dos dimensiones, animada y móvil. Hay una escena maravillosa en la que un camionero consigue finalmente sacar su vehículo del barro, que recuerda a la escena de Le Salaire de la peur en la que vemos a un camionero en un lodazal. Si uno filma en el lugar correcto en el momento correcto, el resultado se convierte en gran cine, es tan simple como eso. El humor, la poesía, y lo más importante, el sonido inimitable de la voz de Nicolas –medio casual, medio relajada y medio temerosa (tres «medios»)– convierte este trayecto «más allá del tiempo» en compañero del de Kerouac, Lowry y Ginsburg.

Aunque la película se ofrece a sí misma a la vida durante su creación y se reinventa con cada proyección, también parece albergar las semillas de su propia muerte o destrucción. Es una combinación inusual y aún así plausible de verdadera fragilidad. Nicolas, el superviviente de esta aventura heroica, audaz y loca (y es más loca de lo que uno pueda pensar en un primer momento), raramente se ve. Hacia el final, se filma a sí mismo girando rígidamente en círculos con los brazos extendidos, como un objeto perdido, como si intentara probar a sí mismo que todavía existe, que la película todavía puede registrar y tomar a su héroe prisionero como una sombra de sí mismo.

 

Publicado originalmente en la web de Nicolas Rey.

Traducción al inglés por Francisco Algarín Navarro