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ESPECIAL MANOEL DE OLIVEIRA

Conversaciones con Manoel de Oliveira (III): 'O Passado e o Presente', 'Amor de Perdição', 'Benilde ou a Virgem Mãe', 'Francisca', ''Non', ou A Vã Glória de Mandar'

por Antoine de Baecque y Jacques Parsi

O passado e o presente (Manoel de Oliveira, 1972)

 

A partir de O Passado e o Presente, comienza a filmar de forma muy regular películas. Su obra da verdaderamente un giro. Detengámonos, si quiere, en las grandes etapas de este recorrido artístico. Para empezar Benilde ou a Virgem Mãe de 1975. ¿Cuál es la relación de esta película con O Passado e o Presente?

Vicente Sanches, el autor de O Passado e o Presente, es un gran admirador de José Régio, el autor de Benilde. Régio es un gran admirador de Camilo, el autor de Amor de Perdição. Se siente la influencia de Camilo en Régio, del mismo modo que se siente la de Régio en Vicente Sanches. Por lo tanto eso crea una relación entre las películas, comenzando por el final para volver al origen. Haciendo O Passado e o Presente pensaba ya en la relación con Benilde y con Amor de Perdição.

En Benilde confirma uno de los grandes trazos narrativos de su cine, el de partir de grandes relatos religiosos. Uno de esos relatos es el de la pasión de Cristo y las referencias a las llagas de Cristo atraviesan sus películas hasta 'Non', ou A Vã Glória de Mandar. Y luego, por otra parte, está el relato de la virginidad santa, que ilustra a través de Benilde o Francisca. Todas estas heroínas tienen una relación muy fuerte con la virginidad.

Hasta Ema… Cuando pasa por los naranjos, siente nostalgia por la época de su virginidad, pero con la tentación de las naranjas, unos frutos que recuerdan a la parte más fuerte del sexo masculino. Es un contrapunto que me gustó mucho. No es la manzana lo que toca, sino otro tipo de manzana que va del deseo al placer, a una sexualidad terrible, porque va a morir sin haber alcanzado la complejidad del amor. Es decir, que la muerte es el último estado abisal del amor.

Tenemos la impresión de que su manera de contar al hombre consiste en pasar por la pasión de Cristo, y que su manera de contar a la mujer pasa por este relato de la virgen, de la virginidad.

Virgilio dice que la pureza, la salud, la inocencia, pueden salvar el mundo. Para salvar el mundo es importante que llegue un niño puro de todo pecado. Es la representación de la inocencia, de la virginidad. Es curioso pensar que, en la época del nacimiento de Cristo, la virginidad no estaba socialmente bien vista. Si una mujer se quedaba virgen impedía a su manera la llegada del Mesías que se esperaba. No se sabía que Dios se manifestaría mediante el Espíritu Santo… Sin pecado, es decir, sin intervención del hombre, por una figura divina. La Virgen no es una figura divina, está divinizada.

Pero la Virgen fue concebida de forma inmaculada…

No, habláis de una sublimación. Lo que me gusta es más bien lo que dice Claudel, que la Virgen tenía menstruaciones. Era verdaderamente una mujer. Eso es lo que es bonito: la relación de Dios con una mujer. Lanzó al Espíritu Santo para fecundar a una mujer y para que naciera un hombre divino. El hombre y la fuerza de lo divino sometidos a la debilidad humana. Eso explica las últimas frases de Cristo: «Si es posible, retira esta copa» o «¿Por qué me has abandonado?». Y el ángel viene y dice: «No, debes beber la copa del sacrificio. Debes morir». Mucha gente piensa que la religión cristina es la religión de la muerte, puesto que se representa a Cristo muerto en la cruz, ¡pero es la resurrección lo que aporta! Es lo que marca la diferencia entre Jesús y Lázaro. Lázaro resucita pero no lo hace más que para morir de nuevo más tarde.

Del mismo modo, no es la caída lo que es fundamental. Pensad por ejemplo en las caídas de Jesús camino del Calvario: Jesús cae tres veces; podemos caer, ya que la carne es débil. Pero las tres veces que cae Jesús, se levanta. Es levantarse lo que es importante. Levantarse o renovar su mente. Hay que morir para convertirse en otro. Es el nuevo hombre.

Es lo que quería Marx. He leído en alguna parte que se sentía seducido por la figura de Cristo y que pensaba escribir sobre él pero murió antes de haber podido hacerlo. Y creo que eso le impidió dar una cara más honesta, más humana, a sus propuestas sobre justicia social. Marx quiso corregir a Hegel pero finalmente se mostró más «idealista» que Hegel. Los marxistas no emplean la palabra «idealismo». Para no contradecirse, utilizaban la palabra «utopía». El materialismo marxista se convirtió en una especie de religión, del mismo modo que ahora el dinero se ha convertido en un dios. Salimos del materialismo llamado científico para caer en otro materialismo, el del poder económico. Teníamos ya hasta entonces muchos dioses para mantener nuestra confusión. Cuando San Pablo llega a Atenas, lo hace para hablar de Dios. «¿Pero de qué Dios?, le preguntan los filósofos. Tenemos muchos». San Paulo señaló con el dedo una estatua y preguntó de qué dios se trataba. Le respondieron que era el dios desconocido. «¡Es de este dios de quien os hablo!», dijo San Pablo.

Vemos que esta cuestión religiosa es una necesidad del hombre anclada desde el comienzo de la humanidad. Pesa incluso muy fuerte en algunos hombres de ciencias. A medida que profundizan en su conocimiento del universo, a medida que su misterio aumenta, aumenta también el enigma de la creación, es decir el enigma de Dios. La curiosidad del hombre consiste en su necesidad de saber que no se detiene jamás.

Pero Dios nunca se muestra. Siempre se mantiene como lo desconocido. Lo que vemos concreto es el mundo, el universo…

Sí, ciertamente. Sólo está la gracia, la fe. Un día alguien, un materialista, me dijo que Dios era una creación del hombre. Y yo sentí que no había nada que responderle. No podemos contradecirle. Pero yo le hice una pregunta parecida: «Y el hombre, la naturaleza, el universo, ¿son también una creación del hombre?». Me sonrió y no pudo responderme. La fe es algo que nace con nosotros, creo que incluso no podemos vivir sin la fe, sea cual sea. Si no queda el más mínimo resto de fe, se trata del suicidio. Al contrario que la ciencia, la fe, como la inteligencia, y algunos otros dones, no vienen de la criatura, sino del creador. Volvemos siempre al misterio.

Toda esta cultura religiosa, es algo que viene de su infancia, de su educación. ¿Pero es también una creencia y un saber que ha cultivado? ¿Sigue leyendo la Biblia, los evangelios?

Pertenezco a un país y a una familia católicos, he recibido una educación católica. Cuando era muy joven me preguntaba a menudo: «Y si hubiera nacido en otro entorno, en otra familia, si hubiera sido educado en otra religión, ¿habría creído en ella de la misma forma?». Ahí estaba, creo, mi primera duda. En realidad hay diferentes religiones que responden en efecto a una necesidad que está en el hombre. ¿De dónde viene esta necesidad? ¿De dónde viene el espíritu profundamente religioso en el que reposan todas sus dudas?

Finalmente, ¿es usted creyente? ¿Va usted a misa?

No, mi mujer va a misa. Reza por todo el mundo. Se preocupa mucho por los otros. Posee cualidades particulares que le son propias. Es su naturaleza. Posee un carácter muy fuerte y eso ha llevado nuestro matrimonio a que dure cincuenta y seis años. No es fácil, ni para mí ni para ella. Pero eso abre incluso un estado superior del amor. Mi mujer es creyente. En cuanto a mí, poseo un espíritu religioso guiado por la duda. Es una sensación difícil de explicar.

¿Lee a menudo los textos religiosos, los textos bíblicos?

Los textos bíblicos son muy hermosos, están muy inspirados y los libros sapienciales, como el Libro de Job y el Eclesiastés son extraordinarios. En ellos está lo más hermoso de la sapiencia, una sapiencia que se presenta como una orden de Dios. Pero lo que revela verdaderamente es la naturaleza de los hombres y de sus actos más profundamente de lo que cualquier otro libro profano. Los grandes escritores, Claudel, Shakespeare, Goethe, y muchos otros, han recurrido a esta fuente, del mismo modo que los buenos pescados van al mar. Hay ahí un saber enorme y una sapiencia que no son teóricos sino que al contrario vienen de la experiencia. Es eso lo que me parece muy bonito y lo que le falta a Europa hoy. Hemos hablado ya, por otra parte, del tema de las civilizaciones orientales. Más que la filosofía, admiro el saber, extraído de la experiencia vivida, y la sapiencia.

Está también el contacto con amigos de hace mucho tiempo con quien habla de la Biblia, como el padre Joao Marques.

Sí, pero hablamos de la Biblia desde el punto de vista histórico, sobre el conocimiento y la penetración del texto. Es el padre Joao Marques quien me ha enseñado que la virginidad estaba mal vista en la época de María. Es un hombre de ideas avanzadas y políticamente es socialista. Cuando le dije que la revolución era peligrosa, me respondió: «hay que correr el riesgo». José Régio conocía muy bien la Biblia. Siempre buscaba la verdad, contra sí mismo si era necesario. Me contó que una vez pasó un día completo sobre una única página de Hegel. En un momento dado, viendo que no llegaba a comprenderla, rechazó el libro. Y se quedó muy triste, considerándose poco inteligente. No fue hasta más tarde cuando se consoló leyendo en una revista de filosofía que probablemente no había en el mundo más de seis personas capaces de comprender a Hegel. Este pequeño episodio nos muestra bastante sobre su honestidad. En su recopilación Confesión de un hombre religioso, José Régio dice honestamente que ha perdido su fe leyendo los Evangelios porque encontraba muchas contradicciones. Amaba enormemente la figura de Cristo pero no creía en la divinidad de Jesús. Su convicción íntima le llevaba a creer pero su razón lo rechazaba en la duda. Sufría con esta duda. Su espíritu era profundamente religioso y desearía encontrar un dios, no un dios filosófico, sino un dios que imaginaba antropomorfo. Un dios con quien hubiera podido dialogar. «Me castigas, ¡pero eres tú quien me lo hace!». Y para siempre se convirtió en un hombre de dudas, un enamorado de la verdad, y para siempre se quedó como un hombre con un espíritu profundamente religioso.

Hay gente que le tomó como un hombre próximo a los curas. Jorge de Sena, por ejemplo, un buen crítico, muy inteligente, que publicó el mejor texto sobre la obra Benilde, criticó a Régio diciendo tras su muerte, en un artículo terrible, que era un «hombre de sacristía». Era un error que venía del hecho de que Régio fuera coleccionista de objetos populares que encontraba en las casas de un pueblo religioso. Era el lado mundano del coleccionista lo que le interesa a Régio en esos objetos y no la devoción. Fue el primer intelectual que reconoció el talento sin igual de Fernando Pessoa, en una época en la que éste era casi un sujeto de burla entre los intelectuales. Y el primero también que se desmarcó de él. Hoy creo comprender la diferencia esencial entre ellos. El carácter y la formación de José Régio son fundamentalmente mediterráneos, mientras que en el caso de Fernando Pessoa es de un cierto pragmatismo británico, (que viene sin duda de su educación en el sur de África) en unión estrecha con sus raíces mediterráneas.

En el espíritu de Pessoa, hay una visión más fría de la humanidad, más geométrica, de una lógica que se encuentra conducida hacia lo absurdo, mientras que el espíritu de Régio se revela problematizado por algo muy interior, abisal. A veces, una controversia puede ser más aclaradora que todo un intento de explicación, por otra parte siempre insuficiente.

Estaba contra el comunismo, contra la dictadura salazarista y defendía los principios democráticos. En el marxismo, encontraba algo negativo, es por lo que no le gustaba el neorrealismo. Todo lo que escribió se comprobó exacto a continuación. Detestaba la hipocresía y la demagogia. Apreciaba por encima de todo la verdad. Ahora que está muerto, que el tiempo ha pasado, los acontecimiento, la historia, los hombres de un mundo, tanto ayer como hoy, civilizado, le han dado la razón. Sin embargo los neorrealistas nunca han querido reconocerlo. Hay un libro de Milan Kundera llamado La insoportable levedad del ser donde un comunista reconoce sus errores, pero no se saca los ojos. Es un poco irónico. Régio no era un hombre político, sino un hombre de moral.

Volvemos a la verdad…

Sí, nadie está seguro de la verdad. Pero cuando hablamos de la verdad, es por oposición a la mentira, al travestismo de las ideas y de los hechos. Digo que amaba la verdad, en el sentido en que amaba la sinceridad y la autenticidad.

¿Pero qué es la autenticidad, por ejemplo? ¿Cómo podemos hablar de Cristo como hombre como los otros, si se dice que es hijo de Dios y divino? Vemos a la gente que no cree, que es atea, que son materialistas, filósofos, políticos, que hablan a veces de Cristo y aceptan en él la idea de un hombre como los otros, mientras que se dice divino, que lleva la palabra de Dios, que encarna al Hijo, la Segunda persona de la Santísima Trinidad. Lo que me sorprende es que hablen de él como si fueran creyentes, porque no lo tratan como impostor. Si vemos en él un hombre como los otros, si discutimos sobre su palabra en paralelo con la de Nietzsche, Lawrence, e incluso Marx u otros, ¿entonces dónde están los impostores? Cuando me vienen estas ideas a la cabeza me preocupa, pone en carne viva mis dudas y reesfuerza, habitualmente, mi creencia.

¿Todas estas consideraciones le llevaron a filmar Benilde ou a Virgem Mãe? La heroína no provoca en torno a sí todas estas ideas, estas dudas? Benilde es, por otra parte, la primera de sus verdaderas figuras femeninas: esta joven mujer virgen, pero milagrosamente embarazada, que va a morir rodeada de la incomprensión.

No, lo que acabo de decir ha ido viniendo a partir de lecturas recientes. Pero es curioso, no había pensado que estos problemas, como bien habéis dicho, están subyaciendo en la obra de Régio. En este sentido recuerdo que António Sérgio, un positivista, dijo un día a Régio después de haber leído Benilde: «No me gusta que tomes este camino». Régio le respondió (como Flaubert, que había dicho de su heroína: «Madame Bovary soy yo»): «Benilde es mi alma». En Benilde ou a Virgem Mãe no sólo hay que ver la figura de Benilde, la figura de una joven, sino la complejidad del conflicto que Benilde engendra en la obra. Es en este sentido que decía: «Benilde es mi alma». Y creo que es en el mismo sentido en que Flaubert decía: «Madame Bovary soy yo».

Dice que a António Sérgio no le gustó la obra. ¿Cómo se acogió en su salida? ¿Asistió?

Por desgracia no asistí ni al estreno ni a las otras representaciones tampoco. La obra se creó en el Teatro Nacional de Lisboa en 1947. Esta vez la Iglesia se manifestó claramente contra la obra tomándola como una sátira, o una caricatura, del misterio de la Sagrada Familia. La crítica teatral no sabía qué decir. El público estaba dividido. La incomprensión fue casi total. El problema que emana de la obra, es justamente el misterio. ¿Benilde es una histérica, una loca, una mentirosa, o verdaderamente ha oído voces? Por otra parte, podemos ver en esta obra una ascensión del personaje de Eduardo, el prometido martirizado de Benilde. Su última frase es: «Son de una clase de seres que no son de este mundo. Pero este mundo sería más pequeño si ellos no pasaran por aquí».

En la obra, el cura no puede dudar. «Dios escribe derecho en líneas curvas», es el proverbio portugués que Claudel cita en el genérico de Le Soulier de satin. El médico se opone al cura. El padre de Benilde no acepta la situación. El tía, una mujer de mundo, no deja de tratar a su sobrina como mentirosa. ¿Dónde está la verdad? Es la angustia.

Era un hermoso tema para pensar sobre el mundo. Nos quedamos con la terrible crueldad de la duda.


Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.

Entrevista publicada originalmente en el libro Conversations avec Manoel de Oliveira, de Antoine de Baecque y Jacques Parsi, Cahiers du cinéma/Éditions de l’étoile, París, 1996.

Benilde ou a Virgem Mãe (Manoel de Oliveira, 1975)