JACQUES RIVETTE. ESCRITOS

Después de Agesilao (La puesta en escena). 'Land of Pharahos', de Howard Hawks

por Jacques Rivette



Los hitchco-hawskianos no están tan satisfechos de ellos mismos como se podría imaginar. Al contrario de Alfred Hitchcock, para quien la partida parece ganada ante los espectadores de buena fe, Howard Hawks sigue siendo un cineasta maldito; es por ello que dedicar dos textos a su última película no es, como se podría suponer, una provocación pura y simple por la parte de la redacción de Cahiers: frente a la ignorancia o al desprecio de los intelectuales de cineclub, nunca insistiremos lo suficiente sobre la riqueza de la obra del mayor cineasta americano vivo.

Aquí nos asalta una duda: ¿Hitchcock no habría gustado tan bruscamente sólo por lo que tiene de más brillante, de más seductor, sino también por lo más exterior en su obra, es decir, el humor, el ingenio, la ambigüedad? Pues hay que constatar que todos los sutiles comentarios que hemos podido leer aquí y allá se aplicarían igualmente a la lectura de la sinopsis, y que aquello que a pesar de todo sigue siendo lo esencial del cine, es decir, lo que vemos en la pantalla, en otras palabras, la puesta en escena, no tiene mucho que ver. ¿Por qué? Porque, igual que los amateurs de la música prefieren cada vez más las sinfonías programadas y los poemas sinfónicos a la música de cámara, los amateurs del cine son menos sensibles al propio arte del cineasta que a todas las apariencias de las cuales se rodea, que lo enmascaran, lo adornan, lo disfrazan, trucando la conformidad de los happy fews de pacotilla, pero que en suma no tienen nada que ver con él.

Si me permito insistir en estos lugares comunes es porque el caso de Hawks los ilustra con una singular perspicacia, y sobre todo esta última película, que no hará más que agravar el malentendido. Debe reconocerse que las apariencias son aquí particularmente peligrosas, puesto que son las del peor género de Hollywood, la película de época con miles de figurantes. El malentendido se acentúa a pesar de que, como siempre, Hawks no intenta llevar la contraria de las leyes del género, sino, como observaba Maurice Schérer, de seguirlas lo más fielmente posible, aún más, de encontrar la necesidad original de aquello que durante el tiempo se ha ido degradando en una serie de convenciones. Si Hawks encarna lo mejor del cine americano, si ha dado a cada género sus letras de nobleza realizando en cada ocasión el mejor filme de gangsters (Scarface, 1932), el mejor filme de aviación (Only Angels Have Wings, 1939), el mejor filme de guerra (Air Force, 1943), el mejor western (Red River, 1948), y finalmente las mejores comedias (Bringing Up Baby, 1938; Ball of Fire, 1941; Monkey Business, 1952), es porque siempre ha sabido, en cada uno de los casos, elegir lo que el género tiene de esencial y de grande, y confundir sus temas personales con aquellos que la tradición americana había trabajado y enriquecido lentamente. Bajo esta diversidad aparente, la obra de Hawks es profundamente homogénea: se dirige siempre a lo excepcional, y fascinado por las figuras de gran formato, en un género donde cualquier otro director se atascaba en la crónica sentimental o en la prédica bíblica, toma la decisión de trazar, a grandes rasgos, el retrato de un dios-tirano y la génesis de la empresa más fabulosa que haya jamás intentado el genio del hombre.

¿Cómo escapa Hawks de las trampas del estilo DeMille? Tomando otra decisión, la del estilo western; y los amateurs no dejarán de sorprenderse por las múltiples analogías que ligan esta película a Red River: la silueta de John Wayne viene de lejos para superponerse a la imagen del faraón; se trata en ambos casos de un hombre que ha acumulado pacientemente un tesoro y que debe, para no perderlo bruscamente, emprender una labor sobrehumana. Si pensamos en el western, no es más que un intercambio de buenos procedimientos, pues los protagonistas de Big Sky (1952) y Red River nos remiten, inequívocamente, a los héroes de la antigüedad.

Lo que distingue al héroe hawksiano, ya sea western, policial o cualquier otro género (como éste), es la nobleza, la insolencia, la astucia, la inteligencia, todas ellas virtudes clásicas y, más precisamente, cornelianas. Desde hace un tiempo me ha impresionado el paralelismo que podría establecerse entre estos dos grandes trágicos, uno y otro a menudo tentados por la comedia; la crítica aquí se añade, y los increíbles comentarios suscitados recientemente por la recuperación de La Mort de Pompée de Pierre Corneille no tienen nada que envidiar a aquellos con que la prensa ha saludado cada película de Hawks durante los últimos diez años. Qué hacer, sino dar a los censores el humilde consejo de no seguir siempre el ejemplo de Despréaux y, después de Agesilao, no contentarse con un epigrama maligno.

Publicado originalmente en Cahiers du Cinéma, nº 53, diciembre de 1955.
Traducción del francés de Miguel Armas.