CANNES 2015 (4): ACTUA 1 y L'OMBRE DES FEMMES, de Philippe Garrel

'L'Ombres des femmes'

Por Daniel Kasman

 


L'Ombre des femmes (Philippe Garrel, 2015)

 

Más allá de las tiendas de altura costura de la Croisette, la Quinzaine des Réalisateurs comenzó con una película francesa e intimista de Philippe Garrel, L’Ombre des femmes, de la que Marie-Pierre Duhamel ya ha escrito aquí. Es una de las películas del conjunto de filmes de grandes cineastas –los otros son Arnaud Desplechin y Miguel Gomes– que aparentemente pasaron por encima de la Sección Oficial del Festival de Cannes, volando inmediatamente a la sección hermana: más joven, impredecible y, a menudo, gratificante. Como para enfatizar la diferencia entre esas dos orillas –de hecho, festivales separados que se celebran en la misma ciudad al mismo tiempo– la Quinzaine precedió la proyección de su nueva película con uno de sus antiguos cortometrajes, un emocionante noticiario realizado a pie de calle sobre de las protestas de Mayo del 68. Actua 1 es, en palabras del cineasta, una especie de «venganza contra las noticias», es decir, una venganza contra los noticiarios conservadores que se podían ver en el cine en esa época. El presagio de las imágenes, el peligro que contienen y la rectitud de las exhortaciones del comentario del hombre y de la mujer –registrado de manera tan íntima que incluso podemos escucharles tragar–, llevó a un espectador a preguntar al cineasta si había grabado la voz en off recientemente.

Proyectada en un blanco y negro grabado y luminoso, Actua 1 relacionó el pasado con el presente, especialmente con unos Estados Unidos horrorizados e impresionados por los recientes acontecimientos de Baltimore, pero también está relacionada con la historia de la Quinzaine, fundada en 1969, en parte como respuesta a las protestas como las que registró el joven Garrel. Finalmente, por supuesto, Actua 1 establece una línea desde entonces hasta ahora en la carrera de este cineasta tan integrado y que tanto se dejó llevar por el tenor político, emocional y moral de su época. A los 20 años, filmó un breve plano en la calle en el que declaraba que no podíamos hacer nada frente a la ubicuidad de la policía y la violencia; y ahora, con 67 años, realiza en L’Ombre des femmes una pequeña película en forma de novelita luminosa y a veces incluso divertida sobre los movimientos del amor y la conciencia del amor de una pareja casada de mediana edad que queda marcada por la infidelidad.

A pesar de que sea, o tal vez porque es fundamentalmente una película sobre las mujeres y profundamente empática con las mujeres, debemos empezar por el hombre, Pierre, interpretado por Stanislas Merhar. No hay manera de evitarlo: el hombre es un imbécil. En los planos de exteriores le vemos caminando con un aire estrecho de miras, dando grandes zancadas, y en los interiores siempre está recostado, sentado o decaído, silencioso tanto en el amor como en el odio, su cara es una aspiradora que succiona la vida inmediata que le rodea. Y de alguna manera Manon (Clotilde Courau, en una increíble y afortunada interpretación) le quiere, uno puede ver la adoración en sus ojos incluso cuando está viendo una cara impasible perdida en sus pensamientos. Él es cineasta, un artista, supuestamente, y podemos ver en el ardor reprimido y en las chispas de sus ojos un apasionamiento agraviado profundamente interior. Quizá es su forma de apelar, quizá es la intensidad desolada del artista. Pero de qué manera tan hermosa, sin cuestionarla, acepta la película el amor de la esposa hacia él y su propia supresión para entregarle su amor tanto a él como a su trabajo como cineasta. Cuando les vemos viendo en la moviola una y otra vez el material sobre la Resistencia Francesa para su proyecto, se toman de la mano, y ambas cosas –la película y las manos– parecen algo de otra época, algo muy potente.

Mientras trabajan en este material, una mujer más joven –por supuesto– emerge del archivo, atrayendo la atención del cineasta, inspirando un hermoso y silencioso paseo que empieza como un favor y termina como una aventura. Elisabeth, interpretada por Lena Paugam, posee una sonrisa tan incontenible como su ceño fruncido. Pierre también la trata mal, y ella también está enamorada, a su manera, de la misma forma que tal vez él lo está también a la suya. Cuando ella descubre que la esposa de Pierre también le está engañando –una relación cuyo comienzo Garrel parece incapaz o reticente a imaginar, lo cual me pareció emocionante y honesto– la joven amante sopesa decírselo al hombre. En su pequeño apartamento, balancea pensativa un pomelo, reorganizando el espacio y anticipando una pregunta importante que podría hacer, una intersección en su relación.

Algunas escenas están relacionadas por medio de la voz en off del hijo actor de Garrel, Louis (cuyo primer largometraje como director se podrá ver posteriormente en la Semaine de la Critique, aquí en Cannes), la cual nos revela algunos planteamientos, algunos pensamientos interiores, capturando en general una sensación en cierto modo afín a algunos de los antiguos cortos morales de Eric Rohmer, o, como Marie-Pierre me sugirió, recordando a la narración de Jules et Jim, de Truffaut. Es decir, que éste no es ese cineasta intensamente claustrofóbico que podemos encontrar a veces en el rincón de un oscuro dormitorio, el de las largas caminatas nocturnas o en una desesperación casi sofocante, íntima y compartida; no. Esta película retrocede un poco, posee más luz, más luz diurna, está rodada en blanco y negro por Renato Berta. (Tras la proyección, Garrel comentó que la elección de la paleta de tonos estaba completamente determinada por lo que se podían permitir, teniendo que hacer los cineastas como él, sus amigos u otros, más con menos forzosamente, y señaló que la «crisis del cine» no sólo tiene que ver con las guerras, sino con el cine hecho de manera cada vez más limitada).

Pierre es tan taciturnamente estúpido que sería difícil soportarle si no fuera por el amor yuxtapuesto que estas dos mujeres transmiten en dos interpretaciones sublimes, llenas de intensidad y franqueza. Ellas, así como la simpatía que siente la película por ellas, convierte a L’Ombre des femmes en una película más fácil de seguir para aquellos que no conocen las películas de este cineasta. Cuando la esposa se dirige a una cita con su amante, su rostro brillante coincide con la euforia con que la cámara traza un ligero movimiento delante de ella, de nuevo repleto de ilusión. Más adelante, cuando van caminando y ella se dispone a romper con él, la cámara ya no está frente a ella sino detrás, y ya no es ligera, sino que los movimientos son abruptos y es sostenida por unas manos. Se trata de estos pequeños detalles, de los toques solidarios, del vacío del drama y su pequeño mundo, sobrio y personal, pero no excesivamente privado. Cuando el marido y la mujer se separan, continúa su miseria, reflejada en los platos de arroz en blanco que comen solos y en los orgasmos fantasmales que se escuchan por las noches. «Él era sólo… sólo… momentos», dice la mujer, tratando de explicar sus vivencias con su amante, ése es el límite de sus placeres y de sus sufrimientos; mientras que Pierre y Manon, juntos, por muy desiguales que sean, incluso en el dolor, siguen teniendo algo más.

En el plano que abre Actua 1, de Garrel, el comentario hablado por encima del travelling en el que vemos las predominantes patrullas policiales aspira a un futuro en el que las cosas no sean perfectas, sino más bien las aberraciones. Un futuro en el que las pequeñas aceleraciones de crueldad y violencia no sean ya endémicas sino que más bien sugieran que el final, la utopía, está cerca. «Como todo el mundo, no soy perfecta», dice la esposa a su marido en L’Ombre des femmes, cuando le confiesa su romance. «Pero pensé que eras diferente», responde él en un tono hosco; es como si la voz de 1968 hubiera llegado al presente y se viera confrontada con el hecho de que este mundo mejor posible y esperanzado de la década de los 60 pueda ser afín a la fe que uno espera de la perfección de su amor. De hecho, puesto que el marido confía en las historias que le cuenta un viejo luchador de la Resistencia para su película –un hombre anciano con su propia mujer persistente, ignorada, sentada a su lado, mientras cuenta una serie de recuerdos basados en los escritos del padre del cineasta–, el propio Pierre también deposita su fe ingenuamente en su esposa, y ella en él. Después de dormir por primera vez con la mujer que se convertirá en su amante, vuelve a casa y se desliza dentro de la cama de su mujer. A causa de las sombras, ambos parecen momificados en la cama, en una mezcla de represión y comodidad, de muerte y de eternidad al mismo tiempo. Ambos se mantienen unidos por la oscuridad, ambos se aprietan mutuamente; difícilmente se trata de una relación perfecta, pero es ciertamente una relación real, muy real.

Traducido del inglés por Francisco Algarín Navarro.

L'Ombre des femmes (Philippe Garrel, 2015))