CANNES 2015 (6): CAROL, de Todd Haynes

'Carol

Por Daniel Kasman

 


Carol (Todd Haynes, 2015)

 

De vuelta a la Competición, tendremos problemas para encontrar una liberación cinematográfica como la de Gomes, donde la conmovedora, directa y bastante simple Mia Madre de Nanni Moretti se ganó las lágrimas, pero probablemente no su aplauso generalizado, mientras que el incomprensible cliché de Gus van Sant, The Sea of the Trees, seguramente no estaba a la altura de los abucheos que provocó, pero con sus traspiés constantes en el terreno del pastiche y de la contrición emocional uno se pregunta por qué está compitiendo, mientras que películas como L’Ombre des femmes se estrenó en la Quinzaine o la película de Apichatpong fue relegada a Un Certain Regard. Este tipo de políticas resultan incomprensibles casi para todo el mundo, salvo para los que están sobre el terreno (o los productores de las películas), si bien este tipo de gestos merecen una mención: Apichatpong se llevó la Palma de Oro con su última película, pero, ¿ahora regresa a la Croisette en un segundo escalón? Me pregunto si ha sucedido algo así alguna vez en la historia del festival. Puede que el mediometraje que hizo mientras tanto, Mekong Hotel, excusara al comité de selección a la hora de dedicar el apreciado puesto en la competencia ese año a algo que sin duda parecería radical al lado del cinéma de qualité de Moretti –o de la nueva película de Todd Haynes–.

Carol, una adaptación de Phyllis Nagy para Haynes de una novela lésbica de referencia de 1952, una especie de thriller melodramático publicado bajo un pseudónimo por Patricia Highsmith (la siguiente película con la que debutó en el cine fue Strangers on a Train) obtuvo un increíble éxito de ventas, y sigue los pasos de las brillantes actualizaciones de películas de cineastas de Hollywood por parte del director, como Douglas Sirk (Far from Heaven, en 2002) y Michael Curtiz (la miniserie de la HBO de 2011, Mildred Pierce). Como en el «giro» que consistía en convertir al hombre con el que la almidonada ama de casa tenía una aventura en Far from Heaven en un afroamericano –algo que Hollywood nunca habría permitido en esa época–, Haynes filma la novela de Highsmith casi (pero no del todo) como si fuera una película de la década de los 50, en una especie de gesto que consiste en falsear la historia. ¿Qué habría sucedido si Hollywood hubiera hecho películas sobre el amor lésbico en la época de la posguerra, caracterizada por un conservadurismo social desenfrenado? Reduciendo un poco la situación social más compleja del libro, es decir, la vida solitaria bohemia de principios de los años 50 en Nueva York y dividiendo su atención entre sus dos protagonistas en lugar de una sola, la película sigue la historia de amor de la dependienta neoyorquina Therese (Rooney Mara) con un ama de casa de clase alta de Nueva Jersey, Carol (Cate Blanchett), mientras el matrimonio de esta última se desmorona.

Mientras que la novela se centraba mucho más en el desarrollo de la sensibilidad y en la toma de conciencia por parte de una joven cuya soledad y falta de afecto encontraba una posible respuesta en la constatación, aunque nunca se mencione, de que es homosexual, la película trata la relación esencialmente como una aventura, de manera que lo que vemos es una historia de adulterio manchado por la homosexualidad, y no al revés. Más allá de que la principal amenaza para Carol en su divorcio consiste en la posibilidad de que su marido utilice la historia de su relación con una mujer como excusa para obtener la custodia de sus hijos, el hecho de que la relación entre Carol y Therese sea homosexual tiene muy poca importancia en la película. Mientras que se puede apreciar el gesto del posible esfuerzo que se ha realizado a la hora de filmar una película estilo faux old Hollywood que trata el tema como trama más que como exploración –como en la novela– de la psicología y de la rígida sensualidad propia de una relación llena de matices, evolucionando constantemente, momento a momento, junto con la conciencia cada vez más fuerte de Therese, la película resultante es en su conjunto demasiado respetuosa. Sus suaves y suntuosas imágenes filmadas en Súper 16mm y su paleta de azules son hermosas, cuidando esmeradamente el maravilloso Technicolor como lo podría haber hecho John M. Stahl en Leave her to Heaven, sin un mimetismo real, pero el ángulo que el cineasta elige de cara a la historia y a sus personajes parece estar formado a medias, perdiendo el subtexto o la complejidad. Un pequeño puñado de conversaciones en las comidas atrapan los pocos momentos de perspicacia de Rooney Mara, de una cara por otro lado inexpresiva, que apenas muestra la idolatría, la confusión y el ardor que supuestamente le inspira Carol, y cuyo cuerpo frágil es tan delgado que parece hecho de una leña dispuesta a ser consumida por el fuego. Blanchett, con sus curvas elegantes, con sus pómulos y sus ojos de serpiente tan perfectos para ese aire de refinado desdén de Carol, así como la distancia con la que cubre su ansioso estado mental con rápidos movimientos, nos ofrece del mismo modo algunos primeros planos y algunos gestos exultantes, pero por otra parte la interpretación parece ser en cierto modo demasiado lúcida. Sarah Pulson, una antigua amiga y ex-amante de Carol, se sienta a comer con Carol y le roba la escena, con su mano inmaculadamente enjoyada y una tensión entre las mujeres que no queda más que en un engaño provocado por la pirueta de un cigarro. De hecho, aunque estas tres mujeres están excepcionalmente bien elegidas para interpretar sus papeles, la química que hay entre ellas es deficiente, no llevando la película a ninguna parte la sensualidad de la relación central, las continuas preocupaciones o la libertad extática. Haynes trabaja en un punto medio que se niega a comprometer la distancia del observador, tal y como sucedía, por ejemplo, en las películas de Stahl o de Douglas Sirk, en la reflexividad de Rainer Werner Fassbinder, o en las elisiones sensuales y empáticas de una cineasta como Claire Denis, cuyas soñadores reveries puede recordar Carol. Por extraño que pueda sonar para un melodrama y un romance, hay un fino fatalismo y una cualidad cerebral académica propias de David Fincher, con quien tanto Mara como Blanchett han trabajado, encontrando aquí un vínculo probablemente inesperado.

Pero aún más inesperada es la dirección a la que se dirige esta cuidada película. Casi la mitad del libro se basa en una escapada que consiste en parte en un épico road trip y en parte en un radical vuelo hacia una nueva vida –uno de los muchos aspectos que supuestamente inspiraron Lolita, de Nabokov–, mientras que aquí se siente, y de hecho se ve más bien como un romance de fin de semana, que adolece del peso del tiempo y de los intercambiamos apasionados y conflictivos entre la mujer más mayor y la más joven. La mirada de la película parece centrarse en un lujo supremo, apareciendo los vestidos como si nunca antes se hubieran visto, brillando sus imágenes en las ventanas y los espejos, de modo que el glamour está a punto de superar a estas personas y a su propia historia, tal y como sucede con la tersa cualidad de cada mujer, y de manera aún más escalofriante, de una con la otra. Es injusto y poco adecuado comparar el libro con la película, pero vuelvo a ello porque la película parece dar finalmente muy poco de lo que ofrecen estos personajes, esta situación y esta época tan rica. El libro era increíblemente transgresor en su tiempo y lo siguió siendo bastantes años después; la película que vemos ahora y que trascurre entonces, como objeto de arte y como historia popular, por supuesto ya no se ve como una aberración, pero es que ni siquiera sugiere enfáticamente esta relación entre estas mujeres. Así que, ¿qué es lo que está aquí en juego? ¿Por qué se aman tanto estas dos personas, en qué consiste la fascinación? ¿Y en qué consiste, por otro lado, la fascinación de Todd Haynes por esta historia? No consigo saberlo.

 

Traducido del inglés por Francisco Algarín Navarro.