CANNES 2015 (7): TROIS SOUVENIRS DE MA JEUNESSE, de Arnaud Desplechin

Plus la vie ressemble à un film, moins les films ressemblent à la vie

Por Fernando Ganzo

 


Trois souvenirs de ma jeunesse (Arnaud Desplechin, 2015)

 

Primera constatación: es imposible dar con una hipótesis mínimamente racional que explique por qué la nueva película de Arnaud Desplechin no puede optar a la Palma de Oro. Segunda constatación: al mismo tiempo, hay algo en ella que invita a verla fuera de todo marco competitivo. Y casi dan ganas de decir fuera de todo marco, a secas, de toda realidad. Como una especie de Quijote cinematográfico. A fuerza de querer ver la vida a través del cine, Desplechin ha terminado por olvidar completamente la vida, el contexto. Todo eso que tanto ayuda a que las películas, según la «ley del mercado», encuentren viabilidad en todos los sentidos. En Trois souvenirs de ma jeunesse, sigue presente esa especie de rabia (no tanto social como psicológica) que habita en Desplechin, pero en muchos sentidos esta película es una vuelta de tuerca.

Puede que el hecho de observar por primera vez una generación que ya no es la suya tenga algo que ver. Esta es «una película de viejo». Prematuro, pero asumido. Mathieu Amalric y Desplechin habían envejecido juntos, pero ahora que ambos deciden mirar el pasado de Paul Dedalus en lugar de encontrarse con la infancia o con la juventud, se encuentran con el cine. En cierto modo, tras las ensoñaciones americanas de Jimmy P., al volver a hacer «de Desplechin» (regreso ad nauseam de todos sus recursos visuales y narrativos, de la mano del personaje de Comment je me suis disputé... (ma vie sexuelle), se ha convertido en otro cineasta. Aquí ya no se quiere ver la vida como si fuera literatura, sino ver la literatura como si fuera la vida. Hay algo generoso en ello, como si Desplechin abriera aún más su universo hacia lo que nosotros compartimos con él de manera más íntima: la evasión.

La clave de todo esto es que tal vez ese escapismo no hubiera sido posible sin la pareja de baile adecuada: los actores adolescentes. Actores que aún no saben que hacen cine. O mejor, que juegan a ser actores, del mismo modo que sus personajes juegan a ser mayores, a fumar como Deneuve, a llorar como Devos. Mientras, Desplechin juega a fugarse con ellos, en su erotismo, en su energía lúdica, en su belleza casi obscena. Hay una especie de vulgaridad aceptada. Es casi la misma sensación que cuando se participa en una fiesta, una relajación, un olvido, un juego que podrá olvidarse o no. Porque si algo queda de todas las peripecias de Paul Dedalus, que arrancan con una literalmente alucinante (hasta tal punto que, en un primer momento, pensamos que se trata de un fingimiento) en la que se defiende de su madre loca con un cuchillo y que incluye rupturas, fugas, viajes y aventuras de espías, es algo así como un código. Una forma de ser. Un pensamiento. Es decir, lo que nos queda de una vida viendo cine. Trois souvenirs de ma jeunesse es una película que se resiste a creer que organizar la vida alrededor de las películas se haya vuelto imposible. Desplechin suele citar el cine americano del mismo modo que los americanos lo hacen: con un televisor en el salón. En este caso, la referencia es Fort Apache, de John Ford. Al final de la película, Dedalus/Amalric acusa a un amigo de su comportamiento hipócrita, diciéndole que no ha entendido nada de todos los westerns vistos en su infancia, de todas las novelas leídas en su juventud, porque, de ser así, un comportamiento sin nobleza sería imposible.

Trois souvenirs de ma jeunesse (Arnaud Desplechin, 2015)