CANNES 2015 (11): AS MIL E UMA NOITES. VOLUME 3: O ENCANTADO y THE ASSASSIN, de Hou Hsiao-hsien

'The Assassin'

Por Daniel Kasman

 

The Assassin (Hou Hsiao-hsien, 2015)

 

¡Qué buena ha sido la espera de este otro conjunto de historias sobre el Portugal moderno según la forma que propone Miguel Gomes en As Mil e uma Noites! Cada una de las tres partes de la película se ha proyectado en días diferentes en Cannes, así que finalmente pude ver la última y admito que ya me perdí en la interminable idea que Gomes y su Scheherezade han desarrollado, incluso más que hace dos días. Si ella cuenta historias a su rey para prevenir su muerte, creo que Gomes me cuenta historias, entre otras razones, para evitar la poderosa aura de mediocridad predominante en Cannes 2015.

As Mil e uma Noites. Volume 3: O Encantado me hizo sonreír durante al menos 45 minutos seguidos. Tras un breve fragmento de la versión moderna de la Scheherezade de Gomes en Volume 1, por fin tuvimos la ocasión de pasar algo de tiempo con ella en «Bagdad», vagando por el pasaje y encontrándonos con amantes y bandidos, cantando y escuchando canciones, así como capturando, de manera diferente, una serie de historias microscópicas que podemos ver en pequeñas secciones y que se exponen en un texto inscrito en la pantalla (pero diferente en tamaño, posición y tipografía respecto al texto que vemos en los letreros y, por supuesto, diferente también de la voz en off que también escuchamos a lo largo de los diferentes volúmenes). Este capítulo resplandece de manera positiva, enraizado en la sonrisa libre, en el humor directo y en la gran actuación musical de Cristina Alfaite como Scheherezade, que pasea dentro de los confines de una libertad limitada en lo que es una breve pausa respecto a su matrimonio mortal. La siguiente y última sección, creo que la más larga de toda As Mil e uma Noites, es casi un documental directo sobre una comunidad bastante diseminada pero a punto de desaparecer, perteneciente a la clase trabajadora portuguesa, que se dedica a capturar y a entrenar a los pinzones, al mismo tiempo un hermoso ejercicio etnográfico y quizá una analogía cantada y matizada sobre la atribulada nación portuguesa actual.

Los pájaros de Gomes se escucharon durante todo el camino que va desde la Quinzaine des Réalisateurs hasta la Sección Oficial, donde convocaron sonoramente la presencia de un cineasta cuya ausencia en el mundo del cine se ha sentido de manera muy fuerte por parte de muchos en los últimos ocho años: Hou Hsiao-hsien. La sinfonía compuesta por el canto de los pájaros y por los sonidos de la naturaleza penetra en el austero mundo formal de la aristocracia china del siglo IX en The Assassin, de Hou, muy de lejos la mejor película en competición en Cannes. Por primera vez desde la sublime obra maestra de este cineasta taiwanés Flowers of Shanghai, Hou nos hace volver en todo momento a la China del pasado. Esta película, cuya realización le ha llevado varias décadas, se siente como la condensación y la purificación de algo con lo que ha vivido y en lo que se ha involucrado durante muchos años. Se trata de una historia nüjiang (una historia de mujeres guerreras), basada libremente en un cuento de la dinastía Tang, y está hablada en guwan, un estilo muy antiguo y formal del chino. Pero, sin embargo, para esta dama asesina Hou ha elegido a su actriz más moderna, Shu Qi, su musa pop con la que comenzó a trabajar a partir de Millennium Mambo, de manera que podemos ver la joven encarnación de la mujer moderna taiwanesa transpuesta a un pasado de reglas y de costumbres cortesanas, de etiquetas y de una arquitectura vinculante y restrictiva para todos, pero especialmente para las mujeres: esposas, amantes, monjas y sirvientes. La llamada de los pájaros en la banda de sonido establece, con su libertad natural, una sugerencia sobre la vida no confinada que podemos encontrar en la asombrosa belleza de los paisajes chinos de The Assassin, un mundo exterior más antiguo, como nos hace comprender su refinada humanidad.

Princess Yang Kwei-Fei (Kenji Mizoguchi, 1955)

 

The Assassin es tan hermosa que en realidad no me puedo expresar adecuadamente sin recurrir a otra referencia cinematográfica (a un gusto: Princess Yang Kwei-Fei, Josef von Sternberg, Kiyoshi Kurosawa, Black Narcissus, All the King’s Men, de King Hu, Jauja); sin duda hemos perdido mucho sin el trabajo de Hou en 35mm con el indiscutible maestro, el director de fotografía Mark Lee Ping-bin, pero hemos sido recompensados con creces. El formato de la imagen es 1.33, el antiguo «formato de la Academia», uniéndose Hou a varios cineastas que juegan aquí en Cannes con el aspect ratio y con el color: el prólogo de la película está rodado en un delicioso blanco y negro con algunos adornos situados en una pequeña profundad de campo; muy pronto nuestra historia se interrumpe y se reinterpreta por parte de una mujer que toca la cítara, momento en el que vemos las imágenes, de repente, en formato panorámico, en el momento en el que se nos narra el clásico cuento chino del pájaro azul que no pudo cantar hasta que vio su propio reflejo, cantando desde entonces una canción sobre su tristeza hasta que murió. ¿Es esta la historia que vemos a continuación en las largas tomas que filma Hou? Aquí el ritmo está formado por un tempo hipnótico que me transportó a un sentido del paso del tiempo bastante extraño. El tamaño de la pantalla vuelve entonces al normal, pero la textura de la imagen continúa variando desde el brillo resplandeciente de unos interiores de color rojo a los exteriores, impregnados de un sentido mineral.

Déjenme contarles una historia que pueda hacerles comprender un poco por qué terreno pisamos, aunque les aseguro que la actitud de esta película hacia la narración es radicalmente abstracta y tras un único visionado, la narrativa es tan diáfana como las cortinas vibrando mecidas por el viento en cada habitación del palacio. Una vez prometida con su primo Tian Ji’an (un majestuoso Chang Chen, sereno, amenazador y melancólico), la joven aristócrata Nie Yinniang (Qi, que posee una mirada ardiente) es llevada a un monasterio donde será entrenada en las artes marciales y donde se le enseñará a reprimir sus emociones y a asesinar despiadadamente a los malvados y corruptos. Fallando en una ocasión en el momento de asesinar a un señor que estaba acunando a su hijo, es castigada y sometida a una puesta a prueba definitiva: debe regresar a casa y asesinar a su primo. Volviendo del exilio, duda entre la observación de su nueva vida –está casado y tiene hijos con una concubina; es acosado por las maquinaciones propias de las tensiones políticas entre la provincia independiente que gobierna y la política de la corte imperial– y la intercesión en sus asuntos por medio de sus habilidades marciales. Esto es todo, un juego que sentimos de forma muy profunda en el momento de verlo y de determinar cuándo actuar –y de qué manera–.

Yokihi (Hou Hsiao-hsien, 1955)

 

Como indicador de la revelación del drama y de la emoción elíptica, de soslayo, en The Assassin los primos no se dicen una sola palabra el uno al otro hasta que ha trascurrido más de la mitad de la película, cuando Nie Yinniang le dice al señor que su amante está embarazada, una declaración transitoria y concisa repleta sin embargo de importancia, amor perdido y tiempo. Con muy pocos diálogos y llena de escenas aparentemente fortuitas e inocuas en el palacio Tian –una reunión de ministros, la comida de los visitantes, los hijos del señor jugando a la pelota–, Hou crea un mundo de una formalidad casi embalsamada yuxtapuesto a la facilidad con la que su cámara a la deriva va recogiendo los detalles relativos a la improvisación de los actores durante las largas tomas. Se añade una tensión a este hermoso y osificado mundo, y es la audaz idea de no mostrar casi en ningún momento a Nie Yinniang descansando, en casa, durmiendo, comiendo o realizando algunas de las tareas propias del siglo IX, cuya vida intenta capturar Hou hasta sus últimas consecuencias, pero con una modesta precisión. En su lugar, la condición de esta mujer en tanto que exiliada y paria es mostrada de manera sutil por medio de su estado itinerante gracias a la puesta en escena: siempre está observando a los demás, o apareciendo en los momentos en los que hay un problema, pero nunca la vemos vivir su vida simplemente, tal y como sucede con estos acomodados aristócratas.

La acción es el contrapunto de este flujo mediado de imágenes e incidentes, pero no llega de manera tan radical como uno podría esperar de un cineasta cuyo estilo es tan distintivo, sino que se narra más bien como una contradicción directa respecto al mundo que hemos visto previamente: lo que era lento, lo que se filmaba desde una cierta distancia a lo largo del tiempo y desde un lado de la habitación, durante las escenas de lucha es visto desde diferentes lados, sucediendo los hechos muy deprisa, alternados con una serie de cortes que muestran primero un lado y luego el ángulo contrario. Nunca vemos este tipo de contraplanos en la película, salvo en estas peleas –con la excepción, quizá, de la que es la escena más importante de la película, aquella en la que Nie Yinniang espía a Tian con su esposa–. Sin lugar a dudas, esta es una de las escenas más exquisitas de la historia del cine, en la que Hou toma los canales de velas y las ondulantes cortinas que inundan el palacio y llena el encuadre de movimientos constantes y de actividad, así como sitúa literalmente estos elementos dinámicos y decorativos entre nosotros y la pareja. El propio Josef von Sternberg se habría muerto por conseguir imágenes como estas, con esos colores vibrantes en diferentes capas de profundidad, con la gasa translúcida de unas cortinas que entran y salen de plano, con el brillo desenfocado ocasionado por la luz de las velas, que parecen oscurecer y ahogar nuestra visión. Son imágenes inolvidables que cristalizan en los intervalos, en la distancia, entre Nie Yinniang y Tian, en el tiempo, en la diferencia de estatus sociales, de vidas y de amores, trasmutando la imagen en algo extremadamente suave, vivo y lejano.

La distancia es lo que The Assassin intenta en todo momento colapsar, en una búsqueda del equilibrio dramatizado en el caso de Tian entre sus dos mujeres, con su esposa confabulando para poner de su parte a la provincia en relación con la corte imperial (quizá se trate de una alegoría de las tensiones entre Taiwán y China), emblematizada por la sorprendente figura de Nie Yinniang, interpretada por Shu Qi, cuya presencia en el encuadre y cuya mirada firme son un vívido recuerdo de los retos del camino que ha elegido, poniendo por encima el servicio al deber frente a los sentimientos. Cada elemento en la película irradia sentimiento, desde sus colores hechizados y sus brillantes interiores, que recuerdan a una caja de bombones, a los poéticos paisajes reminiscentes de las texturas naturales gloriosas y propias de otro mundo de Jauja –todo está cargado del mismo sentimiento, ya sea un gesto, una presencia o una no-presencia, todo conduce hacia una corriente más profunda de emoción, y sin embargo, todo existe en un mundo que intenta obtener una distancia respecto a tales preocupaciones humanas, ya sea mediante la disciplina marcial o el romance y el matrimonio, que sirve para fomentar la lealtad y las obligaciones familiares y políticas–. Una densidad tan humilde, pero al mismo tiempo tan suprema, hizo que The Assassin se escapara entre mis dedos al verla por primera vez, y es la única película del festival que quería pedir que proyectaran de nuevo, al momento.

Traducción del inglés de Francisco Algarín Navarro.

 

The Assassin (Hou Hsiao-hsien, 2015)