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ACONTECIMIENTOS 2013

PABLO GARCÍA CANGA

 

 

 

Conte d'hiver (Eric Rohmer, 1992), Ten Minutes Older (Herz Frank, 1978), Sherlock Jr. (Buster Keaton, 1924) y una de las proyecciones en La Morada.

 

Cuento de las cuatro estaciones

No olvido la tarde de verano ya casi noche en Madrid en que fui a ver Cuento de invierno. Era en una calle escondida, una calle de esas que sólo se descubren si uno sube escaleras que parecen no llevar a ninguna parte, en un lugar que no sabía muy bien qué era, me habían dicho cine-club, me habían dicho La Morada, quizás hasta me habían dicho centro social ocupado, cuando llegué no había nadie, hice tiempo tomando una cerveza no muy lejos y cuando volví sí había alguien en la sala, y unas sillas de plástico, y una pantalla blanca, y un proyector, y al poco empezó la película, qué bella la película, claro, qué bello su milagro azaroso en el bus, qué bello su verano inicial sin palabras, qué inteligencia la de Félicie, qué emocionante el espectáculo de la inteligencia, de la palabra y de la convicción.

(Aunque siempre he sentido algo de pena por el bibliotecario enamorado de Félicie, no porque se quede solo, no, sino porque parece merecer esa soledad, es como la versión mediocre, gris, del soñador de las cuatro noches blancas. Plano y contraplano, ¿cómo habría sido la película si hubiese sido contada desde el punto de vista del bibliotecario? Él no podría haber sido el mismo, no creo, habría tenido algo de fondo. Ay del pobre personaje secundario, qué triste vivir siendo simple frontón en el que vienen a golpear las mucho más agitadas e inquietantes y sorprendentes y pensantes vidas de los demás.)

Acabó Cuento de invierno, con su inesperada felicidad, con su peluquera que reencuentra a su cocinero, con esas frases tan sencillas, «Es tu papá», y se encendieron las luces, y allí estábamos, en una sala con las paredes pintadas, en nuestras sillas de plástico ahora puestas en círculo, hablando de la película. Y esto ya era para mí un acontecimiento, hacía tiempo que no hablaba de una película al terminar de verla. No recuerdo muy bien, creo que cuando empecé a escribir sobre las películas dejé de hablar de ellas, hay algo extraño en hablar nada más terminar, se comprime ese tiempo en el que uno está solo con la película rememorándola, balanceándola en la cabeza, antes de poder ponerle palabras, es difícil.

(Lo más parecido a hablar así de las películas que había hecho en los últimos años era de vez en cuando quedar con un amigo y enseguida preguntarnos qué habíamos visto, y sobre todo qué habíamos pensado de lo que habíamos visto. Y hay algo bueno, creo, en saber que en alguna parte existe alguien con quién hablar de las películas, alguien con quién discutir lo que se piensa, y estar de acuerdo o cambiar de idea o llegar a otra parte, a otras conclusiones. Hay algo bueno, creo, en pensar para alguien, en pensar en lo que se podría hablar con alguien. O al menos eso es bueno para mí, que no pienso si nada me provoca. Algo de eso había también en escribir en un blog sabiendo que al menos dos personas más lo leerían).

Hablamos de Cuento de invierno y ya no recuerdo muy bien lo que se dijo, no tengo buena memoria, recuerdo haber hablado de las conversaciones entre el bibliotecario y Félicie, para el bibliotecario la literatura y la filosofía, que frecuenta, son algo sin relación con su propia vida, mientras que para Félicie son algo menos frecuente pero mucho más importante, a ella una representación del Cuento de invierno de Shakespeare le ha hablado de su propia vida.

(Y ahora, meses más tarde, pienso que esa conversación tras la obra de Shakespeare nos decía ya algo de qué hacíamos, o qué podíamos hacer, al estar allí hablando tras la película, qué uso queríamos darle a las películas, el del bibliotecario o el de Félicie. Quizás nos convendría no olvidar la emoción de Félicie ante la obra, ni cómo le ayudaba después a pensar sus propios problemas y a ponerles palabras. Alguien lo diría en el cine-club meses más tarde, hablando de Keaton en El moderno Serlock Holmes: Keaton tenía un problema en su vida y se metía dentro de una película para resolverlo).

Hablamos de Cuento de invierno y recuerdo que sentada en el escalón de la puerta la única persona que yo entonces conocía habló de la fidelidad de Félicie no a una idea sino a algo real que se ha vivido, porque Félicie realmente había conocido ese amor al que se mantenía fiel, al que debía mantenerse fiel porque era la prueba de que otra vida, otra forma de vivir y de amar, era posible. Quién dice amor, seguía diciendo aquella voz, que iba como lanzando las palabras al vacío, como poniendo piedras sobre las que sostenerse, se oía el esfuerzo de pensar justo en esa voz, en ese ritmo, quien dice amor puede decir política, y en realidad no lo decía así, no exactamente, quizás si digo que en la vida de Félicie algo había sucedido y ya no podía ser ignorado, y que esto a Félicie le sucedía con el amor pero que también podía suceder con la política, quizás si lo digo así me acerque un poco a lo que ella, sentada en aquel escalón, dijo.

Cuando el debate iba terminando hubo que elegir la película de la semana siguiente, esa era la regla del juego, al terminar se proponían películas que tuviesen algo que ver con lo que se había visto o hablado, y entre las propuestas se votaba, y yo que soy tímido y sin embargo me había lanzado a hablar de Cuento de invierno, algo había de acogedor allí, uno podía hablar, cualquiera podía hablar, acabé proponiendo una película, Gertrud, algo así como Félicie si no hubiese habido cocinero ni amor real un verano, si no hubiese habido más que la idea abstracta del amor, ni felicidad real para empezar, ni felicidad real al terminar, tan sólo una fidelidad desnuda al amor entre paredes blancas, espejos y miradas diagonales.

Propuse Gertrud y pareció bien, y me comprometí a escribir un email invitando a verla, esa era la otra regla del juego, el que proponía también escribía una presentación y a la sesión siguiente decía tres o cuatro frases antes de la película. Y así volví el martes siguiente, y ya volví casi cada martes desde entonces. Siguieron Una mujer para dos, Ce vieux rêve qui bouge, Numax presenta, Cocorico Monsieur Poulet, Et la lumière fut, Milagro en Milán, La infancia de Iván, Mi tío...

(Qué extraño hablar después de Una mujer para dos, de Mi tío, más tarde después de Palombella rossa, algo tienen las comedias que a lo que invitan es a recordar momentos, ideas, frases, a revivir la película en la memoria, como mostrándose en la pantalla lo sucedido, lo dijo una vez Tati, que la gente se mostrase cosas en la pantalla, hablar después de una comedia es como darse codazos para señalar instantes en la memoria).

Seguía el verano, en Madrid fue un verano que duró hasta tarde, y casi siempre había alguien nuevo que llegaba, o al menos alguien a quién yo nunca había visto (pero yo había llegado con el cine-club muy en marcha, llevaba en marcha desde noviembre del año anterior, desde Europa 51). Decía que llegaba casi siempre alguien nuevo, como había llegado yo, cualquiera podía de pronto venir y hablar y programar.

A veces se veían películas que no me gustaban, y otras veces películas que me encantaban, que me alegraba haber visto en compañía de conocidos y de desconocidos por conocer, a veces el debate merecía la pena, otras se enzarzaba, porque en realidad es muy difícil hablar, claro, y escuchar. Es difícil escuchar a los demás, hablar a partir de lo que ellos hablan. Y es muy difícil escuchar a la película, hablar realmente de ella y a partir de ella, y no usarla simplemente para decir lo que ya se pensaba antes.

Así fue acabando el verano, hubo una sesión con La influencia de los rayos gamma y ahí tuve algo que ver, si tuviese que elegir una sesión quizás fuese esa, para mí fue una alegría el que se compartiese esa película en Madrid, una película que para mí había sido muy importante y que de pronto se volvía importante para otros, quizás aún más que para mí, porque algo así hay en los mejores momentos del cine-club, uno comparte películas que de veras tiene ganas de hacer ver a los demás, y esto hay que pensarlo un poco, no sólo qué película te gusta, o qué película te gusta mucho, sino qué película tienes un especial deseo de compartir.

Contra Los rayos gamma se programó Primavera tardía , contra Primavera tardía se programó El río , de El río vino, vestida de chico, como un grumete, Sylvia Scarlett. Y quizás ahí, quizás un poco más tarde, la cosa se empezó a torcer, o ya se había torcido antes, nunca se sabe de verdad cuando algo empieza a ir mal, tampoco cuando empieza a ir bien, cada vez éramos menos gente, siempre los mismos, se perdió esa alegría de ver aparecer a gente inesperada, empezamos a programar siempre los mismos, aquello se había vuelto, quizás, una mecánica, y como mecánica no podía sobrevivir. Quizás fuese el frío, quizás fuese la vuelta de los horarios laborables, o quizás de alguna manera nos habíamos vuelto menos acogedores. El caso es que una noche aquello se interrumpió. No habría sesión el martes siguiente, no merecía la pena.

Así que se interrumpió una semana y se volvió al cabo de quince días con Milestones, una película que uno de verdad quiere compartir, una película que entre otras cosas trata sobre qué es ese compartir entre amigos, familia, amores... Y aquello fue como una fiesta, se llenó, y aunque ya hacía frío había tanta gente que nos dimos calor, sí, nos debimos de dar calor, porque se fue muy poca gente. Fue como una fiesta, pero también como un espejismo, las sesiones siguientes volvieron a ser escasas, la razón se volvía a diluir, ¿realmente alguien necesitaba el cine-club? ¿Alguien necesitaba ver y compartir películas y hablar de ellas? ¿Dónde se había metido Félicie, por qué no venía las noches de los martes a encontrar la solución a sus problemas con Fassbinder, Tourneur o Rouch? ¿Nos había olvidado ahora que ya había recuperado a su cocinero?

Entonces llegó la navidad, y otra interrupción, y el momento de volver a pensarlo todo, de nuevo entre los pocos que habíamos ido a la última sesión. ¿Cómo volver a ser acogedores? No se dijo así, aunque ahora lo pienso así. Y al cabo de dos semanas se volvió con Buster Keaton, con El moderno Serlock Holmes , y también con un niño viendo a los títeres, volver a pensar en los espectadores, qué espectadores queremos ser, y ahora me alegro de que el azar me hiciese empezar en el cine-club por Félicie emocionada en el teatro.

Se volvió con Buster Keaton y todo esto es ya 2014, y quizás debería ir deteniéndome aquí, no apuntar al final el optimismo que de pronto siento, como si hubiera vuelto el verano y las cosas pareciesen más fáciles, porque en realidad sigue haciendo frío y a veces somos muy pocos, pero si miro por la ventana me parece que ya va llegando la primavera, y el otro día éramos bastantes y la película era El mundo de Apu , y uno no puede terminar de ver El mundo de Apu sin sentirse feliz, sin alegrarse de haberla visto con otros, sin tener ganas de sonreír, aunque uno no consiga tener una sonrisa tan bonita como la Apu, tan contagiosa, qué ganas de llevar a alguien a hombros, qué ganas de caminar, de ver más películas, las películas sirven para pensar y emocionarse, sí, y también para aprender cosas, muchas cosas, a hacerlas o a verlas de otra manera, a hacer la cama, por ejemplo, o a ser espectadores, a cruzar un río con un coche, a cuidarnos un poco los unos a los otros, a cuidar las palabras, lo que es llevar falda, lo que es la soledad, muchas cosas, y también, claro, a veces, como con Apu, el mágico estudio del dolor y al poco rato el mágico estudio de la felicidad.

 

22 de febrero de 2014.