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ACONTECIMIENTOS 2013

EVARISTO AGUDO MOLINA

 

 

 

Rouge-Gorge (Pierre Zucca, 1985)

 

En un lugar en que se habla de cine, los acontecimientos son las películas, y los lugares en que se exhiben las películas. A pesar de los medios de difusión expandidos con que contamos hoy en día, el cinéfilo a menudo tiene que peregrinar aún a esos lugares para poder ver algunas de las mejores películas que se hacen ahora mismo. Como yo no viajo, no he podido ver, al menos de momento, Listening to the Space in my Room, las nuevas de Dorsky, Only Lovers Left Alive, Norte de Lav Diaz, el 3D de Godard, la nueva de Doillon... Todas seguramente son de lo mejorcito. Pero hablemos de lo que sí he visto... Lo que sigue es un comentario de las cosas audiovisuales que más me han impresionado en 2013 (en realidad también en parte de 2012 y lo que llevamos de 2014).

Moses und Aron (Straub-Huillet, 1975): Aunque no creo en la infalibilidad de Straub ni tengo la misma devoción por sus películas recientes que muchos colegas de Lumière, lo mejor de su cine (y de Huillet) está entre lo más elevado que existe. Esta adaptación de la ópera de Schönberg y remake accidental de The Ten Commandments es seguramente la mejor de todas las pelis que he visto de ellos. Es un filme hiperconcentrado, tenso en extremo, extenuante para el cerebro del espectador, que intenta asimilar la avalancha inclemente de complejidad intelectual que se le echa encima. Es a la vez un filme de una pureza máxima. Los cortes en la escena de la serpiente, la adoración del becerro de oro, los saltos en la noche, son momentos sublimes, de una limpieza y sencillez equiparables al Fritz Lang de Das Indische Grabmal. Obra maestra absoluta.

El cine de Nagisa Oshima: Aún me queda mucho por ver, pero hasta donde he podido comprobar, no existe un filme de Oshima que baje de notable. Así que el curioso puede empezar por donde quiera, pero repetiré el consejo de Miguel Blanco, a quien agradezco el haberme ayudado a internarme en este territorio: Sing a Song of Sex y Night and Fog in Japan están entre las más importantes. Sobre todo Night and Fog in Japan, una película excepcional, un psicodrama de los movimientos marxistas con una puesta en escena de pesadilla, alucinante. Oshima plasma la escisión en el corazón japonés de posguerra de forma tan rica que cualquier cosa que pudiera decir a vuelapluma sería un reduccionismo imperdonable. Hay que ver cómo se desarrolla película tras película su ejercicio de análisis sociológico y perfeccionismo formal para hacerle justicia. Es como si hubieran soltado a Balzac con una cámara en el desastre post bomba atómica. En ese sentido quizá Oshima sea el más francés de los cineastas nipones (hasta donde alcanza mi pobre conocimiento).

Die Marquise von O... (1976): Tal vez sea debido a mi fanatismo por Kleist (y tanto esta como la de Straub-Huillet son modelos de lo que es una adaptación), pero a mi juicio esta es la mejor película de Rohmer. Apartado de sus maneras (balzaquianas, una vez más, pero todos los hijos de Cahiers son balzaquianos cada uno a su manera) más habituales, Rohmer es a veces incluso más interesante. Esta es una película milagro. Pictóricamente superlativa y de una intensidad dramática inaudita. No tengo palabras para explicar la escena en que la protagonista se pone a discutir en serio si es posible que se haya quedado embarazada sin haber tenido relación alguna con un hombre. Ni siquiera Bergman ha llegado tan alto, ni se han explorado tan salvajemente las contradicciones entre ciencia y fe en filme alguno que yo conozca. Por si no fuera bastante, añadamos una construcción de suspense hitchcockiano de las que Rohmer gusta de introducir en sus películas (la intensificación de Le Genou de Claire) y la mejor escena de perdón que se ha visto jamás. En esa escena, cuando Bruno Ganz le pide a ella perdón, y ella le perdona, asistimos a un milagro en la pantalla. Que pueda existir ese amor, ese perdón, es realmente un milagro, y la película lo logra... No hace falta ser creyente para verla, es la película misma la que produce la fe. Prácticamente estaba botando en el asiento (en la Filmoteca de Catalunya) cuando la vi. Es un gozo indescriptible.

También en la Filmoteca, por fin, vi Tropical Malady. No creo que haga falta que venga yo a elogiar a Apichatpong, pero es que es el cineasta más imaginativo y sensible que ha despuntado en este milenio o así. Mekong Hotel tampoco es manca: contemplativa, terrorífica y humorística en un solo plano, es capaz de todo eso sin efectismo alguno, sólo la palabra y la ilusión, como un juego de niños. Sólo deseo que ruede más y más.

Sans soleil (Chris Marker, 1983): Marker es una singularidad, lo cual no implica que siempre hayamos de estar de acuerdo con él, sino más bien lo contrario. Lo que es seguro es que, como un amigo extremadamente refinado y gentil, nos llevará por la conversación de manera amabilísima, ingeniosísima, encantadora. Es la virtud y el defecto de la seducción, que puede embaucarte sin que te des cuenta. Como ya estamos ante un cineasta de masas (como quedó claro en la reciente sesión de Xcèntric, llena hasta los topes), cada cual que piense en ello si quiere. ¿Nos enriquece Marker? Sin duda. ¿Es un esteta? Desde luego, ahí está el peligro... Es tan bello, tan capaz de hacernos estetizar la vida, que corremos el riesgo de que nos haga sentirnos mejor.

Meet me in St. Louis (Vincente Minnelli, 1944): Hablando de estetas... De todos modos yo tengo la idea, que quizá desarrolle algún día, de que Minnelli describe psiques alienadas, así que el preciosismo queda relativizado. Que un cineasta sepa plasmar al unísono tanto tormento y tanta alegría de vivir no es moco de pavo. Aquí trata el fin de la infancia mediante el armazón formal del ciclo de las cuatro estaciones. La mejor escena quizá sea la de Halloween, casi como un corto de terror dentro de la película. Y Judy Garland está sensacional, como en The Pirate por lo menos.

Aquí vendría Passion, pero de mi Top 5 de las mejores películas del año prefiero no hablar demasiado. Es más divertido que el lector se pregunte por qué las consideramos tan buenas (así he hecho yo a menudo ejercicios mentales, y a veces llega uno a nuevas interpretaciones...). Además en muchos casos ya habrá artículos dedicados a ellas. Vivo una fiebre por De Palma, desde luego... Destaco mucho mucho The Fury, que compré en DVD por dos duros y es una peli fuera de serie. Es un remake de Carrie (adolescentes con poderes mentales) metido en una trama de espionaje salteada con escenas de todo tipo... La de comedia con Kirk Douglas secuestrando a una familia está muy bien, por ejemplo. Luego se disfraza de viejo, en un chiste sobre su propia ancianidad (antes había estado saltando por los balcones para intentar demostrar que se encontraba estupendo). Pero todo es demasiado descacharrante como para resumirlo; es una ensalada maravillosa. No porque haya que reírse de lo ridícula que es, porque no lo es en absoluto, sino porque De Palma sabe insertar el animus iocandi en la más pura paranoia... La pantalla mental en trasparencia es un hallazgo, Cassavetes está genial de malvado, y el final lo debe de haber visto Cronenberg un par de veces, porque digo yo que la similitud con Scanners no será casual...

Sólo diré, sobre el Top 5: a) Que Història de la meva mort es muchísimo mejor si se abstrae uno del discurso promocional (falaz, por otra parte) que se ha soltado sobre ella, y que desearía que no se pronunciase el nombre de Casanova (sólo pasa una vez y de refilón, pero me parece un fallo igualmente). De hecho pienso que la apreciación de la película se beneficiaría en gran medida de un desconocimiento previo absoluto de lo que se va a ver y de su contexto. b) Que La Jalousie es una película problemática, pero que crece a medida que se va pensando en ella, al menos en mi caso. Tal vez sea un poco frívolo, pero sólo por la voz de Anna Mouglalis ya sería una película, como mínimo, buena. El mayor enemigo de Garrel es el propio pasado de Garrel. Al haber visto poco antes J'entends plus la guitare (1991), La Jalousie me pareció en primera instancia un filme bastante menor. J'entends plus la guitare es escalofriante, dolorosa hasta lo dañino y de una autoflagelación sin piedad. Aunque su escena final y la dedicatoria a Nico sean tal vez demasiado explicativas, uno siente que es una película que Garrel tenía la necesidad de hacer. Con La Jalousie no estoy tan seguro. Creo que Garrel lo sabe, y que sus películas actuales reflejan ese conflicto.

Rouge-Gorge (Pierre Zucca, 1985): Pocas veces al ver una película se tiene la sensación de estar adentrándose en un mundo completamente nuevo y fascinante. No sólo es ése el efecto que produce Rouge-Gorge, sino que es además en buena parte su tema. La cercanía de Zucca con Pierre Klossowski, cuya Roberte adaptó, lo hace aún más intrigante e inquietante, aunque el aspecto más siniestro sea aquí menos explícito que en el grueso de la obra del autor de Sade mon prochain. Una escena recuerda al famoso momento en la bañera de Átame. Curiosamente, Victoria Abril aparece en ambas...

Debo también mencionar algunas de las grandes películas que vi gracias al Top 10 2012 de Lumière. En realidad mis visionados se nutren en tan buena parte de las sugerencias de los colegas de la revista que el que yo vote o comente aquí es casi un bucle recursivo, mero refuerzo. Aun así, unas pinceladas: a) Gebo et l'ombre es una de las películas más satisfactorias de las que he visto de Oliveira (una mínima fracción de su obra), quien, contra la ortodoxia, no es muy santo de mi devoción. No sé por qué motivo, para mí algunas de sus películas funcionan y son incluso muy notables, como en este caso, mientras que otras se caen con todo el equipo. Oliveira es un cineasta que transmite una sensación de senectud (no es por hacer un chiste malo), pero aquí esa impresión de que hay que abrir las ventanas para que corra el aire juega a favor de la película, un estudio sobre el mal asfixiante y estático. b) Todo lo contrario en el caso de Alain Resnais. Vous n'avez encore rien vu, pese a toda su reflexión sobre la mortalidad, es de una agilidad pasmosa. Es una película sobre la que se puede hablar largo y tendido, pero sobre todo es una película de gran inventiva, y una bella lección sobre los beneficios cognitivos de la ironía. c) Me llevé una gran sorpresa con The Master, que vi hace muy poco en la Filmoteca de Catalunya. La peli estaba ya programada, pero se convirtió en un homenaje póstumo a Philip Seymour Hoffman. Ojalá la hubiesen proyectado en 70mm., pero como en este caso el digital es un formato autorizado, me tengo que callar. Argumento aparte, mucha de la fuerza de la película reside en la monumentalidad de sus planos. Es una película-río como las de antes, con actores como los de antes... una especie de Gigante para el público actual. Anderson es un cineasta que parece que aún se esté buscando, lo cual es loable pero muy peligroso para las expectativas del espectador. Pienso que The Master es un éxito en la misma medida en que There Will Be Blood era un fracaso (un fracaso total, de modo que mi prejuicio no era precisamente positivo). Ambas son estructuralmente la misma película. Veremos cómo sigue en el futuro... Con la misma irregularidad que en el pasado, probablemente. d) Museum Hours es todo lo que el cine “independiente” americano se precia de ser y casi nunca es, solo que siendo mucho más delicada e instruida (valga la vanagloria: más “europea”). La presencia de Mary Margaret O'Hara será en sí misma un aliciente para muchos, pero el filme va mucho más allá del retorno de o la curiosidad por una supuesta diva (bueno, eso es que al filme y a Mary Margaret es algo que ni les va ni les viene) que, para más inri, hasta canta. Canta maravillosamente. El único pero que le pongo es que al final Cohen quiera convertir sus planos en cuadros, cuando eso era lo que ya llevaba pasando durante toda la película sin necesidad de que lo subrayase. Pero es un gran cineasta. Instrument es quizá el mejor rockumentary de la historia, y de los pocos que realmente funciona como película, y eso que ni siquiera soy fan de Fugazi (les respeto, pero no les amo). e) A Vingança de uma Mulher es una de las mejores películas recientes, y espero poder hablar más extensamente de ella pronto. f) autrement, la Molussie y Tabu no las he visto. La primera, porque no he podido; la segunda, porque no he querido.

Uno de los privilegios de estar en contacto con la gente de Lumière ha sido poder conocer (aunque sea sólo un poquito) a Nathaniel Dorsky. La revista está ya tan saturada de Dorsky que no voy a añadir nada, salvo que quien pueda ver sus películas y las de Jerome Hiler hará bien en aprovechar la ocasión.

También pude conocer hace poco a Ute Aurand (como en el caso de Dorsky, coincidiendo con su presencia en la sesión que le dedicaron en Xcèntric). Sus películas transmiten una gran calidez y cercanía, aunque no tanta como ella misma. Me alegró coincidir con ella en la opinión de que a menudo los cineastas tienen hacia sus propias películas una actitud mucho más sencilla y menos enrevesada que la que tenemos aquellos a los que nos da por ponernos a discurrir sobre ellas.

Centro Histórico: Ya se sabe que lo malo de las películas de episodios es que nunca pueden ser todos buenos. En este caso tenemos uno excelente, dos potables y uno no potable. El excelente es (obviamente) Sweet Exorcist de Pedro Costa, una prolongación de Juventude em marcha que supera al filme de partida. La corta duración le beneficia bastante (¿acabará por no hacer más que cortos, como su admirado Straub?), la profundización en el terreno de lo imaginario y el monólogo interior vivant, mucho más. Los potables son el de Kaurismäki (porque se le tiene cariño y un poco por comparación también) y el de Oliveira (que es un chiste con más o menos gracia, pero capta bien el suplicio de experiencia que son las visitas guiadas). El no potable es el Vidrios partidos de Víctor Erice. Es una pena ver a un cineasta antaño tan admirado en bancarrota creativa, así que es mejor correr un velo.

El cine de Jean-Claude Brisseau: Por fin me puse al día, o casi, con la obra de Brisseau. Sus películas me dejan desorbitado. Aparte de La Fille de nulle part (uno de sus mayores logros), Choses sècretes y De bruit et de fureur son mis favoritas. Literalmente no puede uno creerse lo que está viendo. Es un director al borde del abismo de la amoralidad y el desastre. Que lleve tantos años intentando esquivarlo y que su último filme lo logre tan sobradamente es motivo de gran alegría. Choses secrètes era la mejor película sobre la figura ideológica de la mujer en el tardocapitalismo (lo que en casa llamo cariñosamente “película de zorras”) desde Showgirls de Verhoeven... hasta que llegó Passion.

Es un terreno no muy distante del de L'Apollonide (Bertand Bonello, 2011), aunque ésta sea más inespecífica en su análisis de la opresión, y su galería de caracteres más variada. Cuando la vi pensé «este es el cine que hay que hacer ahora, es una obra maestra... es la película que yo haría...». Aparte de que no tengo el menor deseo de hacer cine, la cuestión es que las películas que suscitan ese entusiasmo inicial a menudo acaban por desvelarse como productos coyunturales que quedan fechados y pierden valor. Lo mismo digo de De la guerre. Hay que darles un tiempo antes de volver a verlas para poder comprobar si nadan o pierden pie. Y aunque me sigue pareciendo que Le Pornographe es un valiente retrato del vacío generacional post mayo del 68, quisiera que el cine francés abandonara de una vez ese fantasma tanto como que el cine español abandonara el de la Guerra Civil. Es un capítulo que debió cerrarse con Les Amants réguliers. No he visto la película de Assayas (creo que a priori Après mai tiene menos interés que un anuncio de tejanos) precisamente por eso. Ciertas revisiones pueden resultar nocivas... Ya hay suficiente material disponible. Tampoco he visto Le Dernier des injustes. No porque piense que no va a aportar algo, se trata a buen seguro de un filme valioso, como mínimo a nivel testimonial, sino por mi propio agotamiento frente al tema del nazismo. Si todavía no hemos pensado ese fenómeno a estas alturas, difícilmente va a salvarnos la película de Lanzmann. Por el contrario, y pese a lo dicho, ardo en deseos de que llegue la nueva película de Bonello. Espero que no sucumba a la deriva en que se encuentra la qualité française.

En esa categoría de qualité française podríamos incluir filmes como Holy Motors, Les Salauds, L'Inconnu du lac... Películas de mérito que sin embargo no acaban de satisfacerme. Sobre Holy Motors escribió Fernando Ganzo aquí mismo con mucho acierto. Sigue gustando, pero el brío de Pola X se ha quedado en el camino. Espero equivocarme, pero desespero de que Carax vuelva a dejarse la vida en sus películas, a transmitir la entrega y el riesgo que le hacían tan especial. Pola X fue el más intenso de sus manifiestos estético-vitales, y ahora parece la salva de despedida de una actitud romántica y desaforada que compartía con sus personajes, la marca de un cine que aspiraba a la grandeza emocional y de concepto de la novelesca del pasado sin renunciar a dominar los códigos de la modernidad. Con el paso de los años, conseguir financiación ya debe de ser para él victoria suficiente. Les Salauds es una película con momentos brillantes, sobre todo en cuanto a clima e interpretación, con una concepción intrigante y distanciada de las relaciones humanas, pero falla a mi entender en lo que tiene finalmente de explícita. Los puzzles narrativos de Denis nunca llegan a convencerme, no consigo estar en sintonía con su cine. Si L'Intrus me parecía demasiado opaca, Les Salauds me parece demasiado transparente. Cuando nos encontremos en el punto justo, será genial. Y L'Inconnu du lac tiene muchos aspectos positivos, pero no acaba de despegar. Le Roi de l'evasion, la anterior de Guiraudie, era más efervescente, más fresca en su planteamiento desprejuiciado y sin tapujos. Aquí el efecto de teatro a gran escala y el tema del cruising están muy bien planteados, y que el desarrollo quede donde queda tampoco es necesariamente un defecto, pero al menos a mí me deja un regusto algo pobre, de ¿esto es todo?

Darling Lili (Blake Edwards, 1970): Cada vez me entusiasma más Blake Edwards en general, y esta película en particular. Es un gran ejemplo de construcción en largas secuencias-bloque. Empieza con una introducción musical con la pantalla en negro. Al cabo de un buen rato aparece en la oscuridad la cara de Julie Andrews, que canta Whistling Away the Dark (las canciones de Mancini y Mercer son maravillosas)... La cámara se acerca, gira a su alrededor, vemos que está actuando en un teatro. Al acabar la canción, cerrándose la luz de nuevo sobre ella, hay un corte y vemos el teatro, el público que aplaude. Se produce un ruido, una conmoción anuncio de un bombardeo... Aparecen los títulos mientras Andrews/Lili canta otra canción... Tras la escena del teatro, corte a una secuencia de batalla aérea espectacular... Más tarde bloques de idilio, de espionaje, de comedia, números musicales... Un sinfín de delicias. A Rock Hudson su papel de aviador seductor le viene como un guante, Andrews no es de este mundo. La puesta en escena de Edwards, más exhuberante de lo habitual, con más movimientos pronunciados y envolventes que cuando se ciñe a su idea central de la pantalla-escenario (que es, por otro lado, brillante). Edwards es un cineasta con tacto, en que los elementos perturbadores suelen estar soterrados bajo el humor y la apariencia leve. Sus composiciones simétricas, su sentido del ritmo y del absurdo, el domino del espacio arquitectónico, el uso del color, son todos excelentes. Su carrera está trufada de magníficas películas. Destacan por ejemplo Victor Victoria, S.O.B. o Sunset, todas modelos de sutileza en la subversión genérica y de contenido. S.O.B. es para mí objeto de especial debilidad. Una película que podría venderse con la frase-reclamo “Julie Andrews enseña las tetas” se estructura como un meta-relato en que una actriz que se asemeja en su perfil anteriormente timorato a la propia Julie Andrews acaba por protagonizar una película en la que hace lo ya dicho. La escena de marras es una variación musical sobre la secuencia de los espejos de La Dama de Shangai. Edwards usa estos momentos algo perversos como un cocinero usaría un toque cítrico en sus recetas.

Algunas películas de Robert Aldrich: De vez en cuando hay que seguir explorando la obra de este gran director. No soy completista, siempre me gusta que me queden películas por ver de los cineastas que aprecio. De Aldrich, como obra maestra, ya conocía Kiss me Deadly, una de las películas de cine negro más eminentes, con un final terrorífico que hace pensar en David Lynch. Esta temporada se añadieron a mi lista The Big Knife (drama de chantajes y zozobras personales en el mundo de Hollywood, con un desgarrador Jack Palance), Hustle (peli romántico-policíaca con el dúo Deneuve-Burt Reynolds, tan hija de la nouvelle vague como de Spillane, con momentos sórdidos y fatalistas y estupendas escenas de amor), la gran Sodom and Gomorrah (con una puesta en escena sorprendente, sólida y mágica, y mucha más perversidad de la que podría uno esperarse... Vería cualquier peli dirigida por Aldrich y en la que saliera mi adorada Anouk Aimée, pero este es un filme que desborda las expectativas), Twilight's Last Gleaming (quizá algo imperfecta, pero visual y políticamente rotunda, con profusión de pantallas partidas y situaciones agónicas), y por encima de todas The Legend of Lylah Clare (brutal versión de Vertigo que traslada la trama al mundo del cine dentro del cine protagonizada por la mismísima Kim Novak. Al parecer circula el bulo de que es un desastre... No puedo disentir más vehementemente; es una película incómoda sin duda, por demoledora, y en la que Aldrich lleva su fijación por la podredumbre en las tripas de Hollywood como mundo en miniatura al límite de revoluciones).

Siguiendo con mitos del cine americano, vi también Two-Lane Blacktop (Monte Hellman, 1971) y We Can't Go Home Again (Nicholas Ray, 1976). Ambas son películas fundamentales del cine de los 70 en su versión yanqui afrancesada. La primera consigue alcanzar el campo de lo místico desde posiciones completamente terrenales, a partir de la búsqueda de la virtud como compromiso moral. Es la esencia del western transformado en road movie, con sus personajes enigmáticos que llegan de ninguna parte y se dirigen hacia su destino (es decir, a ninguna parte también) a través de diversos meandros narrativos en los que se cuentan historias, se viven aventuras, se conoce y desconoce el amor y se recorren paisajes impresionantes. Algo más convencional de entrada, pero también muy potente, es Amore, piombo e furore, un spaghetti western de los buenos, a saber, un vehículo para que Hellman desarrolle las mismas constantes que en sus películas más reconocidas, particularmente la idea de la persecución. La fotografía es fabulosa, y Fabio Testi logra convencer con su caracterización de un hombre condenado a cometer un asesinato. Es un buen filme sobre la objeción de conciencia, con un temple genuinamente contemplativo. La película de Ray, sin ser la obra maestra total que esperaba, compensa la irregularidad intrínseca a su procedimiento con su capacidad de abrir vías y sugerencias. Es una película porosa, en mutación permanente, una búsqueda, y para Ray, una catarsis de sí mismo. Todo su cine está en ella reventado y recompuesto de mil maneras, ruinoso y reverdecido.

 

También me reencontré gratamente con el cine de Francis Ford Coppola. The Cotton Club, reinvención musical de The Godfather en el apasionante ambiente de la jazz age, gana con los años, y para mí ha sido un completo redescubrimiento. Youth Without Youth es asimismo un filme muy estimable, en que sigue manteniendo su talento para componer encuadres con personalidad propia, capaces de sustentar la narrativa más inverosímil. Aún no he visto Twixt, pero promete bastante. Además Val Kilmer es uno de mis actores favoritos.

Por desgracia me perdí la sesión de Xcèntric dedicada a Gregory Markopoulos. Intenté tomarme la revancha viendo Twice a Man por mi cuenta. No hace falta más para poder decir que el arte de Markopoulos es mayúsculo, una visión peculiarísima del montaje (como en círculos concéntricos, muy especial) y de la poesía cinematográfica. Su sensibilidad es única. Sus películas parecen flotar en el aire, como anillos de humo que podrían deshacerse con un soplo. Y sin embargo todo resulta cautivador, como un collar de diamantes en una vitrina. El argumento no es que sea trivial (temas de seducción y luto, evocaciones del más allá, la búsqueda del amor y la belleza), es que se liga hasta tal punto a la atmósfera, a su estética de la delicadeza, que se vuelve indisociable de ellas y vive sólo por ellas.

Identificazione di una donna y Cronaca di un amore: Antonioni es quizá el súmmum en cuanto a composición visual... Volver a ver Cronaca di un amore después de escuchar los comentarios de Dorsky es aún más impactante. La verdad es que Dorsky es un guía excelente para ver el cine con nuevos ojos... Y la aproximación a partir de aquí hacia Identificazione di una donna (que no había visto hasta ahora, y que agradezco a la indicación de Miguel Blanco una vez más) hace que la película vaya mucho más allá de ser otra nueva versión de Vertigo (muy diferente de la de Aldrich, por descontado, y de las muchas de De Palma... pero es que Vertigo es un género en sí, o más bien un arquetipo para todo el cine consecuente que ha seguido...), hacia derroteros de extraordinaria riqueza textural, de un autoanálisis del cine, de derivas insospechadas en la narración, en la reflexión política, en el misterio emocional, en pulsiones de fuga que son inéditas. Antonioni es uno de los grandes cineastas, el mayor seguramente, de la fuga como disolución simbólica. De ahí que sus películas sean a veces tan desconcertantes, que lleven hasta algo así como la niebla que se adueña de una de las escenas más memorables de Identificazione. Es cine, por tomar el título de su capolavoro, de la aventura.

The River (Jean Renoir, 1951): No se puede negar la maestría de Renoir, sin duda uno de los autores más inteligentes de la cinematografía, pero prácticamente ninguna de sus películas ha llegado a afectarme como ésta, en la que podemos contemplar el desencantamiento del mundo, el paso del hechizo y las ilusiones (a menudo infundadas) de la niñez a las posiciones más pragmáticas pero también más sobrias y, en un sentido que no deja de albergar cierta decepción existencial, más realistas, de la edad adulta. Durante mucho tiempo Renoir nos mantiene en el encanto, en el exotismo, en una fantasía colonial que puede deleitar pero que también inquieta. Conforme todo eso se va quebrando, y finalmente llega la inversión, la transvaloración por así decirlo, se produce uno de los cambios tonales más emocionantes que puedan verse, y el filme llega a cobrar todo su significado. Es tan vitalmente profundo como formalmente perfecto, el que una película pueda contener así el desarrollo psicológico de un cambio de mentalidad, en sí misma y no en la lectura restringida que podamos hacer de la evolución de un personaje. No es algo fácil de explicar, y mucho menos de hacer... Normalmente la matriz tonal de un filme permanece neutra, como un espacio vacío, y son los personajes y las cosas los que lo llenan y cambian. Aquí es el flujo del filme el que se transforma, y la vida de los personajes en él... No son las cosas que pasan o que les pasan las que cambian, sino las propias premisas interpretativas, las reglas del juego de la película y de la vida las que se van modificando y terminan por ponerse cabeza abajo, y ello sin que se produzcan variaciones de puesta en escena, sin ninguna indicación semiótica explícita. Quien la haya visto sabrá entender lo que quiero decir, espero... Uno al principio es niño, y con el tiempo llega a ser adulto. Sin habérselo propuesto algo ha cambiado; uno no se acuesta un día siendo niño y se despierta al siguiente siendo adulto, pero llega un momento en que se da cuenta de que las cosas han cambiado, de que antes era A y ahora es B. Ésa es la transformación que se efectúa en The River.

Trouble in Paradise (Ernst Lubitsch, 1932): Lubitsch es por contra un cineasta de las triquiñuelas y los juegos propios de la edad adulta, de sus engaños y dobleces, y de sus disfrutes también, en los que se mueve como pez en el agua. La comedia de enredo es el género ideal para los contenidos que le interesan y para hacer valer el sentido del timing, del cálculo y de la estrategia, que es fundamental en todo ello. Todo muy capitalista, muy útil. Es como esas películas tipo Crazy, Stupid, Love en que un personaje experimentado enseña a ligar a uno torpe, sólo que Lubitsch no necesita de ese dispositivo (que suelen poner en práctica quienes no tienen la finura que tiene él): aquí el maestro es la película.

Cría cuervos... (Carlos Saura, 1975): De nuevo la infancia, esta vez como alegoría política. No por ello menos punzante, sin embargo. Lo que entrega aquí Saura no está muy lejos en algunos aspectos de Fanny och Alexander... sin el lastre religioso. A pesar de lo que he dicho antes sobre la Guerra Civil y el cine español, si todas fueran de esta calidad estaría viendo películas sobre el franquismo todo el santo día. Ana Torrent, en el mejor papel de su carrera, es una niña con el poder de provocar la muerte, o eso se cree ella. No es verdad, sabemos que no puede ser verdad, pero no deja de dar miedo. Al final, al cole y a dejarse de tonterías.

Entuziazm: Simfoniya Donbassa (Dziga Vertov, 1931): Si tuviera que elegir un cineasta, uno sólo, me quedaría con Vertov. A mi entender Chelovek s kino-apparatom (El hombre de la cámara) es su obra capital, pero Entuziazm: Simfoniya Donbassa le añade el poderío del sonido. La palabra “sinfonía” del título no está ahí porque sí: sólo la banda sonora ya es una obra maestra de la música concreta por derecho propio, y en su momento debió suponer un shock mayor aún que el que sigue suponiendo hoy en día. Vertov, como siempre, toma el filme panfleto, el reportaje soviético (sobre la industria metalúrgica en esta ocasión), y hace de él puro arte.

The Seventh Victim (Mark Robson, 1943): Hasta donde yo sé, la madre de todas las películas de suspense esotérico. Increíblemente afilada, empaca un sinnúmero de giros y de planos fulgurantes (en el blanco y negro contrastado marca de la casa en las producciones de Val Lewton) en su poco más de una hora de metraje. Robson no volvió a alcanzar estas cotas en toda su carrera, que incluye un buen puñado de películas notables. Entre ellas (por señalar las que vi durante este último año y pico) From the Terrace (gran melodrama financiero con la pareja Paul Newman-Joanne Woodward), Avalanche Express (su aportación al género de las tramas de espionaje situadas en trenes, con un siempre agradecido Lee Marvin y la contribución de Monte Hellman como director fantasma), y la fantástica Valley of the Dolls (una película multitemática con la vida de tres aspirantes a estrellas del cine como hilo conductor, llena de envidias, relaciones desarticuladas, precipicios vitales, almas vendidas y drogas, muchas drogas, con una espléndida Sharon Tate).

Les Girls (George Cukor, 1957): Esta película (mil gracias a Miguel Blanco, cómo no, por haberme acercado hasta ella) hace que tenga que plantearme seriamente reevaluar la obra de Cukor, a quien temo haber menospreciado hasta ahora. No son sólo los números musicales, que siempre me fascinan, ni ver a Gene Kelly en su mejor forma interpretando a un coreógrafo (he perdido la cuenta de cuántas de las que estoy reseñando aquí son meta-películas de un modo u otro), ni lo encantadora que llega a ser Kay Kendall, ni la narrativa en tres puntos de vista (que ha funcionado bien en muchas otras películas, pero no tiene para mí un atractivo especial), ni la suma de todo lo anterior... Creo que es algo que tiene que ver más con la desconstrucción escénica, si se me permite la expresión, con su sentido de lo artificioso. Si esta película se hiciese ahora, nos fijaríamos seguramente más en toda una serie de características, de maneras de hacer, que la apartan radicalmente de la inmensa mayoría de las prácticas del cine actual y que en su contexto (el de la fotografía en color y los géneros propios del cine de los 50, sobre todo el muscial) resultan casi naturales: la forma de planear los espacios (cómo se multiplican los encuadres del apartamento de las tres chicas, casi al modo cubista), lo enfático de los decorados y sobre todo de los maquillajes, lo trabajado de la iluminación, lo irreal de las escenas (la de la discusión en el tren o la del viaje a España, por ejemplo), toda la lógica onírica que caracteriza a este tipo de cine es en Les Girls especialmente llamativa, y está clamando por una relectura, posmoderna por decirlo de alguna manera, de todo el tinglado. Es un efecto de distanciamiento de lo real, un ilusionismo hollywoodense sobre el que habría que proyectar un nuevo planteamiento interpretativo, y que por supuesto no concierne sólo a esta película, sino prácticamente a una época. Aunque sólo con el número de las tres cortesanas ya se habría ganado mi corazoncito.

Tres filmes de Marguerite Duras: Añadí a lo que ya había visto de Duras Nathalie Granger, Le Navire Night y Le Camion. En mi opinión Le Camion es la más descataca de las tres. Podría hablarse infinitamente acerca de ella (y de las otras también), pero no sé si es lo más aconsejable. Las de Duras son películas muy performativas. Fuera de la experiencia, el comentario puede incidir en su planteamiento intelectual, pero apenas acercarse a lo que las hace ser lo que son. Sí, en resumen son dos personas (Duras y Depardieu) sentadas a una mesa leyendo, y un camión que va por la carretera mientras se oye lo que van leyendo. Todo reside en lo cualitativo de las palabras y de las imágenes, y en ellas se habla de todo y se ve todo.

El cine de Allan Dwan: El monumental dossier editado por Phelps y Telaroli y publicado por Lumière le puede abrir los ojos sobre la figura de Dwan a quien quiera leerlo. En él hay mucho que aprender. En sus películas aún más, claro. Y como son tantísimas, tenemos una vida por delante para ir explorando... Silver Lode, Slightly Scarlet y Most Dangerous Man Alive son las que más me han gustado por el momento. Lo que me llama más la atención en ellas son los instantes de pesadilla (como la escena del armario de MDMA), y en líneas generales cómo Dwan busca la originalidad dentro del cine de género (como hacen todos los buenos directores de género, por otra parte), aunque en Most Dangerous Man Alive ya no se sepa bien de qué género se trata...

Como ya nos hemos entretenido mucho, enumeraré el resto de películas que considero dignas de mención de forma más somera:

The Long Goodbye (Robert Altman, 1973): Mi favorita de Altman, y eso que las tiene geniales (3 Women, Nashville, Popeye).

Alice ou la dernière fugue (Claude Chabrol, 1977): Claude Chabrol y Sylvia Kristel, apuestas seguras. Intriga, delirio, y un plano final envidia del Crash de David Cronenberg. Alicia, como la de Lewis Carroll...

Una lucertola con la pelle di donna (Lucio Fulci, 1971): Pesadilla, aquí sí, inequívoca y exasperante pesadilla.

Der Bomberpilot (Werner Schroeter, 1970): La mejor comedia de nazis no es To be or not to be, es ésta. Véase la escena de la entrevista de trabajo. Pero el genio de Schroeter es de otro pelaje... poesía visual, laxitud narrativa, Magdalena Montezuma... y por supuesto canciones aberrantemente interpretadas.

Mademoiselle Docteur (G.W. Pabst, 1936): La versión auténtica, recientemente recuperada, no el remontaje posterior. Su pase en la Filmoteca de Catalunya fue seguramente el momento más importante del año en cuanto al trabajo al que estas instituciones deben dedicarse, en lo que a esta filmoteca respecta. La peli es brutal... espionaje, glamour, amor y locura durante la Segunda Guerra Mundial.

A Time to Love and a Time to Die (Douglas Sirk, 1958): De lo mejorcito de Sirk... El género del romance bélico en su versión de gran melodrama, pero sin cursilerías.

L'Uccello dalle piume di cristallo (Dario Argento, 1969): Giallo prototípico. Asesinatos impecablemente coreografiados (y con la fotografía sobresaliente de Vittorio Storaro), excentricidad, y una banda sonora excelsa de Ennio Morricone en su faceta más disonante. Algo más desquiciada, también disfruté mucho con 4 mosche di velluto grigio, con Mimsy Farmer. En esta película hay un recurso narrativo muy curioso. Hacia la mitad, el detective se pasa un buen rato investigando, y cuando ya ha descubierto quién es el asesino... ¡viene el asesino y lo mata! Hay que esperar hasta el final... La resolución, y sobre todo la toma a cámara superlenta que cierra el filme valen mucho la pena, aunque la banda sonora (de Morricone también) no sea de las mejores.

Nous sommes tous encore ici (Anne-Marie Miéville, 1997): Una película que empieza poniendo en escena el diálogo entre Calicles y Sócrates en el Gorgias de Platón haciendo que los interpreten Aurore Clément y Bernadette Lafont nunca va a ser menos que impagable. La posterior discusión de pareja con Godard no se queda atrás.

King of New York (Abel Ferrara, 1990): Es difícil quedarse con una sola película de Ferrara (como dice Miguel García, sabes que sus películas siempre te van a caer bien)... King of New York está aquí destacada porque es extraordinaria, y es la última que he visto. The Blackout (enésima versión de Vertigo) tiene muy buenos defensores, también New Rose Hotel o 4:44 Last Day on Earth (la película más realista sobre cómo viviríamos el fin del mundo si nos dijesen que es para ya) son excelentes y están por encima de su propia media. Go Go Tales es un remake (mutatis mutandis) de The Killing of a Chinese Bookie casi a la altura del original... Aunque mi favorita sigue siendo Dangerous Game (aka Snake Eyes), la prueba de que Madonna sí es capaz de actuar dignamente, aunque ese sea el menor de sus méritos.

Hollywood or Bust (Frank Tashlin, 1956): Sensacional comedia servida por el dream team Tashlin-Jerry Lewis-Dean Martin, con la especial participación de Anita Ekberg.

Christine (John Carpenter, 1983): Mi coche es mi novia. Interesante acercamiento al mundo de las pelis yanquis de instituto... que ojalá tuvieran todas detrás a un auteur como Carpenter. Además el coche es como Terminator, no hay quien lo pare.

Gun Fury (Raoul Walsh, 1953): El Walsh de la temporada es este western arrebatado y cruel con un Rock Hudson en busca de venganza. Una película con nervio, de las que te tienen en vilo. Tarantino, aprende (dicho sea de paso, Django Unchained fue un fiasco, o más exactamente una película de hora y media bastante aprovechable atrapada en el cuerpo hipertrofiado y deforme de un megaengendro de tres horas, y lo peor es que se ve clarísimo por dónde hay que cortar...).

Eureka (Nicolas Roeg, 1982): Extraña película... Quizá la última genuinamente esotérica de Roeg (aunque Insignificance tiene sus momentos). Recomendada para fans de Coil; el difunto Jhonn Balance se identificaba con esta película...

Prince of the City (Sidney Lumet, 1981): A todos los efectos un remake de Serpico. Sin los modelitos de Pacino y con más chicha, tampoco adolece del montaje entrecortado de aquella, y resulta superior sin duda.

Kawaita hana (Masahiro Shinoda, 1964): Nihilismo chic, amour fou y autodesctrucción. Junto con la terrorífica Kaseki no mori, lo mejor que he visto de Shinoda.

Resident Evil: Retribution (Paul W. S. Anderson, 2012): La gran saga de aventura actual, protagonizada por la mayor diva de la acción actual, la inigualable Alice/Milla Jovovich. El último nivel es metaescénico y estruendoso, como debe ser, aunque los tres dirigidos por Anderson son muy buenos (los otros dos tampoco están mal del todo, pero no es lo mismo). El gran hallazgo del último par de entregas es abandonar toda pretensión autoconclusiva y plantearse así, justo como niveles de un videojuego. Uno no espera resoluciones ni respuestas y se deja llevar por el arte cinético de Anderson, un weirdo de la arquitectura (me apasionan sus diagramas informatizados) que construye sus set pieces tan bien como Argento o Fulci, por ejemplo. No es de extrañar que le estén saliendo defensores entre la crítica de qualité. Alien vs. Predator (muy barata en DVD) es mucho más resultona de lo que recordaba, y logra ligar las dos mitologías convincentemente, aunque lo que le interese sea poner a los muñecos a luchar en una pirámide, como es lógico. Desde luego es mejor en conjunto que Prometheus, de la que sólo destaca el diseño de producción y la escena de la auto-operación de Noomi Rapace, que está estupenda.

The Bling Ring (Sofia Coppola, 2013): Al principio parece un telefilme, pero poco a poco se va consolidando. Coppola es una directora inteligente, que sabe ceñirse a los temas que domina y tratarlos con sentido de la mesura. Uno acaba simpatizando con sus personajes, porque Coppola los presenta con humanidad (Emma Watson, sobre todo, está muy graciosa... su “You're stressing me out” es la mejor frase cómica del año). No como Harmony Korine, director al que yo respetaba pero que ha perdido mi favor con la bastante terrible Spring Breakers. Aunque plantear el tema de la “humanidad” está probablemente fuera de lugar en este caso... De todos modos, prefiero ver unos cuantos videoclips de Ke$ha, Miley y compañía. No llevan moralinas ocultas.

 

Y creo que esto es casi todo...

 

R.I.P. Eleanor Parker, Alain Resnais...

 

Le Navire Night (Marguerite Duras, 1979)