L'ÂGE D'OR FESTIVAL 2016 (XIII)

Recuperando su lugar en el bosque en las montañas del norte de Alabama

por Will Hindle



Un bicho que no fui capaz de encontrar me mordió este verano y acabó con el tratamiento obligatorio de la vacuna antirrábica del doctor Pasteur… fueron de 14 a 21 planos, filmado uno cada día, en un movimiento de ida y vuelta por mi vientre. Creo que en realidad, no era obligatorio. Puedes morir sufriendo una lenta agonía si quieres, me imagino.

Los planos no son mucho mejores que la propia rabia, pero te puedes marchar. Esta fue la tercera vez que me sometía al tratamiento del Dr. Pasteur. Se reunieron los patólogos del Medical School de la University of Alabama (28 bloques) en Birmingham y, sonriendo, afirmaron que después de esta ronda, me debería haber vuelto inmune a la hidrofobia. En esa primera examinación de urgencia, sentí el único verdadero «placer» que había experimentado en unos cuantos meses. Normalmente, pienso que es el momento de hacer algunas cosas, pero unos segundos después me digo que es demasiado tarde. Pero cuando das un paso al frente, cuando se trabaja de esa manera con los especialistas en grupo y con las enfermeras rociadas de un pretencioso blanco durante el día, la cara y la cabeza de uno se parecen muchísimo a las pequeñas mordeduras que tengo en el brazo. Es normal que se parezcan. Me incliné un poco y vociferé en sus oídos. Unas cuantas enfermeras se asustaron, sus sombreritos universitarios se cayeron hacia un lado, sus pequeños relojes bocabajo, subiendo y bajando sobre sus pechos, listos para dar la hora. Uno de esos doctores de aspecto vienés se puso gris, pálido, y todo el mundo se echó hacia atrás. Los becarios cerraron la puerta de golpe, dejándole en una de esas cabinas esterilizadas hechas de esmalte completamente aislado.

Tuvo que pedir una baja médica ese trimestre. En los tranquilos bosques, se vive un gran aumento de la nostalgia waldenesca.

Entre los calambres estomacales y las terribles náuseas, me sentó bajo lo que seguramente era una morera, en la sombra profunda. Una de esas tardes, tuve una gran idea. Era jueves, si mal no recuerdo. Ahora mismo no recuerdo bien qué pensé.

Lo sentía desde hacía varios meses, pero pensaba que era un estigma personal. Las cosas habían cambiado, y no siempre para bien… y mucha gente no podía verlo, o no quería. Las clases de cine, las filmaciones personales, son un nuevo fenómeno. Este tipo de vanguardia se acercó «al» cine sin cuerpo, alma o corazón. Muy pocos tenían una «formación» fuerte, formalmente escolarizada. El cine personal era muy personal. Los equipos muy pobres eran lo natural, solíamos improvisar, y de esas improvisaciones (de nuestros errores, incluso), surgieron una buena parte de los enfoques y de los puntos de vista. Las cosas han cambiado. Antes, hacía una pequeña película y la guardaba en un cajón. Nunca había oído hablar de ninguna cooperativa, y de todos modos, apenas existían.

Estudiando inglés, conseguí un diploma con un tamaño adecuado como para alinear el cajón de las cucharas y los tenedores. Yo era jardinero, y también navegué por los mares del sur en una goleta llamada Wanderer, fuera de S. F., y me encarga de las facturas de Pacific Gas Electric. Hice un montón de cosas, pero nunca colocaba lo que me gustaba en el mercado. Y me salvé, filmando por pura alegría, con el corazón. Ya no había que hacer un solo rollo ABC filmado en una sola banda rebobinable… en realidad, nunca me dijeron que tenía que tener un rebobinador de cuatro bandas. Subí gracias a las alas de la pura ignorancia. Como una abeja obrera (habiendo demostrado las ingenieras que son incapaces de volar aerodinámicamente); no sabía que no se podía, así que lo hice.

Ahora la mayoría del cine se enseña como si fuera un monstruo, con muchos tentáculos. Se le pide al estudiante casi nada más llegar complicados requisitos y se le ofrecen unas cuantas máquinas patentadas que se supone que ofrecen la máxima expresión.

Si alguien les entregara un equipo ligero y les dijera: «No era preciso ir por ahí, el mundo entero está aquí, hazlo con esto», ¿cuánto de lejos llegarían? Si la autopista de los Negocios no nos asesinara primero, habría infinitas variables. El hombre y el cineasta necesitan sentir, conocer y amar la misma cosa, y hacerlo bien, hacerlo profundamente. No puedes hacer justicia de cualquier forma, incluyéndote a ti mismo, por no mencionar el amor y el entendimiento, al vuelo.

Incluso si podemos sonar como Kung Fu, merece la pena permitir que esa persona pruebe con ese equipo tan básico, incluso manual, que tanto ha costado conseguir, precisamente un empleo fijo, y busca en él (o que él busque en sí mismo) las cualidades y la esencia de al menos una milla cuadrada de tierra y de cielo y de agua. Verás como surge un arte personal. Paradójicamente, habrá algunas limitaciones que se impongan (que se opondrán a la falta de limitaciones), y que nos liberarán. Tenderá a ofrecernos una visión más firme. Tenderá a dejarnos ver de verdad. Una vista muy definida que pretende mostrarlo «todo» en realidad no muestra nada. En el cine, en un primer momento, puede parecer «pintoresco», pero luego se verá como una limitación penosa.

Deja que el cineasta filme una milla incluso más pequeña, y verás como suben el ritmo y la comprensión.

Quizá todo ese sistema de circuitos violentamente miniaturizado propio de un orgulloso Hal, o de un ordenador así, pueda maravillar con su singular falta de esfuerzo y con la falta de sentimientos de su procedimiento binario, pero los hombres deben hacer una pausa si quieren trabajar de manera personal. Ese pequeño trozo de endiablada pobreza es el que la vanguardia propia del cine personal sintió que era suya, que era el momento de su nacimiento y de su conocimiento. Es prácticamente imposible evitarlo en una tierra de grandes explotaciones [Janis Jolin, que falleció en 1970, fue incinerada[, pero una vez conoces la «popularidad» y buscas las «alabanzas» y el reconocimiento como motivación en tu trabajo, le das la espalda a la única forma de cine posible que puedes conocer.

A menudo, los hombres y las mujeres que no tienen forma de empezar, celebran ahora las «clases» de cine. Su amor por el cine era una «necesidad» pura, hasta el punto de que si no hubiera habido película, seguramente la habrían inventado con sus propias manos. Sin embargo, algunas de esas personas empiezan sus clases a dos metros sobre el suelo. Reglas, leyes, complicadas piezas, efectos secundarios avanzados.. el ruido es ensordecedor, algunos sueños pueden morir con él. Predican que el scope es «infinito» y que está creciendo aún más, enigmáticamente.

Y los profesores siguen infectando a los alumnos con debilidades. Y, en algunos casos, los estudiantes infectan a los otros estudiantes con sus propios dilemas. Los estudiantes vienen buscando que los «maestros» les enseñen cómo llegar a los más alto de la expresión, como si esos profesores pudieran enseñarles dónde se encuentran… cómo si ellos mismos hubieran llegado «tan lejos». El arte está en la cabeza y en las fibras. No me resulta sencillo de entender por qué algunos de esos caballeros y de esas damas persisten paralizando a los demás con sus cargas.

Algunos departamentos no tienen, en realidad, ni siquiera una Steembeck (¿se deletrea así?), ¡una mesa de montaje! Y otros, en cambio, alardean de tener tres. Todo lo que hay que hacer es llegar y desenchufar todos los aparatos tan deslumbrantes, y decirle a los alumnos que no los podrán utilizar.

Esa corriente que estamos viviendo que consiste en «la reducción de la inflación» o en «las cargas de la depresión» podría servir de gran ayuda tanto para las películas como para los cineastas. Lo dije en las universidades que visité… del mismo modo que se lo digo a mis propios alumnos… [en] la universidad… que vayan dando pequeños pasos… que vayan dando pequeños pasos para empezar. Que antes de empezar a correr, intenten conocer bien ese pequeño cuadrado en el que ven una imagen y ese pequeño círculo de accesorios que tienen a su disposición. No sólo es prohibitivamente caro empezar por ahí, sino que a menudo, lo que aparece en la pantalla nos golpea la cabeza. No encuentras nada, o casi nada, que tenga que ver con la visión en un primer momento. Y, además, no debes emplear tus primeras fuerzas utilizando miles de formas… quizá sea suficiente con una o dos. Compartir esos primeros momentos de torpeza, esa historia de amor, en soledad, el proceso de espera que supone el aprendizaje, la cámara… También hay que intentar no lanzar la acción hacia fuera o crear una cortina de humo a base de zooms. Que no te preocupe que tengas que controlar la cámara en todo momento o que tengas que estás pendiente de cómo quedan las imágenes. Como todo en este mundo, primero hay que hacer las cosas pequeñas, lo primero es lo primero.

Los recortes que hay en todas partes son en realidad una oportunidad perfecta para todos aquellos que aprendieron y que trabajaron con un equipo mínimo; ahora podrían compartir esos comienzos, verdaderos y honestos con sus alumnos… porque ahí es donde están ellos, realmente. No allá arriba, en el seductor resplandor de la decadencia avanzada, sino que necesitan volver al principio, al buen profesor… que simplemente les aportará su cabeza y su amor y su esperanza para seguir. Y los profesores deberían avisar de que los puestos de trabajo no les están esperando, una vez se gradúen. Aceptar una «oferta» de buenas a primeras (si es que eso sucede) puede dar lugar a un cierto crecimiento personal y uno puede desarrollarse realizando una actividad, pero es trabajar por dinero.. no es participar de la alegría de la filmación. Porque los jefes (en los informativos de televisión, en los anuncios locales rodados en los parques, las películas promocionales industriales, etc.) te pagan para que tu mente siga cerrada y sea obediente, no para que se abra y crezca. Para que llegue el matrimonio, un niño o dos… y nunca podrás volver a casa. Y claro, celebras cuando puedes hacer un «gran plano» en medio de todo ese proyecto que tienes entre manos, pero sabes perfectamente que es una excepción, que eso no es la norma.

Un buen tipo de San Francisco solía darme algunas indicaciones, ahora y entonces («What a degauser?, Mr. Jones»). Empezó simplemente con su imaginación y su energía. Para poder llevar a cabo el trabajo personal que había planeado, alquiló un gran edificio y construyó un estudio de sonido y había una cocina pequeña y un salón –todo ello para realizar anuncios–. Pagar el alquiler, los seguros, los salarios, a los asesores, esos teléfonos que funcionan apretando un botón… mejor será que el gran cineasta utilice su propia casa… La espiral de las necesidades se vuelve cada vez mayor. Ni siquiera tuvieron la ocasión de mirar atrás, al menos una vez. Nunca hicieron algo propio. Ese cruce de cables primerizo cortocircuitó todo lo que eran. Y así es como se convirtió en un sirviente del cine, no en un amante del cine.

Se debe, se debería decir a los estudiantes que, al igual que sucede con los estudiantes de bellas artes, no hay nada que esperar, que deben tener las manos libres para ver el mundo exterior tal y como es. Son ellos y ellas quienes deben encontrar su sitio en el mundo… y eso significa hacer muchas otras cosas, necesarias para poder pagar la renta.

Es una cuestión muy importante, incluso en mi escuela, donde me llamaron para que enseñara el cine como arte, así que empecé por explicar que el cine pide mucho… Sobre todo al principio… y que no da nada a cambio, a menos que tengas la cabeza muy buen amueblada. La cámara y la emulsión son neutrales. Los grandes anatemas son la impaciencia, la falta de respeto por la creación y la precisión, los grandes sueños que tienen que ver con el dinero y el reconocimiento crítico.

Mi amigo Baillie (dios, ¡desde 1958!) escribió que había pedido permiso en su escuela para «enseñar» su experiencia en el cine a través del zen como método. Los alumnos podrían vivir, comer y seguir sus clases de una manera diferente, separada del resto de departamentos y clases. Esa clase promete mantener un compromiso serio con la disciplina personal y básica… sin la cual no se puede hacer nada. Siento un gran amor por él y le deseo lo mejor, tras haber conseguido, de manera excepcional, ganarse a los de la escuela. Es algo que puede florecer, pero será lentamente, nunca explotarán este método. Puede que así muchas escuelas, en todo el mundo, paren de temblar nerviosamente y dejen de protagonizar escenas egocéntricas.

No vamos a ninguna parte, compañeros, hasta que aprendamos y sepamos que no se trata de ver lo que podemos conseguir, sino que lo que podemos hacer sin todo eso es lo que nos da la fuerza y lo que nos llena como personas.

Con las escuelas que empujan, por todas partes, hacia la «innovación» y «las investigaciones avanzadas», con el fin de conseguir becas y mantenerse, esto puede sonar bastante ingenuo. No pretendo ofender.

Con amor,

Publicado originalmente en Canyon CinemaNews, junio de 1974.
Recogido en MacDonald, S. Canyon Cinema.
The Life and Times of an Independent Film Distributor.
Berkeley / Los Ángeles: University of California Press, 2008. 

Traducción del inglés de Francisco Algarín Navarro.