L'ÂGE D'OR FESTIVAL 2016 (VI)I

Errancia en California

por Barbara Kossy




Después de ver la reciente retrospectiva de Robert Nelson en la Cinematheque me di cuenta de que llevo siendo fan de Nelson desde que vi Bleu Shut (1970) antes de graduarme. Después, durante años, les preguntaba a mis amigos si habían visto una película con dos hombres y una mujer que jugaban a las adivinanzas con fotografías de yates. ¿Se llama Mary Jane, The Weekender, o Bottoms-up? Es difícil para el público no jugar a adivinarlos con ellos, compartiendo sus triunfos y derrotas. Al comienzo de Bleu Shut se nos informa de que durará exactamente treinta minutos; al final, a juzgar por el reloj de la esquina del encuadre, la película se pasa de ese tiempo. Si no dura treinta minutos, ¿cómo podemos saber que los nombres de los yates eran correctos? ¿Acaso podemos fiarnos de algo que diga el cineasta? Esto se vuelve una cuestión política que, por extensión, alcanza a la naturaleza de la comunicación, la información y el poder, cuestiones que no hay que tomarse a la ligera en esta era de la información. Al igual que en sus otras películas de la época 1965-70, como Oh Dem Watermelons (1965) y The Great Blondino (1967), en Bleu Shut Nelson combina una mezcla muy satisfactoria de diversión, trucos fílmicos y política humanista.

En la tercera noche de la retrospectiva se proyectó Suite California: Stops and Passes (Parts I and II) (1978). Las primeras películas se ocupaban del lenguaje verbal y cinemático y de la naturaleza de la comunicación, pero esta película más tardía parece un producto de la estética de los setenta con su tendencia al “ser”. En ella, Nelson deambula a través del Estado de California desde Hollywood al Golden Gate, desde navidades familiares a una caza de ciervos.

Part I comienza con una secuencia dramática narrativa en Tijuana, que desemboca en un viaje en coche a través de Death Valley. Embutido entre largos planos de la travesía por la autopista del desierto hay un zoom deslumbrante (el gran momento de Part I). El coche realiza el travelling de la cámara, que filma una perspectiva de la carretera del desierto desde el salpicadero. La cámara hace un zoom de acercamiento hacia el punto de fuga y luego aleja el zoom abruptamente hasta un gran angular, oponiéndose al movimiento hacia adelante del coche y produciendo un efecto similar al de pisar en falso un escalón.

En la sección de Hollywood, escuchamos una guía turística del histórico parque Will Rogers narrando con un tono monocorde la ordinaria historia de la familia Rogers, mientras vemos, filmado desde la cadera con  fotografía de estilo verité, material aburrido del barrio de Hollywood y Vine. Más divertido fue ver a cientos de cinéfilos haciendo cola en una sala para ver The Godfather (1972). La imagen en sí misma no era interesante, pero los peinados, los medallones y las chaquetas Nehru sí.

Part II nos hizo sufrir navidades en familia (perezón), un confuso relato interminable sobre el puente Golden Gate y vislumbres de la vida de acampada tras una cacería de ciervos en la montaña. Mirar estas acumulaciones fue comparable a visitar a un nuevo amigo y que te saque álbumes de bodas. En una situación social quizá nos sintamos obligados a ser educados y comentar algo sobre los preciosos vestidos de las damas de honor; en el contexto del arte, no deberíamos aguantar estas banalidades.

La película, sin embargo, sí que presenta un uso inteligente de los subtítulos, adorables planos de niños (mamá saca un bebé, acurrucado como un pavo en una sartén, del horno) y algún material fascinante del Land's End y de los Sutro Baths originales. También se incluyen planos de turistas en el aparcamiento con mirador del Golden Gate, que nos recuerdan a fotografías similares de Roger Minick con turistas en Yosemite y de David Mussina con turistas en parques naturales, que desromantizan con éxito el paisaje. Estas interesantes secciones, por desgracia, no son las que predominan en la película.

En este afectuoso deambuleo, Nelson ha elegido ridiculizar el mito de California presentando sus monumentos sin gloria. Pero al intentar cubrir demasiadas millas y demasiados años ha ahogado su propio ingenio y estilo, de los que dio suficiente prueba en películas anteriores pero que parecen servirle mejor cuando su tema es de ámbito más limitado.

Publicado originalmente en Artweek, nº 2, 1984.

Traducción del inglés de Miguel García.