BAFF 2010:

Notas sobre el homenaje, el rostro y el cierre

por Arnau Vilaró

Si abrimos el catálogo que nos ha acompañado los días de festival, la directiva del BAFF resumía la programación como un año que integraba «imágenes profusas, llenas de rostros y personajes expectantes, coloridos, tumultuosos, que parecen querer salir en tropel». Si a la diversidad se refieren estas palabras, sin duda el BAFF ha apostado por ella, ofreciendo un año más un abanico de imágenes que traviesan géneros, formatos y naciones a lo largo de sus seis secciones; «tal es el rostro visible del festival», añadía. La metáfora que alude al cuerpo visible construido desde las luces funciona, aquí y siempre, pero si hablamos de los pequeños rostros que forman ese gran rostro, cojea.

En Visage Tsai Ming-liang nos abre el camino desde el título y, claro está, habla de rostros, pero coge aquellos que le eran propios a Truffaut –Jean-Pierre Léaud, Jeanne Moreau y Fanny Ardant– y nos los muestra como objetos enfermizos en analogía con los últimos días de la vida de la madre del cineasta y, a su vez, sometidos a un insólito erotismo, el del mito de Salomé, pero también el que se explicita en la secuencia en que aparece Amalric. La vida privada y el homenaje al horizonte francés de la Nouvelle Vague están también en Where Are You?, donde Masahiro Kobayashi sigue las errancias de su hijo Yuto para preguntarse a la forma de André Bretón «¿Quén me acompaña a esta hora sin guiarme y a quién, por lo demás, yo tampoco guío?», probablemente este brazo del no-guía sea Antoine Doinel, el embrión primerizo de Truffaut que delinquía robando máquinas de escribir y mentía a su profesor diciéndole que había muerto su madre, pero el hijo de Kobayashi no inventa nada: roba para comer y su madre se muere de enfermedad. Ming-liang se esfuerza en manipular y dar movilidad a los cuerpos –desde hacer entrar a Léaud en el Louvre hasta cubrirlos de escayola, envolverlos con un plástico y bañarlos con salsa de tomate– mientras que Kobayashi muestra un cuerpo que se mueve solo, de espaldas, que reserva su expresión para mostrar la sorpresa ante un padre que no sabe si existe o cerrando los ojos dentro de una bañera, la misma que servirá de féretro para colocar a su madre y enterrarla en el mar.

Una de las secciones más interesantes del festival fue sin duda la dedicada a serie de filmes sobre la ciudad de Manila. Y en ella, un homenaje más, en este caso a un filme de culto del horizonte filipino, Manila by Night (Ishmael Bernal, 1980). El primer díptico de Manila (Raya Martin y Adolfo Alix Jr. e intermedio de Lav Diaz) toma uno de sus personajes de referencia para hacerlo circular en una errancia parecida a la de Yuto por la ciudad; éste, Piolo Pascual, es esclavo de una sociedad deteriorada cuyos habitantes oscilan entre la esperanza y la lucha –constantes inherentes al cine de ambos direcotres– pero que ya no osa decirse «I love you, I love you also» como lo hacían con gracia los de Bernal. La separación estructural del díptico resuena en un cuerpo dicotómico (William/Phillip) que, ora deja caer una lágrima desde un primer plano, ora esconde la cabeza detrás su rígido dorso. Los rostros tampoco escapan de sitios cerrados en los dos filmes más recientes de ambos directores proyectados también en el festival, como lo es el bosque en Aurora o el que Martin construye en forma de decorado en Independencia. O, en esta misma sección, la habitación del protagonista de Manila Skies (Raymon Red); en éste la esperanza del vivir mejor en la ciudad deviene el paisaje de un tormento, pero mirando al cielo el protagonista llegará al mismo triste lugar donde todo había empezado; a la búsqueda de la acción y el cambio, Raul Arellano es un calco del esquizofrénico de Travis de Taxi Driver (Scorsese, 1976), pero sobre éste se encuentran formalizaciones próximas a las del personaje ante la ruina del cine de Pedro Costa.

Un último homenaje, Road, Movie (Dev Benegal, 2009), uno de los regalos del cine indio más pobres que se ha hecho al cine y a su ontología –sólo una imagen vale la pena: cuando para tender la pantalla lo hacen a la forma de izar las velas–, aquí los cuerpos son totalmente visibles pero no existen más allá de las imágenes que se proyectan, las únicas que les dan la felicidad y la supervivencia; el filme, como los otros, no deja de perseguir la utopía de encontrar la grieta que deje penetrar la luz del cine en lo real y los rostros permanecen en esta espera. Ni los cantos funcionan. Los que abren y cierran Where Are You?, donde escuchamos la voz de un padre cantándole tienes «que seguir la luz» desde un fondo negro, o las palabras de la canción con que se emociona la protagonista de Weaving Girl (Wang Quan'an) en el pub del Fénix del Fuego que claman «poder ver el cielo desde el inifierno». Aquí su rostro escupe lágrimas y sangre a la vez y, como los demás, sólo espera morirse.