BAFICI'09: OPERAI, CONTADINI (Straub-Huillet, 2001)

Una luz inconcebible

por Francisco Algarín Navarro

No se trata ya de que no haya principio sin final o final sin principio. En las películas de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet la resistencia se hace desde la duración y, al mismo tiempo, contra ella, o mejor dicho, frente a una parte de ella. Es la parte que impone que algo empiece y que algo concluya, y se hace frente a ese movimiento colocándose precisamente frontalmente. Frontalmente al relato, relatando. Relatando como no se relataba hasta entonces, como ni siquiera relata Elio Vittorini. Relatar es aquí proclamar, no solo enunciar. Proclamar es publicar en voz alta para que se haga notorio a todos. Relatar es ser portavoz, ser pasante. Se relata contra el relato, frontalmente a él, conduciéndolo más allá del principio y del final, sin principio ni fin, entre el principio y el fin, renunciado a lo que pueda señalar que algo comienza y que algo concluye. Es de ese modo como se trabaja contra la duración, siempre que esta imponga que un movimiento empiece y acabe y, sin embargo, también desde ella, al dar duración a ese entre sensacional, y aquí «sensacional» es lo que llama poderosamente la atención, pero a los sentidos.

Operai, contadini (2001) comienza con una panorámica desde la profundidad del bosque, un lugar probablemente situado a pocos metros del punto en el que se emplazó la cámara para realizar la panorámica que concluía con Une visite au Louvre dos años más tarde (2004). Nuevamente nos encontramos con la trampa, porque una película comienza y acaba. Podemos trazar un eje temporal más amplio, y acordarnos de la última imagen de Dalla nube alla resistenza (1979). Podemos situar un horizonte junto a otro, y al final lo que terminaremos por ver, veintidós años después, son las dos estacas de madera, a contraluz, situadas a la izquierda del plano. Una «reserva natural» conserva en el cine de los Straub toda su significación literal. Reservar es guardar custodia de algo para que sirva a su tiempo. Y servir, reservar, aquí significa poner una «p» delante, preservar. Preservar para que algo sirva a su tiempo, y en ese modo de servir, de ofrecer, de conducir, de proclamar, subyace toda la raíz dialéctica de una coma que separa y divide a los «operai» (obreros) y a los «contadini» (campesinos). ¿Quién ocupa el lugar de esa coma? Lo «natural», es decir, «la luz inconcebible», lo que pertenece a la naturaleza. Es lo que separa “los filmes Pavese” de “los filmes Vittorini”. O, al menos, lo que los Straub separan. Esta no es ya tanto la luz inconcebible de Dios frente a los hombres como la luz de la naturaleza, no habiendo sido concebida por Dios y, a pesar de ello, situándose frente a los hombres. Frente es, en Operai, contadini, junto a los hombres, pero sobre todo entre los hombres, entre los obreros y los campesinos.

Decía Jacques Rancière en una bella conferencia titulada La palabra sensible1 que la dialéctica del «uno se divide en dos» también se prueba aquí en «el uno se prueba por el dos». Probar es definir al pueblo en la división y la copresencia conflictiva, argumentada y expuesta frente a un tercero: los cineastas y la naturaleza. Es el desdoblamiento señalado por Rancière de la «palabra lírica», denominador común de la Faccia Cattiva, nodal, y la «palabra dramática», que opone, que marca la coma. Esta exposición de la palabra es, precisamente, la que hará salvar la trampa del relato, haciendo del relatar la experiencia de la articulación del texto. La escisión del relato, su subversión, se ejerce a dos niveles: de una parte, la posibilidad de salvarse del comienzo y del fin; por otra, la de desproveer(se) del sentimiento, de la apropiación de la voz de los otros. La experiencia no pasa por ahí, por la reconstrucción o la vivencia de algo que, por otra parte, no les pertenece a los cuerpos que aquí se presentan. Lo que se encarna en ello no es la experiencia de la vivencia sino la de las palabras que recogen esa vivencia: la palabra sensible es la palabra encarnada, conducida, pasada y transmitida. De ahí el dispositivo efectuado en esos dos tiempos: por un lado, la reconducción de la palabra escrita por Vittorini en La Donna di Messina, de la que los Straub han extraído los más bellos y pulsionales momentos que permanecen para siempre al desalojarlos del otro referente externo al de esos cuerpos, que concentran a toda la comunidad y su voz (pero no a la voz de los campesinos y los obreros); por el otro, la comunidad de voces de pasantes, la presencia material del texto, la mirada al texto no para ejercer su lectura, sino para manifestar su presencia, y la mirada «por encima».

Hay una «luz inconcebible» en la que se bañan los seres y las cosas. Hay un blanco que quema el papel en la imagen, que no deja ver la disposición del texto mirado. Hay unos ojos que tampoco sabemos si se desplazan por esta superficie, aunque utilicen lentes que luego desechan cuando termina la lectura, una lectura que no es tal, sino tan solo encarnación de la palabra, arte de la palabra. Y por encima de todo hay una mano que mantiene el contacto con el musgo, con la piedra, del mismo modo que el texto reposa en la tierra. La piedra no soporta el peso del cuerpo al igual que la mano no sirve para apoyarse, sino que más bien es fuente del traspaso del pasante. El dispositivo de la palabra es el dispositivo de la disposición espacial. Hacer presente la palabra de la comunidad es transmitirla de forma crítica, haciéndola pasar por la experiencia de la articulación silábica, donde los cuerpos se disponen en el espacio también de forma crítica. Del mismo modo que la palabra une y opone, los cuerpos se unen y se separan críticamente, en su colocación espacial, entre sí, y en su mirada frente a ellos: los cineastas y la naturaleza. La «luz inconcebible» es la ofrecida por la naturaleza a los hombres para poder ver y para poder verse entre sí y servida entre ellos mismos. La elección de los momentos, los puntos fuertes de experiencia, las pulsiones frente a la totalidad del texto, remiten al conflicto dialéctico que aquí se plantea: el ritmo. Las panorámicas, los zooms, las composiciones grupales y los ejes de la mirada tratan de revertir el proceso humano al volver a poner en contacto a la mano y al texto con la tierra. Una luz inconcebible es una luz mitológica a nivel dialéctico y procesal, pero también espacial, rítmico y poético. Y sin embargo, el testigo nunca calla, tan sólo se hace más presente su presencia cuando callan los hombres. Y son los hombres los que deben relatar (sin hacer relato) los impulsos de la estaca a la que se da forma. Una estaca sacada del tronco de un árbol a la que se le dio forma, que se yergue sobre el horizonte, depositaria de las experiencias y de la marca, de las manos y las huellas que dejaron los hombres y de la que los hombres se sirven, al ser pasantes, al hacer del «fue» que imponía el relato un «es» o un «somos», somos «obreros, campesinos», como cantaba La Internacional. La coma es la madera de la que está hecha la estaca. El hombre deja sus huellas y la naturaleza las borra. Los hombres construyen su experiencia. No la reconstruyen, sino la afirman. El relato no concluye, se está propagando. Ya, y ahora, se está propagando por la profundidad del bosque.


1. Rancière, J.: «La palabra sensible (Nantes, 2001)», en Imagen, ética y filosofía, Ed. Manantial, Buenos Aires, 2004


El BAFICI'09 proyecta diversas películas de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet en el marco de un foco de la pareja de directores. La programación íntegra del BAFICI'09 se puede consultar aquí.