DOUBLE TIDE (Lockhart), IM SCHATTEN (Arslan), DER RÄUBER (Heisenberg), CATERPILLAR (Wakamatsu):

BERLINALE 2010 (1)

por Violeta Kovacsics

El cine se quedó sin palabras

Dice Scorsese en unas declaraciones recogidas por Rüdiger Suchsland, que el 3D es una manera de acercarse a la forma natural de ver las cosas, que el espacio es real y que el tiempo no se sabe si lo es: si lo que vemos es una cuestión de espacio tiempo, una opción para acercarnos a esa visión más natural podría ser el 3D. Quizá por eso, siempre pensé que la película 3D definitiva no sería Avatar, sino un filme que capte los tiempos muertos, que aproveche el cine para filmar el tiempo y que ponga el 3D y la oportunidad que brinda a la hora de acentuar la profundidad a las órdenes del espacio.

Double Tide, de Sharon Lockhart, está compuesta por dos planos secuencia que muestran la labor de una recogedora de almejas: en el primero, cuando el día aún está brumoso; el segundo, cuando el sol se está poniendo. Dos fragmentos de unos cuarenta minutos, en los que, primero, la trabajadora se adentra hacia la costa, las botas hundidas en el barro y los guantes enfundados; en la segunda toma, regresa poco a poco, hasta salir de nuevo del cuadro. Lockhart juega con la profundidad —de la costa al fondo— en dos planos fijos en los que el único movimiento es el de la mujer, patente sobre todo en la primera toma, en la que, por momentos, se dirige hacia la bruma hasta casi desaparecer. Los cambios en el paisaje, especialmente en la segunda parte, una celebración de la luz y la naturaleza, imprimen el paso del tiempo. Double Tide sigue la estela de Lunch Break: ambas reflexionan sobre el trabajo y ambas trabajan la profundidad; ambas sacralizan el gesto, una mediante la cámara lenta, la otra mediante la reiteración —visual y sonora, con el ruido de los guantes entrando en la arena mojada—; ambas profundizan en el tiempo, una mediante la dilatación en el montaje que crea una imagen tan hipnótica como radical, la otra haciendo que el tiempo fluya en la cámara y mediante la dialéctica de dos escenas con paisajes distintos.

Double Tide (Sharon Lockhart, 2009)

Género

En Double Tide no hay diálogo, apenas hay sonido —los guantes, los pájaros, una sirena. El policía del filme de Zhang Yimou tampoco habla mucho, ni el agente de Im Schatten de Thomas Arslan, ni el ladrón de Der Räuber. Berlín mira hacia el género —también Polanski y Scorsese— y de paso se adentra en el un cine con pocos diálogos (y eso se agradece). Dos componentes de la nueva ola de cine alemán, un recién llegado y uno que pertenece a la generación anterior, Benjamin Heisenberg y Thomas Arslan, han filmado sendos thrillers sin grandes efectos y con mucha contención y pulso. Der Räuber, de Heisenberg, se basa en una historia real, la del austríaco Johann Rettenberger, corredor de maratones a la par que ladrón de bancos, y se destapa como un thriller con pulso y realismo, en el que la cámara logra el mismo tono físico que el personaje: corre junto a él, lo sigue por ventanas y verjas, en un ejercicio de pocas palabras y una acción tan silenciosa como potente. Heisenberg se mueve perfectamente en las secuencias de los atracos, tanto cuando son dentro como fuera de campo. Pero es sobre todo en la carrera cuando Der Räuber alcanza sus mejores momentos: las características de su peculiar ladrón ofrece al director la posibilidad de realizar una película centrada en la persecución.

En Im Schatten, Thomas Arslan vuelve la vista al thriller de los sesenta en un filme cargado de elipsis y cambios de punto de vista, que destaca por lo seco de su acción y por una cámara estable, que —a diferencia del filme de Heisenberg- apenas se mueve. Arslan arranca la película con una imagen de la ciudad, llena de luces. El contraplano llega tras los créditos: con el rostro del ladrón protagonista. Al rato, su punto de vista desaparece y la película se aferra al del policía que lo sigue, tirando del hilo hasta destapar su plan. Im Schatten es un thriller en estado puro: la parte final posee una secuencia de acción llena de pulso y en un entorno, el campo, que sirve de quiebro; pero ante todo, ofrece un retrato detallado del trabajo del criminal, tanto del ladrón como del agente corrupto.

Política e incorrecta

A la Berlinale le gustan las películas comprometidas, tanto social como políticamente. A veces, incluso, no es necesario ningún compromiso con el cine, basta con una historia con trasfondo político. Eso genera que, en la sección oficial abunden películas planas. El mordiente —Polanski aparte— desaparece. Hasta que llega Wakamatsu con Caterpillar, tiñe de rojo la pantalla, rueda en blanco y negro la escena en que, en plena guerra, un soldado viola a una mujer mientras unas llamas de color aparecen sobreimpresas. Enseguida enuncia la historia: un soldado vuelve a casa sin brazos ni piernas. Es el año 1940 y su mujer, horrorizada, no tardará en cumplir todos sus deseos, pues él ha sido declarado por todo el pueblo, Dios de la Guerra. La mujer lo repite a cada rato: «lo único que haces es comer y dormir, comer y dormir». La película es eso: lo que queda del hombre: gruñe porque quiere comer, duerme bajo la mirada hastiada de su esposa y folla, en una de las escenas más duras que se ha visto en la Berlinale. Wakamatsu rueda de forma directa y da forma a su discurso sin necesidad de parábolas, en una película con un crescendo propio del cine narrativo al uso y un tono a medio camino entre el experimento y la nueva carne.