CANNES'09 (1): SPRING FEVER (Lou), THIRST (Park) y AIR DOLL (Kore-eda)

BAFF redux

por Violeta Kovacsics

Los primeros días del Festival de Cannes parecen una extensión del BAFF: la Sección Oficial arrancó con la china Spring Fever y siguió con la coreana Thirst, mientras que en Un Certain Regard se proyectó la japonesa Air Doll.

Precedida por la censura en su país de origen, Spring Fever, de Lou Ye, aborda el tema de la homosexualidad desde un manido triangulo amoroso, en el que cada uno de sus personajes se muestra rígido, manteniéndose siempre en el molde del tópico y en el lugar justo para exponer la denuncia. Lou Ye arma su filme mediante un dispositivo narrativo cargado de giros y conexiones entre los personajes; un engranaje calculado que contrasta con una puesta en escena aparentemente realista en la que el sexo se muestra en plano secuencia y los tiempos muertos y los silencios se subrayan. Al final incluso queda un hueco para las resoluciones efectistas.

El reverso al realismo llegó de la mano de Park Chan-wook e Hirokazu Kore-eda, que firman sendas películas de género: el filme de vampiros Thirst y la fantasiosa Air Doll, respectivamente. Ambas adolecen de grandes imperfecciones, de escenas o personajes que sobran y de una duración excesiva. Thirst revisa el género desde la irreverencia. Lleva los filmes de vampiros a su terreno, el del exceso, tanto visual como narrativo. Thirst arranca con una austeridad propia de las tareas de su protagonista —un cura enfermo—, empieza a apuntar destellos de comicidad —él chupando del tubo de sangre de un paciente del hospital— y de erotismo y termina cayendo en algunos delirios, como la transformación del cura en vampiro, representada mediante un montaje picado y una banda sonora agresiva, o las pesadillas de éste tras cometer un asesinato. Park muestra constantemente su virtuosismo y su gusto por los trucos digitales; sin embargo, es en las escenas más arraigadas al género puro y seco cuando consigue sus mejores momentos: la reanimación de la amante del protagonista, filmado en un delicado primer plano, o la caza y captura de víctimas en el pasillo de su casa, iluminado por fluorescentes blancos para aparentar la corrosiva luz del sol.

El gusto por el digital de Park contrasta con el retorno a los trucos artesanales e inventivos por parte de Kore-eda. Air Doll arranca con una sorpresa: el plano de un hombre que cena amigablemente con una mujer y el contraplano de ésta, una muñeca hinchable. Lo mejor de la película gira en torno a una idea muy propia del imaginario de lo fantástico y lo mágico: la figura de plástico que cobra vida. La premisa da pie a Kore-eda a crear situaciones de humor entrañable –como la escena en la que la protagonista cree que una mujer es como ella porque las líneas de sus medias son iguales a las marcas de sus costuras sobre el plástico— y efectos elegantes, como el momento en el que ella se deshincha, realizado tan solo mediante los movimientos precisos de su actriz y un encuadre que combina plástico y carne según el momento. Lo delicado del relato se ve manchado por un discurso subrayado —«todos estamos vacíos»— y un conjunto de secundarios innecesario y desvinculado del resto del filme.