CANNES 2011 (2): HABEMUS PAPAM, NANNI MORETTI

Imagina una película

Por Fernando Ganzo

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En un momento bastante divertido de la presentación de Restless, su guionista, Jason Lew, dijo que estaba encantado de estar en la tierra donde nació el cine, refiriéndose a Francia. Quizá indirectamente se refería a Cannes, festival nacido sólo unos años antes de que por primera vez empezasen a catalogarse las mejores películas de la historia, los mejores cineastas… Thierry Frémaux, delegado del festival y habitual maestro de ceremonias, le reprendió rápidamente diciéndole “¡Cuidado, que estamos en Cannes, no en Lyon!”, ciudad donde realmente los Lumière inventaron el cinematógrafo. La broma causó efecto, pero no borró la extraña sensación de contradicción que causaba oír declarar a ese chico una emoción casi fetichista por el cine cuando, en un día y medio de festival, sólo una película de las ocho que he visto ha sido proyectada en celuloide.

Sólo una película proyectada en cine en el mayor festival de cine del mundo. Por mucho que los cineastas se empeñen en trabajar juegos de contrastes, en crear zonas de oscuridad en la pantalla, oscuridad que ya de por sí es violada sistemáticamente por las aparatosas e incandescentes señales de salida (ver lo escrito por Raymond Bellour sobre lo que esto supone para el cine de Grandrieux), y que resulta aún más inaccesible para el espectador en una proyección digital.

Tal vez sea esa la razón de que Habemus Papam, rara proyección en 35mm, nos haya despertado tanta admiración, y cabe preguntarse si fuera del marco del festival la sensación habría sido la misma. Por el momento apostaré que sí. Hay demasiados regalos para el espectador en ella como para no aceptarla a ojos abiertos. Moretti va abriendo cajones y sacando de ellos momentos que casi se tienen por sí mismos, sin dejar con tanta ruptura de contribuir al desarrollo de una película siempre viva. Desde luego es la película más viva que hemos visto hasta ahora, lo cual está lejos de ser algo fácil si tenemos en cuenta que la película se centra en el Vaticano, en un universo, pues, masculino, anciano, secreto, oscuro, rutinario. No por casualidad, la primera secuencia tras los títulos de crédito es un apagón. Apagón que sucede a un arranque del todo televisivo, con imágenes de masas en la plaza de San Pedro, del entierro del difunto Papa y de reporteros intentando acercarse a los cardenales en el camino al encierro del conciliábulo.

Con ese apagón se quedan también sin luz todas las expectativas de ver una película sobre el Vaticano o su plaza en la sociedad, decepcionando a muchos que se esperaban una masacre cáustica contra la Iglesia. Llega así la secuencia de los votos en los que ningún cardenal quiere ser votado. Y se abre así otra vía que la película abandonará: la de la presión del sumo Pontífice. Porque, muy pronto, Michel Piccoli, Papa electo, no sentirá ya la angustia de haber sido elegido Papa, sino la angustia de descubrir, en la vejez, que ya no queda nadie por delante de ti, que ya no queda texto que interpretar ni órdenes que acatar. Esa será la conclusión que nos dejen sus encuentros con dos psicoanalistas: el primero, el propio Moretti, invitado por el Vaticano para un encuentro infructuoso que le obligará a quedarse encerrado allí, rodeado de curas, a esperas de que la cosa se solucione y no sea ya necesario guardar el secreto. La segunda, la mujer de este, a cuya consulta llevarán al Papa, “de incógnito”. Cuando ella le pregunte por su profesión, un travelling, algo vulgar, nos acercará al rostro de Piccoli, que se ilumina de forma casi mágica para pronunciar las palabras “soy actor”. Un actor, Piccoli, al que ya no le queda texto que interpretar (el personaje conoce textos de Chejov de memoria), nada salvo afrontar su propia vejez. Esta doble relación entre el actor y el personaje, y sus constantes idas y vueltas tiene algo de homenaje, de regalo precioso al viejo Piccoli.

Pero, tras encontrarse con la psiquiatra, el Papa se dará a la fuga. Y mientras, claro, el psiquiatra sigue encerrado con los cardenales. Como puede intuirse ante situaciones así, la película está alimentada por una inagotable y verdadera imaginación. Pensemos en lo que tiene que ser preguntarse cómo filmar a unos cardenales votándose entre sí para ser Papa, como aquellas votaciones para escoger delegado de clase; el resultado que obtiene Moretti posee todo lo hermoso de es ese humor nacido de imaginar simplemente un gesto travieso: el del cardenal que cotillea el voto de su vecino de mesa. Un huis clos entre curas y psiquiatras es una idea de por sí ya genial a la hora de trabajar esa imaginación. Que la cosa termine en un torneo de voleibol donde Moretti organiza los equipos por nacionalidades, y que sea tan bello ver a Oceanía ganar su primer punto, no es sino una muestra más, la más jubilatoria, de ese pulso tan firme que domina la película. Y mientras, en las ventanas de la habitación del Papa, un «falso Papa» hace creer a los cardenales que Piccoli no se ha fugado. Y mientras, Piccoli, se ha fugado, no está, escucha música en la calle, una cantautora sudamericana, va al teatro en cuyo escenario nunca se le permitió actuar, y finalmente, asume su renuncia.

Para vivir en la verdad hay que hacer la comedia. Y cuando la comedia se acaba, nos quedamos totalmente solos.

Y suena Arvo Pärt.