CANNES 2012 (1): MOONRISE KINGDOM, DE WES ANDERSON

Scout caqui a la fuga

Por Fernando Ganzo

(lire en français / read in English)



En el tren, camino a Cannes, vuelve siempre a la mente la idea de que es un festival al que se va como quien lo hace a una guerra. Es inevitable. Los días previos intentas dormir decentemente e intentas comer como Dios manda, pues sabes que todo eso te faltará durante casi dos semanas. Justificando su presencia aquí, la gente suele decir que Cannes representa, para bien o para mal, lo que será el cine en un año concreto. Posiblemente represente más bien lo que es la vida: la gente come mal, duerme peor y, seguramente, incluso el sexo es peor. Y todo es caro. Y todo está regulado por omnipresentes controles policiales cada vez más violentos. Sentimiento de depresión y asqueo y, al mismo tiempo, de violento impacto contra una realidad social decadente de la que uno pretende huir el resto del año: esos tacones infinitos que parecen pedir tener cuatro piernas para poder enseñar más zapatos más caros y más altos o esos labios operados con los que tropiezas en la Rue d’Antibes son el detritus lanzado contra tu propia cara… La televisión está en la calle en Cannes.

Y puesto que se trata de mostrar, de mostrar también películas, de que sean más visibles, de que su nombre se pronuncie más veces, veces que equivalen a clicks en Internet, a los lectores de la prensa escrita, lectores que significan dinero, empecemos hablando de un director al que le gusta mostrar, y que abre, precisamente, la edición de este año: Wes Anderson.

¿Cuál es la base de una película de Wes Anderson? ¿Cuáles son sus puntos fuertes, sus comodidades? Básicamente, su escritura se apoya en tres recursos: el gag, el gadget y el gagdet. Todos sabemos qué son los dos primeros. El gag es lo que menos abunda en sus películas, sintiéndose mucho más cómodo con el gadget. Ejemplo: la máquina de las corbatas de Ben Stiller en The Royal Tenenbaums («It’s cool, hein?»). ¿Por qué esa comodidad? Porque sirve para mostrar, para mostrarse. Wes Anderson es como ese niño cuyos padres le dan más paga de lo normal, sin saber por qué (no es más listo que los demás, ni da más afecto), y que lo muestra ante sus amigos enseñando su nuevo balón Spalding, mientras los demás botan uno de plástico. Problema del gadget: el actor suele pintar poco en él (los juguetes del niño se miran pero no se tocan); ventaja del gag: el actor es libre de intervenir (inventemos juntos nuestro propio juego). Ejemplo, The Life Aquatic with Steve Zissou: Bill Murray presenta a Anjelica Huston a su supuesto hijo (Owen Wilson) tras una larga explicación; cuando ella se da la vuelta, Wilson disimula no haberla visto durante todo ese tiempo y finge una sorpresa. Nos reímos del gag y nos reímos del genio del gesto del actor. ¿Qué es el gagdet? La fusión de los dos, lo cual suponía la gran virtud de Fantastic Mr. Fox (toda la película es un juguete para hacer gags) y The Darjeeling Limited. Ejemplo: el rostro vendado del mayor de los hermanos (otra vez Owen Wilson, y no es casual). Al desvelar las brutales heridas que oculta, el gagdet (el vendaje) se convierte en gag («te darán mucha personalidad»).

Otro problema del gadget: sólo se queda con lo pintoresco del personaje. Los niños de Moonrise Kingdom están llenos de gagdets: gorro de mapache él, prismáticos ella, gafas gigantes él, discos de Françoise Hardy ella. Pero no se quedan en lo pintoresco. ¿Por qué? Porque (más aún que en Mr. Fox) los personajes se ven poseídos por las pasiones, por las ansias de lo absoluto. En resumen, la película cuenta dos fugas fracasadas. La primera, la del scout caqui huérfano Sam (Jared Gilman) con Suzy (Kara Hayward), hija mayor de una familia de genios wesandersonesca a cuya cabeza están dos abogados (Bill Murray y Frances McDormand). Frustrada la primera, se emprende la segunda fuga: el resto de scouts (otra familia de genios, sin lazos de sangre), ante la dolorosa separación de los jóvenes amantes y la posibilidad de que él dé con sus huesos y su gorro de mapache en el orfanato, deciden organizar una fuga para liberarlos. Padres, hijos y tutores se dejan llevar por su desesperación, incluso gritan de vez en cuando (¡!). El personaje más emocionante es, quizás, el policía que escucha a Hank Williams y que adopta a Sam, interpretado por Bruce Willis, quien resulta entre todos el actor que más astutamente sabe medir su fuerza dramática (la inteligencia creadora de Willis no deja de sorprender: debería dirigir, o al menos ser seriamente entrevistado sobre el trabajo del actor).

A falta de gags, habrá que conformarse con el gagdet. De hecho, uno de ellos compone el momento más divertidos de la película: los jóvenes enamorados se refugian en una playa, en una tienda de campaña. Gadget pintoresco: las tiendas de campaña son detalladas casas en miniatura. Gag: al abrir la cremallera ven a sus padres, que les han descubierto; vuelven a cerrar rápidamente mientras Bill Murray se acerca furioso. De pronto, la casa desaparece, levantada violentamente por Murray como si fuera un gigante o el gato de The Incredible Shrinking Man y los protagonistas se ven rodeados, semidesnudos y a la intemperie: el gagdet se convirtió en gag.

Del mismo modo que Tarantino amalgamaba y troceaba los restos del western y del cine bélico en Inglourious Basterds, Wes Anderson (que prácticamente calca la aparición de los Basterds en el primer encuentro entre los fugitivos y los scouts que les persiguen) hace lo propio con ambos géneros y el cine de aventuras. La estructura viene bien: al igual que la road movie en The Darjeeling Limited, aquí permite que la película no sea una constante apertura (como suele pasar en la mayoría de sus películas) que generara expectativas y dejara una sensación de vacío. No. Aquí el pulso es constante. A pesar del «corte». ¿A qué me refiero? Trocear los géneros puede ser peligroso en manos inadecuadas. Cuando se juega a ser Godard, más vale saber manejar el juguete. Un ejemplo: el francés trocea, digamos, la comedia, rompiendo precisamente cuando parece que reconocemos algo y, sin embargo, nos reímos. Cuando Wes Anderson trocea, a menudo nos cortamos.

Pequemos del vicio de pedir al autor su autoría. Es una lástima que, al ser personajes infantiles, no espeten tacos, pues Anderson es posiblemente el mejor cineasta hoy en día a la hora de hacer pronunciar obscenidades y palabrotas a sus actores en lengua inglesa y que suenen hermosos. En el lado de los pros, la emoción del destape infantil, el evidente, descarado e ilegal deseo con que la cámara mira a la joven Suzy, la bella representación metafórica de la pérdida de su virginidad cuando Sam perfora sus orejas para regalarle unos pendientes, con un rastro de sangre resbalando por su cuello (en el lado opuesto, la vejez: Frances McDormand, que más que filmada es despachada).

La infancia sugiere un rebrote de esperanza, una fe en el ansia de escapismo, en el deseo de lo absoluto. La fuga final concluye con un diluvio universal, un último refugio en lo alto de una iglesia, una alternativa desesperada. Y en el cierre, que esta vez sí deja la sensación de algo sólido, la hermosa idea de que no había ningún tipo de conformismo cuando Bette Davis decía en Now Voyager aquello de: «¿Por qué pedir la luna cuando tenemos las estrellas?».



MOONRISE KINGDOM
Sección Oficial (Película de apertura)
USA. 2012. 94’
Director: Wes Anderson
Guión: Wes Anderson, Roman Coppola
Fotografía: Robert D. Yeoman
Montaje: Andrew Weisblum
Sonido: Pawel Wdowczak
Música: Alexandre Desplat, Leonard Bernstein,
The New York Philharmonic, English Chamber Orchestra,
Benjamin Britten, Hank Williams, Trevor Anthony,
Owen Brannigan, David Pinto, Darian Angadi,
Stephen Alexander, Caroline Clack,
Marie-Therese Pinto, Eileen O'Donovan,
Chorus of Animals, English Opera Group Orchestra,
Merlin Channon, Norman Del Mar,
Wolfgang Amadeus Mozart, Camille Saint-Saëns,
Françoise Hardy, Franz Schubert.
Intérpretes: Edward Norton, Bruce Willis, Bill Murray,
Tilda Swinton, Harvey Keitel, Jason Schwartzman,
Frances McDormand, Kara Hayward, Bob Balaban,
Jared Gilman, Seamus Davey-Fitzpatrick, Jake Ryan, Neal Huff.