CANNES 2012 (2): MEKONG HOTEL, DE APICHATPONG WEERASETHAKUL, LOS SALVAJES, DE ALEJANDRO FADEL

Sirviendo duro (conversación nocturna lejos de la alfombra roja)

Por Fernando Ganzo

(lire en français / read in English)


Llega la primera jornada «completa» de Cannes y a las doce de la noche salgo de ver la última película del día (la de Darezhan Omirbayev). Es la sexta vista hoy. Camino lentamente hacia el apartamento. El cansancio pesa demasiado como para escribir. A pesar de tantas horas de nuevas películas encima, vagabundeo pensando sin saber por qué en la película de Wes Anderson. Mejor dicho, pienso en los personajes ricos en el cine. Para qué sirven, por qué pueden volverse esenciales. Pienso en clichés, en casos fácilmente reconocibles. En Lubitsch. La sofisticación de su cine requería un ascenso social de los personajes que permitiese subir un peldaño más arriba las réplicas y las situaciones que se tejían entre ellos. La segunda obviedad es Hitchcock. En este caso pienso en si las vacaciones de los ricos son más extraordinarias que las de los pobres, pero termino más bien por concluir que Hitchcock buscaba la identificación con el protagonista, lo cual es más fácil de lograr con una estrella (y una estrella haciendo de rico lo parece más aún). Wes Anderson necesita personajes ricos porque tienen más juguetes que los pobres.

Mientras camino, recuerdo que llevo en mi bolsillo una invitación para una soirée. Decido revendérsela a una americana con el rostro totalmente operado que parecía desesperada por entrar. Con el dinero bien apretado en mi mano, opto por ir a un bar. Busco el garito que menos se parezca a Cannes, y finalmente lo encuentro. Parece un bar de estación de cualquier ciudad francesa. Apenas hay gente en el interior. Pronto, en una mesa cerca de la barra, dos criaturas, un hombre de cierta edad y otro más joven, me llaman la atención por su atuendo. El más viejo lleva una sudadera de Merle Haggard. El joven es más pintoresco aún: parece estar dejándose crecer una barba de comunista de otros tiempos, y además luce una camiseta de baloncesto, de los Lakers: la de Metta World Peace. Están jugando al ajedrez y hablan en inglés, pero ambos tienen acento de otra parte, no exactamente el mismo (no consigo adivinar de dónde son, aunque me jugaría la acreditación a que el viejo es francés). La conversación trata sobre cine, sobre el festival. Confío en su apariencia y saco disimuladamente mi móvil. Me siento en la barra. Pido. Comienzo a grabar. Pronto, descubro que puedo ahorrarme escribir una crónica hoy y limitarme a transcribir y traducir lo que dicen, que es lo que sigue. (Omito la primera frase, de la que entiendo poco, salvo el nombre de Apichatpong; deduzco que hablan de Mekong Hotel).

El joven: Sí. De pronto era como entrar en un refugio dentro de este horror. Podías sentirte con ellos, con sus actores, hablando libremente o ensayando, ensayos que se convertían en la propia película. La guitarra que se oía durante toda la película era adorable, al igual que el reposo de los planos en los que se le veía tocar.

El viejo: ¿Sabes por qué sentiste todo eso? Porque el tiempo en la película parece detenido. Sentí que todo se frenaba durante un atardecer, y con ello me refiero incluso al cine de Apichatpong. Se congela en esa película, como si pudieras así sesgar su cine y observar otro lado, sentir el tiempo de otro modo.

El joven: ¿Te refieres al lado sin artificio?

El viejo: Me refiero a la capa que elimina, esa que hace que te pierdas por un mundo oculto, y que al desaparecer deja ver más claramente otra, la del humor, la de la ironía.

El joven: Creo que las risas de los espectadores no captaban del todo bien el asunto. Eran risas que querían dar la sensación de entenderlo todo, de forzada complicidad. Nadie quería parecer tonto. También pienso, como siempre, que parte de la irritación política que su cine siembra en su propio país permanece desconocida para nosotros. Piensa en las vistas extrañas que se observan desde el porche del hotel donde todo tiene lugar, en las obras…

El viejo: Prefiero quedarme con la actriz de más edad. Cuando la oyes hablar por sí misma, suelta de los lazos de sus papeles habituales en las otras películas, es una absoluta liberación política. ¿Te fijaste en el ritmo de su voz? Parecía como si rapeara. Se iba un poco por las ramas. Apichatpong cortaba entonces, pero lo hacía suavemente. Es casi como irse de la mesa con una sonrisa mientras ella sigue hablando. Como cuando Kris Kristofferson y su novia dejan hablando al viejo Pete para irse al catre antes de morir en la película de Peckinpah.

El joven: Hoy he pensado mucho en la suavidad y en la dureza en el cine. Me pregunto, de hecho, si hoy en día vemos dureza en el cine.

El viejo: ¿A qué te refieres?

El joven: A la dureza formal, lo pensé tras ver una película argentina, Los Salvajes.

El viejo: ¿Ves cine argentino? ¿No tienes bastante con los tenistas argentinos? Por cierto, me dijiste que en este bar se podía ver tenis en la televisión y sólo hay videoclips sin sonido.

El joven: La vi porque me enviaron por email una defensa de la película hecha en un blog por un cineasta argentino, con el más emocionante de los tonos. Me encantó. Me animé y creo que era una película que se pretendía dura, pero no lo era.

El viejo: ¿Como Clouzot?

El joven: Sí, ya sabes, como un pintor que quiere pintar un toro y le sale una mariposa. La dureza no consiste en que los personajes carguen con machetes, en que se pierdan en un bosque cerrado, en que estén sucios, en que sólo el fuego les ilumine por la noche ni en que tengan cara de brutos, es otra cosa. Al guión le falta dureza también. Pronto me di cuenta de que estaba viendo una película de monstruos. Los salvajes no sueñan con ser salvajes, sino con ir a Buenos Aires y tener dinero. Pero no pueden, como los monstruos. Sin embargo, el guión es blando, los personajes se vuelven realmente monstruos. Invocan. Y la película invoca un misticismo en el que se gusta demasiado.

El viejo: A veces me pregunto cómo es que sabes respirar. No te estoy siguiendo. Me hablabas de dureza.

El joven: Sí, creo que la culpa es de los críticos. No creo que ninguno soportase hoy una película dura formalmente, incluso los cineastas que pretenden haber hecho una, como este argentino, quieren lucir forma, y la lucen blanda y tibia. Es tierno.

El viejo: Algún día aprenderás que para que la forma sea dura es necesario tenerla dura. Como a Tourneur, a quien sus actores se la ponían dura. Ya te lo dije una vez respecto a Robert Stack y Great Day in The Morning.

El joven: No sabía que ahora te interesara la homosexualidad latente en el cine.

El viejo: No. No es homo, quizás ni siquiera sea sexual. Pero está dura. Se les nota en el pantalón. Piensa en Lang y en Dana Andrews. Dana bebía tanto que seguramente no podía ni ponerse erecto, pero las películas en las que ambos colaboran están empalmadas. Nadie toleraría hoy una dureza así.

A partir de aquí empiezan a hablar de los tenistas que la dan dura y los que la devuelven blanda y todo se vuelve demasiado confuso, así que omito el resto y guardo silencio.



MEKONG HOTEL
Proyecciones especiales
TAILANDIA. 2012. 61’
Director: Apichatpong Weerasethakul.
Fotografía: Apichatpong Weerasethakul.
Montaje: Apichatpong Weerasethakul.
Sonido: Chalermrat Kaweewattana.
Música: Chai Bhatana.
Intérpretes: Jenjira Pongpas, Maiyatan Techaparn,
Sakda Kaewbuadee, Chai Bhatana,
Chatchai Suban, Apichatpong Weerasethakul.

LOS SALVAJES
Semana de la Crítica
ARGENTINA. 2012. 119’
Director: Alejandro Fadel.
Guión: Alejandro Fadel.
Fotografía: Julián Apezteguía.
Montaje: Andrés P. Estrada, Delfina Castagnino.
Sonido: Santiago Fumagalli.
Música: Sergio Chotsourian, Santiago Chotsourian.
Intérpretes: Leonel Arancibia, Roberto Cowal,
Sofía Brito, Martín Cotari, César Roldan.