CANNES 2012 (7): DA-REUN NA-RA-E-SUH (IN ANOTHER COUNTRY), DE HONG SANGSOO

Una mujer en la playa

Por Fernando Ganzo

(lire en français / Read in English)


Es curioso pensar que precisamente lo que más llamaba mi atención en el último Hong «se dé un trastazo» y acabe un poco patas arriba en In Another Country. Por decirlo rápido: Hong vuelve al evento. En lugar de las complicadas relaciones tejidas a lo largo de The Day He Arrives, las cuales hacían que nuestra cabeza fuese a mil al observar una serie de elementos en un mismo plano que nosotros conocíamos y que los personajes ignoraban, esta vez todo está en el plano, sucediendo ante nuestros ojos y ante los de los personajes, indiferentemente de lo que hubiera pasado antes o después. En realidad, lo que vemos son tres historias, o más bien las variaciones de una misma, pues siempre poseen varias cosas en común: una playa, una casa cerca de un pantano, un faro pequeño (que siempre se busca pero nunca se llega a ver), una francesa (Isabelle Huppert, pero no siempre es el mismo personaje), un director de cine (no siempre el mismo, aunque en dos de las historias es el mismo actor y está casado con la misma mujer, embarazada), y un vigilante de la playa (que, éste si, siempre es el mismo y siempre está casi igual: mojado y contento). Las historias son tan básicas –en todas ellas la francesa es pretendida o es ya amante del director, pero siempre tiene un encuentro con el vigilante– que todo el humor procede de lo que sucede físicamente dentro del encuadre. Naturalmente, se trata en gran medida del gesto, y ahí Huppert (por si alguien lo temía) está más emocionante que nunca (¿alguien recuerda haberla visto tan ligera? Literalmente, quiero decir, pues sus tacones no se clavan en la arena, parece que a veces podría salir volando). En las películas de Hong (como en las de muchos directores que me gustan) los personajes siempre gesticulan mucho con las manos, y Huppert baila y posa con sus manos con una ligereza tremendamente erótica. Porque, efectivamente, en la película se trata el erotismo, el erotismo ligero y cómico, pero sincero: creo que Hong lo vive así, que incluso haciendo la película está ahí; ya lo vimos en Woman on the Beach, la obsesión por el sexo internacional, cómo éste despierta los celos más primitivos entre los coreanos.

En este momento abro una ventana de chat y dejo de lado mi texto. Dudo de que la frase anterior sea comprensible y no consigo explicar esa locura sexual que despierta un elemento extranjero en varias películas de Hong, aunque sólo sea a través de un relato oral. Envío el párrafo entero a Francisco Algarín. Su respuesta es tan precisa que no puedo evitar incorporarla aquí:

«¿A qué te refieres cuando utilizas la palabra «internacional» para hablar del sexo en Woman on the Beach? Recuerdo el siguiente diálogo por parte de la chica: «los hombres alemanes son más honestos, más sinceros, más tranquilos que los coreanos». Creo que, a través de él, se apreciará la hostilidad de los dos hombres que la acompañan frente al extranjero. Luego, uno de ellos le pide que preserve su intimidad, mientras el otro la anima para que cuente sus relaciones sexuales. Pero ella habla del éxito de las chicas coreanas, «objetos exóticos de las fantasías sexuales occidentales», así como de algún que otro complejo del hombre coreano. La escena concluye con una llamada de atención por parte de uno de los hombres sobre «la obligación de vivir en el lugar de donde es cada uno». Esta secuencia podría ser tanto una prolongación de otra de Le Pouvoir de la province de Kangwon –aquella en la que, en un burdel, un hombre pregunta por el precio de las chicas rusas, prefiriendo finalmente a las coreanas–, de Turning Gate –tras algunas danzas coreanas, una joven baila una salsa para sus dos atónitos amigos–, o de Woman Is the Future of Man –donde uno de los protagonistas ha vuelto a Corea tras pasar varios años en Estados Unidos–, como la previa de su retrato inverso, Night and Day (un coreano en París que sólo se relaciona con chicas coreanas). Como casi siempre en Hong, la excitación va acompañada de irritación».

Sigo, esperando que ahora ya se entienda bien la idea. Huppert es un veterano y luminoso objeto de deseo que vuelve loco a todos los personajes de cada una de las historias, ya sea hombre o mujer (negras o blancas, me es indispensable, como decía Cantinflas): su belleza es ineludible. Digamos que la película es como cuando un gran escritor compone un libro de relatos picantes donde el deseo flota por todas partes.

No quiero que con todo esto se entienda que, por parecer una película ligera, la puesta en escena no sea precisa o milimétrica. De hecho, si los gestos de las manos pueden resultar tan livianos y vivos, pese a sentirse pensados y escritos, es por el rigor formal que rige la composición de los planos, para ponerlo todo a su favor. Johan Cruyff decía: «mis delanteros sólo deben correr quince metros, a no ser que sean tontos o estén dormidos»; algo así sucede con los actores de Hong dentro del plano, donde tienen el espacio justo para hacer lo que tienen que hacer, sin preocuparse de más, de ahí que parezca que hacen las cosas más complicadas de una manera tan ligera. Lo simple no es simple. Y es que In Another Country es una película con trampa, llena de fuertes decisiones que pasan casi desapercibidas. Por ejemplo, si los personajes nos parecen tan claros, si reconocemos tan diáfanamente sus intenciones, los objetos, por su parte, hacen su propia vida hasta dar la sensación de que las historias, en lugar de ser las variaciones de una misma, hubieran podido sucederse en el tiempo o incluso estar teniendo lugar todas ellas a la vez. Por ejemplo: en la primera historia, los personajes temen cortarse con unos cascos de botella rotos en la orilla del mar; en la tercera, Huppert se emborracha con alegre desesperación en la playa y dejar caer una botella precisamente junto a la orilla. Otro ejemplo: en la segunda historia un personaje deja un paraguas junto a un muro; en la tercera, Huppert pierde su paraguas y de pronto encuentra el que la chica de la segunda historia había dejado apoyado. Por no hablar de la exactitud del encuadre cuando Huppert mira el océano, encuadre que siempre se repite y que siempre despierta en ella nuevas esperanzas o nuevos deseos.

También hay que tener en cuenta que si la película nos parece un «despiporre» puede que ésto se deba a que, asimismo, captamos mejor el humor de la dicción de sus actores al hablar en inglés (inolvidable el vigilante: «I will protect you!»). En cierto modo, con esta película Hong ilumina el resto de su obra, haciéndonos imaginar constantes golpes de humor que no hemos podido apreciar salpicando sus otras películas, y ayudando a que valoremos aún más el gran valor de lo que su cine tiene de universal (pues varias de sus películas nos parecieron inagotablemente divertidas aun perdiéndonos esos detalles).

Cuando escribo que la película «tiene trampa», este detalle me parece importante por una última razón, y es que, a primera vista, podría parecer que Hong hizo una película feminista. Me explico: en el primer plano del filme, una joven habla con su tía, creo recordar, sobre cómo su tío les ha hecho una faena, y sobre lo despreciable y ruin que es como hombre. Harta y rabiosa, ella se sienta en su mesa y decide escribir un guión, que se compone, naturalmente, de las tres historias que después veremos. Irritada con un hombre, irritada con todos: en las tres historias los hombres serán rematadamente tontos. Los cineastas que pretenden a Huppert son en un caso (el de la primera y la tercera historia) un cobarde hipócrita que quiere engañar a su mujer embarazada y, en el otro, un obseso paranoico que obliga a Huppert a andar a varios metros detrás de él, y que desconfía de su fidelidad de forma incomprensible, por no hablar del monje de la tercera historia (un cuentista). No obstante, el vigilante, que es bobo y cómico (y visto con un gran erotismo, Hong madura tanto que, como casi todo gran cineasta, es capaz de mirar con deseo a hombres y mujeres), al final de las historias parece guardar un punto de ingenua nobleza.

En este punto la cosa se pone complicada, ya que me gustaría hacer referencia a la idea que tratamos en las cartas sobre Hong en nuestro inminente quinto número de Lumière, que parte de la base de que la repetición (entre sus películas, o en el interior de una misma película) es una forma de perfeccionamiento de su cine. En las tres historias escritas por la narradora, como puede adivinarse, hay repeticiones. Y cuando un diálogo se repite (como el de la francesa preguntando al vigilante cómo llegar al faro), en cada ocasión se perfecciona, se encuentra una idea que lo haga aún más divertido (como cuando el vigilante saca su farolillo de la tienda de campaña argumentando que «a falta de faro…»). No pude evitar emocionarme pensando en Hong, el perfeccionista, quien se identifica en la película con la perfeccionista y resquemada joven que escribe historias para calmar su rabia contra un hombre. En este caso, Hong –aquel cuyas mujeres, en The Day He Arrives, llegaban a ser vilipendiadas sin reparo– da la vuelta a la tortilla. Pero tras la sucesión de las historias y de los distintos anhelos y miedos de la francesa, en su fluida y discretaaacumulación y variación (vestida de azul en la primera historia, indiferente emocionalmente; de rojo en la segunda, cuando es la amante aparentemente naif de un coreano, y de verde en la tercera, cuando está hundida por el desamor y se entrega, más o menos, al vigilante), llegamos a la conclusión de que la chica que escribía las historias se calmó, incluso dejando ceder poco a poco a su personaje hasta mostrarse igualmente imperfecta y reconciliada con el odiado sexo opuesto. Todo el mundo tiene sus razones.



DA-REUN NA-RA-E-SUH (IN ANOTHER COUNTRY)
Sección Oficial
COREA DEL SUR. 2012. 89’
Director: Hong Sangsoo.
Guión: Hong Sangsoo.
Fotografía: Park Hongyeol, Jee Yunejeong.
Montaje: Sungwon Hahm.
Sonido: Jongmin Yoon.
Música: Yongjin Jeong.
Intérpretes: Isabelle Huppert, Jun-Sang Yu.