LA CHAMBRE VIDE (DOMINIQUE BAUMARD) Y L'ESTATE DI GIACOMO (ALESSANDRO COMODIN)

Dos amigos

por Pablo García Canga

 


 

L'estate di Giaccomo, Alessandro Comodin

 

Paco, Fernando,

Sentado en un bar, tomando una cerveza después de un ensayo, sin nadie con quien hablar, sin nadie con quien atreverme a hablar, cansado, saco el cuaderno y me pongo a escribir, a escribiros, algo que no es una crítica, no, ni tampoco un análisis, algo que quizás sea una noche, como vosotros las llamáis, una de esas noches solitarias y tranquilas en las que las cosas parecen sencillas, una de esas noches en las que uno solía sacar un bolígrafo y algo de papel y escribirle una carta a algún amigo que vivía lejos, en otra ciudad, en otro país, y al que uno no había visto en meses, o quizás en años.

Me siento a escribiros una carta sobre las películas de dos amigos. Dos películas que a mí me parecen importantes aunque, claro, son de amigos, y quizás eso afecta a mi mirada. Pero os escribo esperando que vosotros las veáis y me podáis responder. Os escribo porque me gustaría compartirlas con vosotros.

Una se titula La chambre vide y es de Dominique Baumard, antiguo compañero mío en la escuela de cine. La película no la ha visto casi nadie: apenas una proyección en la Fémis, alguna copia en DVD que va de mano en mano y algún comité de festival que no la ha querido programar.

La otra es L’estate di Giacomo, de Alessandro Comodin, antiguo amigo de la Erasmus, que ganó un premio en Locarno y parece destinada a correr mejor suerte, quizás por corresponder, dentro de su rareza, a una categoría de rareza más reconocible, más acorde con los gustos de hoy.

Las dos películas son muy diferentes, casi opuestas, pero las dos tienen en común el ser películas pobres en las que el director filma los lugares de su infancia. Y en las dos hay un río.

Pero La chambre vide, rodada en vídeo, con actores «profesionales», desborda de historias, es ficción girando a gran velocidad, un laberinto de relatos y pistas, mientras que L’estate di Giacomo, rodada en cine, en 16mm, con actores no profesionales, parece no contar nada. Es una de esas películas a las que empiezas a verles la ficción, la historia, al cabo de bastante rato, media película casi en este caso, cuando descubres en la mirada de una chica algo que antes no veías, algo que quizás sea amor. Sí, quizás una historia de amor.

(La chambre vide podría titularse También, entendido en su sentido más noble, cuando a base de tambienes, a base de avanzar, se llega a un territorio desconocido. L’estate di Giacomo se podría titular Apenas, pero un apenas que no es pose, sino descubrimiento de lo invisible por una mirada atenta, descubrimiento de lo que apenas se ve, lo que no se vería sin la cámara.)

 

La chambre vide, Dominique Baumard

 

Pero basta ya de compararlas, hablemos de ellas de una en una.

Empecemos por La chambre vide. La más pobre de las dos. La rodada en vídeo y sin copia en cine al final. Pero la que más historias cuenta. Tres épocas. La historia de una familia en tres tiempos. Un prólogo durante la primera guerra mundial y luego dos épocas que se alternan, los años setenta y hoy en día. De generación en generación, los dos mismos actores masculinos. Un bisabuelo, un padre, un hijo son un sólo actor. Una idea de la descendencia, un paso más allá del realismo.

Y muchas historias, que suceden, que se cuentan. Y una caja azul, mujeres que mueren de cansancio, sábanas que no se secan, sábanas que dividen una casa, figuras en una ventana, una habitación abandonada y sin embargo habitada, hombres que desaparecen, amores que se desencuentran, traiciones, viajes que no vemos, presencias fantasmales, vidas diagonales, y diálogos, y monólogos… sólo por escuchar esa escritura ya merece la pena, sólo por oír hablar de cierto cajón donde se guardan las facturas y de un hermano que pasa por delante sin verlo pero al menos está ahí…

Un mundo de una gran riqueza, narrado con los pocos medios que se tiene. En el prólogo sólo vemos a dos personajes, una vacas, una casa y un gato. La guerra es algo de lo que se habla, pero que no se ve. El pasado es una carta que se escucha, una violación son dos piernas sobre dos piernas, una muerte es una caja que se coge y se abate y un golpe que se escucha, un embarazo es una mano sobre un vientre…

(Ahora me doy cuenta de otro parecido entre las dos películas. En las dos se ve a poca gente. Los indispensables. Aquellos de los que la película trata. Otra señal de la pobreza. Y del rigor de la atención. No hay figurantes. Si acaso cuando se rueda en una fiesta, en un baile de pueblo o en la calle. En La chambre vide una boda es cierta manera de vestirse y un fotógrafo. Y algo que se dice, algo que se discute, que se pelea.)

Tan sólo los indispensables. He puesto antes entre comillas lo de actores «profesionales», no porque no sean profesionales, que lo son, sino porque su presencia en la película se debe a su oficio pero también a su amistad con Dominique. Casi todos vienen de una misma promoción del conservatorio. Son jóvenes, son generosos y son buenos actores. Podemos nombrarlos: Maxime Kerzanet, Damien Houssier, Jeanne Favre, Mathilde Leclère, Aurore Paris y Chloé Chevalier. Todos jóvenes. También aparece el abuelo de Dominique. No profesional. Y sin embargo…

 

La chambre vide, Dominique Baumard

 

Maxime, Damien y Dominique, actores y cineasta, son amigos. Esto es importante. No porque lo veamos en la película, que en ese sentido no es nada exhibicionista, sino porque nos permite comprender que, rodando en vídeo, con Dominique de cámara y su novia haciendo el sonido (y, ocasionalmente, yo), se pueda apostar por un proyecto tan ambicioso. Si esto es posible es por la confianza que hay entre Dominique y sus actores. Saben que van a ir juntos hasta el final. Saben que desconocen ese final, pero que lo que importa es seguir adelante. Esto me parece importante. Se pueden hacer películas de esta manera. Películas hechas de amistad. No contar la historia de una utopía, pero sí trabajar de una manera utópica.

Porque, volviendo a la película, a lo que cuenta, no se puede decir que sea utópica. Es un gran laberinto, es una pérdida constante. Es una película en la que todo se repite, de generación en generación, como los actores. Ya os he dicho que, por ejemplo, Maxime interpreta a un personaje en el prólogo, a otro, descendiente del anterior, en los años setenta, y a uno de los hijos de este último en la parte que sucede hoy en día. Los actores se repiten, y también la caja azul, y la desaparición de los personajes. Es como si viviesen en sobreimpresión, en un largo fundido encadenado.

Hay también una tendencia de las mujeres a morir de cansancio y de las sábanas a no secarse. Y ahora que lo pienso esa forma de morir de las mujeres es también como una forma de vivir en sobreimpresión, se podría decir que todos viven en sobreimpresión, que todos son un poco fantasmas y que lo único que permanece es la casa, porque es también la historia de la casa.

La casa fue uno de los puntos de partida de Dominique cuando escribía el guión. La casa de sus padres que, antes de que viviese allí su familia, había pertenecido a dos hermanos. Los hermanos la habían heredado y se habían casado con dos mujeres que no podían ni verse. Literalmente, ni verse. Así que los dos hermanos, que por otra parte no tenían medios para irse a vivir a otro sitio, decidieron partir la casa en dos, hacer tabiques para poder vivir sin verse. En la película no es así, a Dominique se le ocurre otra cosa, algo más sencillo, algo con sábanas; es más barato, sí, pero además reutiliza un motivo central de la película, las sábanas. (Central y, sin embargo, descentrado: es una película sin centro, como planetas gravitando en torno a una estrella invisible, tal vez ausente.)

(Tirando del hilo de las sábanas sale media película, esto es importante: los elementos se entretejen, crean una trama, se multiplican los unos a los otros, las secuencias no se siguen sin más, son peldaños que nos llevan cada vez más lejos.)

No sé si con esto os aclaro algo o si no hago más que perderme en el laberinto, y a vosotros conmigo. Pero es que la película quizás sea eso, una serie de indicaciones para perderse, para perderse en el bosque y volver años más tarde, y que todo haya cambiado, o que todo siga igual pero sin embargo se vea con otros ojos y todo parezca absurdo, una sucesión de vidas girando en el vacío.

 

La chambre vide, Dominique Baumard

 

A veces pienso que me recuerda a Tetro, la película de Coppola. Una película que se me quedó en la cabeza, que a veces volvía a mi memoria, pero de manera extraña. Como cuando recuerdas algo que no parece real, que no concuerda con la realidad, hasta que acabas dándote cuenta de que has recordado un sueño, un sueño soñado hace tiempo. Y llegas a tener miedo de que lo soñado sustituya en tu memoria a lo real.

Al recordar un sueño, hay detalles muy precisos, vívidos, que son los que nos hacen sentir que aquello tiene algo de real, y también una forma general aberrante, onírica. Al recordar Tetro me pasaba lo mismo: había gestos de lo más sencillo y real, sobre todo algunas miradas del chico joven, y luego cosas desmesuradas. Y en la película de Dominique también hay cosas así, cosas más reales que en las películas realistas, por ejemplo el diálogo desesperado sobre el cajón de las facturas, al que no puedo dejar de volver, como si recordase un momento vivido.

Y luego hay también algo más amplio, extraño, desmesurado, como en Tetro cuando llega con el hacha al final y todo es como una pesadilla en la que lo realmente angustioso no es el miedo, sino lo grotesco, el miedo a que la realidad y la vida propia puedan adoptar formas tan grotescas.

En La chambre vide hay un final que también se sale de madre: Maxime y Damien se hunden en el bosque y alguien desea que todo pare, que el ciclo pare, que la sucesión de las generaciones pare. Algo casi metafísico, metafísico y concreto, pero que viene de la película, que no es filosofía impostada, no es ficción. La filosofía aquí no es ficción, que diría el vampiro de Ferrara, la película de verdad conduce a ese punto, invita a dar un paso más allá y la película lo da. Es raro, raro y generoso, que una película vaya tan lejos como pueda sin andar pensando en lo que van a decir de ella, más preocupada por hacer pensar que por lo que piensen de ella...

Y no añadiré, creo, nada más de La chambre vide, algunas de estas cosas ya os las he dicho en otras ocasiones. Me repito. (Aunque como esos rótulos que al final de las películas vienen a contarnos qué fue de los personajes al terminar la historia, diré que desde entonces Dominique ha hecho otro corto, La part de Frank, que sí ha sido visto, y tiene varios proyectos en curso.)

 

L'estate di Giaccomo, Alessandro Comodin

 

Intentaré deciros ahora algo sobre L’estate di Giacomo, aunque es difícil pasar de una a otra, son dos mundo tan diferentes... Tan diferentes y que sin embargo coexisten en mí como espectador.

La película que no cuenta casi nada. La película rodada en cine, en 16mm, cámara al hombro, con actores no profesionales. Empezó siendo un documental sobre un adolescente sordo de un pueblo de Friul que se va a operar para oír algo, o para oír mejor, no lo tengo muy claro. Pero en la película terminada no queda nada de ese documental. Nada más que el adolescente que apenas oye y que habla de manera extraña.

Queda el chico. Y también una chica. Se pasean por el campo, se pierden buscando el borde de un río, acaban encontrándolo, comen, se bañan, juegan, se tiran agua, más tarde se tirarán arena y barro, quedan también para tocar la batería, para escuchar música, para ir a la feria, sillas voladoras, baile, volver a ir al río, volver a bañarse, volver a jugar… Pero algo ha cambiado. No sabemos si entre ellos o sólo en nuestra manera de verlos. Quizás siempre estuvo ahí. Al principio parecía que al chico le podía gustar la chica, ahora parece que a la chica le gusta el chico y que no se siente vista por él.

Vuelven al río y se tiran barro y a ella le entra algo en el ojo y entonces la cámara se centra en ella, su rostro en manos de él, el efecto de las palabras de él sobre ella, tan frágil, tan sola. Y luego una vuelta a casa en bici.

Recuerdo ahora que el año en que Alessandro y yo hicimos la Erasmus fue el año de Shara, de Naomi Kawase. ¿Recordáis a la chica subida de pie en la parte de atrás de la bici, su falda que se levanta? Yo diría que Alessandro la recuerda, de hecho, creo que, de manera consciente o no, la visión de Shara se ha ido decantando en él, hasta llegar a la ligereza de la cámara al hombro de L’estate di Giacomo. Como lo digo todo en desorden no he dicho todavía que es el propio Alessandro el que lleva la cámara, el que filma al chico y la chica en los lugares donde transcurrió su propia adolescencia.

(Y Dominique era también su propio cámara en los lugares de su adolescencia, y también iba al río, aunque de manera más episódica, lo que el río es a Alessandro lo era para él la casa, quizás porque la casa es el lugar de las historias y el río el lugar de su ausencia, el lugar del tiempo detenido.)

No había dicho que Alessandro lleva la cámara ni tampoco que al chico lo conoce desde que era pequeño, ni que la chica es su propia hermana. Tampoco he dicho, y esto es quizás una indiscreción, que un día, hace años, en un taller de la universidad, Alessandro escribió el argumento de una película que giraba en torno a una chica y a un río, el río de su adolescencia. Y que pensó: «la chica podría ser mi hermana». Hace años. Aquello era un proyecto irrealizable y muy diferente. Algo nacido pensando en una canción de Fabrizio De André. Poco a poco, la historia resurgió en el corazón de un proyecto que, en principio, parecía diferente. Largo camino de las historias hasta que encuentran su forma definitiva.

Volvemos a las mismas: Alessandro, como Dominique, rueda una película con gente a la que conoce bien, es algo íntimo. Y olvido también decir que ninguna de las películas ha sido rodada de una tacada, como en el cine «profesional», sino a lo largo de más de un año, rodando, pensando, escribiendo, volviendo a rodar… Lujos del pobre, lujos del millonario.

(Pero no idealicemos. Todo esto es duro, muy duro, a cada paso de la producción y de la post producción la película está a punto de irse a pique. Esto tampoco es Chaplin con su propio estudio y su personal contratado y presente ruede o no ruede, la película creándose según se va rodando. Estas son películas al límite de la inexistencia, arrancadas a lo imposible, y no, no idealicemos.)

Alessandro ha trabajado con la improvisación, dando situaciones, pistas a los actores, entre el documental y la ficción, difícil camino desde el documental hasta la ficción, que en la película parece evidente, ligero, convencido de que hay ciertas verdades que sólo pueden alcanzarse a través de la ficción, por leve que sea.

Poco a poco el relato va llegando de la mano de la chica, de la hermana de Alessandro, hasta culminar con su ausencia. Tras esa vuelta en bici, a ritmo de una canción que evoca los quince años, quedan unos minutos de película, junto al mismo río, con el mismo chico, pero con otra chica, sorda ella también. Ahora los gestos no son los mismos, ya no hay esa mutua agresión adolescente que canaliza la tensión amorosa. Ahora hay conciencia, gestos asumidos, ahora hay una pareja, primer amor.

Luego oímos una voz en off, la de la nueva chica, que lee un texto, como una carta, contando su amor por el chico, cómo hicieron el amor por primera vez y desde entonces todo ha cambiado, ha nacido una nueva distancia a ser cruzada, otra frontera.. Y mientras, la vemos a ella en el río. Y luego los dos juntos de nuevo. Nada más. Apenas una hora diez pasada en una frontera que no sospechábamos, el umbral del primer amor, una frontera que sólo se cruza una vez en la vida y que da acceso a otra edad, a otro mundo. Este momento ya no volverá. Fue.

Una frontera a la que Alessandro no puede volver en su propia vida, si no es a través del recuerdo, pero a la que puede volver filmando otras vidas, otros jóvenes en la frontera.

Filmar para volver a visitar un momento que ya sería inaccesible sin la cámara. Y al mismo tiempo filmar desde otra frontera, porque una película así será ya irrepetible. O eso parece. Una primera película, un primer amor.

Hay un plano, en una feria, en el que la cámara comienza lejos de los personajes, filmando a la orquesta, luego avanza por la pista de baile hasta encontrar por fin a los personajes, que a su vez se ponen a bailar. Esos pasos de la cámara, desligada de los actores, parecen también una primera vez, algo que ya no tendrá lugar, que ningún oficio, ninguna experiencia permitirán ya recuperar en su inocencia. Recuperar eso será ya trabajo, conciencia, segundo amor, gestos conocidos que encuentran un nuevo cuerpo.

(Volviendo a aquel año en que hicimos la Erasmus, fue hacia su final no sólo el año de Shara, sino también, creo recordar, de The Brown Bunny, de Vincent Gallo, con el tiempo dos de las películas más bellas de la década, pero dos películas irrepetibles, en las que cada gesto de cine parecía hecho por la primera vez. A veces imagino a Naomi Kawase, que parecía haber hecho de lo irrepetible un oficio, como un mago exhausto, habiendo repetido demasiadas veces el milagro. Y espero sus películas como espero noticias de una antigua amiga.)

 

L'estate di Giaccomo, Alessandro Comodin

 

Han pasado los días. He retomado la carta. Intento terminarla, pero me cuesta encontrar el hilo. Ahora estoy en casa. La noche empieza a caer. Al volver a pensar en las películas de Dominique y de Alessandro siento cierto orgullo, y también cariño, y ganas de saber qué nos depara el futuro, qué será de estas películas, cómo las recordaré, lo que os harán pensar, si disfrutareis viéndolas, si quedarán en vuestro recuerdo, si esperareis nuevas noticias de Dominique y de Alessandro.

Y ahora saldré a la calle, tal vez vuelva al bar, tal vez vaya al cine, tal vez camine sin más, tarareando una canción soportable.

Un abrazo.

Pablo