FID MARSEILLE'09 (1): LA TERRE DE LA FOLIE (Moullet)

Liviana pesadez (lire en français)

por Fernando Ganzo

Llegada al Festival de Marsella, primera jornada, el mismo día del estreno del último filme de Michael Mann, Public Enemies, y todo alimentando el aroma de día de preparación. Tras Buenos Aires, Cannes y Barcelona, seguimos teniendo la sensación de experiencia iniciática en cuanto a Lumière, cubriendo festivales a modo de crónica diaria. Sensación satisfactoria, sumamente viva- la crítica a pie de obra- en un certamen donde pocos entre el público dan la sensación de ser ciudadanos marselleses asistiendo a su evento local. Primer festival, además, documental, sobre el que realizamos un seguimiento así, ligado con la cierta responsabilidad que puede tener en consecuencia.

La película de apertura del festival es el último Luc Moullet, La Terre de la folie (2009), presentada fuera de concurso y en su tercera proyección pública tras Cannes y la retrospectiva integral del Centro Georges Pompidou en París. Contrariamente a lo que suele sostenerse, preferimos al Moullet de las ficciones que al de los documentales. Falsos o no, algo desborda su dialéctica al adoptar el formato de las entrevistas.

La Terre de la folie empieza con momentos del gran Moullet: visión distanciada de la reproducción de la realidad (¿«reproducción»?, ¿ «testimonio»?... La película sabe ignorar el foso de estas cuestiones, por fortuna, no como, sorprendentemente, numerosos filmes de los últimos años —24 City—), giros retóricos lingüísticos y cinematográficos, recreaciones de los testimonios como puntuación cómica, límites entre la burla y lo riguroso. Moullet habla de algo que conoce bien -una zona de los Alpes franceses donde los crímenes demenciales y las historias de brutalidad han vivido una siniestra concentración- pero lo filma con desgana, momentos sumidos en lo rutinario que aminoran la marcha de sus golpes más geniales —y, nuevamente, buñuelescos en algunos momentos—. Si en Genèse d'un repas (1978) era el propio tema el que desbordaba «la forma Moullet», aquí es el propio discurso elegido: la recopilación de testimonios en base a turbias historias familiares y crónicas de sucesos termina siendo aplastante. Sencillamente demasiado pesada. Quizás sea el peso de la loable voluntad del realizador de llevar las cosas al extremo, y quizás el propio filme lo necesite. Pero debilita. A pesar de un inicio vertiginoso y un final en primera persona, nuevamente con Antonieta como voz acusadora.

Moullet orbita como un elemento más dentro de este conjunto de demencia, y en su itinerario compone, con ligereza, su labor, apareciendo como interlocutor, acortando o añadiendo la distancia con los entrevistadores, dialogando directamente, por ejemplo, con una mujer de extraña apariencia y demencial velocidad parlante, que habría resultado bastante arriesgado de mostrar sola en cuadro, como es la norma general con el resto de personajes.

Dispuestos a descubrir más, a partir de mañana, de lleno en la competición.