FID MARSEILLE'09 (3): LUNCH BREAK, OH, ADAM, UNTIL THE NEXT RESURRECTION, LETTER TO UNCLE BOONMEE, PHANTOMS OF NABUA, 1958

La verdad es simple (lire en français)

por Miguel García

En la Competeción Internacional el segundo día comenzó con Lunch Break, realizada por Shanon Lockhart y apadrinada (firma la excelente mezcla de sonido y el montaje) por el ya insigne James Benning. Consiste en un plano secuencia de 80 minutos que muestra a unos trabajadores en su descanso para comer: el movimiento en travelling hacia delante atraviesa el pasillo interminable en el que hombres y mujeres toman el té, leen el periódico, se echan una siesta o charlan en grupos minúsculos.

Posiblemente la decisión creativa más arriesgada del filme (que le otorga un aspecto visual reminiscente de cierta tradición vanguardista norteamericana) es la de ralentizar el plano. Pese a que una manipulación tan directa y «artística» despertó pronto nuestras dudas, hay que reconocer que es un órdago que gana claramente la realizadora: los movimientos de los trabajadores, difuminados por el efecto de postproducción, terminan por antojarse una especie de danza moribunda y subrayan el estado letárgico y alienado de los modelos.

Podría decirse que la relación de la película con el espectador refleja aquella de la fábrica con sus trabajadores: enclaustra y aletarga mientras deja un cierto margen de libertad. Retenidos por la inquebrantable tozudez del plano, tenemos numerosos lugares a los que mirar y conceptos en los que reflexionar; Lockhart con su exagerada lentitud, nos otorga todo el tiempo del mundo para participar sin apresurarnos. Además, la firme coherencia de su planteamiento consigue crear momentos de puro suspense mínimo: la visión lejana de un pilar en la trayectoria de la cámara o la de un hombre mirando fijamente algo fuera de plano retienen casi milagrosamente la atención formando un encadenado de intrigas lentamente resueltas.

El estupendo comienzo se vio pronto enturbiado por una película de realización extremadamente torpe: la rumana Dana Ranga desaprovecha en Oh, Adam un buen punto de partida con una mala realización plagada de imágenes de mal gusto. El dolor y el sufrimiento de la pérdida del ser querido en el entorno supersticioso de la Rumanía profunda se muestran con entrevistas a las que se han añadido efectos estroboscópicos o encadenados «cutres»; Ranga decide, además, doblar en vez de subtitular a todas las mujeres que aparecen en la película, quizá con la intención de mostrar que todas esas mujeres son una en la desgracia, pero finalmente sólo consigue borrar toda la personalidad de sus entrevistas y, con su voz omnipresente, devenir mucho más tediosa que la rigurosa propuesta de Lockhart.

La siguiente película a competición era Until the Next Resurrection, filme póstumo del ruso Oleg Morozov. Si nos guiamos por su contenido, debe de ser una de las películas más malditas de la historia, ya que una voz en off nos informa de la defunción de todos los personajes tras la grabación del documental.

No es el único rasgo de tremendismo en una película que se pasea continuamente por el abismo de la exageración dramática cayendo varias veces en él. Morozov logra grandes triunfos: la naturalidad de sus personajes ante la cámara es milagrosa, lo que lleva a momentos muy frescos que se agradecen en el tono elegíaco de la cinta (la cumbre quizás es la secuencia en la que una prostituta completamente desnuda narra el proceso de apareamiento de los erizos, momento tan lisérgico como hilarante). Si en La Terre de la folie Moullet conseguía numerosas risas narrando violaciones y asesinatos salvajes, aquí el ruso quiere contar básicamente lo mismo (el hundimiento moral y físico de los habitantes de una región, esta vez Kaliningrad en lugar de los Alpes del sur) pero carga demasiado las tintas de su crónica negra y el monocromismo resulta agotador.

Los dos cortometrajes presentados por Apichatpong Weerasethakul ocuparon directamente los puestos más altos del podio en este segundo día. Letter to Uncle Boonmee, revisitación de sus temas preferidos (repetición del texto tanto auditivo como visual, movimientos de cámara hipnóticos, la vegetación y los animales como elemento narrativo) ya nos alegraba la tarde pese a su claro continuismo respecto a su obra. En cambio, Phantoms of Nabua es una explosión de cine abstracto donde, como en el último David Lynch (al que también nos recordó el ambiente y el sonido de Lunch Break), la línea argumental parece reducirse a un concepto, a una idea ligera y tan clara como inaprensible. Lo que importa es la orgía sensitiva de colores, formas, sombras y movimientos; el fuego, la despreocupada juventud, la guerra... Combinaciones sugeridas, abiertas, generosas. Un enorme paso adelante en alguien que ya tenía una de las visiones más prometedoras del cine actual.

Para acabar 1958, de Ghassan Salhab, última película del día a competición, comparte muchos errores de Oh Adam sumándole ínfulas poéticas. En el filme, se une la historia personal del realizador con la Historia del Líbano, pero la mezcla nunca llega a realizarse: las dos líneas se entrecruzan, se molestan y se tapan, como se ve explícitamente en el momento en que la entrevista con la madre de Salhab eclipsa y queda eclipsada alternativamente por la voz que relata el inicio de los enfrentamientos en el Líbano. Error deliberado que muestra y ejemplifica la herida mortal del filme: la idea del entrecruzamiento (y lo que representa) podría resultar interesante en la teoría, pero al plasmarla en cine la intención metafórica sólo lleva a la incomprensión de los dos discursos. Quedan en el recuerdo, al menos, unas magníficas imágenes de archivo (found footage de un conflicto tan triste como todas las guerras pobres) que aparecen cuando el cineasta olvida sus grandes intenciones.