FID MARSEILLE'09 (4): FIDLAB x2, NE CHANGE RIEN, SÉRIE NOIRE, DILETANTE y AND I RIDE AND I RIDE

Miradas (hacia atrás) (lire en français)

por Fernando Ganzo

Los textos escritos en Marsella nos están provocando distintas clases de vértigos. Primer vértigo, el del texto escrito sin apenas tiempo, entre proyecciones. Cuesta recordar lo que se ha escrito la noche anterior. Nuestra esperanza: que esa sincera frescura haga respirar los textos de espontaneidad. Segundo vértigo, el de tomar conciencia de la juventud de Lumière, cuarta cobertura de un certamen cuando nuestro segundo número está cerca de ver la luz. Eso nos libera de la responsabilidad de una herencia, pero nos carga con la de estar definiendo algo en plena carretera. Tercer vértigo: el que sentimos cada noche con escasas horas de sueño por delante antes de encarar las sesiones matinales del día siguiente.

Muchos pasos sobre el vacío a ojos vendados, por eso cabe intentar reparar alguno. Puntualizaciones tras releernos. Pudo quedar una sensación demasiado negativa sobre el film de Sylvain George (como nos quedó un remordimiento con la historia del cine: el de las grabaciones perdidas de Garrel de mayo del 68. No es así, la rabia adolescente de Rimbaud y del rap carga el filme de compromiso. Simplemente cabía insistir sobre su doble responsabilidad: la del extraño devenir del cine experimental francés de nuestros días y la de revestirse de autoridad moral en base al carácter real de las imágenes. Nos disculpamos si dio una impresión errónea sobre un filme capaz de provocar una gran cantidad de reflexiones. Todo gesto de rabia incluye contradicciones, y en su relectura avanzamos. Esperamos que sea eso, y no que nuestro alojamiento en un hotel sorprendentemente lujoso, más propio para albergar reuniones de altas empresas (medio pequeño, hotel grande) nos haya sumido en un aburguesamiento inconsciente.

Más notas sobre pataletas. Releyendo sobre Skorecki encontramos testimonio sobre el apreciable gesto de morir matando, en dignificante rebeldía, hasta recibir la primera palada de tierra sobre el ataúd, y no hablamos suficiente de la contextualización del periodismo francés y de Libération en particular. Presentamos excusas de ser así. En cualquier caso, asistir a la putrefacción moral de El País en los últimos años nos llevó demasiado tiempo como para dar una referencia fiable sobre lo sucedido en Libé.

La tercera mañana la pasamos en el FIDLAB, proyectos aún con andamios, en fase de gestación. Es un ejercicio que la crítica debería practicar más. Dos presentaciones: Marc Hurtado sobre la obra artística de Alan Vega, más allá de su trabajo musical en Suicide. El proyecto en vídeo digital casa bien con la estética algo «art brut» de Vega, en su intento por destruir su formación artística académica. También la música de Hurtado contribuye a crear un ambiente un tanto lisérgico. El proyecto final será un filme más largo, que incluirá filmaciones en Nueva York. Un filme que nos mira más directamente, por mirarse a sí mismo y a la historia, es el extracto de Mes chers espions, de Vladimir Léon. Retomando cierta mecánica y temática de la deslumbrante Nissim dit Max (el pasado de la familia Léon), su hermano Pierre interroga a su madre sobre el pasado de sus abuelos, desterrados de Francia acusados por el servicio de contraespionaje de colaborar con la Unión Soviética en una época (1948) en la que había que reforzar los lazos con los EE.UU. Y en esta peripecia, un personaje de ficción, Louise Narboni, que termina por ser una especie de Doctora John H. Watson: introducida como artificio en una realidad que le es ajena, aproxima la historia al espectador.

Prosigamos más esquemáticamente hoy. La mirada a cámara sigue siendo un elemento de fuerza. Hemos encontrado varias: la mirada efímera, incluso ralentizada, de los obreros de Lunch Break (posiblemente el melocotonazo del festival hasta el momento), la mirada consciente, insufladora de fatuas y estúpidas fuerzas del comisario de Comissariat (para estas dos películas, ver la crónica de Miguel García de ayer y de hoy), o la no mirada a cámara de la madre de Kris Niklison, en Diletante. No mirada pues es consciente de que su hija está ahí, detrás de la cámara, pese a ignorarla. Película optimista de lado oscuro, un retrato de mirada tierna sobre una mujer en el último momento de su vida. Voluntad de diletante en su discurso incansable, sin poner fin a su paciencia para resolver puzzles… Pero, sí, con lado oscuro: el lado oscuro que puede ser tanto el no filmar a la mujer encargada de limpiar la casa, que oímos pero nunca vemos, como el monólogo solitario e ininterrumpido de la protagonista al perderla como interlocutor. Simple idealización. Nada queda de este film, pese al intento, una vez terminado. Y nos negamos a profundizar ahora en lecturas psicoanalíticas, que podrían ser bien interesantes, sin embargo.

De los encuentros y discusiones tras Ne change rien, de Pedro Costa, se puede extraer todo lo contrario. Todos coinciden: la torpeza de Jeanne Balibar no encuentra ocultamiento. Tengo dificultad para hablar ahora de un filme visto por segunda vez, pero prefiero destacar otros elementos. La película más Straub de Costa. La música como trabajo, como proceso de transformación, y la banda de película como revelación donde ésta aparece. Ante ella enmudece And I Ride and I Ride, filme que trata de escapar del documental musical para terminar en tierra de nadie: es el guitarrista Rodolphe Burger, coprotagonista de la otra película, quien la agarra y logra sostenerla. Pero lejos de la fascinación ejercida por Balibar entre las sombras mortuorias de Costa, de sus lecciones de canto, de Offenbach, de Godard, de su extraña construcción, ritmo y duración. Y tercer filme importante del día: Jean Claude Rousseau. Série noire. Filme grande, no magnífico (Rousseau, demasiado y bendito marciano, es en la resucitada La Vallée close donde logra su gran obra). Desintegración absoluta de la psicología, estructuración poético/matemática del montaje, y hacia el negro, en un film de frustraciones: la del campo cortado en el plano que vuelve tras los negros (la vista desde la ventana de Rousseau, censurada por los edificios de enfrente), la de las llamadas que siempre se topan con el contestador. La de un violento e inesperado reencuadre. Mejor banda sonora del festival. Descansemos.