FID MARSEILLE'09 (9): BOWER’S CAVE, GENNARIELLO DUE VOLTE, RUINAS, HEIM

Forma y contenido (lire en français)

por Gonzalo de Pedro

Está mal visto citar a Marx, pero resulta casi inevitable pensar en él a la vista de las tensiones político-económicas que atraviesan la programación de la 20.ª edición del FID Marseille. Así que, releámosle, a la luz de un cine cada vez más político: «Un fantasma recorre Europa, es el documental». Un fantasma amorfo y sin más cánones que los que reinventa cada día, con cada nueva película; un fantasma que funciona como una auténtica caja de resonancia de los tensiones contemporáneas. Lo que hace unos años parecía ser un viaje hacia el ensimismamiento documental, con diversas formas de meta-relatos, reflexiones íntimas y juegos formales, hoy ha girado hacia una mayor atención a los conflictos socio-políticos. La virtud del FID es que es capaz de apostar por aquellas películas que no supeditan la forma al contenido, sino que trabajan en ese precario y preciso equilibrio entre las dos. Esa línea de tensión política podría trazarse recorriendo todas las secciones del festival, pero por el momento nos ceñiremos a algunas películas de las que no se ha hablado aquí.

Bower’s Cave, cortometraje de Lee Anne Schmitt y Lee Lynch, retoma el trabajo de James Benning con un paisaje despojado de cualquier elemento romántico, y entendido más bien como sensor de las tensiones y heridas de la historia. Centrándose en los restos de nativos americanos encontrados en la cueva Bower, y que fueron vendidos a coleccionistas privados, Ann Smicht y Lynch construyen un homenaje austero a unas culturas arrasadas, no sólo de manera literal, sino también por la vía del lenguaje y el desprecio hacia sus costumbres. Filmando con precisión los escasos restos salvados de la voracidad capitalista (que convierte los restos en souvenirs de saldo: «recuerdo de»), y sirviéndose de unos textos extraídos de La inmortalidad del alma, del franciscano español Jerónimo Boscana, que, sobreimpresos a las imágenes de cientos de pesadas máquinas afanadas en transformar el paisaje nativo, funcionan como sorda voz en off, los directores restituyen la dignidad perdida de unas culturas a las que no sólo se les borró del territorio, sino que fueron sometidas a un proceso de minimización cultural, al tiempo que exploran el misterio de una civilización arraigada a un paisaje, del que extraían material para el cuerpo y el alma. Un gesto político que sobrepasa el homenaje o el documento, y busca su propia forma cinematográfica para restituir el alma desaparecida bajo las máquinas y el capital.

Gennariello due volte es, probablemente, una de las mejores películas vistas en el FID. Rodada en mes y medio, con un texto de Pasolini como único guión, lo que arrancó como un trabajo más ensayístico sobre la juventud, la pasión y la rabia, cincuenta años después del italiano, tuvo la suerte, y la amplitud de miras, para incluir en él las revueltas adolescentes que terminaron con la ocupación de las escuelas italianas por los estudiantes, y que la directora no tenía previsto que formasen parte de la película. Aquí el trabajo político es menos evidente que en Bower’s Cave, pero quizás por eso más interesante: la película retrata con gran belleza y precisión casi abstracta la melancólica combinación de revuelta y fiesta estudiantil, la conciencia política y la despreocupación juvenil, todo puntuado por las reflexiones de Gennariello, el joven al que Pasolini dirigía su carta, y que hoy tendría la misma edad que el cineasta cuando la escribió. Los gestos, los cuerpos de los jóvenes, parecen habitar en un espacio atemporal, entre dos tiempos, y la respuesta de Gennariello a Pasolini, con una extraña lucidez, nos hace ver nuestro presente y sus contradicciones, con sus sueños, sus renuncias, sus claudicaciones, a través del filtro del pasado, en un extraño proceso de revelado inverso que arroja más preguntas que respuestas.

Ruinas, de Manuel Mozos es también, y aunque no lo parezca, un filme político… y excesivamente atado a su propia fórmula. Mozos recorre su país, Portugal, buscando y retratando espacios muertos, lugares abandonados a su suerte, deslucidos por el paso del tiempo y la desidia. La fascinación por la ruina, bien conocida. El gesto de Mozos, y donde supera a muchas otras películas enamoradas de los espacios ruinosos como metáforas de una sociedad que prefiere no mirar atrás, consiste, no sólo en filmarlas, sino en imaginar las vidas que allí se vivieron: las cartas de los habitantes imaginarios pueblan la película de fantasmas inventados, pero muy reales. Mozos se inventa así un país que no existe, y confronta el Portugal real, el del presente, el que ignora con arrogancia su pasado, al Portugal perdido entre los escombros. La película funciona como un gran espejo retrovisor que nos enseña lo que queremos olvidar.

Heim, de Claudia Larcher es, de todas las películas aquí reseñadas, la que menos trabaja el aspecto político. Incluida en la sección Etrange familiarité, familière étrangeté, es más bien un destilado de los códigos del cine de terror a través de un escenario tan cotidiano como una casa. Empleando un extraño efecto digital que mezcla fotos e imágenes en movimiento, sin que se lleguen a distinguir unas de otras, y en un único plano secuencia tan fascinante como imposible, Larcher convierte las habitaciones de una casa (¿la suya, la nuestra?) en el escenario en el que cada espectador puede volcar sus propios temores. ¿Estamos ante la casa de Josef Fritzl, el monstruo de Amstetten, es el escenario de un crimen futuro o pasado, o sencillamente el espejo de nuestros terrores, la definición del espacio familiar como un agujero negro y terrorífico?