VIKINGLAND (CHIRRO)

Fid Marseille 2011 (I)

por Miguel Blanco Hortas

 



Creo que fue hace más de dos años cuando vi las primeras imágenes de Vikingland. Por aquel entonces eran tan solo horas y horas de material audiovisual que un marinero gallego había grabado durante su aventura (y la de unos compañeros) por los mares del Norte, a bordo de un carguero que atravesaba la frontera entre Alemania y Dinamarca. Material privilegiado que hacía falta ordenar y montar. La dificultad radicaba en saber hasta qué punto. Esa era la duda del cineasta. Un duro proceso creativo que se saldó con muchos montajes provisionales y que finalmente se alza triunfante con su selección para la competición oficial del FIDMarseille, sin ningún apoyo institucional.

La película siempre fue una cuestión personal para Xurxo Chirro, pues uno de esos aventureros era su propio padre, que aparece durante varias secuencias de la película. Pero también como cineasta guardés y gallego, siempre preocupado porque en las imágenes de sus películas se filtrara la memoria e identidad de la tierra a la que pertenece. En Vikingland consigue el milagro de transformar las imágenes grabadas por Luis Lomba ‘O Haia’ en las suyas propias, pues el peligro estaba en quedarse corto limitándose únicamente a presentar el material grabado o pasarse de largo manipulando el video original. Los mismos problemas que asolaban a Oliver Laxe en Todos vós sodes capitáns, la película que abrió el camino al cine gallego en el panorama internacional, pero también a Alberte Pagán en Tanyaradzwa. El cine gallego se reconoce en imágenes ajenas -aunque quizás tenga que ver más con las dificultades institucionales que pone el actual gobierno autonómico que con la tradición emigrante de los gallegos.

Las imágenes analógicas filmadas por Luis Lomba entre el año 1993 y 1994, filmadas entonces como cartas visuales a su esposa, se transforman ahora en algo más, en una elegía triste, lenta y minuciosa de un estilo de vida, la de los marineros gallegos. El paso del tiempo siempre afecta a las imágenes. Un caso que me gusta poner como ejemplo de esto es el de Aniki Bóbó, el primer largometraje de Manoel de Oliveira. En su día un cuento moral cercano al realismo poético francés de la época. Sin embargo, cuando el cineasta portugués filmó Porto da Minha Infância, retomó material de aquella película para mostrar con nostalgia cómo era aquella ciudad en su juventud. Las imágenes del niño protagonista atravesando el puerto mientras los marineros trabajan eran entonces un mecanismo dramático, pero ahora adquirían una profundidad mucho mayor, se convertían en unas imágenes que procedían de un tiempo que Oliveira apenas recordaba.

Xurxo Chirro toma las inocentes y siempre graciosas cartas filmadas de Luis Lomba y crea una amarga película en la que el marinero ha perdido toda su voluntad. Lejos de su hogar y lejos de los tiempos en los que los marineros gallegos eran temidos en todo el mundo por su habilidad para descubrir nuevos espacios de pesca y nuevas especies, ahora (o más bien en la época en la que se rodaron las imágenes) queda reducido a una mera pieza del mecanismo, a una nota que se debe mover al ritmo que marca la sinfonía del barco mercante. Los tiempos modernos, aunque sin el humor de Chaplin.

Luís Lomba filma en larguísimos planos su trabajo transportando material, así como los viajes del barco a través del mar helado. Las imágenes de distensión desaparecen poco a poco, mientras vemos una y otra vez cómo el paso del barco rompe los bloques de hielo. El azar provocó que al digitalizar las copias analógicas de Luís, el video perdiese calidad, así que muchas de las imágenes de la película pierden píxeles. Al tiempo que el barco rompe el hielo, la imagen misma parece romperse, como último gesto de rebeldía: el de la propia imagen contra lo que muestra. La reducción del hombre, antaño héroe del mar, a mero peón de un sistema, el capitalista, que en aquellos años se mostraba triunfante ante la súbita caída de la Unión Soviética. El ruido constante e inacabable del motor del barco, unido a las precisas notas de la minimalista música electrónica, muestran a la misma Historia en transformación.

Vikingland sucede en un tiempo de cambio, donde el mundo bipolar daba paso al triunfo de la democracia liberal, que los publicistas del régimen vendieron como una época de crecimiento ilimitado, donde esa Europa que no hacía falta que la inventaran (según Godard) daba sus primeros pasos. Fue el concierto económico europeo el que dio la estocada de gracia a la pesca gallega. El destino quiso que Vikingland se gestara y finalmente naciera en los momentos más duros de la existencia de la Unión Europea, así como del sistema capitalista. Los protagonistas de Vikingland, esos aventureros gallegos, parecen entonces héroes, condenados a aceptar la derrota. La de un estilo de vida y la de un barco que avanza inexorablemente. Sus figuras pertenecen a otra época, pero su sombra se proyecta sobre nuestro tiempo. Lo fácil sería hacer una película sobre las primeras, el éxito de Vikingland consiste en ser una película sobre las segundas.