EL PASANTE (Picasso), THE TIGER FACTORY (Woo), BLANK CITY (Danhier):

GIJÓN'10 (1)

por Miguel Blanco Hortas

Llego a Gijón sin tiempo para saludar a los amigos. La mayoría han conseguido llegar al pase de I’m Still Here, la película inaugural. Yo no. Todavía necesito ir a buscar mi acreditación, algo que es toda una odisea por culpa de mi incapacidad de orientarme por Gijón. Al final consigo llegar al centro de prensa, donde nuestra revista Lumière ni siquiera aparece como medio acreditado, aparezco aunque no relacionado con un medio concreto. Como siempre, nuestra revista moviéndose en la clandestinidad. Nos jode, pero nos gusta.

En principio tengo entradas para The Tiger Factory, de Woo Ming Jing y Blank City, una película sobre la escena underground neoyorquina de finales de los 70 y 80, pero a última hora me entero de que pasan El pasante, una película argentina de apenas una horita proveniente de la muy estimulante Universidad del Cine (FUC). La directora, Clara Picasso, ha hecho una película coherente con la estética de los films que provienen de esta universidad. Trata sobre un chico tímido y callado que entra a trabajar en un hotel como botones. Entabla una extraña amistad, a medio camino entre la confrontación y el amor, con una de las recepcionistas, que le llevará a entrar en un juego sobre intrigas y conspiraciones alrededor de la supuesta desaparición de una mujer. El tema de la conspiración, heredado de Rivette, está presente en las mejores películas argentinas de los últimos años, desde la grandiosa Historias extraordinaras de Mariano Llinás, a las excelentes y poco valoradas películas de Matías Piñeiro (El hombre robado, Todos mienten). El film de Clara Picasso carece de la ambición formal de estas. Es una película seca y sencilla, que parece más cercana a las primeras películas de aquello que se llamó Nuevo Cine Argentino que a cierta exhibición que muestran las películas de la Universidad del Cine. Sin embargo, poco a poco, la película va ganando enteros y uno acepta su simpleza formal, su escaso desarrollo (sucede apenas en unas cuantas habitaciones del hotel) gracias al agradable desarrollo de esa intriga que, aunque banal, es estimulante, pues no se sabe qué tiene de cierto y qué de juego de dominación entre los dos protagonistas. Pero la película quedará en el recuerdo por su escena final, donde los dos protagonistas desvelan poco a poco sus cartas mientras Picasso los filma con la panorámica de la ciudad de fondo. Secuencia misteriosa y ambiciosa, descubre una vez más cómo el cine argentino consigue de la forma más natural convertir sus historias particulares en la imagen de todo un país.

En ese nivel juega también The Tiger Factory, la película del malayo Woo Ming Jing, que aborda el acceso al primer mundo y a la economía capitalista por parte de aquellas personas que viven en los márgenes, en este caso Malasia, precisamente uno de los países que ha crecido con mayor fuerza en los últimos años y que, debido a su volumen demográfico y sus recursos naturales, es considerado como uno de las futuras potencias de nuestro mundo. Así, esta película retrata este periodo de transición, a medio camino entre la economía dependiente y la economía capitalista, a través de una chica que trata de huir de su país y viajar a Japón. La chica es una especie de heroína bressoniana, pues es golpeada una y otra vez, pero ella se mantiene impasible ante la pantalla. Un Bresson pasado por el filtro de los hermanos Dardenne, pues la directora la filma pacientemente pegándose a su espalda y acompañándola allí donde vaya. Claro que tampoco tiene la precisión de los hermanos belgas (ni mucho menos la precisión de Bresson), y Woo Ming Jing coquetea peligrosamente con la estética de la «porno-miseria» que pusieron de moda directores como Carlos Reygadas o Brillante Mendoza, aunque nunca sin llegar a los límites abyectos de estos.

Sin embargo, creo que la parquedad de palabras y la excesiva deriva de los acontecimientos son algo que termina precipitando la película hacia la indiferencia. Ya hemos visto muchas películas sobre «no-personas» intentando sobrevivir en un mundo hostil. La película de Woo Ming Jing no aporta nada realmente original. De hecho, lo más «original» estuvo relacionado con las condiciones de la proyección: el proyector sufría algún problema, de modo que sobre la película veíamos una especie de serie de tramas rojas que la cruzaban en forma de cuadrículas. Quizá ésto afectó a mi visión del film, así que puede que en un futuro merezca una segunda oportunidad.

La última película del día fue Blank City (Céline Danhier), que narra a modo de documental informativo la evolución del cine underground neoyorquino tras la crisis que asoló la ciudad a finales de los 70. A partir de la nueva ola de música punk «No Wave», apareció una serie de cineastas radicales cuyo máximo objetivo era cuestionar las normas del cine institucional. Amos Poe o Jim Jarmusch son las figuras más conocidas, pero la película muestra un abanico mucho más amplio de personalidades (así como extractos suculentos de sus trabajos), a los que quizás no se les da suficiente importancia, puesto que la acumulación de datos acaba por provocar cierto caos a la hora de recordar nombres y sucesos. Pero la película no se limita a reflejar esa generación, sino que explica su caída: cómo terminaron por convertirse en un movimiento autocomplaciente, superados por su propia fama. Admirable es la aparición de Michael Oblowitz, uno de los directores punteros de esta generación que terminó convirtiéndose en un director industrial, dirigiendo películas para el gran Steven Seagal.

Pero la película se reinventa como se reinventó el propio movimiento. Más bien analiza cómo el cine de la «No Wave» se convirtió en el «Cinema of Transgression», de la mano de «terroristas audiovisuales» como Nick Zedd o Richard Kern. Directores que buscaban insultar e increpar al público. Zedd fue detenido en Suecia cuando intentó exhibir sus películas, y el público de un festival trató de agredir a Kern por lo desagradable de su cine. En el fondo, son cineastas que se negaron a aceptar el star-system artístico de Nueva York, y continuaron el legado de los pioneros del underground (Jonas Mekas, Jack Smith), al mismo tiempo que llevaron al límite las máximas del punk más alternativo. La película lo narra de manera algo atropellada, aunque el movimiento –si es que se le puede llamar de ese modo– en absoluto era uniforme. El film sugiere el comienzo del descubrimiento de un mundo que a los cinéfilos españoles nos parece muy lejano.

— Miguel Blanco Hortas