UN AMOUR DE JEUNESSE (HANSEN-LØVE), BUENAS NOCHES ESPAÑA (MARTIN)

De cómo perdimos el sombrero

por Pablo García Canga

 



«Rabiosa, rabiosa
Rabiosa, rabiosa
Yo soy rabiosa, rabiosa
Rabiosa, rabiosa»

Shakira


Paco,

Te escribo desde Gijón, una mañana gris, a la salida de Un amour de jeunesse, sintiéndome cineasta frustrado, en curso de frustración, y envidioso además, así que no me tomes demasiado en serio. Nada en serio. Además en la radio suena «Dos gardenias» y me entero una vez más de que la gardenias se mueren cuando les falta amor. También ellas.

Te escribo más bien exasperado y pensando que lo suyo sería que escribiese de la de Johnnie To que vi anoche. Pero no, vayamos con la otra.

¿De qué va Un amour de jeunesse? De una chica que pierde un sombrero. Un sombrero que le regaló su amor de juventud. El sombrero se lo lleva el viento y luego el río. Pero la chica ni se entera. De todas maneras ya no le importa. Ha pasado el tiempo. Ahora ella también se deja llevar por la corriente, sin esfuerzo. Lo dice una canción. Donde nosotros no llegamos llegan las canciones.

Ya puedes imaginar que no es la primera vez que vemos ese río. Ella ya estuvo allí con su amor de juventud, aquel que le regaló el sombrero. Todo vuelve, el río, el sombrero, el chico… todo vuelve y desaparece. La película se sostiene, o no, sobre lo que vuelve, sobre unas cuantas rimas, y en lo agradable que puede resultar mirar a la chica.

La película está construida en tres tiempos (por resumir) y una coda: primero el amor de juventud y su ausencia, luego la llegada del segundo amor, finalmente el retorno del primer amor y su nueva desaparición. Y una coda: el tiempo pasa , la vida sigue, los sombreros se los lleva el viento, ahora nos dejamos llevar por la corriente.

¿No se parece esto a las dos otras de Mia Hansen Love? No es retórica, es una pregunta de verdad. Por lo poco que recuerdo la primera ya estaba construida en torno a una elipsis, una película en dos tiempos que terminaba también con una coda en la naturaleza, una coda de pacificación. Todo perdonado, todo por vivir.

(En realidad saqué el tema del río porque quería mencionar, así como de pasada, L’estate di Giacomo, de Alessandro Comodin, ganas tengo de que la veáis, porque en ella también hay un primer y un segundo amor, y un río que vuelve, y una chica llevada por la corriente… La noche temática: dos amores de juventud. Duelo en el ring. Gana el más frágil. Si hay que elegir yo ya he elegido mi bando.)

Un sombrero que se lleva la corriente. Que se deja llevar. Como la chica, como la cineasta. Fluye, todo fluye, todo quiere fluir. Monótono fluye todo. Tres o cuatro rimas. Una chica guapa. La promesa de una película sincera y personal.

(Ahora escucho, por azar, a Sr. Chinarro:

«Pero tu película de amor
No vale un duro
La cosa está tan clara
Como un rayo sideral
Nunca sé yo como empezar
Nunca sé yo cómo acabar
Pero esto va camino del final…»)

Y me río. (Por dentro). La canción parece escrita al salir de esta película. Cómo empezar un amor, y sobre todo cómo acabarlo. Y cómo contarlo –cómo empezar a contarlo, cómo terminar de contarlo. Ayer la nueva de Raya Martin, Buenas noches España, se complicaba la vida todo lo posible (deslumbrante sinopsis/nota de intención en el catálogo, deberíamos aprender), mezclando cine mudo, música Boise (o lo que sea), loops, tintes, efectos de sonido cómicos, subtexto político, intertítulos enigmáticos… todo ello para conseguir que dos manos se juntaran, todo ello para que un chico y una chica muy guapos subieran una escalera juntos después de haberla subido por separado (con cómicos sonidos y en loop). Todo esto para aspirar a desaparecer saltando de la mano, todo esto para desaparecer y teletransportarse de tanto sonreír. Qué complicado es un idilio…

Y ya puesto voy a seguir desviándome, apareciendo donde no me lo espero, como aquel soldado español en Filipinas que un buen día apareció en Méjico (de nuevo Raya Martin, enigmático intertítulo) y te haré una pregunta tonta para la que no tengo respuesta y que Buenas noches España y Un amour de jeunesse me han devuelto a la memoria, intuyendo que si un día la pudiese responder pues todo resuelto. ¿Por qué los actores son guapos? ¿Tú lo sabes? John Ford decía que nadie iría al cine para ver durante una hora y media a un tipo como él, por eso hacía películas con actores guapos. Si lo decía Ford…

¿Por qué necesitamos que los actores sean guapos? ¿Qué quiere decir ser guapo, guapo de cine (y no guapo de tele, ni de calle, ni de bar…)? A la hora de la comida se lo preguntaré a Fernando, seguro que él tiene una respuesta, una cualquiera.

Pilar Lopez de Ayala me parece guapa de cine, Andrés Gertrudix también, Lola Creton un poco, pero el chico de Un amour de jeunesse… No, por favor. Guapo de cine no es, es guapo de calle. Y qué voz, qué ausencia de voz. Un guapo de calle puede, en el cine, ser un hombre invisible. ¿Cómo recordar a un hombre invisible?

¿Me estoy desviando de lo que quería decirte? ¿O, al contrario, me acerco al núcleo del tema sin lograr alcanzarlo? Viene a ser lo mismo, porque respuesta no tengo. ¿Por qué necesitamos ver a gente guapa en la pantalla para sentir algo que conecta con nuestra propia vida, no necesariamente tan guapa? ¿Los guapos son más universales?

Aquí podría empalmar con lo que quería decir antes de que llegasen los desvíos. Que Un amour de jeunesse para mí no. Que para mí es una historia de guapos no universales. Ni universales ni concretos. Guapos standard. Guapos de manual.

Aunque en realidad lo que quería, lo que tenía miedo de querer, de no dejar querer, era continuar con la demolición del cine francés contemporáneo (cosas de la frustración). Con una crítica al montaje a la Yann Dedet, por ejemplo. “A la”, que conste.

Pongamos: la chica se despide de su segundo amor, que se va de viaje, él entra en el coche, se cierra la puerta, microelipsis, el coche con el motor ya en marcha y el coche que avanza y se va. ¿Para qué ese corte? ¿Para ganar tiempo? ¿Ganar tiempo para qué? ¿Para ver a la chica cruzar el portal? ¿Por qué verla? ¿Por qué no?

Monotonía de la velocidad lenta, de la velocidad en el vacío. Microelipsis, corte en el movimiento, asperidad como producción en cadena de formas modernas. Corte movimiento, corte movimiento, y corte suspendido cada vez que una secuencia va a llegar a su núcleo, monotonía de la suspensión en el vacío cuando se convierte en regla, cuando un academicismo sustituye a otro. Producción de discontinuidades donde antes se producía continuidad por sistema, por pura rutina, porque así se hacen las cosas.

Nada en particular merece ser visto, vosotros ya sabéis de lo que estamos hablando, para qué desarrollar la escena, para qué singularizarla… Aplanemos la vida.

Aspirar a hacer una película que sea como una corriente en la que uno se deja llevar, sin esfuerzo. Sin momentos álgidos, sin cambios de ritmo. (Bueno, las elipsis, pero apenas.) ¿Será por eso que yo sé que los personajes se han pasado ocho años sin verse pero no lo siento? ¿Será por eso que en su reencuentro me parece que llevaban sin verse cuarenta minutos y no ocho años, los cuarenta minutos de la proyección y no los ocho años de esa vida en cuya existencia entre las elipsis no creo?

¿Se puede crear la sensación del paso del tiempo sin la plenitud de ningún instante? ¿Sin nada que recordar más que un sombrero? Lo que podría venir a ser: ¿qué recordamos de una película? ¿La negación de todo detalle singular no vuelve imposible que el tiempo se repliegue sobre sí mismo al reaparecer el chico? El pasado ya lo hemos olvidado. Un sombrero puede serlo todo. Pero no lo es por sistema. Un sombrero puede serlo todo si ha sido mirado, si ha estado en el corazón del juego, si se ha cargado de vida. Si ha sido parte de nuestra vida y no sólo algo que una vez llevamos encima de la cabeza.

Un sombrero puede condensar el mundo, puede ser una vida, una época, pero para ello hace falta crear un espacio en nosotros, en nuestra mirada, y que el sombrero venga a ocupar ese lugar que le estaba reservado.

Un sombrero puede también no ser nada más que un sombrero. Sin duda sea eso. Seamos razonables. Un sombrero nada más que un sombrero, una vida nada más que una vida, un cambio de plano nada más que un cambio de plano, una película nada más que una película, otra más, una entrada que se pierde en el bolsillo, dos horas que se pierden en el olvido…

Crear dos horas para el olvido. Tres páginas para el olvido. ¿Para qué escribirte todo esto? De verdad, ¿para qué? Se me olvidó otra vez. Mañana, tal vez, Johnnie To.

Un abrazo

Pablo