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El testamento de J.-M.S.

Por Pedro Paixão



En septiembre de 2004, con François Bucher, encontré a Jean-Marie Straub en la casa en la que vive en los alrededores de Roma –estábamos allí trabajando en nuestro film Sopralluoghi a Roma per il San Paolo di Pier Paolo Pasolini–. El motivo de nuestro encuentro era el hecho de filmar algunas observaciones suyas sobre Roma y algo que decir a los romanos. Lo sentíamos como un Pablo secreto, entre otros pocos (Agamben se había comprometido también con una carta abierta «a la comunidad que viene» [que creo que finalmente no escribió]). Straub se mudó a Roma a finales de los años sesenta, después de vivir once años exiliado en Munich para poder «rechazar formar parte de Argelia y, simultáneamente, rechazar ser cómplice directo de la tortura ‘institucionalizada’». En la segunda llamada telefónica, nos dijo que tenía muchas cosas que decir; unos días después, quedamos con él cerca de su casa, en un café [Danièle se había marchado a dar de comer a sus gatos, «millones», situados en los campos de la zona]. Unos minutos después, tras haber comprendido mejor la idea, se levantó y nos pidió que le siguiéramos; nos llevó al patio de su casa. Allí, sentado a la vera de un cantero, quiso que lo filmásemos, controlando minuciosamente el encuadre. Lloviznaba, y al fondo se ven algunas gotas cayendo sobre las hojas. «Es mi testamento», dijo en un momento dado. Y sus palabras eran precisas, como después pudimos confirmar. Hablaba de Lucullus de Bertold Brecht. «En Lucullus de Bertold Brecht hay una mujer del pueblo romano, es una mujer… una pescadora del Po. Ella les escucha a todos desde la… cómo llamarlo, el patriotismo romano…» [Pausa, y con un tono grave dijo] «ROME ROME, was ist das ROME?", es todo, primera cosa. Segunda cosa: qué tengo que decir sobre Roma… Viví en el centro durante diez, once años, y aquí, desde el 78,… y he visto cosas de todos los colores… tengo que decir una frase del cardenal Richelieu…» [Pausa] «‘Roma, me ha dado demasiadas cosas buenas como para decir algo malo de ella, y me ha dado demasiadas cosas malas como para decir algo bueno’, es todo. Ahora tengo una tercera cosa que decirles, es mi testamento…». [Pausa, y con tono sereno e íntimo, dice]:

«"und schon – o Luft, Luft, die den Neugeborenen umfängt,
wenn droben er die neuen Pfade wandelt,
dich ahnd' ich, wie der Schiffer, wenn er nah
dem Blüthenwald der Mutterinsel kömmt,
schon athmet liebender die Brust ihm auf
| und sein gealtert Angesicht verklärt
Erinnerung der ersten Wonne wieder!"»



Repitió este pasaje tres veces, asegurándose que lo habíamos filmado. Las dos primeras observaciones eran precisas y claras, ¿pero qué quería decir con la tercera, teniendo en cuenta que el centro de la cuestión era Roma? Más tarde me di cuenta de que se trataba de un diálogo de la primera versión de la tragedia Der Tod des Empedokles de Hölderlin, tragedia especial tanto para Straub como para Huillet, ya que de las tres versiones, han realizado una película de la primera y de la tercera. El fragmento que nos recitó pertenece al final de la cuarta escena del segundo acto, y es el momento en el que Empédocles se dirige por última vez a los hombres: a Critias (el representante de la ciudad), a Hermócrates (el representante de la comunidad religiosa), y a los otros ciudadanos, pero también, al discípulo Pausanias (que será el único que todavía lo acompañará), antes de que, en la escena siguiente, la quinta, se retire definitivamente, ya solitario, hacia los bosques alrededor del Etna, y de ahí, sucesivamente, a que concluya su vida en uno de sus tantos cráteres. Es decir, Straub había situado su deposición en uno de los «últimos días» de la vida de Empédocles, tomándolos como suyos. La estrategia con la que construyó este encuentro -revelada en la tercera declaración- nos desarmó por su precisión y simplicidad: la supresión al comienzo de las palabras de Empédocles. La parte del pasaje omitido (que bastaría para que su plano se perdiese) es esta:

EMPÉDOCLES:

– ¡Ven! ¡Extiéndeme las manos Critias! / ¡Y todos vosotros! (dirigiéndose a los ciudadanos y a los sacerdotes). / Tú, el más amado, joven (Pausanias). / Bondadoso siempre fiel / estarías con tu amigo, hasta que se hiciera la noche, ¡no te entristezcas! Porque mi final es sagrado…

(Y de aquí en adelante los versos que siguen): «… ¡Y ya, el aire / El aire que envuelve lo que nació para una nueva vida / Cuando viaja ya por los nuevos caminos / Te veo como el navegante cuando pasa / Cerca del bosque en la flor de su isla materna / [Suprimido del original este verso: Y exhala del pecho un suspiro de amor] Y el rostro envejecido se vuelve a transformar / con el recuerdo de las primeras alegrías!». La táctica de la elección de los textos y del modo de componerlos y de situarlos entre los diferentes elementos del plano hacen de su cine un lugar de justa legibilidad: la única posible para que en el cine se produzcan encuentros entre amigos y que existan intersticios de pura inteligibilidad. Straub escribió hace ya muchos años que «el trabajo que cada cineasta debería hacer es el siguiente: sabes cuáles son las relaciones recíprocas de distancias que se dan entre los personajes y entre los objetos, conoce sus relaciones de fuerza, de clase y de sentimientos en un momento determinado y en una situación concreta»1. Y el texto era un modo de situar de forma precisa esas relaciones. Después de haber repetido en tres ocasiones los versos originales en alemán, me confirmó que se trataba de un pasaje de una tragedia escrito por Hölderlin, aunque no fue hasta que volví a casa cuando pude verificar de qué pasaje se trataba (en ese momento no le quise preguntar), y fue cuando me di cuenta de lo que estaba allí en juego y cual era la dimensión del aprendizaje ofrecido –la forma y los modos de amistad con que nos había interpelado–. Nosotros, François y yo, discípulos y/o ciudadanos, que había ido a pedirle «palabras» (tal vez de reconocimiento o de sabiduría, pistas o incluso hasta verdades) al viejo Straub (Empédocles), restos de autoridad y sabiduría, sin embargo él no tenía nada que ofrecernos salvo lo mismo que ya le había sido ofrecido por Hölderlin (Empédocles): la pura transparencia del encuentro –el médium–, o el aire «que envuelve lo que nació para una nueva vida». Incluso cuando volví a casa, no fue la voz de Hölderlin lo que oí, sino un eco de la de Benjamin: «¿no florece, tal vez, a nuestra vuelta, el soplo de aire que soplaba a la vuelta de otros antes que nosotros? ¿No existen las voces a las que damos oídos, un eco de voces ahora mudas? (…) Si es así, existe un encuentro secreto entre las generaciones, la que era aquella y la nuestra»2.

Traducido del portugués por Francisco Algarín Navarro


1. Jean-Marie Straub, «La resistenza del cinema», Panta, n.º 13, Cinema, ed. E.Ghezzi. Milán, RCS Libri e Grandi Opere S.p.A., 1994, p. 486.

2. Walter Benjamin, segunda das teses Sul Concetto di Storia - Über den Begriff der Geschichte. Turín, Einaudi, 1997, p. 20-23.


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