PUNTO DE VISTA 2011:

Capítulo 1: Los otros

por Miguel Blanco Hortas

Todo festival tiene sus celebridades. Hasta los más pequeños y los más comprometidos en contra del mercado. Punto de Vista también, y lo demuestra en la primera jornada con la visita de Nicolas Philibert. Es un director carismático, amable y generoso. Hace el esfuerzo de hablar castellano, algo que no esperas en un francés. Y responde con paciencia y detalladamente las películas del público. Porque sí, aunque su presencia lo oculte, Philibert viene a Pamplona con una película. Aunque pensándolo bien, hubiera dado lo mismo. Nénette es una buena película, está filmada con gusto y con rigor, pero ante la gran presencia del director, esperas algo más.

Todo gira alrededor del orangután estrella del Zoo de París, una hembra llamada Nénette. Su fama es tal, que ya está acostumbrada a los focos y al público. Así que Philibert la filma detenidamente, durante horas y horas, esperando a ver lo que sucede cuando se enfrenta al público que la visita. Pero el director no ofrece el contraplano, ni tampoco una visión general. Únicamente el plano de Nénette. A quién mira, apenas lo intuiremos. Sin embargo, el cristal que separa al orangután de los visitantes, es lo que le vale a Philibert de pantalla reflectora y es realmente donde sucede la película. En ese cristal, adivinamos el reflejo del público, y allí rebotan también sus palabras. Tanto las de los espontáneos como las de los especialistas que intentan explicar el comportamiento del orangután y su relación con él. Nénette permanece siempre como un misterio, aunque algunos se aventuran a adivinar lo que está pensando y lo que sienten, pero la mirada perdida del simio parece señalar, con diversión, lo equivocados que están aquellos que intentan psicoanalizarlo.

Es una película que adopta una postura, que acepta las limitaciones de la cámara para mostrar la realidad. Vamos más allá, evidencia la existencia de la cámara en el propio film, convirtiéndose el director y su mirada en un personaje más. No se pretende una mirada omnisciente. Y eso es de agradecer. Sin embargo, a partir de ese compromiso inicial, la película ya no avanza hacia ninguna parte, el mecanismo es siempre el mismo: Nénette y el ser humano separados por un cristal, atender a esa relación que se establece. Y termina por caer en la intrascendencia.

Nénette tiene mucho que ver con nuestra sociedad capitalista, que convierte a orangutanes en superestrellas. Sobre los excesos del capitalismo y su forma grotesca y agresiva de generar mercados trata el ciclo Tupi or not Tupi: Caníbales contra vampiros. En principio, pensaba que el ciclo giraría alrededor de la figura del indígena y su posición en un mundo constantemente invadido por el hombre “civilizado”. Pero lo cierto es que es difícil decir si las películas que he visto hasta el momento tienen más que decir sobre la hipocresía de la civilización o sobre la presencia del hombre salvaje. Seguramente me quedaría con lo primero.

Serras da desordem (Andrea Tonacci, 2005) tiene un planteamiento atractivo. Está protagonizada por un indio brasileño que pierde a parte de su familia en un ataque y termina viviendo en un pueblo limítrofe con su reserva. Entre los pueblerinos se convierte en uno más, pese a que no se entienden entre ellos. Finalmente, una asociación de ayuda de los indígenas lo lleva a Brasilia, para tratar de devolverlo a su tierra. Entonces, paradojas del destino, terminará reencontrándose con su hijo perdido, convirtiéndose en estrella televisiva y, por fin, regresando a la vida salvaje. La gracia de la película reside en que los protagonistas de la historia real se interpretan a sí mismos y vuelven a representar toda la aventura. Así que la película es tanto una ficción de lo que sucedió como un documental sobre cómo ocurrió. El mecanismo funciona bastante bien, especialmente por la dedicación de sus actores/protagonistas, que reviven la historia con gran minuciosidad. Especialmente destacable es la primera y larguísima escena del film, que muestra la vida cotidiana de la familia indígena antes de ser atacada por el hombre blanco. Momentos de pausa, de relajación, que se alargan en el tiempo. También destaca por su último y desconcertante tramo final. Carapirú, que es como se llama el protagonista, regresa a su poblado únicamente para darse cuenta de también han sido colonizados culturalmente por el hombre blanco. La vida salvaje ha dado paso a un enfoque mucho más civilizado. Así que en un giro final irónico, Carapirú escapa también de sus compañeros y se adentra solo en la selva, donde termina por encontrarse con el equipo de la película, regresando al origen donde comenzó todo, preparándose para revivir una vez más la historia, como si todo fuera un pez que se muerde la cola, un ciclo pesadillesco del que ya imposible escapar.

En la impactante Cannibal Tours, Dennis O’Rourke filma los viajes guiados que turistas europeos hacen a los poblados antaño caníbales de Nueva Guinea. Los turistas van en busca de nuevas experiencias, de la auténtica vida salvaje. Disfrutan al estar rodeados de gente que ha sido caníbal, de hombres con la cara pintada y con apenas ropa. También pujan por poder conseguir algún souvenir artesanal. Los turistas piden a los “salvajes” que miren a su cámara, que posen y que sonrían. La película muestra sin concesiones hasta qué punto hemos hecho de “lo salvaje” algo convencional y fácilmente digerible.

Y se vuelve aún más agresiva cuando ofrece el otro punto de vista del otro, del “salvaje”. Entonces descubrimos cómo los indígenas han dejado atrás su concepción primitiva de la vida, y únicamente la mantienen para sacarle partido comercial. Se han introducido de manera radical en el sistema capitalista y al final parece que son ellos quienes finalmente están explotando a los turistas. Al final de esta película de Dennis O’Rourke, uno no sabe si los salvajes son los vampiros o los caníbales.

La película de O’Rourke atenta contra ese occidente que se maravilla con el exotismo y las diferencias culturales. Es una película despiadada que sirve como crítica a Vrindavana, el film excesivo que ha dirigido Ernesto Baca. El director contempla instantáneas del lugar paradisíaco en el que se encuentra (Vrindavana es una localidad de la India donde Krishná, una de las deidades más importantes pasó su juventud). Pero al principio, los planos de Baca muestran escenas cotidianas, alargadas en el tiempo, como si quisiera escudriñar qué hay más allá. Pero poco a poco la película se vuelve más ecléctica. Baca juega con los planos y los movimientos de la cámara, manifestando otras realidades. También contempla las manifestaciones de las deidades, desde las más tradicionales a las modernas. Su película muestra con rigor cómo ha cambiado la religiosidad, indicando hasta qué punto un mundo contemporáneo dominado por lo material puede encontrar espacio para lo espiritual.

Sin embargo, el film está como contagiado por cierto buenismo tercermundista. Las transgresiones que Baca realiza sobre la imagen, no tienen la fuerza de su anterior Samoa (un film experimental rodado en blanco y negro en el que el director agredía físicamente el celuloide) y parecen más bien como una firma, incluso una fórmula. Al final, muchas escenas parecen sobrar, incluso algunas que se filman de manera pretendidamente espectacular, como aquellas en la que los niños pobres juegan a lanzar agua a los transeúntes. En definitiva, la incapacidad del director por llevar su propuesta hacia otro estado de la realidad no hace sino demostrar lo complicado que es filmar lo trascendente en un mundo que nos invade con fórmulas consumibles. Pero partiendo de esta base, ¿es legítimo hoy en día ir, de forma tan ingenua, en busca de esa espiritualidad?