PUNTO DE VISTA 2011:

Capítulo 5: Máquinas del tiempo

por Miguel Blanco Hortas

Libre de ataduras narrativas. Libre también de aspiraciones comerciales, el cine de Punto de Vista se concentra principalmente en el tiempo. En el tiempo que hace mella en los edificios, en los paisajes y en las personas. También aquello que cambia y lo que no cambia. Posiblemente nunca fui consciente de la importancia del tiempo en el cine hasta que Carlos Muguiro me descubrió, en una conferencia en Santiago de Compostela hace unos años, esa obra maestra llamada Ten Minutes Older (Herz Frank, 1978). Aquella película se limitaba a mostrar un niño durante diez minutos. Un espacio de tiempo condensado, encuadrado y con posibilidad de ser repetido hasta la eternidad. Posiblemente sea la mejor disquisición sobre el paso del tiempo que haya visto en una pantalla de cine.

Si en Ten Minutes Older, Frank muestra una actitud pasiva ante el paso del tiempo, Alan Berliner se rebela contra eso en una gran película: Translating Edwin Honig. Frank mostraba a ese chico consumiendo diez minutos de vida, mientras que Berliner muestra únicamente primeros planos de su amigo Edwin Honig, mientras se consume por culpa de la enfermedad del alzheimer durante 19 minutos. Lo que empieza como un relato donde el propio Honig (poeta y ensayista conocido por traducir a Pessoa y a Lorca al inglés) hace recuento de sus últimos recuerdos, termina convirtiéndose en una vorágine temporal donde se acumulan declaraciones contradictorias y lamentaciones del poeta por no recordar su propio pasado. Es una película triste, de un hombre que graba a su amigo desapareciendo, alguien sin memoria, sin recuerdos. En la parte final, Honig únicamente tararea una canción y Berliner monta los planos de las diferentes veces que le cantó esa canción para conformar una bella melodía. Perdida ya su dignidad, Berliner lo acepta tal y como es, homenajeándolo en sus últimos días, manteniendo cierta lucidez primitiva, anterior (o posterior) a toda educación.

Esta película escalofriante, a la vez que hermosa, nos sirve de introducción, al igual que la de Frank, para trasladarnos hacia formas más complejas. Hasta ahora, hemos celebrado la sencillez con la que los cineastas se acercaban a su realidad, desde los Young Filmmakers de Nueva York hasta el gran Thom Andersen en Get Out of the Car. Pero una cosa muy distinta es el dispositivo temporal de Patrick Keiller en la magistral Robinson in Ruins. La película, que únicamente se compone de planos fijos y de la narración en off de Vanessa Redgrave, empieza como un cuento alrededor de Robinson, un hombre que sale de la cárcel y se encuentra con que todo el mundo ha cambiado a su alrededor (la película es la tercera parte de una trilogía formada por London y Robinson in Space). Sin embargo, cree que se puede llegar a conocer la realidad a través de su estudio biológico, que todo principio social, político y económico parte de un determinismo establecido mucho antes de que estos conceptos tuvieran algún sentido. Entonces, la travesía de Robinson consiste en ir visitando lugares en ruinas de Inglaterra para encontrar en ellas las razones de nuestra situación actual.

Esto parece muy sencillo, pero la película, o mejor dicho la narración de Redgrave (que parece enunciarse desde el futuro) utiliza este viaje de Robinson para explicar toda la Historia de Inglaterra de los últimos quinientos años, o más bien, todos los hechos que provocaron el auge y el hundimiento del capitalismo. El auge desde el cercamiento de tierras del siglo XVI, que dio comienzo a una nueva forma de entender el trabajo de la tierra y creó el concepto de propiedad, hasta la caída de los mercados durante el año 2009. Cada episodio del viaje de Robinson, cada ruina, esconde un pedazo de esa Historia, de la defensa de la propiedad y de la resistencia de aquellos que se negaban. También la Historia de la importación del cultivo del maíz y su aplicación a gran escala en Inglaterra (y en todo el territorio europeo). Asimismo, las oleadas revolucionarias del siglo XIX, tras la experiencia de la Revolución francesa y la nueva concepción del hombre surgida de la Ilustración.

Todo esto es contado por la voz seca de Vanessa Redgrave con un ritmo monótono, con frialdad científica. Es una película exigente, que parece más un estudio macroeconómico. Es difícil encontrar una película más exigente. Inabarcable para verla en un festival, pero desbordante en su discurso. Todo el viaje de Robinson gira alrededor de un edificio neogótico en proceso de restauración, ejemplo de las sucesivas muertes y resurrecciones del capitalismo. Las imágenes de las ruinas (territorios olvidados de la resistencia, pero también de esa Historia vergonzosa de imposición que el capitalismo nos ha hecho olvidar) contrastan con imágenes de la naturaleza, de los insectos posados en las flores, de las abejas recolectando polen. Pero nunca hay una relación directa entre el texto y las imágenes, Keiller se niega a establecer una relación tan obvia. La imagen se convierte en algo casi poético, que nos desconecta del texto en su belleza, pero en donde a veces encontramos también alguna idea subversiva, como si algo se activase en nuestro cerebro. Mientras Redgrave cuenta el efecto dominó que supuso la caída de las entidades crediticias en EEUU a lo largo del año 2008, lo que supuso la quiebra de todos los mercados, Keiller muestra una araña tejiendo su tela. Un recorrido en espiral hipnótico, como si cada hilo, cada unión, fuese una rama de ese mercado en crisis.

La naturaleza enfrentada al mercado quizás sea el tema de Keiller. O quizás el hecho de que antes y después de esta sociedad capitalista únicamente haya lugar para otro tipo de organismos más simples. En el clásico de los años 80 Wargames, un científico explicaba al protagonista que, tras el fin del mundo que se avecinaba, el siguiente regidor de la Tierra serían las abejas. En cierta manera, Robinson in Ruins retoma ese argumento, observando a las abejas pasivas, realizando su trabajo diario, mientras en off la narradora habla de las disputas de los hombres a lo largo de cinco siglos. También significado en un liquen que se acumula alrededor de una señal de tráfico. Los líquenes son los organismos vivos más longevos del planeta, y algunos de ellos superan los cinco mil años. Organismos adaptables al entorno, que miran también con tranquilidad a esas estructuras económicas que se crean y se destruyen, casi como si fueran suspiros.

La profundidad y complejidad de la película alcanza unos niveles con los que pocas veces hemos lidiado. El espectador que no se prepare de antemano, seguramente no encontrará nada en la película que le haga animarse. Como ya explicamos, tiene un ritmo monótono y largas, eternas, disertaciones sobre economía y política. Pero aquel que quiera entrar en el juego de Keiller disfrutará de una de las grandes películas del año pasado, posiblemente la mejor para quien esto escribe. Es, a su manera, una película de aventuras, de viajes en el tiempo, pero donde lo que habitualmente aparece en primer plano (el hombre) se queda en un segundo plano, y lo que normalmente está en segundo plano (el entorno), pasa al primero.

Siguiendo con las obras ambiciosas, capaces de sugerir a través de sus imágenes saltos temporales imposibles que desvelan los lugares ocultos de la Historia, John Gianvito presentó su gigantesco documental Vapor Trail (Clark), una película de cuatro horas y media que nació de manera improvisada cuando el director viajó a Filipinas para encontrar escenarios de una próxima película de ficción. Sin embargo, una vez allí, Gianvito conoció a los responsables de una pequeña ONG que luchaba por los derechos de las víctimas del agua contaminada por las bases americanas en el país. Conmovido por la tragedia, comenzó a investigar la situación y desde el año 2007 al 2010 filmó a las víctimas de este hecho. Pero el documental no es únicamente una confesión de estas personas, condenadas de por vida, tanto ellos como sus hijos, a los efectos del agua contaminada. Estos testimonios sirven como dispositivo para sacar a la luz la Historia oculta de la relación entre EEUU y Filipinas, que se remonta a finales del siglo XIX, cuando EEUU “liberó” al archipiélago del Imperio español. Así, Gianvito cuenta la Historia de los hermanos Bonifacio (protagonistas de una película de Raya Martin, Autohystoria), de la independencia de España o las disputas políticas de Emilio Aguinaldo. En cada declaración, en cada paisaje, el director norteamericano encuentra la manera de retroceder en el tiempo. Se trata de un problema estructural que viene de muy lejos y que se explica por las oscuras intenciones del Imperialismo estadounidense.

Para Gianvito, la forma más perfecta de colonización es aquella que niega la Historia. Pregunta una y otra vez a los entrevistados qué conocen de la Historia de su país, de la guerra contra EEUU. Las respuestas son siempre largos silencios o declaraciones confusas. EEUU, con la ayuda del gobierno filipino, ha conseguido borrar el pasado revolucionario de su país. Gracias a Vapor Trail (Clark), podemos comprender por qué las películas de Raya Martin son así, siempre con un fuera de campo, siempre con algo que no se cuenta. A lo largo de cuatro horas, Gianvito trata de sacar toda esa Historia a la luz, pero siempre como si emanara del paisaje, como si brotase como consecuencia de la fotosíntesis vegetal. Pero también de la Historia que se encuentra según avanzan las entrevistas y según avanza su relación con los líderes de la ONG: Myrla Baldonado y Teófilo “Boojie” Juatco. En una de las escenas más memorables de la película, Gianvito filma a Myrla en un único plano contando cómo se convirtió en una activista política. Un plano de larga duración que cuenta buena parte de la Historia oculta de Filipinas, de las revueltas anti-Vietnam de los años 70. La Historia usurpada. El plano se prolonga tanto que vemos cómo el día va oscureciendo y en nuestra memoria resurge el imponente plano final de Ruhr de James Benning. En ambos casos, el rumor de la Historia, sus monumentos, terminan por aparecer súbitamente, por mucho que el capitalismo haya tratado de ocultarlos.

Vapor Trail (Clark) es, sobre todo, una película agresiva. Oculta, bajo su piel de documental institucional, realizada con medios escasísimos: por medio de la duración de sus planos, no apartando la mirada en ningún momento, Gianvito ataca frontalmente la Historia de su país. Unos EEUU que, a través de sus bases, han creado un hombre “colonizado”, dependiente de las ayudas al desarrollo, incapaz de liberarse. El envenenamiento que provocaron las bases americanas en toda una población condenada sirve de metáfora a un mundo controlado y dirigido por la primera potencia mundial. El mayor mérito de esta película es filmar la Historia en primer plano. Sin discursos intelectuales. Todo lo que en ella ocurre es irreprochable, como si emanara de una verdad popular. Es un triunfo que un cineasta elevado a los altares por la crítica gracias a Profit Motive and the Whispering Wind, haya realizado una película tan contraria a la crítica, tan poco formalista y sin ganas de elevar su propia voz por encima de las imágenes.

Tras estas dos obras capitales, posiblemente las dos mejores de Punto de Vista, los programadores del Festival nos tenían preparada otra sorpresa. Ben Russell, ganador el año pasado por Let Each One Go Where He May, no participaba este año con ninguna película en la sección oficial, sino que era el presidente del jurado. Pero aún así, nos regaló una sesión de despedida titulada En torno a Trypp’s #7. Su trabajo propio era el mentado Trypp’s #7, pero lo grande de la sesión es que Russell había preparado una serie de cortometrajes que sirvieran como pantalla a su propio trabajo. Eran en total siete películas de corta duración que luego se resumían en su cortometraje. Footnotes to a House of Love (Laida Lertxundi, 2007) era una obra extraña y alucinógena que recordaba al Garrel más ‘antinarrativo’. Unos chicos en una casa perdida en el desierto, que se dedican a hacer el amor y a enfrentar su propio cuerpo al paisaje, a la arena y al viento. Prince Hotel (Karl Kels, 2003) filma la zona del Bowery del Lower East Side neoyorquino, sus tiempos de pausa y su modo de vida apático. Con planos cortos homoéroticos y en blanco y negro, chocaba con la aridez de la película de Lertxundi. Siguiendo con el blanco y negro, My Name is Oona (Gunvor Nelson, 1996) muestra a una niña y su caballo blanco. Imágenes equívocas y sin sentido, que se vuelven todavía más inestables con una voz irritante que repite una y otra vez «My name is Oona», alterado en ritmo y duración por la propia cineasta. Así, se crea una confusión visual y sonora que se extendía al corto que le seguía, el documental antropológico Children’s Magical Death (Timothy Asch & Napoleon Chagnon, 1974) donde unos niños Yanomami (indígenas venezolanos) juegan a ser chamanes esnifando ceniza. El corto obliga al espectador a posicionarse entre su propia postura occidental (indignarse por ver a niños haciendo algo tan censurable en nuestra sociedad) o aceptar algo que allí es tradicional. En mi caso, opté por lo segundo y disfruté y me reí junto a esos niños colocados hasta arriba de ceniza.

La sesión nos obligaba a seguir estimulados con alguna droga extraña debido a How to Escape from Stress Boxes (Paper Rad, 2006), una pesadilla a medio camino entre la animación analógica y la digital, que resucita los fantasmas más trash de nuestra cultura audiovisual (¿quién no recuerda a los pequeños trolls?) proyectados en un infierno de colores agresivos que mezcla las formas del peor juego programado para los compatibles Atari con ramalazos de ideología hippie. Totalmente inenarrable, pero que parecía surgir del subidón de ceniza que habíamos tenido con los indios venezolanos y que nos preparaba para otro viaje en el tiempo, exactamente hasta 1907, donde nos esperaban Segundo de Chomón y Ferdinand Zecca con Le Spectre rouge, una pequeña película sobre fantasías infernales, y donde el cinematógrafo, con apenas 10 años de edad, todavía parecía el sueño de un alquimista. Así, hay espectáculos de magia, donde un esqueleto hace desaparecer mujeres; visitas al infierno, personas que regresan del mismo, todo con una tintura roja agresiva que aumentaba nuestro estado de alucinación. Y, de ahí, a Kenneth Anger y su Invocation of my Demon Brother (1969), otra pesadilla, en esta ocasión muy propia del director, que junta sectas satánicas con Mick Jagger y los muy recurrentes por aquella época Hell’s Angels. Todo ello muy caótico y agresivo, en el mejor ‘estilo Anger’- pero sobre todo, habría que destacar el impacto que aún a día de hoy provocan las cintas de este cineasta, especialmente vistas en cine, y no en viejas copias rescatadas de VHS, que es lo que manejamos habitualmente1. Y finalmente, cerraba esta sesión el documental experimental Marsa Abu Galawa (Gerard Holthuis, 2004), una sinfonía subacuática donde peces y corales se confunden gracias al montaje y a los movimientos de cámara, quedando al final únicamente fogonazos de colores y una maravillosa música tribal.

Una vez terminado esto, la sala se queda a oscuras durante unos instantes. Lo primero que vemos cuando vuelven las imágenes es un desierto, atravesado por un profundo cañón que lo quiebra, como en Footnotes to a House of Love. Aparece una mujer y el viento que le golpea el cabello, como en la película de Lertxundi. Pero algo extraño sucede. La imagen comienza a tambalearse, y vemos a la chica balancearse de arriba a abajo, desapareciendo de la pantalla. Quizás por ser una sesión nocturna, la última de todo el festival, y debido a los cortos anteriores que nos habían dejado sin aliento, tardo en darme cuenta de lo que ha ocurrido. Russell no filma a la chica directamente, sino su reflejo en un espejo. Un espejo que da vueltas y hace desaparecer la imagen, mezclándose con el cielo y con el desierto. En este sencillo movimiento, vemos proyectados el resto de los cortos anteriores. El ruido del espejo girando recuerda a My Name is Oona; las imágenes desvaneciéndose, los colores mezclándose, nos remiten a Marsa Abu Galawa. El clima alucinado podría ser el de la película de Anger. La imagen sigue dando vueltas y vueltas. Nuestra mente con ella. Finalmente la chica desaparece, al igual que en Le Spectre rouge; la imagen, literalmente, se ha suicidado, como en How to Escape from Stress Boxes.

En definitiva, la película de Russell fue la más sofisticada máquina del tiempo de todo el festival. No tiene la fuerza política de Robinson in Ruins ni de Vapor Trail (Clark), pero tampoco lo busca. El artefacto de Russell vive en un mundo donde las imágenes, de tanto consumirse, han perdido todo su significado, toda su procedencia. Este es el mundo tras el fin de la Historia que amenaza la película de Gianvito. Es el mundo tras la enésima muerte y resurrección del capitalismo, según Keiller. Un mundo donde las películas ‘ya no tienen sentido’. Ni Children’s Magical Death ni Prince Hotel ‘poseen’ su valor antropológico ya. Tampoco Invocation of my Demon Brother ‘dispone’ de su poder contestatario. Todo se ha reducido a una sucesión imposible de imágenes, caóticas y violentas, a ratos seductoras, a ratos irritantes. En cierta manera, es un tratado sobre el caos de la cinefilia, sobrepasada por el exceso de películas y de herencias. En esta sesión se contenían muchas de las películas que habíamos visto en la sección oficial. Y curiosamente, un festival de cine documental terminaba negando el documental de manera violenta. Fue un regalo de la programación, la mejor manera que tiene un festival de quedarse en la memoria del espectador. Ofreciendo sesiones irrepetibles que te obligan a mirar y a pensar el cine, a establecer conexiones entre lugares que nunca creerías que se pueden relacionar. ¿El festival negándose a sí mismo? Quizás sí, pero también proyectándose hacia una estancia superior. Esperemos que este sea el camino a seguir en las próximas ediciones.


En este sentido, conviene recordar la magnífica edición en DVD Magick Lantern Cycle. Kenneth Anger del BFI. Ver Lumière, nº3, p.133.