PUNTO DE VISTA 2013 (1)

Punto de Vista 2013

por Aurelio Castro

Cabra Marcado para Morrer (Eduardo Coutinho, 1964-1984)


Al día siguiente del raid aéreo que arrasó la ciudad alemana de Halberstadt, en abril de 1945, «la señora Schrader, experimentada empleada, trata de despejar los escombros antes de que empiece la sesión de las dos de la tarde»1: el cine Capitol debía proyectar a esa hora Heimkehr (Gustav Ucicky, 1941), con Paula Wessely y Attila Hörbiger, pero «el programa superior de la destrucción» se había impuesto de madrugada. «El carácter casi humorístico de ese pasaje […] resulta de la extrema discrepancia entre los campos de acción activo y pasivo de la catástrofe, o mejor dicho de la impropiedad de las reacciones reflejas de la señora Schrader, para la que “la devastación del lado derecho del cine... no tenía ninguna relación significativa ni dramatúrgica con la película proyectada” [Alexander Kluge]».

Del Festival Internacional de Cine Documental de Navarra Punto de Vista, que a finales de febrero alcanzaba su octava edición, cabe decir que su tentativa ha sido y es casi contraria a la de la señora Schrader: interrumpir la oscuridad pacífica de las salas Carlos III mediante el programa de lo real. No lo sería del todo porque, con diferentes grados de radicalismo, su propuesta jamás ha eludido que las armas que se han de emplear, a tal efecto, son además estéticas. Debemos celebrar, pues, que el evento haya sobrevivido a la catástrofe cotidiana que atraviesa el sur de Europa –esto es, al raid de los recortes y la desposesión popular– mediante el reajuste de su periodicidad; y acaso sea oportuno plantearle de qué modo podría desafiar, en ediciones siguientes, la política de exhibición dominante (lugares de proyección privados, jurado y galardones, cierta idolatría del autor, oferta comprimida y tendente a la saturación, etc.) que todavía suscriben la mayoría de festivales minoritarios: resistir no atañe solo al «qué», sino sobre todo al «cómo».

A continuación se destacan cinco sesiones del Punto de Vista 2013 que habitaron con especial intensidad la frontera que separa el lado «de los escombros» del de las butacas. La elección no pretende ser exhaustiva, ya que se sustenta en sólo tres jornadas y media de festival –de miércoles a sábado–, sino parcial y, a tenor de la actualidad, irremediablemente precaria:

1. La copia restaurada de Cabra Marcado para Morrer, incorporada al ciclo «Eduardo Coutinho: mirada y voz», restituía las dos décadas –de 1964 a 1984– que abarcó la producción intermitente del artefacto. Película sobre una película que nunca llegó a completarse, debido al golpe militar brasileño, sobre la vida de João Pedro Teixeira, líder de la liga campesina de Sapé asesinado por los terratenientes del lugar, se trata de un extraordinario caso de cómo el cine y la historia, y la historia del cine, se componen también –como diría Godard– de «caminos que no llevan a ninguna parte». El acto de resistencia de Cabra… consiste precisamente, a partir del estilo directo y de los rastros y jirones de una ficción de lo real, en su pasaje al acto. Pero no a cualquier precio: los meandros que describe y la suerte política de sus personajes son uña y carne. Como el de una madre en el exilio (Elizabeth Teixeira) hasta sus diez hijos, dieciséis años después, el recorrido de los brutos a un montaje final es arduo, tembloroso. En cambio, los atajos poéticos de un Sylvain George, que presentaba en la sección oficial Vers Madrid (The Burning Bright)!, difícilmente llevarán alguna vez a la fraternidad profílmica organizada aquí por Coutinho y su equipo.

2. El jurado, de Virginia García del Pino, escruta a partir del zoom pixelado la mirada y los gestos de quienes deben declarar culpable o inocente a un acusado cualquiera –no sabemos cómo se llama ni su presunto crimen. Es una pieza de colisiones: entre los discursos técnicos que se suceden en la sala y que pueblan la banda de sonido, y los seis rostros que los reciben –por lo general, sin inmutarse– y ocupan estática y sucesivamente el plano; entre la proximidad extremada del dispositivo y las miradas a cámara que intentan apartarlo, abrir distancias, subrayar su asedio; entre el desorden narrativo de los interrogatorios, que obstaculiza una trama al uso, y la trifulca personal que asoma en el filme durante unos segundos, y que suele copar las «mañanas televisivas»; entre la ritualidad del evento y la extravagancia de ciertas preguntas de los abogados. García del Pino despliega un juicio sin caso, materialmente tenso, donde la profundidad es la piel o, mejor dicho, el píxel.

3. A propósito de los miembros de otro jurado, el del propio Punto de Vista, se programaron varias «sesiones especiales»; dos de ellas se consagraron al cine de Bill Brown, acaso pariente lejano de las cruzadas poéticas que la beat generation desencadenó en Norteamérica a finales de los años 50, y que luego han ido tomando derroteros diversos. En el caso de Brown, el viaje, rayano a veces en la ciencia ficción, especula con los límites inteligibles del paisaje y con las convenciones métricas, imaginarias o materiales que lo ensamblan. Puesto que el mapa nunca es el territorio, Hub City (1997) y Roswell (1994) se aventuran en los misterios accidentales que balizan esa fractura, y lo hacen en 16 mm., mediante una voz en off que libra las imágenes a una «potencia de lo falso» altamente precisa, no obstante, en su carácter fabulador. Por último, Chicago Corner (2009) y Document (2011) levantan acta de dos fenómenos más prosaicos, menos traviesos: una demolición y la estrategia antiterrorista del FBI. Acaso «lo real» de un país que ha amado las conspiraciones y los ovnis sobre todas las cosas, y casi tanto como a sí mismo.

4. En Museum Hours, incluida en la sección oficial, Jem Cohen vuelve a trazar una ficción de mimbres parecidos a los de Chain (2004), pero más plácida: un guardia del Kunsthistorisches Museum, exrockero de serie B, y una visitante canadiense, llegada a Viena para cuidar de una familiar hospitalizada, cruzan sus vidas durante un par de semanas. El filme se teje a partir de ese encuentro duradero en tanto que contingente, y de los lienzos y esculturas que rastrea entremedias Cohen, para puntuar sus progresos, y para devolverle también a nuestra mirada lo que parece haber olvidado tras dos siglos y medio de modernización, toda vez que el personaje interpretado por Bobby Sommer se lo recuerda a un joven compañero de trabajo: la apertura del Louvre se debió a la Revolución Francesa, esto es, al traspaso de las colecciones privadas de los estamentos privilegiados (la aristocracia y el clero) a un espacio a la vez común y público.

5. «Thomas Heise: fragmentos de búsqueda» hospedó las dos últimas entregas de la trilogía Atascados: Neustadt (Stau – Der Stand Der Dinge) (Ciudad nueva [Atasco – El estado de las cosas], 2000) y Kinder. Wie Die Zeit Vergeht (Niños. Cómo pasa el tiempo, 2007). En ella Heise y su equipo van retratando, de lustro en lustro, el devenir apocado de una familia de Halle-Neustadt, ciudad hastiada, a su vez, por la novedad sin rumbo que se desgaja de su topónimo como una mala parodia. Si Material (2009) entrañaba una falta de raccord al relato oficial de la reunificación alemana, estas incursiones periódicas –similares a las que hizo Volker Koepp en la vida de tres obreras, en Wittstock, Wittstock (1997)– suponen su encarnación menos agradable: buena parte de los protagonistas son jóvenes neonazis. Ambos filmes señalan la fragilidad laboral y emocional en que se desarrolla ese cuerpo político, pero también deja abierta la cuestión de hasta qué punto el documental observacional acaba normalizando su existencia al tratar de capturarlo, justamente, desde sus singularidades biográficas y sociales. Entre una compresión amplia de esta nueva «banalidad del mal» y el síndrome de Estocolmo que padecía, por ejemplo, Avi Mograbi en How I Learned to Overcome My Fear and Love Arik Sharon (1996), la distancia es más bien estrecha. Quizás a Atascados le falte la controversia general que aparece, sin ir más lejos, en Material durante el estreno de STAU Jetzt geht's los (ATASCO – Pongámonos en movimiento, 1992): aunque a Heise le «gustó bastante la idea de que los izquierdistas y los derechistas pasaran el Día de la Unidad Alemana juntos en el cine»2, la tentativa acabó –tal como muestra la secuencia– en batalla campal. ¿Que diría de ello la señora Schrader?


1 Sebald, W.G. Sobre la historia natural de la destrucción. Barcelona: Anagrama, 2003. Pág. 71-72.
2 Möller, O. (Ed.) Thomas Heise. Fragmentos de búsqueda. Pamplona: Gobierno de Navarra, 2013. Pág. 133.


Kinder. Wie Die Zeit Vergeht (Thomas Heise, 2007)


Thomas Heise. Crédito: Cristina Ultreia Silva.