LET EACH ONE GO WHERE HE MAY (Ben Russell):

Huyendo a contracorriente en busca de libertad

por Jorge D. González

«Esto fue lo que oímos:
Durante la esclavitud, apenas había algo que comer.
Te azotarían hasta que tu culo te escociera,
Luego te darían un poco de arroz blanco
En un cuenco. Y los dioses dijeron, dijeron que esto no
Era una manera de vivir para los seres humanos. Los dioses
Los ayudarían.

Dejad que cada uno vaya donde pueda.
Así escaparon.
Lántifáya, 1978
Maslákiiki, Surinam»


Testimonio-prólogo del film Let Each One Go Where He May, de Ben Russell

Históricamente el cine se ha usado como arma política para defender una serie de valores e ideales que despiertan la conciencia del hombre ante el adocenamiento que impone el sistema social. De hecho, visto desde un punto de vista de reafirmación de la personalidad del individuo sostengo la aserción de que todo filme es político, aunque unos sean más reivindicativos que otros.

Let Each One Go Where He May («Deja que cada uno vaya donde pueda») reivindica la devolución inmediata de la libertad del hombre colonizado y esclavizado a través de la mitificación del viaje que dos hermanos emprenden hacia la metrópoli capitalista. Sin embargo, su contenido está lleno de mensajes y referencias históricas que son precisos estudiar y analizar para interpretar esta alegoría fílmica. Por ello, me fue necesario iniciar una pequeña investigación acerca de sus fuentes. Ese misterioso prólogo que daba paso a los contundentes trece planos secuencia se tornaba decisivo para entender todos los caminos por los que discurre el film. Y esto fue lo que descubrí.

La película está rodada en Surinam (antigua Guayana Holandesa), país que perteneció primero a los ingleses y luego fue cedido a Holanda. Durante la época de colonización británica, ingentes cantidades de esclavos eran llevados desde África para trabajar en las plantaciones de cacao y azúcar, de la que Providence, situada en la región de Saramacca, fue una de las más famosas. En el año 1693 los Abaísas, clan de afroamericanos cimarrones1, se rebelaron y huyeron de la plantación, corriente arriba por el río Surinam. Se refugiaron en el bosque, donde terminaron instalándose y fundando su propio pueblo.

El antropólogo y escritor Richard Price, que aparece en los créditos de agradecimientos, publicó en 1983 el libro First-Time: the Historical Vision of an African American People, una extraordinaria recopilación de testimonios orales, transmitidos de generación en generación, acerca de la cultura Saramacca, creada en el siglo XVIII a partir de los afroamericanos cimarrones que escaparon de la esclavitud y se asentaron en los bosques tropicales del Surinam. El documento escrito-sonoro que sirve como prólogo al film de Russell está recogido en este libro y corresponde a la crónica de la rebelión y posterior huida de la plantación de Providence en 1693.

Al no poseer una Historia escrita nacional, estos testimonios orales son elevados a la categoría de mito por las generaciones actuales. Para ellos, el río pasa de ser un mero accidente geográfico a representar la alegoría de la huída hacia una vida en libertad. El filme recoge este nuevo valor del río y lo eleva a categoría de metáfora, añadiéndole significaciones diversas: inicio, fin o muerte, transporte y movimiento, lugar de explotación, guía, camino de una sola dirección y sentido.

La película se inicia con un plano fijo. En él aparece un árbol, unos cuantos matorrales secos y detrás de ellos, el gran río. Uno de los dos hermanos entra en cuadro llevando en su mano un bidón de gasolina. Lentamente rocía la maleza y prende pequeñas hogueras. Cuando sale de escena, el otro hermano entra para darse un baño. Son acciones cotidianas pero tratadas como si fueran rituales. El agua y el fuego son usados como purificadores y expresan cambio. Cuando el segundo hermano sale del río, se acerca a nosotros y la cámara retrocede. El inicio del movimiento del plano-secuencia supone una revelación o un nacimiento, como si la película, que hasta ahora ha estado muerta, comenzara a vivir.

 

Ese movimiento pone en marcha un viaje, en el que acompañamos a ambos en su trayecto a la capital del país, Paramaribo. Durante décadas los hombres de la cultura saramacca han pasado muchos años de su vida viviendo en las ciudades costeras, ganando dinero a base de trabajos poco remunerados. Es una nueva forma de esclavismo, la que impone la sociedad moderna y que recuerda a aquellas plantaciones de cacao.

Seguimos la espalda de un hombre que empuja una carreta. Va trazando eses en la tierra por lo que parece una gran explotación. Las plantaciones del pasado se han convertido ahora en una gran mina que asola el corazón del bosque. El contraste entre la impenetrabilidad de los árboles y el paisaje lunar creado por la devastación del suelo hace explotar nuestra emoción contenida: la colonización está esquilmando los últimos yacimientos de oro que contiene la tierra de Surinam.



Los dos hermanos se hallan ahora caminando por un sendero del bosque. Uno lleva una escopeta, el otro, una sierra eléctrica. Uno comienza a disparar a algo fuera de plano, posiblemente a la naturaleza virgen. El otro tala, uno tras otro, varios árboles. Es lo que han aprendido del capitalismo. Siguen haciendo mal al bosque, ya no lo respetan y lo ven como una fuente de recursos económicos de la que tienen que aprovechar. La luz asesina ilumina la escena. Los dioses están cansados, no pueden aguantar más este desagravio, tienen que actuar.



En el siguiente plano, al ritmo de una fuerte percusión, hombres con caretas comienzan a bailar alrededor del pueblo. Sus movimientos son violentos, no entendemos lo que dicen, pero parece que transmiten cansancio y enfado. ¿Son los dioses que expresan su dolor por lo que está pasando?

 

En este punto nos damos cuenta de la importancia que el plano-secuencia está generando en nuestra impresión de la realidad. Cada uno de ellos conforma un fragmento de realidad que incluso podría funcionar como independiente de los demás, que tiene algo hipnótico que nos atrapa y nos deja en estado de ensimismamiento, y es ahí que el sonido se convierte en un arma altamente importante de la película. Sin embargo una relación profunda ata todas estas secuencias, que se encuentran ordenadas en una línea temporal continua, una tras otra.

Los hermanos navegan por el río a grandes paladas. Su esfuerzo recuerda al que una vez unos esclavos cimarrones hicieron para escapar de la plantación. El sonido del agua y el cantar de algunos pájaros mecen la barca. Han desaparecido los ruidos de la civilización con su sombra imperialista que somete a los hombres. Las antiguas comunidades liberadas del esclavismo comenzaron su vida en el bosque, junto al río donde se encuentran ahora navegando los hermanos. El sonido se apaga y la imagen continúa sola hasta el último corte. Dejamos de escuchar y la cámara permanece quieta en la barca, como al principio, lo que nos sugiere la muerte de la película y quién sabe si también de los dos hermanos. De todos modos, ya no pueden volver atrás porque la fuerza de la corriente les arrastra en una única dirección. Es como la vida, que aunque no queramos siempre se mueve hacia adelante y nunca volvemos a pisar la misma piedra, tampoco la misma agua. El símbolo de la libertad representado por la canoa navegando sin rumbo quedará para siempre en nuestra memoria, y en la memoria de Surinam, un país que durante unos siglos albergó en sus selvas comunidades de afroamericanos que vivían en tolerancia y respeto con la naturaleza.



1. Cimarrón: Dicho de un animal doméstico que huye al campo y se hace montaraz. También se decía en América del esclavo que se refugiaba en los montes buscando la libertad.