CINÉMA DU RÉEL: MARIO RUSPOLI (IV): REGARD SUR LA FOLIE (1962)

La mano loca

Por Jean-Claude Polack

Antonin Artaud, Man Ray, 1926 / La ronda de los presos, Vincent van Gogh, 1890


Presentando verdaderos enfermos en su verdadero escenario (en este caso, el hospital psiquiátrico de Saint-Albin), Ruspoli no hace otra cosa que romper con las formas tradicionales de representación de la locura.

Hasta ahora, el cineasta podía elegir entre dos procedimientos: o bien utilizar al «loco» como resorte dramático particular en un contexto anecdótico más vasto, haciéndolo elemento de un suspense (Pyscho) o la solución cómoda de una intriga más o menos bien atada (Le Couteau dans la plaie), o bien presentar un drama psicológico en el marco de una institución de cuidados psiquiátricos (The Cobweb, The Snake Pit, Suddenly Last Summer, La Tête contre les murs).

En el primer caso, la locura proporciona el pretexto o la base de un guión que se desarrolla en un espacio cotidiano (Through a Glass Darkly). En la segunda hipótesis, la descripción complaciente del universo terrorífico del «asilo» introduce al espectador en la tragedia de los electroshocks, de los sueros, de las tensiones físicas y de la violación de las consciencias. Es cierto que algunas películas escapan al prisma deformante de este cine del escalofrío. Pero la estilización del enfermo, la pintura artificial de la clínica despojan a estas historias de locos de todo valor documental. Se elige lo pintoresco (el obsesivo, el sádico, el criminal), nunca lo lamentable (el demente, el disminuido psíquico, el melancólico, el perseguido…). Nos quedamos con laboriosas interpretaciones psicoanalíticas, generalmente esquematizadas al extremo.

La película de Ruspoli, rechazando la caricatura, solicita al espectador en dos planos, a partir de un material anecdótico y verbal real. Un primer grupo de imágenes simplifica al extremo el retrato del enfermo mental, permitiendo una fácil identificación. El travelling inicial en las salas del hospital ilustra un texto denso y poéticoi que, en sucesivas oleadas, describe de la forma más precisa posible la «alienación», la ruptura de la unidad mental, el cuestionamiento de sí mismo, la segregación subjetiva de la persona enferma. El diálogo del médico y de su anciana enferma, progresando y clarificando las líneas de comunicación, explicando los síntomas visibles, participa igualmente de este esfuerzo de comprensión. Más adelante, será este el caso del monólogo del joven esquizofrénico, fragmentado, trastornado en el propio curso del pensamiento. En los dos extremos del filme, la imagen de un rostro gastado, trabajado por el dolor, encuadra significativamente este viaje a un país de locos, mientras que las palabras del hombre reenvían al tema fundamental de la comunicación. El mundo de la locura no está claramente delimitado. Y la cámara de Mario Ruspoli se gira hacia el espectador. El loco eres quizá tú, o tú. No se trata, para Francesc Tosquelles, de negar la enfermedad mental, sino de hacerla accesible, sensible, próxima. La comprensión intuitiva de la desgracia debe permitir al espectador un juicio de simpatía, una búsqueda del «interior» de la significación de la locura, una especie de autoanálisis elemental.

Esta actitud es en efecto necesaria para comprender la otra serie de imágenes que la película nos propone y que se sitúan en un conjunto de alusiones terapéuticas implícitas. Ya que la enfermedad produce el aislamiento, y que la hospitalización lo agrava, la integración del paciente en un grupo de trabajo (comité de redacción de un periódico, taller) o de distracciones y de ocio (la fiesta anual) son como el retorno a la realidad de la comunicación social, a la amistad, al amor. Esta parte pretende de alguna forma restituir el verdadero escenario de la locura.

Tales son los fines. ¿Son alcanzados plenamente? El propio Tousquelles, durante el debate filmado entre los diversos miembros del equipo terapéutico de Saint-Alban, subraya la ambigüedad de las intenciones que la película se propone al mirar la locura en la dualidad óptica del psiquiatra y el profano. El «ojo psiquiátrico» sólo se interesa por el paciente, aborda los términos y los gestos significativos, los síntomas. El «ojo del público» capta una imagen más difusa, de la cual no obtiene los mismos elementos que el médico. Mira sobre todo al médico que, como un islote de normalidad en ese océano de locura, le protege y le guía, le tranquiliza, le muestra su poder (o al menos su saber…). Mediante un juego de la identificación, se inquieta por lo que se hace por el enfermo.

Al no haber elegido entre esos dos puntos de vista, Ruspoli nos priva de la verdad que buscamos. El médico (o el psicólogo) lamenta no ver la profundidad de esa visión casi entomológica de la locura que indicaban las primeras imágenes (manos agitadas, rostros dramáticos y surcados por las arrugas, gestos estereotipados o inadecuados, pasos fijos y automáticos…).

El público no advertido no puede sino quedar impresionado por las escenas de la vida hospitalaria que desfilan ante sus ojos, en una aparente autenticidad: fiestas tristes, un baile deplorable, trabajos inútiles en los talleres de confeti, escenas de amor, furtivas y lamentables, varios monólogos, impresión general de pobreza aislada, de cronicidad fatal.

Para la mayoría de espectadores de esta película (a quienes no dudamos que el interés que les lleva hasta ella resulte de motivaciones frecuentemente patológicas) el hospital psiquiátrico seguirá siendo el mundo de una reclusión a penas aliviada por la presencia de vigilantes condescendientes y fraternales, y de médicos un poco raros, «encerrados» como los locos (si no en las paredes, al menos en el sofisticado hermetismo de sus explicaciones).

Este aspecto de la práctica psiquiátrica existe. No debe hacer olvidar la rápida extensión de las estructuras extra-hospitalarias, los grandes progresos farmacológicos recientes, la continua reducción de la duración media de estancia en el hospital, la readaptación cualitativamente satisfactoria de un enorme número de pacientes.

Es paradójicamente desde el punto de vista de la forma como debemos juzgar esta película. Se anunciaba como un documento desmitificador, un grito de libertad, el inicio de una reivindicación social, la apertura de una nueva ética.

En su despojo, es un bello poema triste, servido por una imagen inteligente y astuta, un texto casi siempre lírico, un montaje ligero y progresivo. Regard sur la folie es un punto de interrogación, uno de los más bellos que nos propone el cinéma-vérité.


Jean-Claude Polack es psiquiatra. Trabajó en la Clinique de la Borde (lugar fundacional de la psicoterapia institucional) y fue redactor jefe de la revista Chimères (fundada por Felix Guattari y Gilles Deleuze en 1987). También codirigió una película con Francesc Tosquelles.
Texto publicado originalmente en la revista
Artsept, nº 2 (Le cinéma et la vérité), abril/junio de 1963.
Traducido del francés por Miguel Armas.


***



i. Se trata de un montaje realizado a partir de dos cartas de Antonin Artaud a Jacques Rivière (escritas el 29 de enero de 1924 y el 25 de mayo de 1924) y de un poema, también de Artaud: Description d’un État Physique (1925). Los tres textos están publicados en su libro L’Ombilic des Limbes (N. del T.)