SUMMER WARS (Hosoda), GRACE (Solet), KYNODONTAS (Lanthimos), SORORITY ROW (Hendler):

SITGES'09 (3)

por Miguel Blanco Hortas

Llega el fin de semana y Sitges cambia por completo. En mi planning diario me salto la mañana. Ni Pandorum ni Celda 211 me inspiran ninguna confianza. Y mucho menos la invasión freak que se ha producido con la quedada por el trailer de 15 minutos de Luna Nueva, la segunda parte de Crepúsculo. Así que no voy hacia el Auditori hasta la 13:30, lo que no me libra de ser arrollado por una masa ingente de fans que baja desde el Hotel Melià saciados de ese cuarto de hora de aventuras vampíricas. Al llegar por fin al destino, solo veo colas. El fin de semana ha multiplicado el número de espectadores hasta la desesperación, así que apenas tengo tiempo para tomarme un café o mirar Internet porque hay que ir a ver la primera película del día, Summer Wars, un anime japonés dirigido por Mamoru Hosoda (The Girl who Leapt trough Time) para el estudio Madhouse, un sello que inspira confianza porque ha producido las películas del maestro Satoshi Kon (Perfect Blue) y series bastante radicales como Kemonozume. La película presentada destaca por la técnica, una animación de un trazo muy violento y dinámico, no tan extremo como Kemonozume o Noein, pero que sí expresa los cambios de estilo que sufre la animación japonesa, hacia unas formas más desenfadas que dan cierta libertad creativa a los animadores. Por lo demás, la cinta es un churro mayúsculo, una historia intragable acerca del poder de la familia unida y de la solidaridad de la humanidad para hacer frente a los problemas mundiales y seguir adelante. Al principio recuerda a Only yesterday (Isao Takahata), con un viaje veraniego a la casa familiar, aunque mezclado con una trama sobre mundos virtuales. Unas pinceladas de cyberpunk mal digerido, con un ciberespacio que recuerda a los delirios estéticos de Hackers (inolvidables aquellas cafeteras portátiles que creaban entornos gráficos vectoriales) y escenas de artes marciales, que no vienen mucho a cuento, pero que están muy bien dibujadas. Salgo un poco cabreado, porque otros con materiales y medios tan interesantes habrían hecho algo mejor.

Una vez fuera pienso en ir a taquilla para coger entradas para el día siguiente, pero a pesar de que salgo rápido de la sala me encuentro con una cola gigantesca. Así que tengo que dejarlo para después porque empieza Grace, con su respectiva cola para entrar. En Grace es donde uno se da cuenta de que el Festival, al menos durante este fin de semana, ha dejado de pertenecer a la crítica para ser del público generalista. Algo que notamos en las tres películas que veo a lo largo de la tarde: la misma Grace, la premiada en Cannes Kynodontas y la ultracomercial Sorority Row. A las colas se le añaden las carreras por conseguir un buen sitio, un montón de gente expectante, buscando donde queda una butaca libre. Murmullos, risitas y comentarios en los silencios de la película. Y cuando empieza la proyección todo son aplausos. La organización es consciente de todas estas circunstancias y por eso en cada uno de los tres pases entrega un premio. Primero a Herschell Gordon Lewis, una de las figuras fundacionales del gore, especialmente recordado por 2000 maniacos, aquella de granjeros paletos ultraviolentos que da buena cuenta de unos guiris de ciudad. Todo el mundo aplaude. Sus películas no serán muy buenas, pero el hombre merece cierto respeto. Por su parte, Grace es una película acerca del amor maternal llevado hasta sus últimas consecuencias (o no, pues tenemos el ejemplo más bestia de The Brood, la gran película de David Cronenberg). Tras dos embarazos fallidos, todo parece ir bien en la vida de Madeline, hasta que un accidente de coche termina con la vida de su marido y la del bebé que llevaba en su vientre. Sin embargo, su doctora y matrona, una antigua amante, decide continuar con el proyecto de embarazo y celebrar el parto, para no herir psicológicamente a Madeline. Cuando el bebé nace muerto (en un parto sangriento que el público aplaude a rabiar), Madeline acerca la boca a su pecho y este regresa a la vida milagrosamente. A partir de ahí, la película apenas sale de la casa de Madeline, registrando puntillosamente la meticulosidad de esta madre por mantener a salvo su retoño. Al tiempo, la recién nacida, afectada por su extraño parto solo quiere alimentarse de sangre humana. Durante un momento pienso que la película puede precipitarse hacia el exploitation más salvaje, pero el director, Paul Solet, mantiene el film (con dificultades) en el campo de lo psicológico. El resultado es algo insulso. Recuerda un poco al film francés À l’interieur, otra película sobre mujeres obsesionadas con la maternidad, aunque Solet ni tiene tanta destreza para la exhibición de la violencia ni le interesan las lecturas políticas de parvulario.

Al salir veo que han colocado un puesto en el que regalan helados, pero como no podía ser de otra forma, hay una cola desmoralizante y encima con el premio a Herschell Gordon Lewis, la sesión se retrasó tanto que salimos justo para entrar en Kynodontas, en principio el plato fuerte del día. Antes entregan un premio a Jack Taylor, uno de los actores fetiche del cine de terror español de los años 70. Un premio destinado a recordar la memoria cinematográfica de un género y de un país, pese a las limitaciones del cine que realizaba. Pero el hombre sube al estrado y habla emocionado de sus directores, de sus amigos (Luis Ciges) y de paso nos vende su próxima película. Así que aplaudimos porque lo merece y nos preparamos para la película griega, que desde la segunda escena ya se descubre como uno de las grandes decepciones del festival. Giorgios Lanthimos, el director, filma “a la austríaca” una película sobre una familia completamente alejada de lo normal. Se trata de una crítica entre lo nihilista y lo paródico de esta institución y sus jerarquías. Un padre sobreprotector encierra y educa a sus hijos sin dejarlos salir de los márgenes de su jardín. Y manipula todos los referentes de su vida diaria, eligiendo a su parecer el significado de las palabras, modificando todos los códigos de conducta, convirtiendo a sus descendientes en una especie de mascotas. Al hijo mayor le trae a una mujer para que se acueste con ella. Una de las hijas pregunta un día «¿Qué es un coño». «Una lámpara grande», responde la madre. Todo ello rodeado de escenas de sexo que recuerdan a Batalla en el cielo (Carlos Reygadas), todo muy sucio y frío, sin olvidarnos de asesinatos de animales, mutilaciones entre hermanos o el momento cumbre, cuando el padre se ata con cinta americana un VHS a la palma de su mano y empieza a golpear a una de las hijas hasta que el VHS salta hecho pedazos.

En fin, se trata de la típica película que tiene que haber en todos los festivales. Cine europeo de planos fijos (no faltan los planos generales a media altura que cortan las cabezas de los protagonistas) y reflexiones pretenciosas y pasadas de vueltas acerca de la familia. Todo muy Lars Von Trier, pero en malo, con cositas de cine austríaco o rumano, aunque sin lecturas políticas. Las negociaciones para hacerse con ella, pasando por encima del Festival de Valladolid o el de Sevilla (los receptores habituales de estos productos), habrán sido violentas. En fin, una película muy acomodada que responde a una demanda del mercado del cine de autor, necesitado de obras sádicas que, por lo menos a mí, no interesan lo más mínimo. El público asiste en silencio durante los primeros minutos de la película. Pero la cosa es tan esperpéntica que los primeros valientes comienzan a reírse de algunas escenas, especialmente cuando un “peligroso” gatito hace acto de presencia y muere atravesado por una podadora. Con la escena del VHS alcanzamos la apoteosis y toda la sala está riendo y aplaudiendo, incapaz de tomarse en serio una película que, voluntariamente o no, termina acercándose más a Adam McKay que a Michael Haneke. Salgo de la sala pitando, a ver si consigo uno de esos preciados helados, pero esta vez no hay y en su lugar regalan bolsas (¿?). Pero como las sesiones van con un retraso de escándalo no hay tiempo de ir a buscar un café. Otra vez a hacer cola, para ver Sorority Row, que tendría que empezar a las 20:30h., pero la gala de entrega del premio honorífico a José Ramón Larraz no empieza hasta las 21:00h.. En esta ocasión, no he visto nada del premiado, aunque tampoco hace falta. En Sitges le han montado un bonito homenaje, con las dos protagonistas de su película más famosa (Las hijas de Drácula) saliendo al estrado para entregarle el premio. La gente del público tenemos que estar aplaudiendo cada 10 segundos porque el hombre tiene una rapidez verbal asombrosa, con cierto aire berlanguiano. Una vez terminado, empieza Sorority Row y ya ni quiero mirar el reloj…

Si Kynodontas es el perfecto ejemplo de película aparentemente de autor y con cierta valentía formal que en realidad no es más que un producto tan criticable como uno de Hollywood, Sorority Row no se anda con ningún complejo. Slasher adolescente puro directo a la yugular. Prefiero mucho antes la frivolidad de esta tontería de Hollywood que el estilo impostado y pretencioso de Kynodontas. Encima empieza con un plano secuencia bastante arreglado, con la cámara entrando por la puerta de la mansión de la hermandad, en la que se celebra una fiesta, y el objetivo se pasea por toda la casa, registrando los excesos de alcohol y sexo que se producen. Poco más que añadir: las chicas son unas pijas muy malas que le quieren gastar una broma al ex novio de una de ellas. Al final la cosa sale mal y una Theta Pi (como se llama la hermandad) termina muriendo violentamente, aunque ocho meses después parece regresar de la tumba para cargarse una a una a sus viejas amigas. Así que hay que ponerse en el papel y disfrutar de todos los tópicos del slasher, con sus sustos hiperexplotados, sus adolescentes con poca ropa y sus asesinos con togas e instrumentos de matar, en esta ocasión una llave para los neumáticos del coche, especialmente modificada para ser al tiempo un cuchillo de veinte centímetros. El público se lo pasa bomba y estalla en aplausos cada vez que muere una de las chicas, pero también cuando aparecen desnudos o cuando hacen uso de sus lenguas viperinas. Así que salgo relativamente contento, especialmente después de tragarme Kynodontas. Además, por fin consigo el preciado helado y puedo irme tranquilo a casa, deseando que mañana a estas horas no tenga que dedicarle tanto tiempo a los premiados, a los helados y a las colas, lo que significará que habré visto una película realmente importante.