BAD LIEUTENANT: PORT OF CALL NEW ORLEANS (Herzog), MR. NOBODY (van Dormael), ORPHAN (Collet-Serra):

SITGES'09 (5)

por Miguel Blanco Hortas

Me gusta mucho el cine de Werner Herzog. Mi problema con su última película (Bad Lieutenant: Port of Call New Orleans) antes de disponerme a verla es que siento todavía más respeto por Abel Ferrara, el director del teniente corrupto original. La película de principios de los 90 catapultó al director italoamericano a la fama internacional y le permitió hacer durante esa década toda una serie de películas personales que a la postre fueron sus mejores trabajos. Sin embargo, Teniente corrupto sigue siendo la película con la que le identifica todo el mundo. Werner Herzog no plantea su film como un remake, se queda simplemente con la figura del teniente de policía cocainómano, putero, ludópata y extorsionador. En lugar de un Nueva York lleno de símbolos religiosos nos encontramos en Nueva Orleans justo después del Katrina, lleno de edificios destartalados y calles enfangadas. Para ser el primer thriller de Herzog funciona a la perfección dentro de los códigos de género: un asesinato sin resolver, tensión en la comisaría de policía, investigación de asuntos internos… pero nos gusta cuando Herzog sobrepasa esos límites, alcanzando un estatus similar, como director, al de su protagonista como policía. El que piense que Herzog ha hecho un impersonal trabajo de encargo está muy equivocado. El cineasta alemán es conocido por manejar tiempos muy extensos: las viejas civilizaciones precolombinas en Aguirre, los mitos alemanes en Corazón de cristal, los viajes espaciales en The Wild Blue Yonder o el futuro del mundo en Fata Morgana. En Nueva Orleans, Herzog encuentra su escenario perfecto: una ciudad arrasada por la madre naturaleza en la forma de huracán. Mientras veo la película pienso en el maestro J.G. Ballard y su primera novela, The Drowned World. En aquella, el ser humano era desplazado como especie dominante de la Tierra. Las últimas comunidades únicamente vivían para ver su decadencia y cómo los grandes lagartos regresaban al tiempo que la naturaleza acababa con la civilización. Si en las películas del director de Grizzly Man siempre existe la curiosidad (la obsesión) por saber qué será del humanidad tras su extinción, que legado dejará a los próximos pobladores (Herz auf Glass, The Wild Blue Yonder, Encounters at the End of the World), Bad Lieutenant parece adaptar el punto de vista de los lagartos, incapaces de comprender las acciones de los seres humanos. De hecho, en uno de los delirios estéticos del film, Herzog filma a través de los ojos de un cocodrilo y poco después hace lo mismo con una iguana. La película puede verse de esa manera: como la historia de unos lagartos que observan a seres humanos. La historia de nuestro teniente no deja de ser una más, al igual que las personas que mueren durante el film (¡Dispárale otra vez! ¡Su alma todavía baila!). La vida de un hombre parece un marco temporal prácticamente insignificante frente a la Historia de la Tierra, por lo que en los momentos más violentos el film se comporta como una comedia. Es también una obra sobre un país sobrepasado por su propia imagen, un tema de todo el cine de Ferrara, pero también de una de las más extrañas ficciones de Herzog: Stroszek, una visión bastante amarga y decadente del sueño americano. Bad Lieutenant: Port of Call New Orleans se mueve en esa línea, pese a que mientras Stroszek era la obra de un artista fuera de su tierra, ahora Herzog utiliza las armas de un director autóctono: los personajes, el paisaje, los géneros. La película finaliza en suspense, esperando la próxima venganza de la naturaleza, con un Cage pasado de vueltas encerrado en un acuario, rodeado de todas esas formas de vida que, más tarde o más temprano tomarán su lugar y el de su familia.

También en marcos temporales muy amplios se mueve la película belga Mr. Nobody, de Jaco van Dormael, con la diferencia de que mientras Herzog se muestra como una víctima más de ese tiempo inexorable (véase Incident at Loch Ness o Julien Donkey-Boy), van Dormael se cree un dios absoluto capaz de manipularlo todo a su gusto. Se trata de una película pretenciosa y bastante ridícula sobre «el significado de la vida» (todo un género en si mismo), cuya principal inspiración es Stanley Kubrick, aunque pasado por el filtro posmoderno de Darren Aronofsky. De hecho, la película a la que más se parece es La fuente de la vida, de dicho director. Tengo la sensación de que cada plano, cada diálogo, cada idea ya la he visto en alguna otra parte, es un pastiche realizado a partir de deletrear a Kubrick, Aronofsky, Wong Kar-wai e incluso Terence Malick, utilizando una de las canciones indígenas de La delgada línea roja para explicar el origen de la vida (sí, lo juro). Se trata de una historia de amor más allá del tiempo y las dimensiones (un poquito de Aronofsky, de Gondry, de 2001) sobre un hombre de 118 años, el último mortal (porque en el futuro nadie muere), que recuerda su primer amor y todas sus dificultades para alcanzarlo. Pero la edad provoca que no recuerde bien su pasado y mezcle las diferentes vidas que pudo haber tenido, que se representan como diferentes dimensiones a las que pudo haber accedido tras realizar elecciones fundamentales: sus padres (antes del nacimiento), elegir a uno de ambos tras el divorcio de estos… toda la película plantea diversas líneas temporales y las consecuencias que tienen. Las tres mujeres que ocupan su vida (donde destaca una Diane Kruger que tras verla en Inglorious Basterds siempre parece perfecta) aparecen y desaparecen de la historia: una con la que se casa por despecho y acaba siendo millonario pero infeliz; otra a la que domina con su autodeterminación, convirtiéndose en un hombre de clase media incapaz de controlar la mente desequilibrada de su mujer; y finalmente el amor de su vida, Anna (Diane Kruger), por la que lo abandona todo, llegando incluso a la indigencia, esperando un amor que nunca llega. En esta última escena encontramos la escena más ridícula del film. Anna le da un teléfono al que nuestro protagonista (se me olvidaba decir que tiene el estrafalario nombre de Nemo Nobody —porque no es nadie, pero es todas las personas al mismo tiempo…—) debe llamar tras dos días. Entonces van Dormael coloca su cámara en el cielo siguiendo una gota digital que finalmente impacta en el papel que tiene el número escrito, que termina por borrarse. Semejante locura le debió gustar mucho al director (no me imagino cómo se le ocurrió esta escena…), por lo que vuelve a repetirla al poco tiempo. Anna aparece en el resto de historias a lo largo del tiempo, para indicar la infelicidad de Nemo, que finalmente se encuentra a Anna en un viaje a Marte, donde ella se ha convertido en un físico que calcula que el Big Crunch (momento en el que el universo se pliega) llegará en 2093, que es precisamente el año en el que Nemo cumple los 118 años… a la salida voy detrás de Pumares que algo airado comenta: «es una película que termina 17 veces pero no empieza nunca». Algo de razón tiene el hombre. Es una película que desde el primer minuto sabes lo que va a pasar, así que únicamente te dedicas a ver lo mal que rueda este hombre, copiando a todos los directores más pretenciosos de la Historia del Cine, introduciendo con calzador toda una colección de «lecciones vitales» a la manera de Alejandro Amenábar que me dan bastante miedo.

Tras el pase de Bad Lieutenant me doy cuenta de que no llego a tiempo a Bronson, que iba a ser la otra película fuerte del día. Manu Yáñez me la recomienda, pero el camino hacia el cine del Prado es demasiado largo para hacerlo en un par de minutos. Así que tengo tiempo libre, porque la siguiente película que guardo en el plan del día es The Descent: Part II, a última hora de la tarde. Como defensor a ultranza de la primera parte me suena a chiste malo. Y efectivamente lo es. La primera es una obra maestra del cine de terror que destacaba especialmente por una gran progresión dramática haciendo muy buen uso del espacio: estrechos túneles en los que las protagonistas se tenían que coordinar para ir alcanzando sus objetivos. Y también era una versión ambigua y desprejuiciada sobre el feminismo y la amistad, sobre las consecuencias más violentas de la liberación de la mujer. En la segunda parte no hay nada de eso. Tampoco el gran responsable de su éxito, el director Neil Marshall (presidente del jurado del festival). Durante la película sólo me puedo preguntar por qué razón han hecho una secuela y encima rescatando a la protagonista de la primera entrega. A la salida, un amigo me cuenta que se debe a que en EEUU, The Descent terminaba con un final feliz (es decir, sin los últimos dos minutos), por lo que la historia prosigue. En el grupo que vuelve a los túneles ya no hay ninguna coincidencia ni excusa dramática, simplemente son carne fresca para morir de la forma más dolorosa posible en las manos de los homínidos que habitan la cueva. No hay nada de la exactitud y rigurosidad de la primera parte, y tampoco hay noticias de la gran banda sonora del maestro David Julyan, todo es ramplón hasta que hacen acto de presencia los bichos y el grupito empieza a caer. Destaca sobre todas las escenas, aquella en la que uno de los monstruos muere debido a que una roca gigantesca le aplasta el cráneo en primerísimo plano. El gore es muy artesanal y nos recuerdan a películas italianas exploitation. De hecho, The Descent 2 es la su original lo mismo que las películas de Fulci a las de Romero. Aprovechamiento descarado del éxito comercial de una gran película. En el fondo, queda una película entrañable por su gore cutre, y por otro visionado muy agradable en Sitges, con la gente aplaudiendo cada muerte e incluso haciendo comentarios airados sobre lo que acabamos de ver.

Y para acabar el día, tocó otra de género, también bastante pobre. Esperábamos algo más de Orphan, la segunda película de Hollywood de Jaume Collet-Serra. El terror pijo-loco de House of Wax me hizo gracia, así que tengo ciertas esperanzas. Además, la protagoniza Vera Farmiga, otra chica que da buenas vibraciones. La película empieza muy bien: un matrimonio que ha superado varios traumas del pasado (la mujer alcohólica, un aborto, una infidelidad matrimonial del parto) que vive de manera holgada en una casa idílica y de formas poco convencionales (siento los detalles tan pobres de arquitectura), que decide adoptar a una niña para ocupar el lugar de la no nacida y, de paso, «hacer una obra de caridad». Quizás soy demasiado optimista y confío en que Collet-Serra entregue un relato cínico sobre la hipocresía de la caridad como trasfondo de un psycho-thriller. Hay buenas ideas en el planteamiento, pero al director español le va más la caña pura y dura, por lo que cada escena de la película parece obligada a tener su escena de suspense: juegos de espejos, miedo al cruzar la esquina, el típico susto con la puerta del frigorífico… Todo muy obvio, sin ganas de contar nada. La niña es una pirada y ya está. Obsesionada con obtener cariño va eliminando a todo aquel que no necesita. Otra película con un punto de partida interesante que se pierde. En la primera crónica celebrábamos la capacidad de Balagueró y Plaza como técnicos de cine comercial. Algo así podríamos de decir de Collet-Serra.