THE HURT LOCKER (Bigelow), SPLICE (Natali), NUCINGEN HAUS (Ruiz), BRONSON, VALHALLA RISING (Winding Refn):

SITGES'09 (6)

por Miguel Blanco Hortas

Atravesado ya el ecuador del festival, el visionado consecutivo de películas hace que dejemos atrás los pequeños detalles y nos concentremos en las estructuras y en los puentes que se erigen entre una obra y otra. En ocasiones es complicado, como ocurre con la heterogénea jornada del martes, donde vemos una película de ciencia ficción, una de guerra, una comedia romántica, una fantasía épica, un melodrama fantástico y un atípico drama carcelario, de orígenes muy diversos. Sin embargo, en ellas encontramos los dos ejes principales de la programación de este año: la creciente dificultad del individuo para reconocerse, para alcanzar una identidad; y, derivado de esto, historias que sobrepasan los límites de lo humano, (anti)héroes que se transforman, que mutan, para sobrevivir en un ambiente hostil.

También aprovecho para revisar una obra maestra: The Hurt Locker, de Kathryn Bigelow. He visto la película dos veces, pero soy incapaz de resistir la tentación de verla por fin en una pantalla grande. El trabajo milimétrico de Bigelow sobre la guerra de Iraq es sobrecogedor. La directora norteamericana consigue una película explosiva, que parece medir los latidos del corazón (otro posible título: The Heart Locker) y que arrasa con cualquier concepto de puesta en escena a base de violentísimos planos filmados con teleobjetivos. La película sigue sin estrenarse en España (supongo que ya no está de moda), pero se encuentra editada en DVD en EEUU. No me extiendo más, porque es una película muy sensorial que se debe visitar lo más virgen posible. Además, el compañero Manuel J. Lombardo se encarga de ella en nuestro inminente número 2 con palabras mucho más acertadas que las que pudiese escribir yo.

Al margen de este brillante film bélico, destaco de toda la jornada Splice, de Vincenzo Natali. En Sitges, todo el mundo está enamorado de Natali, que mañana dará una master class (hoy me perdí la rueda de prensa por el escandaloso retraso que sufrió The Hurt Locker, cortesía de una sesión de cortos de las escuelas catalanas de cine). Por mi parte, nada que objetar a este encumbramiento. Quizás en la filmografía de Natali falte esa obra contundente que lo ratifique como una figura del cine de su país, pero su dedicación total al género de la ciencia ficción, alejándolo por completo de la pirotecnia de Hollywood y del cine de autor más visceral, lo sitúan en un lugar único en el cine mundial. Un director de películas pequeñas que utiliza la distopía para plantear acertijos sobre el devenir de la sociedad. Cube era buena, Cypher era muy buena y Splice es todavía mejor. A medio camino entre la fantaficción y el melodrama familiar, la película sigue los pasos de una pareja de científicos estrella (Adrien Brody y Sarah Polley) que clonan un espécimen con ADN humano. La composición antropomórfica del ser creado hace que los límites entre lo científico y lo emocional se vuelvan difusos. Y también los roles de la pareja como padres del recién nacido: el hombre como figura racional y la mujer como refugio emocional. Eso en principio, porque Natali pervierte estos tópicos, alcanzando una extraña confusión genérica expresada también en la propia criatura. Una película sobre el ADN, sobre el determinismo genético, alejado del estilo pretencioso de Mr. Nobody. Splice sucede únicamente en unas cuatro habitaciones y con 5 actores. Pero forma parte del estilo de Natali, una rareza en el panorama actual del cine norteamericano. A la salida, escucho algunos comentarios que comparan esta cinta con La mosca, de David Cronenberg. El director canadiense es quizás lo más afín a Natali que podamos encontrar. Si Cronenberg hizo a su manera un film sobre los roles familiares (The Brood), otros sobre el amor/odio fraternal (Scanners, Inseparables) y sobre el concepto de comunidad (Shivers, Rabid) a partir de los códigos del cine de terror y de ciencia ficción, ahora Vincenzo Natali ha realizado sus películas sobre la comunidad enfrentada a un peligro externo (Cube), sobre el redescubrimiento del amor (Cypher) y sobre la familia (Splice). Y todavía esperamos su obra definitiva.

Natali ha realizado 4 películas en casi 15 años, un ritmo bastante lento si tenemos en cuenta que sus películas son pequeñas obras independientes, aunque está claro que en un sistema como el norteamericano siempre será difícil encontrar financiación para mantener el control creativo que necesita el director de Splice para realizar su trabajo. De todas formas, es todo lo contrario a Raoul Ruiz, del que se exhibe Nucingen Haus, su penúltima obra. En poco más de 40 años, Ruiz ha realizado casi 120 películas, por lo que cualquier aproximación a su obra es peregrina y poco fiable. Ante estas limitaciones, cuando vemos una obra de Ruiz siempre hay que tener en cuenta su categoría de cineasta desarraigado, apartado de su Chile natal para recaer en Francia, donde ha realizado buena parte de su filmografía. Su cine está marcado por esta discontinuidad histórica que se produce en su país de origen. En cualquiera de sus obras hallamos fallas que dividen y rompen el film. Asimismo, siempre está atento a las discontinuidades históricas: las vanguardias estéticas de los años 20, las revoluciones socialistas, la aparición del cine (inolvidable el «cameo» de Méliès en Klimt), etc. Todo esto forma parte de una concepción holística del cine, como caja de resonancia capaz de abarcar todo el Arte y toda la Historia, para navegar a través de sus contradicciones. Precisamente, es Klimt la obra que Ruiz señaló como aquella en la que había considerado plasmar esta idea. Quizás por eso en Nucingen Haus encontramos un trabajo más pequeño, más lineal. Es una obra que se dirige en una única dirección, aunque de nuevo se ve constantemente atravesada por la enorme cultura del director (eruditismo exagerado en opinión de muchos). Para cualquier seguidor de Ruiz (que no deben ser muchos, en España solo se han estrenado 6 de sus más de 100 películas) la película se disfruta como comedia sobre el lenguaje y sobre lo sobrenatural. Para el director chileno, el cine siempre ha tenido mucho que ver con el Reino de las Sombras que señalaba Gorki, planteando sus imágenes como una fantasma de la realidad al que agrede sin contemplaciones. En Nucingen Haus esa sensación es más pronunciada debido a que está totalmente filmada en video digital. La palidez en la imagen que provoca el rodaje en digital hace inevitable la aparición de lo fantástico: la comedia de costumbres se transforma en film de vampiros. Se le puede echar en cara que esto suceda de forma algo abrupta. Ruiz no sabe controlar los vicios del digital y cree posible filmarlo todo. Sin embargo, se pierde, por momentos, esa forma misteriosa que alberga todo su trabajo, esas historias que nunca son filmadas pero que se evocan, al igual que esa revolución interrumpida que Ruiz vivió en sus propias carnes. Nucingen Haus no está entre sus mejores trabajos (aunque es difícil suponerlo, por lo que comentaba al inicio del párrafo), aunque quizás tampoco importa. Muchas veces nos encontramos con películas que parecen inacabadas, que encuentran continuación en otra posterior. Así es el cine de Raoul Ruiz, una enorme torre de Babel que no tiene planes de finalización.

Hasta el momento, hemos hablado de directores consagrados. De creadores que siempre tienen su grupo de seguidores asegurado, más si vienes a Sitges y te llamas Vincenzo Natali. Pero echábamos de menos los descubrimientos. Hasta hoy, que es cuando veo las dos películas que filmó este mismo año Nicolas Winding Refn, director de origen danés que había alcanzado cierta fama en algunos circuitos con la trilogía Pusher. Casi me alegro de no haber llegado ayer a la exhibición de Bronson, porque hoy el director está en Sitges para hacer una presentación en la sala. Desconocido para mi (y para mucha gente con la que hablo), estas dos películas lo presentan como un director huidizo al que es difícil situar, pues nadie lo llamaría un director comercial, pero tampoco es alguien que se ajuste al perfil de director de películas para festivales (a no ser que sean como el de Sitges, claro). Tampoco hay mucho común entre sus dos trabajos. Bronson es un biopic acerca de Charley Bronson el preso más famoso de Inglaterra, que ha pasado 34 años en la cárcel, 30 años en celdas de castigo de máxima seguridad debido a su reacción violenta a las reglas de la cárcel. Por su parte, Valhalla Rising es una fantasía épica acerca de los vikingos que pisaron por primera vez el Nuevo Mundo. Eso sí, ambas sorprenden por no ser lo que se espera de ellas. Si Bronson comienza como una especie de biopic al uso que recorre varias décadas de la Historia de Inglaterra a través de modas de vestir, canciones, crecimiento urbano o cambios en las costumbres, pronto se centra en la figura de su protagonista, olvidando cualquier progreso dramático, cualquier cronología. Es todo un tratado sobre el culto al cuerpo. Sin lugar a dudas, el trabajo de Tom Hardy como Bronson es el papel masculino más importante que se ha visto: una masa de carne hipermusculada, a la que vemos retorcerse y comprimirse. La anatomía de Bronson/Hardy llena toda la pantalla y determina el estilo del film. En ocasiones puede parecer exagerado, incluso ridículo, porque el Bronson de Refn es un bufón, un animador que escenifica su espectáculo (el show de/sobre su vida) frente a un público entregado. Recuerda ligeramente a Toro salvaje, otro retrato de un cuerpo robusto sometido a todo tipo de maltratos, que termina como showman, recreando una ficción de sí mismo. En Valhalla Rising también resulta imponente su protagonista, un carismático Mads Mikkelsen (conocido como villano de James Bond), pero destaca ante todo por acabar con cualquier concepción previa que tengamos del film como perteneciente al género de fantasías épicas. Lo que empieza como un film de Peter Jackson (un paisaje de valles y montañas dominado por la niebla) acaba pareciéndose más a uno de Philippe Grandrieux. Seguramente funcione bien como film comercial, pues se trata de una película salvaje, sin apenas diálogos, dominado por una acción constante, pero que entra en los territorios del extrañísimo director francés al plantear un mundo extrañamente fantástico que se divide, a partes iguales, entre el cielo y la tierra, de lo terrenal a lo trascendental, donde los rostros rocosos de los vikingos se funden con la naturaleza, con la vegetación de la montaña, con la piedra de las rocas, con el agua de los lagos. La cámara levita entre estos cuerpos contundentes a base de impulsivos movimientos de cámara que parecen seguir las ráfagas del viento. Un Gerry pirotécnico que cambia los temas poéticos de Arvo Pärt por la estruendosa guitarra de Peter Kyed. Es un extraño poema pagano que el propio director define como una película de ciencia ficción en el siglo XII, puesto que nos situamos en un tiempo indeterminado sobre el que el director puede incidir y modificar la realidad a su manera. En ninguna de las dos películas se llega a una resolución clara, y el desarrollo de la historia se pierde según esta avanza. Refn no es un narrador, sino más bien un ilustrador, que consigue detener el tiempo, o más bien aprovecharse de la contención del tiempo (el encierro de Bronson, la distorsión del Nuevo Mundo) para someter la imagen y los cuerpos a toda una serie de estímulos violentos. En cuanto termine el festival, una parte de mi agenda estará destinada a seguir descubriendo a este director.