SYMBOL (Matsumoto), LA HORDE (Dahan, Rocher), VAN DIEMEN’S LAND (Heide), THE ROAD (Hillcoat), ZOMBIELAND (Fleischer):

SITGES'09 (10-11)

por Miguel Blanco Hortas

Día 10

Miro el reloj y son las 7:20. Sólo hace 4 horas que me acosté. La razón es que alguien quiere entrar en mi habitación. Es una cerradura con tarjeta y escucho desde la cama a alguien que intenta, infructuosamente, utilizar su tarjeta para entrar en la habitación equivocada. No es que yo crea en los tópicos del cine de terror, pero como ayer en Amer una bruja intentaba hacer lo mismo, me levanto y le doy dos vueltas a la cerradura. Entonces valoro la posibilidad de prepararme e ir a Zombieland y a Solomon Kane. La primera es demasiado pronto y la segunda no me interesa nada. Cuatro horas de sueño son muy pocas, y más en el penúltimo día. Así que duermo hasta el mediodía, que es cuando tengo la primera película.

Caminando por la calle tengo una sensación extraña. Quizás sea porque esto se termina y, como indiqué en la crónica de ayer, las mejores películas ya han pasado. En las de hoy encuentro pocos alicientes, salvo Symbol, del excéntrico Hitoshi Matsumoto (Dai Nipponjin). La exhibición es en el cine Prado y cuando giro la esquina para acercarme a la entrada, el horror: una cola kilométrica. Entonces lo recuerdo, es fin de semana. Y esto significa colas y aglomeraciones, gente indignada porque la película que ha visto le parece una vergüenza, películas con diálogos ad hoc porque la pareja que tienes al lado ha decidido crear una trama paralela (aunque esto fue ayer en Morphia), los baños del Auditori hechos unos zorros… Si empezaba el día con poco entusiasmo, esto termina por tumbarme. Encima en Sitges suelen intentar el más difícil todavía. El primer fin de semana eran las fiestas del pueblo. Para este segundo se marcan una zombie-walk, así que hay cientos de personas con la cara agujereada, mordisqueada o podrida. Pero bueno, me gustan más estos zombies que los espectadores de fin de semana, mucho más ansiosos y maleducados.

Ya os habréis dado cuenta que cuando me extiendo mucho en los prolegómenos es porque el día no ha sido muy bueno en cuanto a películas. Bueno, tampoco es eso. Symbol está muy bien. La primera película de Matsumoto trataba sobre el fin de la cultura clásica japonesa. Artes como el kendo, el noh o el ikebana eran sustituidos por el manga, el videojuego y el cosplay. Pero el loco de Matsumoto lo mostraba mediante la forma de un mockumentary que seguía al último superhéroe clásico japonés (el propio director), un hombre agrio, desencantado, divorciado, solo en la vida, que tenía que ver cómo era insultado por su pobre rendimiento como superhéroe, hasta que finalmente era sustituido por la generación tecnificada de Ultraman. Su nueva película comienza como un melodrama alrededor de la familia de un luchador mexicano, a la manera de Nacho Libre. Pero de repente aparece Matsumoto encerrado en un cubo blanco, de cuyas paredes cuelgan penes de ángeles (inexplicable sí, pero así es este hombre). Al apretar uno de estos «interruptores» aparece un objeto. La película alterna entre el drama del luchador y los intentos de Matsumoto por escapar del cubo utilizando los objetos. El director crea una divertida historia acerca de la adaptación progresiva en un medio hostil. Los planes de huida del director son progresivamente más complejos, a la vez que frustrantes por su incapacidad de urdir estrategias más efectivas. Hacia el final, la película se zambulle por completo en el histrionismo, con un Matsumoto volando, rodeado de ángeles, mientras se proyectan imágenes de todo tipo, desde capullos de flores que se abren hasta George Bush esquivando el famoso zapato. Es una pieza sobre el absurdo más absoluto, un vehículo algo repetitivo y demasiado prolongado para uno de los mejores showman del cine actual.

La originalidad de la propuesta de Hitoshi Matsumoto contrasta con la redundancia genérica de La Horde (Yannick Dahan y Benjamin Rocher). Es un film de zombies en París. La imagen de la ciudad en llamas invadida de muertos vivientes es interesante, así como reducir toda la acción a los pisos de un edificio de un barrio marginal, idea con cierto regusto carpenteriano. Allí van unos policías a vengar la muerte de un compañero, asesinado por un delincuente nigeriano. La película trata también el tema habitual del último cine de terror del país vecino: la relación del francés tradicional con el inmigrante. Un extraño que empieza a arraigarse y que se muestra como una amenaza. De momento los franceses han hecho poco más que sensacionalismo con este tema, que espera aún una obra realmente seria, sin metáforas absurdas. La película que vemos es una grosería demasiado evidente, que no termina de elegir entre el exploitation y la crítica (o no sabe combinarlos bien). Estamos muy lejos de Romero. Encima es de zombies que corren a todo trapo, lo que define a un subgénero menor, que prefiere el espectáculo al análisis, aunque ha dado muy buenas películas como Dawn of the Dead (remake). La Horde incorpora también la figura de la mujer cuya visión enfermiza de la maternidad la convierte en un peligro. La mujer en contra del hombre, en busca de la libertad total, es uno de los temas que he visto que se sucedían a lo largo de este año en muchas películas. Dejo la idea apartada para algún trabajo futuro.

Van Diemen’s Land es el sonoro y atractivo título de la última propuesta del día. Según las informaciones, una aventura a lo Herzog y Malick en la Australia de principios del siglo XIX. De la misma forma que Herzog se remitía a los diarios de fray Gaspar de Carvajar y Malick a los de John Smith, Jonathan auf der Heide sigue las confesiones que realizó Alexander Peirce, un preso irlandés en Australia que inicia con otros reos una huida que termina en fracaso. Los huidos se quedan sin comida y van eliminando a los más débiles para comérselos y poder seguir su camino. La película enfrenta la inmutabilidad del paisaje (una impresionante selva) con la violencia del hombre, con esos rostros llenos de barro, desgastados, marcados por el paso del tiempo. Los temas y las imágenes recuerdan tanto a un Herzog en baja forma que es difícil encontrar la huella del cineasta. Le falta, para ser un buen Herzog, ser más pulcra en detalles argumentales. Jonathan auf der Heide muestra todos y cada uno de los estallidos de violencia, la carne humana cortada para ser consumida y quiere explicarnos la psicología de todos los personajes, comprenderlos. En Herzog, la distancia histórica impide cualquier comprensión. Aguirre y Fitzcarraldo, por citar los dos personajes del autor alemán más afines a este film, son héroes poéticos, enfrentados no a un suceso temporal, sino a la Historia, a la Naturaleza, a la concepción del Hombre. Ya sé que es una injusticia comparar a este joven director australiano con uno de los grandes directores de la Historia del Cine, pero las imágenes remiten tanto al maestro alemán que es difícil no hacerlo. Por momentos, parece que la película quiere elevar el acontecimiento anecdótico (la huida) con el nacimiento de Australia como nación, pero, como ya he comentado, al querer contar con todo tipo de detalles la historia de estos hombres enfrentados al paisaje impida que podamos ver más allá.

Día 11

Se termina el festival. Mas de cuarenta películas en 10 días y hoy vemos otras dos, The Road y Zombieland. Salgo pronto a la calle para buscar el Cahiers y el Dirigido, porque Carles Matamoros me informa del debate crítico que llevan en sus portadas. Una cine español «de calidad» (Rosales, Rebollo, Lacuesta) y la otra cine «español» de género (Carriers, Orphan, REC), pero no encuentro ninguna de las dos, así que no puedo hacer ningún veredicto, pero a priori tira más la selección de Dirigido (otra cosa es lo que escriben). Así que entro en The Road con eso en la cabeza. De nuevo estamos en el fin del mundo. Ayer lo vimos en Carriers y en Survival of the Dead, obras difíciles de superar. Y The Road no es más que la película independiente, pero cara que está en los Oscar cada año. Con su nómina de actores conocidos retorciéndose sobreactuando para conseguir una nominación. Ahí está Viggo Mortensen. Es una actuación tan común que no sé si llora de dolor o pensando que no lo van a nominar. Y secundarios también muy famosos para añadir nombres: Charlize Theron, Robert Duvall, Guy Pearce. Todo demasiado habitual. Incluso el fin del mundo es muy común. Y muy exhibicionista, tanto que todo queda demasiado falso, muy recargado. John Hillcoat lo filma de forma muy enfático: las uñas llenas de mucho barro, los dientes especialmente sucios, los edificios que parecen tener más escombros que materiales que una vez los formaron… Lo único que se sale un poco de la norma es la banda sonora de Nick Cave y Warren Ellis, que aquí parecen vivir de las rentas de The Assessination of Jesse James by the Coward Robert Ford. Pero la película parece una acumulación de detalles apocalípticos, mostrados una y otra vez hasta el cansancio para esconder la incapacidad de mostrar alguna idea subversiva, algún comportamiento que realmente nos indique que estamos en el fin de los tiempos.

En Survival of the Dead, uno de los protagonistas disparaba en la cabeza a su hija para salvarla. En Carriers el fin de la familia era el principio de la supervivencia. Aquellas películas se preguntaban por qué sobrevivir. ¿Por qué sobrevivir más allá de la familia, de la amistad, del amor, de la civilización? En The Road, sin embargo, el motor del mundo es el amor de un padre hacia su hijo. The Road (to Perdition) podría llamarse, en recuerdo a la babosa película de Sam Mendes. No hay mucho más que una serie de encuentros y desencuentros donde el amor siempre sobrevive, incluso más allá de la muerte.

En Zombieland no existe la familia, tan sólo los restos de la cultura popular norteamericana. Lejos del estilo afectado y «serio» de The Road, este film de zombies empieza con un Dick Cheney zombie saliendo a todo trapo de la Casa Blanca con un trozo de carne en la boca, mientras suena de fondo el himno americano versión Jimmy Hendrix. No sé si estará buscado, pero es algo así como Adventureland con muertos vivientes, protagonizada por el mismo actor, interpretando el mismo papel y con Emma Stone, que salía en la anterior película de Mottola (Superbad). Aunque si aquella trazaba un camino desde el parque de atracciones a la vida real, aquí sucede lo contrario. Todo termina en un Apocalipsis zombie pasado de vueltas en un parque temático, donde las atracciones son utilizadas como armas para matar a los no muertos de la forma más rápida posible. Pero salvo en este final, sorprende la poca presencia de los zombies a lo largo de la película, que en verdad trata del proceso de integración familiar de los cuatro protagonistas: un chaval que nunca ha tenido una experiencia sexual (Jessie Eisenberg), un paleto con sombrero de vaquero y chaqueta de piel de cocodrilo obsesionado con las armas, los hammers y los tweenies (Woody Harrelson), una tía-buena estafadora (Emma Stone) y una niña con una escopeta recortada que quiere ir a un parque de atracciones (Abigail Breslin). A los responsables de Zombieland no les importa el fin del mundo, porque tampoco se lo toman muy en serio, y, al fin y al cabo, América, el concepto y el estado, tampoco es para tanto. Por tanto, todo es una fiesta realizada sobre las ruinas. El final perfecto para Sitges, pues lanza todas las preocupaciones acerca del futuro del mundo que hemos visitado estos días hacia el absurdo más absoluto, hacia la celebración compulsiva de la carne muerta.

Fin

Se acabaron las películas. Podría quedarme al homenaje (merecido) a Ivan Reitman y al pase de Ghostbusters, pero sólo pensar en la cola que habrá que hacer me pongo nervioso. Lo mejor es marcharse a Barcelona y preparar con calma el viaje de vuelta. Consigo comprar Cahiers y Dirigido, aunque ese es otro tema. Por mi parte, solo me queda destacar la buena selección de películas. Quizás las obras importantes estuvieron desperdigadas por las tres secciones más importantes (Oficial, Panorama y Noves Visions), pero entre todas se encuentra un corpus cinematográfico muy interesante que analizaré de forma más detenida en el número de 3 de Lumière. De todas formas, para vosotros, los lectores, la experiencia Sitges no termina aquí, pues en breve subiremos videos de las clases magistrales que ofrecieron Vincenzo Natali y Shinya Tsukamoto, así como alguna sorpresa más. Y si habéis disfrutado con la compañía, esperemos que no faltéis a la cita en los próximos festivales que cubriremos.