CHATROOM (Nakata), CAPTIFS (Gozlan), POSSESSED (Lee), WELCOME TO THE SPACE SHOW (Masunari):

SITGES'10 (1)

por Miguel Blanco Hortas

Y empezó el festival. Se nota porque Sitges deja de ser el pequeño pueblo perfectamente restaurado y asombrosamente limpio de los catálogos de una agencia de viajes para ser tomada por un ejército de camisas negras: aquellos que vienen a Sitges a aplaudir cada asesinato que se les ponga delante (de una pantalla… o eso creo), cuanto más violento mejor. En mi caso, me tomo el festival de Sitges con calma. Aunque me gustan las películas violentas, tampoco quiero abusar y encontrarme un poco con todo tipo de propuestas.

En el día inicial, el nombre más llamativo es el de Hideo Nakata. Está también, quizás por encima, el de Gregg Araki, uno de los héroes del cine queer, del que proyectan su último trabajo, Kaboom, pero decido (equivocadamente) dejarlo para el día siguiente y así cuadrar horarios. En el caso de Nakata, siempre he considerado que era un director bastante infravalorado. Más allá de The Ring, que es una película de culto, los films de Nakata siempre exploran con extrañeza y encanto la naturaleza de las imágenes, la capacidad de los medios audiovisuales para mostrar aquello que está más allá de nuestra realidad. En su mejor trabajo, Don’t Look Up, Nakata sigue a un director de cine que, mientras rueda una película, se encuentra con viejo material de una película antigua y entre los fotogramas de esta y los de la suya propia, aparece algo sobrenatural, una aparición sobrecogedora. En el cine de Nakata, siempre he creído que la desviación genérica no era más que un pretexto para hablar de cosas más importantes, como en Dark Water (otra de sus grandes obras), alrededor de la obsesión de una madre con su hija. Y siempre ha tratado de realizar películas de terror acudiendo a las nuevas tecnologías relacionadas con la imagen: las amigas que graban con una videocámara su viaje a un antigua casa tradicional en el tercer capítulo de Death, Curse and Spirit, la ya comentada Don’t Look Up (en la que en muchas ocasiones Nakata cierra las escenas realizando un primer plano del objetivo de la cámara) o en la misma The Ring, donde un viejo VHS que se distribuye de mano en mano en sucesivas grabaciones es la amenaza de los protagonistas.

En Chatroom (Noves Visions Ficció), la película que está en Sitges, Nakata recurre al mundo de las redes sociales y las salas de chat para ambientar una cinta de intriga. Retorno al mundo de la creación de imágenes, aunque en esta ocasión sean imágenes virtuales. Las que sus protagonistas crean de sí mismos mientras se escriben con sus amigos. Nakata filma la imagen real (los chicos en sus habitaciones o en la calle chateando desde sus portátiles o sus teléfonos móviles) y la imagen virtual, una versión ideal de sus propias identidades. Y mientras el mundo real es gris, las salas de chat son coloridas, están llenas de gente y puedes elegir el espacio que más se adapte a tus características. No sólo eso, Nakata también obliga a sus actores a sobreactuar en estas escenas, intentando marcar las diferencias entre nuestra forma de hablar y nuestra forma de comunicarnos a través de un chat. Cualquiera que lo haya hecho, sabrá las diferencias que existen a la hora de expresarse y eso es uno de los aspectos más destacables de la película.

Sin embargo, la película se desarrolla de forma cuestionable. Nakata convierte la película en un thriller alrededor de los «peligros» de internet. Y con un guión que parece realizado a partir de recortar todos los sucesos impactantes relacionados con la web, el director japonés termina por caer en el sensacionalismo. Y es que el mundo de las salas que chat que visita es un lugar peligroso, lleno de trolls, pushers, pervertidos, pedófilos y suicidas. Y está claro que eso forma parte de internet (como también de la vida real), pero hubiera estado bien que no delimitara internet a únicamente eso. No sé qué pensará la crítica de internet que acude a Sitges, pero seguro que mucho pedagogo despistado aplaudirá la película. El solvente thriller de Nakata se ahoga debido a una mirada que busca impactar más que comprender, la acción antes que la reflexión. En cierta forma, parece más un remake de una película de Nakata que un film de Nakata en sí.

Poco conocimiento del contexto en el que se mueve se le podría atribuir también a Captifs (Yann Gozlan, SOF Panorama), otra de las películas que vi en este primer día, pero realmente poco importa. Principalmente porque es una cinta de terror sin estridencias, sin reflexiones profundas ni metáforas de ningún tipo. No soy muy seguidor de este último cine de terror francés que mediante la explosión de una violencia muy descriptiva pretende realizar metáforas (bastante simplonas) sobre Francia y su futuro. Captifs apuntaba en esa línea: unos médicos en misión humanitaria en la antigua Yugoslavia son secuestrados por unos pueblerinos que quieren sus órganos para venderlos en el mercado negro (o eso es lo que parece, por un momento imaginé que sería interesante que los utilizaran para devolver a las víctimas de la guerra sus órganos perdidos…). Bueno, eso lo acerca a Hostel, o más bien a una de sus reelaboraciones, Turistas. Pero aquí, el director no pierde el tiempo en explicaciones: tres médicos se pierden por una carretera, los secuestran, los maltratan un poco psicológicamente, cadáver por aquí, cadáver por allá, venganza, etc. Todo directo, sin discursos ni diálogos. No puedo estar más de acuerdo con su visión. Ni visión crítica sobre las consecuencias de la guerra de Yugoslavia, ni sobre la hipocresía de muchas «misiones humanitarias». Captifs funciona como ficción claustrofóbica. Y también gracias a su hermosa protagonista Zoe Félix, otra mujer icono del cine de género europeo, a la que vemos sufrir cubierta de barro y sangre, como antes vimos a Cécile de France (Haute Tension) o a Kelly Reilly en Eden Lake.

La mejor película del día, sin ninguna duda, fue Possessed (Lee Yong-ju, Noves Visions Ficció), el sorprendente thriller sobre posesiones filmado por uno de los ayudantes de Bong Joon-ho en la memorable Memories of Murder. Y gracias a ella descubrimos, con cierta amargura, lo que habría sido de Bong de haber mantenido esa línea, en lugar de realizar dos cintas más pretenciosas e irregulares como The Host y Mother. Porque a Possessed podríamos definirla como el Memories of Murder del género de terror, variante The Exorcist (William Friedkin, 1972). En esta magnífica película, seguimos dos puntos de vista. Los de una mujer cuya hermana a desaparecido y su madre, una fanática religiosa se dedica a rezar y a anunciar el fin del mundo; y el de un policía, que investiga la desaparición de la chica, con una hija enferma que ha pasado prácticamente toda su vida en el hospital.

Así, el investigador se encuentra poco a poco a inquilinos del mismo edificio que le van desvelando lugares ocultos de la historia. Un edificio en el que se produce una lucha entre fanáticos religiosos, que se mueven entre el cristianismo más ortodoxo y el paganismo más radical. La película avanza de manera grave y pesada, alternando las escenas de investigación con las de suspense, en los que se sugiere la aparición de la niña poseída. Se agradece su sobriedad, y no la cada vez más habitual tendencia de los coreanos a la exageración formal (el futuro del cine coreano de género espero que se encuentre en películas como esta o Paju, antes que en los últimos trabajos de Park Chan-wook o Bong Joon-ho). Y aunque al principio puede parecer otra película más de terror filmada con gusto, pronto se erige como un estudio acerca del fanatismo religioso y de la debilidad de una sociedad capaz de traicionar todas sus convicciones, de entregar su fe al primero que le muestre algo inexplicable. En cierta manera, podríamos situar a Possessed dentro de una línea de películas que van desde Ordet de Dreyer a Mary de Abel Ferrara (con la que comparte una escena prácticamente idéntica). Se trata de esas películas en las que la aparición de lo fantástico no es la finalidad de la película, sino un medio para quebrar las convicciones de los protagonistas y provocar el drama.

Cierro (antes de lo esperado) la jornada con la primera cinta de animación que se pasa en Sitges, Welcome to the Space Show (Koji Masunari, Anima’t), anunciada como el anime de más éxito este año en Japón. Y pese a que es una virguería técnica, mucho me temo que ese éxito es desproporcionado a los valores de la película. En ella podemos leer dos temáticas muy habituales en el cine de animación japonés: por un lado, la de unos niños que descubren casi por accidente un mundo mágico, más allá de lo que nunca imaginaron; y por otro, la del grupo que, pese a las diferencias, termina por unirse (gracias a su amistad inquebrantable) ante las dificultades y salir adelante. Esto lo hemos visto en múltiples películas, buenas y malas. Sin ir más lejos en el Sitges del año pasado con Summer Wars. Allí era el mundo de internet y las redes sociales, aquí los protagonistas realizan un viaje intergaláctico acompañando a un perro extraterrestre llamado Pochie (nada que ver con el efímero amigo de Rasca y Pica, por desgracia). La idea de las mentes infantiles descubriendo nuevos mundos puede ser apetecible. El problema es que estos mundos no son todo lo apetecibles que deberían. En ellos encontramos una tendencia al exceso, a acumular elementos porque sí. Elementos que ya no son muy originales, pues siempre nos sonarán a algún trabajo anterior de Satoshi Kon (principalmente) y, sobre todo, al universo de Leiji Matsumoto, el creador de Galaxy Express y Capitán Harlock, entre otras muchas series inolvidables. Habría que preguntarle a Masunari por la relación, puesto que el expreso intergaláctico de Welcome to the Space Show recuerda demasiado al tren de Galaxy Express y Marie, la antigua amante de Pochie, tiene demasiadas reminiscencias de Maetel, la protagonista femenina de la misma serie.

Su tendencia al exceso visual intenta ocultar un discurso ya demasiado manido. Todos esos inacabables diálogos sobre las disputas fraternales, sobre el poder de la amistad y los miedos infantiles ya los hemos escuchado en miles de animes. No necesitamos ese regodeo exagerado. E igualmente molesto es ese discurso sobre la madurez según la cual el/la niño/a tiene que dejar de comportarse de forma egoísta para comprender que de su esfuerzo depende la vida de mucha gente. Demasiada palabrería y todo excesivamente repensado. Cada vez que me encuentro con algo así (y pongamos por caso tanto esta como Summer Wars) pienso en el maestro Miyazaki y su memorable Ponyo on the Cliff by the Sea, en la que está el mundo de los niños y el mundo de los mayores, cada uno con sus reglas, y no hace falta explicar nada más. La ambición del anime por intentar tratar conductas más complejas ha provocado el efecto contrario: las vuelve más simples y menos misteriosas. Como ocurre con los remakes cinematográficos de Evangelion, donde se multiplica el número de referencias e incógnitas, pero desaparece la sensibilidad del original. Esperemos que solo sea una moda pasajera.

La idea de hoy era ver una película más, 8th Wonderland (Nicolas Alberny & Jean Mach, Noves Visions Discovery), pero el encadenamiento de películas hizo imposible que me pudiera acercar a la taquilla del Auditori a recoger mi entrada. Cuando pude hacerlo, ya se habían agotado. Y de regalo me dijeron que tampoco quedaban para el pase de mañana de Rubber, con lo que toda la planificación se puede ir al garete. No sé cómo se pueden terminar las entradas para una película sobre un neumático asesino… Ciertamente va a ser un problema lo de conseguir entradas para los pases que no son de prensa. En fin, que por culpa de esto, el día de mañana (hoy para vosotros) se queda en seis películas y no siete. Rezaré para que entre ellas se encuentre una tan buena como Possessed.