THE TIME MACHINE (Pal), FIRE OF CONSCIENCE (Lam), LEGEND OF THE FIST... (Lau), THE LAST EXORCISM (Stamm), VAMPIRES (Lannoo):

SITGES'10 (3)

por Miguel Blanco Hortas

Dos tipos de zombies se reunieron ayer en Sitges. Los de la Zombie Walk que organiza cada año el festival y los que acudimos religiosamente a cada sesión, que a media tarde deambulamos erráticamente por las calles de Sitges buscando una cola a la que unirnos… porque es lo que más recuerdo de esta tercera jornada. Largas e infernales colas. Por suerte, me salté de manera algo vergonzosa la de recogida de entradas, aprovechando que unos amigos estaban al principio. Pero no fue nada grave porque no pedí ninguna para las sesiones de público de la película de John Carpenter, que eran las más preciadas. The Ward la veré a primera hora de la mañana en el pase de prensa para héroes que el festival programa a las 08:30.

Las películas de hoy no dan para tanto como los días pasados, así que perdón si baja el nivel del texto (si es que se podía hablar de nivel). La mejor puede que fuera The Time Machine (George Pal, Sitges Classics), aunque esa no cuenta porque es un clásico. Magnífica toda la primera parte, muy «científica» para ser de la Metro. Después, con el último viaje al futuro puede que baje algo el nivel. Los morlocks parecen hoy en día algo añejos, unas criaturas a medio camino entre Klaus Kinski y el famoso personaje de Street Fighter, Blanka. Con todo, preferibles al Jeremy Irons travestido de la versión de hace pocos años.

Los estrenos se pueden calificar a pares: dos películas hongkonesas de género y dos películas de género fantástico narradas con (falso) estilo documental. La mejor de las cuatro es sin duda Fire of Conscience (Dante Lam, Casa Àsia) un memorable policiaco en la mejor tradición del cine hongkonés. Dejando atrás el estilo posmoderno de Tsui Hark, las variaciones cinéfilas de Johnnie To y el heroísmo poético de John Woo, la película de Dante Lam regresa a las raíces del heroic bloodshed: policías hastiados de su trabajo, que han perdido todo lo que les importaba en la vida y que se entregan a una lucha sin cuartel por las calles de Hong Kong. Últimamente tenía la sensación de que el policiaco hongkonés se estaba volviendo más sofisticado, que había perdido la crudeza primitiva de pioneros como Benny Chan. Fire of Conscience, aún siendo una película muy contemporánea, recupera la desesperación de aquellos personajes, la crudeza visual; la ciudad es un campo de minas para los protagonistas. Una (ahora sí) jungla de cristales, luces y metal, hostil a aquellos que quieren hacer cumplir la ley. Hasta sus últimas consecuencias, lo que supone ir más allá de la ley.

Así, la película es una sucesión de escenas gloriosas. Acción plena, sin el regusto esteticista de John Woo o de algunos Johnnie To (Exiled, Vengeance). No hay planos secuencia, porque estos no pueden captar la velocidad de una bala, la contundencia de los golpes que se dan, entre sí, estos policías, héroes y villanos al mismo tiempo. De todas las escenas, me quedo sin lugar a dudas con la de la tetería, un apoteósico tiroteo a varias bandas, incomprensible. Un caos en los que observamos atónitos como estallan los cristales, como la bala muerde la carne de las víctimas.

La película puede que no tenga mucho sentido argumental. O a lo mejor no lo tenía para mí, porque entré muy cansado y salí maravillado. En realidad es todo un mcguffin. La gran protagonista es la ciudad, o quizás China abalanzándose sobre Hong Kong («el gran dragón» como dicen al final de la película). O, por hacerlo más universal, La Ley, con mayúsculas, enfrentada a La Justicia, porque el drama de los protagonistas de Fire of Conscience es el mismo que el de otros policías decepcionados con la ley y con la vida, como el Robert Ryan de On Dangerous Ground o el Treat Williams de Prince of the City. Esta magnífica pieza de género llevaba mucho tiempo en DivX y nunca me determiné a verla. Pese a la disponibilidad de copias, fui al cine a verla y lo cierto es que ha sido toda una experiencia. Una película con una fuerza visual tan rotunda no encuentra lugar si no es en una sala de cine.

Como pareja dentro del pabellón hongkones, a la película de Dante Lam la acompañó Legend of the Fist: The Return of Chen Zhen (Andrew Lau, SOF), actualización del personaje que interpretaron Bruce Lee y Jet Li y que cuenta con un tridente de lujo: el especialista Donnie Yen como actor principal, el coreógrafo (además de director y productor en otras películas) Gordon Chan y el director Andrew Lau. Bueno, quizás este último no tenga el nivel de los otros dos, pero arrastra gran fama gracias a la co-dirección de Infernal Affairs, aunque posiblemente el bueno de aquel dúo de directores fuera Alan Mak, que después realizaría una de las mejores películas hongkonesas de los últimos años, A War Named Desire, mientras que Andrew Lau terminó en EEUU realizando la muy discutible The Flock, aquella en la que Richard Gere buscaba a maltratadores de mujeres.

Y ciertamente, lo peor de Legend of the Fist es su realización. No ya por la habitual diarrea narrativa del cine de Hong Kong, sino por su tendencia al efectismo visual, a querer impactar siempre en exceso, lo que afecta también a las coreografías de acción, algo maltratadas por un montaje demasiado frenético. Tampoco ayuda un guión excesivo en su descripción del patriotismo chino. Las cintas de época tanto chinas como hongkonesas suelen ser muy nacionalistas, pero últimamente creo que se están pasando. Porque en estas películas no llega con que los héroes luchen por liberar su patria e intentar que renazca el orgullo chino, sino que también tiene que poner a todos sus enemigos como traidores y sádicos asesinos.

Esta tendencia al maniqueísmo estropea una película que, por lo demás, era muy simpática. Un folletín de superhéroes en el Shanghai de los años 20, con sus clubs, sus calles llenas de gente, su mezcla de tradicionalismo oriental y modernismo europeo; un mundo de agentes dobles, traiciones y revolución. Y entre todo, la aparición del superhéroe, un Donnie Yen enmascarado magnífico, convertido en símbolo pop (pop de verdad y no la variante posmoderna y excesivamente consciente de Tarantino o Robert Rodríguez). Y por supuesto, una bellísima Shu Qi, como peligrosa amante del protagonista. Esta actriz da igual en qué películas salga y qué papeles interprete, su rostro privilegiado siempre será el mapa de mi evolución como cinéfilo.

En cuanto al segundo grupo de películas, los falsos documentales, cada uno tiró, a su vez, por una variante. The Last Exorcism (Daniel Stamm, SOF) es una reelaboración de [REC], en esta ocasión en el mundo de los exorcismos. Unos documentalistas siguen a un predicador que reconoce que sus exorcismos son falsos. Pero considera que son como terapias para gente que necesita creer que el mal es expulsado de su interior. La película ya no sorprende mucho después de las dos entregas de [REC], el remake o incluso The Blair Witch Project. Además, no está nada bien realizado, porque el director, incapaz de asumir el reto de rodar «como un documental», recorre muchas veces al montaje para aligerar el ritmo de la película. Aún así, creo que estas películas son un subgénero del terror en sí mismo, más que una reflexión sobre la imagen documental, así que no hay que tampoco hay que hacer una montaña de los «atajos» que toma el director. Claro que entre tomarlos o no, nos quedamos con lo segundo. Así, este film recoge muchos de los tópicos sobre el cine de exorcistas y los vuelca sobre esta «nueva» experiencia semi-documental. Demasiado apegada a la «novedad» se olvida de intentar innovar en la esencia de la película. Las manifestaciones de las posesiones que muestra y el contexto social en el que se produce suenan ya de películas anteriores. A veces, la acumulación de novedades visuales provoca que a la hora de tocar el tema real del film todo sea demasiado superficial. Una película aparentemente más convencional como Possessed (Lee Yong-ju) terminaba ofreciendo un tratamiento mucho más complejo.

Hacia el final, la película tiene un giro argumental bastante curioso, que le da la vuelta a todo lo que creíamos hasta ese momento. De hecho, los últimos cinco minutos puede que sea lo más acertado de la película, porque en lugar de quedarse en la habitual (y sobada) crítica a la institución eclesiástica (que, eso sí, se lo merece), intenta ensayar una resolución más misteriosa, más ambigua, pero siempre dentro de esa molesta superficialidad que sentimos durante todo el film.

Algo mejor es Vampires (Vincent Lannoo, Noves Visions No Ficciò), en este caso un mockumentary sobre una comunidad de vampiros belgas. Un programa de televisión consigue introducirse en una familia de vampiros, a los que filma y entrevista en su vida diaria. Podemos decir que la película trata dos ideas. Por un lado, los vampiros como exageración de nuestra propia sociedad, como ejemplo de consumismo extremo, como si su modelo de vida fuera la máxima aspiración de muchas personas normales. Pero al mismo tiempo, la amoralidad de los vampiros desvela la hipocresía de nuestra sociedad. Porque para ellos no existen muchas de las normas sociales que nos imponemos. Ellos tienen una libertad sexual total (bueno, con una condición que no desvelaré); el hijo de la familia se tira a su madre sin ningún problema. No trabajan ni envejecen, y como dice el jefe de familia, eso les obliga a ser más creativos, porque su principal problema es el aburrimiento.

El problema de la película es que una vez nos acostumbramos al mundo que nos muestra, no deja de ser un documental convencional, con algunos puntos cómicos muy concretos que levantan el ánimo (memorable el «por fin podemos elegir entre carne y vegetal»). Pero en general, todo decae progresivamente, aunque hacia el final, la familia es expulsada de Bélgica y debe refugiarse en Canadá, donde tendrá que aceptar el modo de vida de los progresistas vampiros de este continente. Mientras los vampiros de la vieja Europa se enorgullecen de sus linajes, disfrutan de su decadentismo y de sus vicios, los norteamericanos buscan colaborar con los humanos, crear vampiros responsables y trabajadores, una mirada cómica a la diferencia entre los europeos y los americanos a la hora de elegir nuestros intereses vitales.

La última película del día era Tajomaru, pero… joder… Tajomaru… es una película con nombre de película mala. De samuráis a ritmo de rap. Así que pasamos, porque seis películas con tan pocas horas de sueño es demasiado. Además, a la salida de Fire of Conscience me encuentro con la delegación de Allzine en Sitges, así que prefiero quedarme con ellos un rato antes que ver a samuráis haciendo el ridículo. Cosas de uno.