THE WARD (Carpenter), EVERYTHING WILL BE FINE (Boe), COLORFUL (Hara), TRÍPTICO ELEMENTAL DE ESPAÑA (Val del Omar):

SITGES'10 (4)

por Miguel Blanco Hortas

«Vivir como un monstruo o morir como un héroe». Esta era la duda que acompañaba a Leonardo di Caprio en el final de Shutter Island, de Martin Scorsese, película cinéfila y multirreferencial que devolvía al director a la primera línea del cine norteamericano, tras varios años de dudas. Sin embargo, podemos decir que esos últimos años, Scorsese ha vivido como un esclavo, y si hay un director americano al que identificar con lo heroico, ese es sin lugar a dudas John Carpenter, creador de The Ward, su regreso al cine tras una larga y vergonzosa (para Hollywood) ausencia. Nada más y nada menos que nueve años han pasado desde Ghosts of Mars, una de las cumbres de su cine. En este tiempo, únicamente ha podido realizar dos episodios de la serie Masters of Horror: Cigarrette Burns, otra de sus obras mayores, alrededor del poder de fascinación del cine, únicamente limitada por su duración y presupuesto televisivos; y Pro-Life, una simpática y demasiado evidente crítica sobre la religión y la superstición en los EEUU.

Lo diré ya: The Ward no es el regreso violento y furioso que podría esperarse. Carece del gesto marginal de Vampires o Ghosts of Mars. En cierta manera, parece realizada como si realmente no hubiera estado apartado durante tanto tiempo. Si sorprende, es por su estética decididamente comercial, por su carencia de guiños posmodernos y por su trama de misterio bastante canónica, al menos en el sentido contemporáneo. Porque las situaciones y giros de guión que nos encontramos en The Ward ya las hemos visitado en otras películas que también oscilaban alrededor de psicologías inestables. Tanto, que si citáramos un par de películas, ya estaríamos desvelando buena parte de sus secretos, por lo que reservaré su mención para no estropearle la sorpresa a nadie.

El mayor interés de The Ward reside en la presencia de Carpenter detrás de la cámara. No tanto por su tratamiento del guión ni por su «puesta en escena», conceptos tan polémicos y tan vagos que un crítico puede decir «la puesta en escena es buena» y otro decir que «es mala» y ambos aportar los suficientes ejemplos para tener razón. Más bien habría que hablar de la figura de Carpenter, de lo que significa que este director haga una película así. Como cuando Godard filmó su primera película en cinemascope y technicolor, había una intención detrás de ello, un significado en sí mismo, en el que la figura de Godard, lo que era Godard determinaba las imágenes que veíamos.

Así, este The Ward se establece como un film mínimo, una reivindicación antiautoral de las películas más comerciales de Carpenter, entre The Fog y Halloween. De psycho-killer en un internado. La música no es de Carpenter, así que no tiene el ritmo habitual. No es aquel rumor constante, casi imperceptible, pero inexorable que tienen gran parte de las películas de este autor. Podemos decir que tiene un pie en el psycho-killer según Carpenter y el otro en el psycho-killer contemporáneo. Una película muy inconsciente. Si la comparamos con otro retorno de un director de su generación, la igualmente genial The Hole, de Joe Dante, en The Ward es difícil encontrar rasgos del cine anterior del director, aunque los hay. ¿Por qué es una película de Carpenter entonces? Porque se camufla en el interior del blockbuster actual y obliga al espectador a pensarla desde su experiencia anterior con Carpenter. ¿Una nueva obra del universo carpenteriano o una concesión que le permitirá filmar L.A. Gothic, su proyecto largamente deseado? Da igual, en casos como el de Carpenter, la mirada del cinéfilo tiene que ir más allá de lo superficial, pues al fin y al cabo, una película como Halloween tuvo muchos detractores en su día. También Ghosts of Mars.

En fin, que poco se puede decir de la película sin revelar nada. Nuevamente una institución psiquiátrica, lugar que han visitado en sus últimas obras otros prestigiosos veteranos como el ya mentado Scorsese, pero también Clint Eastwood en Changeling o Marco Bellocchio en Vincere, aunque la de Carpenter carece por completo de ese discurso alrededor de la verdad que tanto interesa a los otros tres. Esto es un thriller sin engaños y sin pausas. Puede que algún giro de guión pueda parecer tramposo, pero simplemente convierte a la película en una ficción imposible de situar. Es un objeto difícilmente explicable. El conflicto psicológico entre las pacientes podría ser el de muchas horror movies, hay un cuidado especial en la forma de vestir de cada una y en cierta manera recuerda a muchas películas con asesino de por medio de los años 70, aunque aquí no hay huidas desesperadas, pues todas ellas están atrapadas… ¿en un psiquiátrico? Dejémoslo ahí. Muchas de las actrices, por cierto, son posibles futuras estrellas de Hollywood, desde la más conocida Amber Heard a la cada vez más presente Lyndsy Fonseca (estuvieron ya juntas en la magnífica comedia generacional Remember the Daze), que ya pueden decir que han trabajado a las órdenes de uno de los indiscutibles maestros del cine. Algo que por ejemplo no puede decir Julia Roberts y aún así le han dado un premio Donostia…

Según pasan las horas, la película de Carpenter mejora en mi cabeza y pienso que no ha sido esa pequeña decepción que tenía a la salida. Reencontrarse con Carpenter ha sido todo un placer, y que nos descoloque, que nos sea tan difícil hablar de su película, más todavía. Y en el caso de que en un futuro visionado no nos convenza, podremos decir que Carpenter, finalmente, murió como un héroe.

De conflictos psicológicos también trataba Everything Will Be Fine (Noves Visions), la nueva película de Christoffer Boe. Este director tuvo un gran éxito con la magnífica Reconstruction y tengo la sensación que le cegó de tal manera que luego la intentó realizar una y otra vez. El resultado de esto fue que la fuerza de Reconstruction, basada en su ambigüedad formal, su poesía visual y su indeterminación narrativa, terminó por convertirse en una fórmula. Allegro pretendía ser excesivamente inteligente. Y en Everything Will Be Fine no encontramos ninguna convicción. Únicamente un director obsesionado por mover al espectador por caminos laberínticos y mostrar escenas de amor que remiten, de forma algo grosera ya, al cine de la nouvelle vague. Reconstruction era también una película con los actores perfectos y los escenarios perfectos. Esto también falla en su última obra.

La película es un thriller sobre un hombre que intenta hacer un guión. Este guión trata sobre la guerra: un soldado que viaja a Irak como intérprete y vuelve con unas fotografías que incriminan a su gobierno con torturas a prisioneros. Pero entonces, el protagonista atropella a un hombre, lo abandona en la carretera y se queda con su mochila… en la que se encuentran fotos de torturas. A partir de ahí, la realidad y la ficción comienzan a mezclarse, y todo se parece un poco a Conspiracy Theory, aquella película con Mel Gibson haciendo de pirado. Al mismo tiempo, mientras cree que el gobierno empieza a sabotearle, está en trámites de adopción de un hijo junto a su mujer… al menos en teoría, porque luego descubrimos que estas tramas tienen diferente linealidad narrativa, lo que es algo tramposo. Y es que parece que la voluntad de Boe es sorprender al espectador a base de triquiñuelas narrativas, un poco a la manera del Nolan de Inception. Así que de tan intelectual, resulta algo repulsiva.

Colorful (Keiichi Hara, Anima’t) es el segundo y último anime que se presenta en Sitges. El primero, Welcome to the Space Show representaba el cine de animación japonés más ambicioso en cuanto a medios, una space opera de escenarios impresionantes y frenéticas escenas de acción. Colorful se refiere al cine más íntimo. A las historias de conflictos familiares y amistades escolares. Sus escenarios son mayormente habitaciones de la casa familiar y la clase de la escuela a la que acude el protagonista. Sin embargo, el factor diferencial de esta producción radica en su punto de partida: nos encontramos en el cielo. O en el limbo, o como se le llame en otras religiones. Ahí, un alma que se ha terminado su ciclo de resurrecciones, tiene una segunda oportunidad, debe salvar el cuerpo de otra alma. Un chico de 13 años que se ha suicidado. El alma debe descubrir por qué el chico ha hecho lo que ha hecho, al tiempo que debe reflexionar sobre sí misma y aprender cuál fue el gran error que cometió, que fue lo que le llevó hasta el limbo.

Así comienza un drama adolescente que se parece más al cine de adolescentes con actores reales que al de animación. Tiempos muertos, adolescentes que no se hablan entre sí, distancias generacionales entre padres e hijos… La película no teme hablar de temas polémicos, como el suicidio, la infidelidad matrimonial o la prostitución infantil. Lo hace con un tono desafectado y extrañado, sin estallidos dramáticos. Todo dentro de un estilo depresivo, en el que parece que nada tiene suficiente importancia. Así, la película sorprende en parte porque no es lo que esperas de un melodrama de animación. Pero también resulta cansino porque su discurso sobre el aprendizaje vital resulta demasiado convencional. El protagonista redescubre poco a poco la vida, tras haber caído lo más bajo posible. Demasiados tópicos de cine alimenticio, pero supongo que a la película no le quedaba otra opción.

Otro problema: su coincidencia en el festival con la maravillosa película Confessions (Tetsuya Nakashima, SOF). Durante toda la película, se me vienen a la cabeza las portentosas imágenes de aquella. De la bella intimidad que conseguía con sus actores, algo que Colorful no consigue alcanzar.

Por último, y no menos importante (ni mucho menos), acudimos a la doble sesión de Seven Chances (la sección realizada en colaboración con la asociación de críticos de Catalunya) que programaba el mítico Tríptico elemental de España de José Val del Omar y Fragmentos para una historia del otro cine español, el documental de Andrés Hispano que trataba de devolver a la luz ese cine español que la ignorancia, aliada con la censura franquista primero y la comercial después, sepultó en el olvido. Las películas de Val del Omar son espectaculares, aunque es una pena tener que verlas en DVD. No sé si es que las copias originales no se pueden exhibir, pero en cierta manera el poder de fascinación se reduce. Aún así, con El espíritu de la colmena, son la mejor descripción de España que se pueden encontrar. La España milenaria, en la que Val del Omar busca la religiosidad no en los discursos ni en las instituciones, sino en el poder de los elementos (el barro, el fuego y el agua), como si la espiritualidad viniera de algo más antiguo y las figuras (católicas) fueran solo una forma temporal de representación.

Continuando esta línea, el documental de Andrés Hispano recupera nombres imprescindibles del cine español, a secas, sin etiquetas, ni peros ni aunques. Val del Omar, José Antonio Sistiaga, Eugeni Bonet, Antoni Padrós y tantos otros nombres que hacen palidecer a gran parte de los clásicos del cine «institucional». Una película que bien podría complementar a La vida sublime, la gran película de Daniel V. Villamediana, en la que realizamos un viaje en busca de ese cine español que nunca pudo ser. Aquí un documental, en la película de Villamediana una ficción, pero ambas son formas muy loables de oponerse a una idea del cine que lleva mucho tiempo reinando en España y que nos ha dejado en una situación bastante crítica dentro del mapa del cine mundial.

Y hasta aquí las películas del día 10 de octubre, porque el día 11 comenzará prontito, a la una de la madrugada, pues iré a mi primera maratón del festival para ver dos clásicos del cine fantástico asiático: House, del excéntrico Nobuhiko Obayashi y Dracula in a Coffin, ni más ni menos que el Conde Drácula en Corea del Sur. Mañana espero estar todavía vivo.