CONTAGION (SODERBERGH), WARGAMES (BADHAM), BORO IN THE BOX (MANDICO)

Sitges 2011 (I)

por Miguel Blanco Hortas

 



Cada vez con mayor énfasis, los festivales buscan su gran tema. Lo que antes era algo impreciso, detectable sólo tras un gran esfuerzo de reflexión, ahora es algo que los programadores te dejan en el paladar para que lo saborees sin problema. En el caso de esta edición del Festival de Sitges, parece ser que ese gran tema es el fin del mundo. Pero no nos engañemos, ese era el tema del año anterior, y del anterior, y del anterior y seguramente de todas las cuarenta y tres ediciones que se han celebrado hasta el momento. Tampoco hay que ser un iluminado para saber que en un festival de cine fantástico se encontrarán al menos media docena de películas que traten el tema del fin del mundo. Tomando las amenazas globales como excusa, como el cambio climático o las pandemias, el mundo ha desarrollado un estado de alerta ante la posibilidad de que acabe, por no olvidar el famoso 2012 maya que se avecina. Pero nada que no se haya vivido ya con el efecto 2000, con la Destrucción Mutua Asegurada, con el descubrimiento del Holocausto tras la Segunda Guerra Mundial, y así hasta el infinito. No hay novedad, sino más bien cambios de tiempo y de contexto.

En este primer día de Festival se acumulan películas que hablan del fin del mundo o muestran mundos post-apocalípticos. Hay un Soderbergh especialmente mediocre con Contagion. Un documental sobre la carrera armamentística, Countdown to Zero. Y rescatan dos clásicos: el A.I. de Steven Spielberg y WarGames de John Badham. Esto es: una de los años 80, otra del 2001 y dos películas de 2010 y 2011. Lo único que se puede decir es que en un mundo cada vez más dominado por el intercambio de información (y por la imposibilidad de controlarlo) la idea del apocalipsis se extiende con mayor velocidad.

Contagion trata de un virus que se propaga a enorme velocidad. Una película perfecta para que Soderbergh despliegue todos sus tics visuales y narrativos. Una historia internacional con una variedad incontable de filtros fotográficos, varias historias que se entrecruzan (o no) en las que los actores y la cámara siempre están en movimiento. Es una película que trata muchas cosas y a la vez ninguna, contagiada de una exageradísima bulimia visual y narrativa. Una película donde las imágenes no tienen ningún valor, ni las personas. Lo único importante es que el mecanismo que las mueve siga el ritmo imparable marcado por Soderbergh.

Contagion despliega en este popurrí de imágenes e historias los tópicos más nauseabundos del cine de catástrofes, especialmente en lo referente a la capacidad redentora de los seres humanos cuando se enfrentan a situaciones traumáticas. La histeria popular que cunde entre las masas necesitadas de seguridad: saqueos de tiendas, enfrentamientos a muerte por comida... Todo ellos es moralista hasta el hartazgo. Soderbergh disfruta diciéndonos lo malos que somos. Lo pervertida que está la sociedad. Lo peligroso que es Internet. El interés de la película se reduce a la acumulación de temas de actualidad, siempre desde un punto de vista sensacionalista y presuntamente realista. ¿Y la imagen?

Quizás sea algo coyuntural o el signo de los tiempos. Retrocediendo casi 30 años atrás, se puede encontrar en WarGames lo que debería ser Contagion, lo que debería ser el cine comercial en general. Una película sin necesidad de enarbolar un discurso por encima de sus imágenes. De convertir el cine en un mero trámite para el traspaso de ideas. Contagion se empeña (o se despeña) en su fábula moralista, donde Soderbergh actúa como gran demiurgo, olvidándose que su película ha sido financiada por Abu Dhabi, capital de una monarquía absoluta que no es precisamente un ejemplo.

Contagion filma en desganada fotografía digital la degradación de la carne golpeada por el ataque de una enfermedad mortal. Lo orgánico a través de lo digital. WarGames parece hacer lo contrario: la fascinación de los ojos de un niño ante ese universo tecnológico todavía desconocido. En ambas películas ocurre un hecho cada vez más común: gran cantidad de planos de personas en actitud pasiva mirando pantallas de ordenador. Pero mientras Soderbergh tiene demasiada prisa en lo que hace, en ir de ciudad en ciudad, de persona en persona y de historia en historia, en WarGames, John Badham nos invita a entrar en la habitación del adolescente protagonista. De ver cómo la luz verdosa de ese ordenador primitivo golpea su rostro juvenil. Hay una clara idea del espacio: una habitación, una isla, el salón recreativo y esa base militar llena de grandes pantallas en las que vemos los misiles viajar de EEUU a la URSS y viceversa. Imagen extrañamente atractiva que décadas después sería el leitmotiv de una obra maestra del diseño de videojuegos, el gran DEFCON de Introversion.

Y por seguir con la comparación de extremos, el estilo realista y sin distancia alguna de Soderbergh choca con esa aparente inocencia juvenil de los blockbusters de los 80, esa clase de películas en las que casi cualquier cosa podía suceder (algo que no consigue la excesivamente realista y perfeccionista Attack the Block, también presente en Sitges). WarGames, a pesar de su vocación electrónica, es profundamente misteriosa. Y es que la informática de aquel tiempo tenía algo de alquímico. No existía Windows, ni conceptos como ratón o interfaz. Simplemente letras brillantes sobre una pantalla negra. Pero también ese memorable monólogo en el que el profesor Stephen Falken (John Wood) describe el inevitable fin del mundo y cómo las abejas terminarán siendo la próxima especie dominante.

Hace tiempo, a propósito del estreno de Avatar, el crítico español Jordi Costa dijo que la película de Cameron era todo lo que un fan de la literatura fantástica y de la ciencia ficción podía llegar a soñar. Pensar ésto dice poco de nuestra imaginación, pero explica a la perfección la idea, muy arraigada en la actualidad, de que el cine fantástico debe ser cada vez más una experiencia realista. Todo lo contrario, en mi opinión. Debe existir una distancia, el mejor cine fantástico es aquel que muestra una imagen para hablar de otra totalmente distinta. Esto ocurre en películas tan diferentes como The Ward, de John Carpenter o Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives, de Apichatpong Weerasethakul, por citar dos recientes. O en Duelle, de Jacques Rivette, y Le Orme, de Luigi Bazzoni, por citar dos anteriores. La imagen, en el cine fantástico, debe tener un significado oculto, por sí mismo, sin atender necesariamente a razones psicológicas, políticas o sociales. Es otro de los vicios de la crítica: muchas veces hablamos de lo que quiere decir la película en lugar de lo que es de por sí. Buscamos siempre ese significado oculto y tratamos de extrapolarlo a la coyuntura actual, en lugar de preguntarnos por el misterio que ocultan sus imágenes en sucesión. Este vicio es el que termina por derribar cualquier interés que pudiese tener Contagion, de Steven Soderbergh.

Todo lo dicho en el párrafo anterior para criticar la película de Soderbergh y muchas otras cintas con componente fantástico o de ciencia ficción, sirve para defender Boro in the Box, del cineasta francés Bertrand Mandico, un cortometraje alrededor de la figura del olvidado director polaco Walerian Borowczyk. Autodidácta conocido por sus excesos filosóficos y pornográficos, la historia del director de Contes immoraux va de la cierta respetabilidad crítica a mediados de los 70, hasta una decadencia muy marcada a finales de los ochenta y principios de los 90, década en la que terminó dirigiendo soft-core para televisión.

La película es un complejísimo artefacto alrededor de la biografía y la herencia artística de Borowczyk. Dividida en 27 capítulos correspondientes a cada una de las letras del abecedario, Mandico repasa las obsesiones de la vida y la obra de este peculiar autor, pero nunca narrando hechos, sino partiendo de declaraciones de Borowczyk para mostrar imágenes alegóricas a partir de ellas. En la primera parte, referida a la infancia, cobran gran protagonismo los elementos y fluidos de la tierra: el agua, el barro, la hierba, combinados con la carne, el sudor, la orina y el semen. Quizás pueda molestar su estilo excesivamente alegórico, pero creo que no llega a ser epatante. Borowczyk es representado como una persona con el rostro encerrado en una caja, con un único agujero abierto, a modo de ojo, como si de una cámara cinematográfica se tratase. Pero la película se va volviendo cada vez más abstracta, a la vez que aparatosa e irreal. La naturaleza desaparece, en favor de lo artificial, con un Borowczyk que abandona su Polonia natal para viajar a París y convertirse en director de cine. Cada vez más encerrado en sí mismo, devorado por sus obsesiones: el surrealismo, el sexo, lo abyecto.

El trabajo de Mandico no explica quién fue Walerian Borowczyk. Simplemente ofrece un retrato quebrado en 27 partes que adquieren una continuidad imposible. Mientras el biopic tradicional trata de dar una visión completa y definitiva del artista, en el caso de Mandico es una iniciación, ese episodio piloto nunca emitido de una serie dedicada al director polaco. Cuando trata la incomprensión crítica y el posterior olvido que sufrió, la voz en off (Elina Löwensohn desentrañando la mente de Borowczyk, además de interpretarlo escondida tras esa caja de madera) explica: «decían que mi cine se había vuelto banal y autocomplaciente... nunca lo entendí». Hay en esta extraña biografía algo que jamás comprenderemos. Una motivación, de Mandico o de Borowczyk que hace geniales las películas del segundo. La razón de porqué películas aparentemente exageradas, incluso grotescas, como Contes immoraux o La Bête, pueden llegar a ser geniales. Esa razón final que ahora sólo le pertenece (y le pertenecerá, puesto que murió en 2006) a Borowczyk.

Mandico ofrece una invitación a conocer a Borowczyk. Es un reto de cara al espectador, a ese espectador poco complaciente que trata de buscar el significado de las imágenes que está viendo y que no se contenta con despreciar aquello que no comprende. Ahora mismo, en mi interior, hay un enorme deseo de darle sentido a las esquivas imágenes de Boro in the Box, que es el primer paso para desentrañar el enigma Borowczyk. Una película que no sólo nos hace mejores espectadores, sino que posiblemente haga mejor el cine del director al que homenajea. Y, por muy retorcido que parezca, la mejor muestra de cine fantástico (en su sentido orgánico) que puede (o debería) ofrecer un festival como Sitges.