4:44 LAST DAY ON EARTH (FERRARA)

Sitges 2011 (II)

por Miguel Blanco Hortas

 



Tras un primer día algo decepcionante, Sitges amaneció el viernes con un gran estreno, 4:44 Last Day on Earth, o lo que es lo mismo, el regreso del gran Abel Ferrara a Nueva York ocho años después de Mary (2005). El cineasta italoamericano ha dedicado la práctica totalidad de su obra a esta ciudad, una relación de amor y de odio, como no podría ser de otra manera en este director tan desequilibrado como genial. Es, también, un retorno a su estilo más habitual, tras tres documentales y esa película más lánguida y reposada que era Go Go Tales (2007).

4:44 Last Day on Earth puede entenderse como la obra definitiva de Ferrara. Puede que no la mejor, pero sí aquella que le retrata de manera más cercana. Sin el trámite de verse obligado a crear un guión convencional, ni de tener que rendir pleitesía a las ambiciones de sus productores, Ferrara se muestra más libre y desnudo que nunca. Tenemos a Willem Dafoe interpretando a Ferrara, en un sentido mucho más íntimo que el de Matthew Modine en The Blackout (1997), o que los de Willem Dafoe en New Rose Hotel (1998) y Go Go Tales. Es Dafoe vistiendo la ropa de Ferrara, viviendo en el edificio de Ferrara, follándose a la novia de Ferrara. Y es que es todo tan cercano, tan claro para el espectador que llega a asustar. Incluso sabiendo que estamos ante una película de Abel Ferrara, un director que siempre ha conseguido evitar cualquier gesto formalista.

Es, por lo tanto, una película sobre Ferrara. Sobre él en su intimidad, esperando el fin del mundo, algo que el cineasta lleva haciendo desde hace muchísimo tiempo, de ahí que sus películas sean siempre tan extremas y desesperadas. Es difícil juzgar una película cuando los criterios de valoración dependen únicamente de la persona que la ha realizado. 4:44 Last Day on Earth es como una película de Philippe Garrel, de Jonas Mekas o de Andy Warhol, pero con las obsesiones de Ferrara. Para los que somos defensores inquebrantables de su obra, 4:44 Last Day on Earth es una obra maestra. Es lo que llevábamos años esperando de este cineasta: Ferrara en su apartamento mostrándose a sí mismo. Hablando con sus amigos a través de Skype, bailando al ritmo que tocan los instrumentos al otro lado de la pantalla. Cabreándose ante las informaciones que se emiten en televisión. En una entrevista al Dalai Lama, el reportero le pregunta: «¿Es cierto que el dinero es el principal mal de este mundo?». Dafoe/Ferrara, antes de que el Dalai Lama pueda responder, dice: «». Pero entonces el otro dice «no», y el protagonista, enfadado, vuelve a decir «¡sí!».

En una de las escenas más hermosas de la película, Cisco (el alter ego de Ferrara interpretado por Dafoe) mira a Skye, su novia (interpretada por Shanyn Leigh, novia de Ferrara en la realidad), mientras pinta un cuadro experimental, al estilo de Jackson Pollock (al menos al inicio). Se acerca y la besa. Los dos se sientan abrazados en el suelo y comienzan a desnudarse. Ella le desabrocha el pantalón y, tras un corte a través del cual avanzamos algo en el tiempo, dentro de la misma escena de sexo, escuchamos cómo le dice a Cisco: «ha sido hermoso». Luego, él le devuelve el gesto de amor, le besa los pezones y la masturba, todo ello en bellísimos planos encadenados que se funden unos con otros, algo que ya habíamos podido ver en The Blackout. Pero si allí el sexo estaba dominado por la violencia, aquí hay una extraña calma.

Poco después, les vemos hacer meditación trascendental, pero Cisco abre los ojos, observando a Skye concentrada. En ese momento, sale al balcón y se pone a gritar a los transeuntes (NdR: ésto quizá no sucede en esta escena, sino en una de las muchas visitas al balcón que realiza el personaje durante la película, pero realmente poco importa). Cuando vuelve, Skye sigue concentrada. Él no la entiende, así que se coloca a su lado y la besa, pero ella le rechaza. Es muy triste ese momento, pues a pesar del amor que se profesan, parece haber una barrera entre ellos, algo incomprensible, un secreto escondido que ni siquiera el fin del mundo es capaz de desvelar. Únicamente se pueden contentar con lo que tienen.

Más adelante, Cisco habla por Skype con su hija de un matrimonio anterior. Comienza a llorar, y ella le pide que no lo haga, ya que si lo hace llorará ella también y se le estropeará su último maquillaje. Gestos constantes de amor controlado, amor esquivo, reproches escondidos. Su hija desaparece y en la ventana del ordenador vemos a su ex-mujer. Cisco, desesperado, le dice que la ama. Entonces aparece Skye y se pone a gritar a la pantalla, quiere golpearla. Cisco la abraza y le pide perdón, pero ella tan sólo llora y grita, mientras su ex-mujer se ríe a carcajadas al otro lado de la pantalla. Es algo curioso de ver: a pesar de la distancia que separa a ambas mujeres, la pelea resulta muy física, muy cercana.

Estamos en un apartamento, que es el mundo. El mundo a través de la mensajería instantánea de Skype. El mundo a través de las pantallas de televisión, donde aparecen el Dalai Lama, Al Gore y muchos otros personajes que no conozco, o que no identifiqué. El mundo incluso a través del cuadro que pinta Skye, siempre cambiando de forma, siempre añadiendo más capas de pintura, hasta que casi al final forma una masa informe, y que sólo justamente al final adquiere para ella un sentido, una forma concreta. Es un poco lo mismo que le sucede a la película.

Estamos ante ese espacio reducido desde el cual hay proyecciones hacia todos los rincones del mundo. Ese, es el gesto contrario al de Terrence Malick en The Tree of Life, que pretende filmarlo todo. Ferrara se filma a sí mismo y también aquello que puede alcanzar su mirada. Por ello, la terraza del loft actúa como contrapunto. Frente a la calma tensa que se vive dentro, Cisco se desahoga con esa ciudad que ama y odia, gritándoles a los ladrones que tratan de hacer botín el día en que acabará al mundo. Cisco sube a la barandilla y le dice a Skye «terminemos ahora con esto». Pero ella alza sus brazos y le pide que baje. Se trata de un plano muy hermoso de ella abriéndose para recibirlo, con la noche cayendo sobre Nueva York.

Pero Ferrara rompe la lógica de su propia película y aparta durante unos minutos a Cisco de ese espacio que ha retratado con tanta minuciosidad. Vemos a Willem Dafoe paseando por las calles de Nueva York, como antes vimos a Harvey Keitel, a Christopher Walken, a la añorada Zoë Lund, o a él mismo en la ya lejana The Driller Killer (1979). Es el Nueva York que filmaron muchos otros, pero pocos como él.

Cisco visita a un amigo camello y se reencuentra con viejos amigos. Es una escena muy ferrariana: vemos a cinco personas sentadas alrededor de una pequeña mesa anexa a la cocina. Podría ser el apartamento de Bad Lieutenant (1992), en el que Zoë Lund drogaba a Harvey Keitel. Hablan de frivolidades. Finalmente, Cisco le comenta a uno de sus amigos que lleva «dos años y medio sin meterse nada», a lo que él le responde a su vez que lleva más de veinte. Pero Cisco quiere un último “viaje” antes de que se termine el mundo. Cuando abandona el piso, el amigo “limpio” le pregunta al camello si le ha dado algo. Este le responde que no. Pero es mentira.

Ese es el mundo de Ferrara: ni el fin del mundo es capaz de quebrar estas normas. De regreso a casa, contemplamos otros planos geniales en los que Dafoe, ataviado con la chupa de cuero habitual de Ferrara, camina de manera chulesca y despreocupada. Podría ser el mejor retrato del cineasta. Una mujer (tan apocalíptica como Paz de la Huerta) se le ofrece, pero él la rechaza. Y todo ello es filmado con sencillez, en un único plano, desde la otra acerca, al ritmo de la canción Ain't That a Shame, de Fats Domino. Sonidos que al principio parecen extradiegéticos, pero que según avanza el plano, vemos que están siendo interpretados en un local. Luego, tras un corte, Ferrara cambia de plano, pero la música continúa.

Como dije, es difícil despejar incógnitas sobre esta película. Pero es muy fácil vivir en ella, en el interior de sus planos, en los espacios que hay entre corte y corte. Es fácil disfrutar y fácil sufrir: es la dicotomía habitual en Ferrara. 4:44 Last Day on Earth se rodó en formato digital. Para hacerlo, recurrió a su viejo compañero de fatigas Ken Kelsch, con el que no trabajaba en una ficción desde 'R Xmas (2001). Por eso se trata, por tanto, de un reencuentro entre dos amigos, como el de Cisco y el camello en la ficción. Y, por ello, este reencuentro hace que 4:44 Last Day on Earth recuerde a esas grandes películas de Ferrara de finales de los noventa, aquellas que precipitaron súbitamente su salida del cine industrial, pero también del panteón de los autores norteamericanos.

Por suerte, tras una década en el "exilio", Ferrara vuelve a estar donde estaba. Aunque, por lo que indica, parece un último suspiro. El sol nunca volverá a aparecer en el horizonte. Skye termina su cuadro. Sobre la masa informe aparece ahora algo así como un dragón azul que se muerde la cola. Cisco se abraza a ella. Tiene una última visión, un bizarro sueño digital apocalíptico que Ferrara intercala con el ojo de Dafoe mirando al vacío. Pantalla en blanco, ese blanco digital tan angustioso... Y fin.



4:44 LAST DAY ON EARTH
ESTADOS UNIDOS. 2011
Director: Abel Ferrara
Guión: Abel Ferrara
Fotografía: Ken Kelsch
Montaje: Anthony Redman
Diseño de producción: Frank DeCurtis
Dirección artística: Sara K. White
Vestuario: Moira Shaughnessy
Sonido: Neil Benezra
Música: Fats Domino
Intérpretes: Willem Dafoe, Shanyn Leigh, Paz de la Huerta, Natasha Lyonne