BEYOND THE BLACK RAINBOW (COSMATOS), THE INNKEEPERS (WEST)

Sitges 2011 (V)

por Miguel Blanco Hortas

 



Geometría de la luz irisada

En mi segunda crónica desde Sitges comenté, acerca del cine digital, cómo la pantalla de cine se manifiesta dentro de la propia película: una pantalla que muestra otra pantalla. Y como ya señalé en la primera crónica, una imagen es capaz en este contexto de llevar a otra totalmente distinta. El cine siempre ha servido para hablar de lo que no es aparente, de aquello que se encuentra oculto detrás de nuestra realidad material –aquello que llamamos la muerte, o lo sobrenatural. Desde siempre, hemos concebido el cine como un elemento muerto capaz de cobrar vida. Apreciamos por tanto dos pasos equivalentes: el de los fotogramas que generan movimiento, y los de un muerto viviente. Ese doble ritmo modulado podría funcionar como una metáfora del Festival de Sitges, que invita al espectador a encontrar el fantástico en películas que aparentemente no están habitadas por él. A este respecto, en una futura crónica, espero escribir sobre Hong Sangsoo y su nueva “maravilla”, The Day He Arrives (2011), que al igual que un cineasta como Apichatpong Weerasethakul, utiliza el fantástico como elemento de introspección, también para dislocar sus narraciones, para llevarlas a un nuevo nivel, como lo hacen igualmente David Lynch o Monte Hellman (Road to Nowhere [2010] también se ha proyectado en Sitges) 1.

Es ya habitual encontrar todos los años en Sitges una película extremadamente cinéfila que entusiasma a unos pocos y que hace tirarse de los pelos a la mayoría. Este festival tiene un público muy fiel que desea ver piezas de género que jueguen alrededor de los tópicos del cine de terror, pero Sitges también trata con cariño a aquellos que buscamos una subversión. Siguiendo este último camino, este año aparece ante nuestros ojos Beyond the Black Rainbow (2010), la ópera prima de Panos Cosmatos, un filme experimental que parte de algunos elementos del cine popular para aislarlos y darles una nueva dimensión. El principal referente en este caso es el cine y la televisión de ciencia ficción de los años 70 y 80, especialmente el cine canuxploitation –es decir, el cine de explotación canadiense de aquella época, con el que se crió David Cronenberg, pero también otros cineastas reconocidos en el círculo de la serie B, como Bob Clark o David Winning. El canuxploitation, que tiende a moverse entre lo cutre y lo ignoto, es refinado por Cosmatos, quien es capaz de llevar los ambientes y las formas hasta la exasperación. Beyond the Black Rainbow es ensimismada, hasta tal punto que, en ocasiones, parece guiarse únicamente por la alternancia lumínica entre el rojo, el azul y el blanco. Es ese tipo de películas que suponen una experiencia fílmica por el simple hecho de verlas en una sala de cine: uno se sienta entre las primeras filas y, cuando uno de estos colores comienza a parpadear, como si la pantalla estuviese a punto de explotar, gira la cabeza y ve los rostros de los espectadores iluminados por la luz que dispara la pantalla.

Beyond the Black Rainbow comienza con un prólogo en el que un hombre anuncia su clínica privada, allá donde se construirá el futuro de la humanidad. Los colores son estridentes, el formato cuadrado. Esos primeros planos están filmados como un anuncio televisivo de los años setenta. Reconocemos ese exceso dramático en los actores. Pero tras los títulos de crédito -que parecen simular las estimulaciones sufridas por la retina de un ojo-, la cámara se pasea en un ritmo comatoso por las estancias luminosas de la clínica. Y es allí donde se produce un duelo dramático y psicológico entre un psiquiatra, Barry Nyle (Michael Rogers), y su paciente, Elena (Eva Allan), a través de una serie de acciones marcadas por la pasividad, alternadas con breves arrebatos de violencia que sufre Elena debido a sus poderes mentales -para dar una idea de ello, me remito a los protagonistas de Scanners (David Cronenberg, 1981).

En Beyond the Black Rainbow, los personajes siempre se mueven a lo largo de varios espacios constituidos por una serie de formas geométricas perfectas que proyectan o reflejan la luz: triángulos, cuadrados, cubos o rombos que alternan las luces de color rojo, blanco y azul, creando una extraña melodía audiovisual y electrónica. Esta cadencia del espacio sólo se verá interrumpida por breves episodios: en primer lugar, los fragmentos en los que Barry acude a su casa, un espacio estéticamente más realista en el que vive con su madre Rosemary, aunque su comunicación sea igual de críptica que la que mantiene con su paciente; después, un largo flashback que nos lleva a 1966, en el que descubrimos -o más bien intuimos, ya que en esta película la única certeza es la muerte- por qué Barry Nyle se encuentra en esa situación en la actualidad. Sin embargo, en lugar de tratarse de un flashback convencional o explicativo, lo que vemos en él no es más que una pesadilla de gritos combinada con fluidos, una pesadilla en la que únicamente atisbamos sombras caminando por una luz blanca y cegadora, una pesadilla onírica en la que parece haber una relación sexual, algunas drogas, una serie de experimentos científicos y ciertos encuentros metafísicos.

Beyond the Black Rainbow es una película de carácter transitorio, de cambio, de revolución: una extraña fusión entre la carne y el metal, entre lo analógico y lo digital. Sabemos que Panos Cosmatos creció con el recuerdo de The Twilight Zone (Rod Serling, 1959-1964) y otras series fantásticas, o de las películas canuck y el cine de algunos grandes cineastas americanos como George A. Romero o Larry Cohen. Sin embargo, esa herencia queda completamente refinada en su película: elimina todas las imperfecciones e impurezas (¡benditas impurezas!) provocadas por la coyuntura de la época, las deudas con los sistemas de producción y las modas, para llevar, en cambio, su estética y sus “tics” hasta el paroxismo. Y es justamente en esa mezcla de influencias procedentes del ámbito de la ciencia ficción que conoció en su infancia donde el recuerdo eliminó todo lo que a su juicio no funcionaba, guardando sólo las superficies, aquello que más brillaba. La operación emprendida en Beyond the Black Rainbow podríamos imaginarla a partir de una simple comparación: sería como si The Chemical Brothers versionara la música folk norteamericana de los años 70, o como si Neil Young hiciera una versión electrónica de su obra maestra, Tonight’s the Night. O, en definitiva, como una droga sintética de última generación.

Y dicho ésto, sin embargo, Beyond the Black Rainbow -que se sitúa en el año 1983, desplegando el tiempo en un viaje hasta 1966- parece proyectarnos hacia el futuro. Esa es la diferencia que media entre ella y un filme como Amer (Helene Cattet & Bruno Forzani, 2009), que vuelve a la memoria por la cinefilia férrea y el carácter experimental que ambas comparten. Pero mientras que Amer es un trabajo funerario, taxidermista, Beyond the Black Rainbow nos arrastra hasta el futuro –aunque éste sea una pesadilla-, allí donde el arte, la economía y la ciencia son ya la misma cosa. Si podemos decir que Amer certifica una muerte, que no puede haber nada tras ella, Beyond the Black Rainbow se presenta como una página en blanco, una película en expansión. Del mismo modo que la posible comparación con la droga sintética de la que hablábamos antes, este filme ofrece una puerta abierta a mundos imposibles, tanto si están habitados por el sueño como por las pesadillas.

Y a pesar de ello, tras haber conseguido convertir el celuloide en un metal refinado, en una experiencia visual fascinante, Cosmatos nos concede un final heterodoxo y quebradizo, que aumenta aún más lo arriesgado de la propuesta: abandonando las paredes de la clínica, Barry Lyne se desprende de su aspecto de científico refinado y se convierte en un monstruo de perfil similar al de un serial killer de un slasher. En ese instante, la estética de la película parece detonar, hasta llegar a convertir el filme en un exploit rupestre si lo relacionamos con lo que habíamos podido ver anteriormente. En este cambio enloquecido, adivinamos al cineasta imaginando una forma de suicidio para su película. Tanto es así que su final, tan estúpido e imposible como los de las más oscuras series Z, fue recibido con sonoras carcajadas por parte de una sala que, sin duda, había sufrido anteriormente con el ritmo pausado de la película.

Habitar el fantástico

La estrategia que aplica al género Ti West en su nuevo filme, The Innkeepers (2011), es a la vez parecida y muy diferente de la empleada por Cosmatos en Beyond the Black Rainbow. En The House of Devil (2009), el cineasta retomaba la estética del grindhouse americano para centrarse en aquello que más le interesaba: no se trataba de un ejercicio agitador ni intertextual, como el realizado por Quentin Tarantino en Death Proof (2007), sino más bien de un intento por habitar en el género. De este modo, en The House of Devil, Ti West fijaba su cámara y se concentraba en aquellos momentos que más atraían su atención. Si muchas películas de terror americano de bajo presupuesto de los años 70 conseguían, a partir de un guión diminuto, poder dar paso así a un festival de violencia y gore, West, en un acto de amor al género y a quienes lo hicieron posible, se centró precisamente en aquellos pequeños instantes, en las escenas posiblemente “intrascendentes”: tomar una pizza con una amiga mientras los personajes hablaban de necedades, o bien ponerles a bailar una canción de forma algo estúpida para pasar el rato. Esos asuntos “sin importancia” se convertirían en el centro del relato de The House of Devil, película que alcanzó un merecido estatus de culto, y que quizá merezca tanta o más consideración que Death Proof, ya que no necesitó mostrarse de forma tan excesiva y agresiva de cara al espectador.

Con The Innkeepers West sigue un método parecido, aunque su objetivo ya no sea el grindhouse, sino el blockbuster americano de los años 80. En el fondo, su trabajo tiene tanto de experiencia nostálgica y de homenaje como de trabajo crítico. En cuando al lado nostálgico, se puede apreciar cómo disfruta el cineasta retomando figuras e iconos del cine del pasado. No los agita ni los aísla, como en Amer o Beyond the Black Rainbow, sino que trata de esculpirlos y fijarlos en el tiempo, de darles una mayor dimensión. Películas como Back to the Future (Robert Zemeckis, 1985), Ghostbusters (Ivan Reitman, 1984) o Gremlins (Joe Dante, 1984) fueron productos realizados para su época que nuestra memoria cinéfila, infantil entonces, elevó a la categoría de mitos. West era uno de esos espectadores. Para él, en The Innkeepers, se nota que la trama es un asunto menor. La cuestión fundamental en este filme será la de poder existir dentro de esas películas, ser parte de ellas. Y también filmarlas.

Sin embargo, la sensación que a uno le queda tras ver The Innkeepers es que no es una película tan poderosa como The House of Devil, quizás porque el modelo en el que se basa resulta más esquivo. La estética del grindhouse, más agresiva y sucia, puede que resulte más atractiva a la hora de enfrentarse a una reelaboración. En el caso del blockbuster, su esencia también se encuentra en un cierto sentido de la narración, de la acumulación de ideas, algo que quizá está poco presente en The Innkeepers. Pero aún así, resulta admirable que una película de terror como ésta renuncie -salvo en un par de ocasiones- a los instantes privilegiados de tensión habituales, o incluso a los juegos argumentales de las películas de fantasmas. West apenas profundiza en la identidad de esos fantasmas que habitan la posada en la que transcurre la película, y tampoco busca una evolución en la relación de los personajes. En la película, todo ello aparece como algo estancado: renuncia a ser un film de temas para convertirse en otro de espacios, de imágenes. En The Innkeepers apenas encontraremos planos claramente marcados -el plano que avanza rápidamente hacia el rostro de los protagonistas, como si fuera un espíritu tratando de poseer un cuerpo- y el misterio termina sin resolverse. Sin duda, su cineasta sabe que los amantes del blockbuster en su sentido más tradicional -coronado por las tres películas que cité antes, aunque también por otras muchas que todo el mundo sabrá reconocer- sabrán quererla, al contrario que aquellos que buscan re-actualizaciones. Ti West ha realizado una película que, en su extraña unión de elementos retro, resulta realmente moderna.


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1. En este sentido, me gustaría invitar a la lectura del texto que escribió sobre ella Fernando Ganzo en Lumière, nº 4.


BEYOND THE BLACK RAINBOW
Estados Unidos, 2010
Director: Panos Cosmatos
Guión: Panos Cosmatos
Fotografía: Norm Li
Montaje: Nicholas T. Shepard
Diseño de producción: Bob Bottieri
Intérpretes: Michael Rogers, Eva Allan, Marilyn Norry

THE INNKEEPERS
Estados Unidos, 2011
Director: Ti West
Guión: Ti West
Fotografía: Eliot Rockett
Montaje: Ti West
Diseño de producción: Jade Healy
Música: Jeff Grace
Intérpretes: Sara Paxton, Pat Healy, Kelly McGillis, Lena Dunham