A LETTER TO MOMO (OKIURA) HANEZU (KAWASE)

Sitges 2011 (VI). Japón en ruinas (I): Un cine geológico

por Miguel Blanco Hortas

 


 


El año pasado, en las crónicas de este mismo festival, dediqué un artículo a las películas japonesas que más me habían interesado. En ellas encontraba, de manera afortunada (ya que raramente los cineastas se ponen de acuerdo para hablar de lo mismo, por mucho que los críticos nos pongamos a imaginar –lo que por otra parte tampoco está mal-), varias películas que trataban sobre colectivos formados por personas muy diferentes entre sí que trataban de mantenerse unidos de manera totalmente artificial, como si su supervivencia dependiera de ello, aunque finalmente fuera eso lo que propiciara su caída. La familia yakuza de Outrage (Takeshi Kitano, 2010), los patronos y obreros de Kanikosen (Hiroyuki Tanaka, 2009), los asesinos de Thirteen Assassins (Takashi Miike, 2010), la clase de Confessions (Tetsuya Nakashima, 2010) y la familia de Cold Fish (Sion Sono, 2010). Este año, las películas japonesas vienen marcadas por un hecho concreto. No por un hecho que habite en las películas, sino por algo que nos afecta a todos como cinéfilos y como personas. En el pasado marzo, Japón vivió una de las mayores tragedias de su Historia con el terremoto y posterior tsunami que terminó afectando a las infraestructuras y la seguridad de todo el país. Está claro que la mayoría de las películas que vemos fueron realizadas en un periodo anterior a este terrible suceso, pero es imposible no acordarse de él a la hora de pensar en las películas presentes en este festival.

Es el caso de la maravillosa A Letter to Momo (2011), la nueva obra de Hiroyuki Okiura, que hace ya doce años asombrara al mundo con la magistral Jin-roh (1999), basada en el mundo creado por Mamoru Oshii. Okiura es un cineasta que se mueve en tiempos muy amplios. Tanto que ha tardado siete años en realizar esta nueva película, fabricada totalmente a mano. Eso se nota en los aspectos más inapreciables del film. En el esfuerzo del brazo para cargar una maleta pesada. En el gesto cuidadoso de la abuela de Momo al levantarse. En la forma que los lazos que atan una caja caen en el suelo cuando el lazo se deshace. Podemos decir que en A Letter to Momo la física tiene sus propias reglas y ésta no tiene por qué ser realista. Su historia, alrededor de una niña que se va a vivir al pueblo de sus abuelos con su madre, puede recordar a las películas de Hayao Miyazaki, pero mientras que en la filmografía del gran maestro de la animación japonesa hay una invitación a la aventura, al descubrimiento de mundos fantásticos, en el caso de Okiura estamos ante una película más doméstica, pues casi siempre sucede en interiores de habitaciones. Incluso el propio pueblo puede considerarse como un espacio cerrado, pues es una pequeña isla rodeada por el mar.

También es una película donde el mundo de los vivos y de los muertos está en permanente comunicación. Momo ha perdido a su padre y, además, se considera culpable de su muerte. Tres espíritus guardianes bajan a la Tierra para cuidar de Momo. Caen del cielo en forma de gotas de agua, con la mala suerte de que tocan la cabeza de la niña, que a partir de ese momento será capaz de ver a los espíritus, invisibles para el resto. Momo mira las fotos de sus antepasados en casa de su abuelo y éstos parecen responderle. En Japón, la espiritualidad tiene algo de material. En el constante recuerdo de los seres queridos, en la repetición de los rituales funerarios. Quizás sea la sensación que nos ha dejado el cine.

Los espíritus guardianes de Momo son también más materialistas que los propios humanos. Cuando todavía son gotas, se introducen en un libro de dibujos y allí copian las formas de unos yokai. Es un bonito detalle de Okiura, que se pregunta si fueron antes los espíritus o nuestra forma de representarlos. Los tres protectores se dedican a robar comida y objetos sin importancia de la casa de Momo. Son irresponsables, avariciosos y egoístas, especialmente en la hilarante escena en la que roban unos bebés jabalíes para cocinarlos y terminan siendo perseguidos por los padres de éstos. La película derriba poco a poco cualquier arquetipo. No hay un discurso claro. No es una defensa de la espiritualidad frente al materialismo, ni de la tradición frente a la civilización. Al final del filme, cuando Momo tiene que salvar a su madre, recibe la ayuda de los espíritus, pero también utiliza un enorme puente para cruzar de una isla a otra.

Como película pequeña, A Letter to Momo tiene más que decir en los gestos y formas que representa que en la historia que pone en pantalla. Digamos que la segunda es consecuencia de la primera. Momo no tiene que salvar el mundo, ni encontrar un gran tesoro. Simplemente es otra vida más en una isla más. El bello inicio, con un barco atravesando varias islas, así lo señala. A Letter to Momo prefiere centrarse en lo intrascendental, en lo pequeño, en lo simple. Dedicar siete años y miles de animaciones a ello me parece un gesto de una enorme belleza.

Una directora a la que siempre he considerado cercana al cine de animación, por una extraña razón que soy incapaz de explicar, es Naomi Kawase. Quizás sea por la luminosidad que tienen sus películas. Sus tonos brillantes y sus colores intensos. Quizás porque al igual que el anime consigue expresar los sentimientos de sus personajes sin caer en los tópicos del cine japonés. Kawase es una directora hecha a sí misma, que comenzó su carrera con películas autobiográficas rodadas en video sobre la figura de su abuela. Allí aprendió a mover la cámara en los momentos de mayor intensidad dramática, a expresarse a través de los elementos que la rodeaban sin necesidad de mirar directamente al drama, pero también a posar su cámara, a mirar tranquilamente y a dejar que el tiempo se manifestara ante la cámara. De ahí llegaron las obras que la han convertido en una de las cineastas japonesas más importantes del cambio del siglo, con películas como Suzaku (1997) y Shara (2003), que quizás sigue siendo hoy en día la cumbre de su carrera.

A continuación, Kawase probó suerte en el cine más convencional, al menos desde el punto de vista dramático, con dos grandes películas, Mogari no Mori (2006) y Nanayo (2008), esta última poco considerada pese a su belleza superlativa. Sin embargo, estos últimos años, la directora alcanzó los momentos más bajos de su carrera, con su episodio para el Jeonju Digital Project, titulado Koma (donde palidecía al lado de sus compañeros de viaje, Hong Sangsoo y Lav Diaz), y el largo Genpin, documental sobre la maternidad y la muerte. En estas dos películas, Kawase era víctima de los excesos y vicios del video digital, con una cámara que se movía sin ningún pudor en temas “demasiado íntimos” como la sexualidad y la espiritualidad. Un cine zafio y mal realizado que nos hacía preguntarnos qué había sido de aquella gran cineasta.

La respuesta es Hanezu (2011), el regreso de Naomi Kawase a su estilo: rodada en 16mm, pero sin esa obsesión por la inmediatez documental, la cineasta filma un bello poema de amor y muerte alrededor de un triángulo amoroso. El filme, que comienza con una cita a una vieja leyenda japonesa sobre el amor que se profesaban tres montañas, contrasta esa leyenda con la historia de los tres protagonistas, pero también con la descripción de una misteriosa excavación que se produce en el pueblo en el que viven los personajes.

En Hanezu la cámara es pasiva y morosa, tanto que puede llegar a jugar con la paciencia del espectador, sobre todo si éste se encuentra en un festival de cine como éste. Apenas hay movimiento en ella. La protagonista se mueve entre la pasividad y el hastío que siente al lado de su marido y la pasión que encuentra junto a su amante. Pero Kawase apenas se involucra, y filma a las personas como filma las montañas o las plantas. Todo ello forma parte de un ecosistema que cambia de forma casi de un modo inapreciable. En muchas ocasiones, no consigo mantenerme “dentro” de la película, pero tampoco parece ser una obligación, ni una exigencia de Kawase. La película ofrece esa libertad: el misterio está en todas las cosas y nunca se desvela. Esa mujer ama a su marido, y al mismo tiempo lo engaña sin remordimientos junto a su amante. Pero también hay misterio en esas montañas que hablan a lo lejos, que parecen entonar incomprensibles canciones de amor, o en esa extraña excavación, de donde surge una voz del interior de la tierra. La cineasta filma entonces las sombras y el modo en que estas cambian, aparecen o desaparecen con el paso del tiempo. Entre un plano de las ruinas y otro de una montaña, Kawase introduce un breve extracto del gemido de un hombre haciendo el amor con una mujer: el placer pasajero frente a aquello que permanece inmóvil en el tiempo.

En su tercio final, la historia de los seres humanos se precipita en lo dramático, mientras que las montañas, las plantas y las ruinas siguen inamovibles. Hay algo de espiritual y legendario en la película, pero también de científico, ya que sólo al final descubriremos a lo que aluden esas ruinas: un proyecto del gobierno japonés para encontrar las ruinas más antiguas del Japón, allí donde comenzó a desarrollarse la civilización nipona, donde la Historia se confunde con la leyenda, un poco a la manera de lo que hizo Takashi Miike en The Bird People in China (1998), donde un yakuza y un hombre de negocios terminaban en un viejo poblado chino del que se suponía que partían los orígenes de los primeros japoneses.

Con Kawase, el tema de la identidad siempre ha estado unido a la necesidad de comprenderse uno mismo, de comprender el propio cuerpo y el entorno que le rodea. Hanezu prolonga esta línea, pero la proyecta a una nueva dimensión, desconocida en el cine de la directora japonesa. De lo personal hacia lo político, siguiendo las pautas habituales de su cine, con una tranquilidad y sencillez majestuosa. Como el crecimiento de un árbol que se desarrolla de manera lenta, a un ritmo que los humanos son incapaces de apreciar. Sin embargo, tras el hiato que supusieron sus dos últimas películas, la sorpresa de encontrarse con una película de Kawase como ésta es toda una sorpresa. En el mismo año en el que un desgraciado terremoto golpeó Japón, la cineasta ha vuelto a un cine geológico, a dejar de lado lo inmediato y lo aparente, a refugiarse en aquello que solo la mirada reposada de su cámara puede registrar.


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A LETTER TO MOMO
JAPÓN, 2011
Director: Hiroyuki Okiura
Guión: Hiroyuki Okiura
Fotografía: Koji Tanaka
Montaje: Junichi Uematsu
Sonido: Kazuhiro Wakabayashi
Música: Mina Kubota

HANEZU
JAPÓN, 2011
Director: Naomi Kawase
Guión: Naomi Kawase
Fotografía: Naomi Kawase
Montaje: Yusuke Kaneko
Sonido: Hiroki Hito, Naomi Kawase
Intérpretes: Tohta Komizu, Hako Oshima, Tetsuya Akikawa