KOTOKO, THE WHISTLER (TSUKAMOTO)

Sitges 2011 (VII). Japón en ruinas (II): De la ciudad a la naturaleza

por Miguel Blanco Hortas

 


 

Kotoko Tsukamoto

 

Hasta el momento, una aplastante mayoría de las películas de Shinya Tsukamoto estaba protagonizada por hombres. Las suyas suelen ser películas muy personales que colocan al propio director (o a un alter ego) al frente del relato. Todas sus películas tienen algo de ritual de purificación, donde el cuerpo debe sufrir heridas y lesiones para extirpar su culpa. Japón posee una sociedad en la que la mujer sigue estando marginada, de ahí que el cine, desde Kenji Mizoguchi hasta Sion Sono, haya querido mostrar las dificultades para su emancipación de la protección del hombre, así como los continuos fracasos de su liberación.

Shinya Tsukamoto dibujó en Tokyo Fist (1995) su primer papel femenino importante, con aquella mujer dividida entre dos hombres que perforaba y decoraba su cuerpo con piercings y tatuajes para poder sentir algo ante una vida anodina y sin alicientes, como forma de estimular su cuerpo a reaccionar. En A Snake of June (2002) fue más allá, al incluir a su primera mujer protagonista: aquella ama de casa (interpretada por Asuka Kurosawa, en uno de los papeles femeninos más intensos del cine japonés reciente) a punto de perder su feminidad (y, quizás, su vida) por una enfermedad, que, para liberarse de la prisión que era la vida con su marido, se sometía a los perversos juegos sexuales del personaje interpretado por Shinya Tsukamoto.

En este 2011, Tsukamoto ha presentado dos películas y en ambas las mujeres ocupan todo el protagonismo. En Kotoko, un ama de casa vive obsesionada con la protección de su hijo. Y en The Whistler, una mujer cuida de su hermana moribunda, encerrada, atrapada en las labores del hogar, mientras recuerda la última oportunidad que tuvo de ser libre. Ambas son películas extrañas para Tsukamoto, no únicamente por el protagonismo femenino, también por la poca espectacularidad y agresividad que tienen, al menos si las comparamos con la saga Tetsuo (1989, 1992 y 2009). De estas dos nuevas películas, la más extraña es Kotoko, una obra anárquica que está cambiando continuamente de tono. En su primera parte cuenta, en efecto, la preocupación de una madre por la seguridad de su hijo. Sueña con que lo tira de una azotea. No puede soportar sus llantos, pero al mismo tiempo se vuelve loca cada vez que le sale el menor rasguño. Una relación siempre en el filo, en el que pone al niño en situaciones límite para poder demostrar su amor desesperado hacia él. Terminan quitándoselo y la película cambia. Hay unos minutos de pausa en los que la mujer protagonista vive desorientada. Visita a su hijo, que se encuentra junto a su hermana. Canta una canción en la parte trasera de un autobús. La interprete protagonista es una famosa cantante de J-Pop. En ese momento, aparece Shinya Tsukamoto, interpretando a un alter ego de sí mismo. Un escritor de éxito (tiene una novela llamada Bullet Dance, similar a la película de Tsukamoto Bullet Ballet, de 1998). Es un personaje sadomasoquista enamorado ingenuamente de Kotoko. Ésta, que decidió no mirar ni pensar en los hombres para dedicarse en exclusiva a su hijo, somete a Tsukamoto a sesiones continuadas de tortura, que únicamente consiguen que su amor hacia ella crezca. Esta parte contiene alguna de las mejores escenas de la película. Ella se corta periódicamente las venas, no por deseo de suicidarse, sino para descubrir que su sangre sigue corriendo. El personaje de Tsukamoto la encuentra y la salva, pero en cuanto la deja libre, ella vuelve a hacer lo mismo. Poco después, tras una de las más duras sesiones de ultraviolencia, Tsukamoto se queda con toda la cara desfigurada. Ella comienza a llorar y a darse cabezazos contra la pared. Él la abraza para evitarlo, pero ella quiere hacerse daño. Entonces inician un involuntario baile violento, chocando con todos los objetos de la habitación, mientras la cámara les sigue con movimientos impulsivos, acercándose y alejándose bruscamente, los movimientos ya clásicos del cine de Tsukamoto, que hasta ese instante parecían hacer acto de presencia en la película como marca de estilo y no como una necesidad.

En este ininterrumpido crecimiento de la violencia, la película entra en su recta final perdiendo toda su coherencia temporal. Empiezan los saltos en el tiempo en todas direcciones, derivas narrativas, sueños y confusiones entre ficción y realidad, hasta llegar al punto de que quizás nada de lo que hemos visto durante todo el metraje haya sido real, sino fruto de la mente desequilibrada de la protagonista, incluidos el personaje de Tsukamoto y su hijo. En su estrategia de derribo, Tsukamoto, el director, termina cruzando su película con el terremoto y posterior tsunami que sembró el caos en Japón. En su tono apocalíptico, incluye una de las imágenes más salvajes que haya filmado nunca: un primer plano del hijo de Kotoko estallando más de mil pedazos tras recibir el disparo de una escopeta. Es una imagen dolorosa, tanto que me pregunto si Tsukamoto no habrá ido demasiado lejos. En su cruzada por acabar con los tabúes de la sociedad japonesa, el director de Tetsuo va un paso más allá. Nunca ha filmado un momento tan aterrador y tan cuestionable, ante el que es difícil no sentirse turbado. Contagiados por la pasión homicida de la protagonista, los espectadores se vuelven cómplices de su crimen, sea real o imaginado. En Bullet Ballet, uno de los personajes invitaba a otro a matar a toda la gente que pudiese, puesto que Tokyo no era más que un sueño.

Tsukamoto somete a la película a toda una serie de estímulos violentos. No solo violencia física, de un personaje sobre otro, sino también violencia de la propia imagen (una fotografía digital menos oscura y turbia de lo que vimos en Haze, de 2005, o Tetsuo: The Bullet Man, las anteriores películas en digital del director) y de su montaje. Tras este proceso de mutilación de la imagen, cualquier hecho parece pertinente de ser filmado. Tsukamoto destruye la civilización (de nuevo) y hace regresar a su personaje principal a un estado primitivo, algo que le permitirá sobrevivir, una vez que la civilización y todo lo que conocemos haya sido destruido.

Tsukamoto odia la civilización. En Tetsuo quería desintegrar Tokio, reducirlo a polvo cósmico. En esa ciudad escribió sus poemas de amor y odio más bellos. Historias sobre la desesperación urbana contemporánea. Quizás ha sido el gran cronista de esa ciudad en los últimos 30 años. Por eso resulta curioso que The Whistler ocurra en un espacio rural. Es una historia sobre el Japón más tradicional. Un encargo para la serie de televisión Kaidan Horror Classics que Tsukamoto lleva a su terreno. La trama sigue a dos hermanas que viven prácticamente aisladas del mundo, dominadas por el severo silencio del padre y la ausencia de la madre. La pequeña es una enferma terminal y la mayor vive marginada por el padre, que le prohíbe casarse con el hombre que ama, que finalmente se alista en el ejército y va a la guerra.

La película contiene dos tipos de escenas. Las primeras son muy dramáticas, en el interior de la casa, donde las dos hermanas se confiesan y hablan de sus fracasados sueños de libertad ante la proximidad de la muerte de la más pequeña. Son escenas que progresivamente aumentan en intensidad y que terminan por romper el tratamiento formal clásico de las situaciones domésticas del cine japonés. Lo que empieza como una distancia dolorosa entre las dos hermanas, una barrera que las separa, se va poco a poco quebrando, hasta que en una de las dos últimas escenas, con la hermana pequeña al borde de la muerte, ambas dejan atrás toda distancia y se abrazan en un último abrazo entre lágrimas. Paralelamente cohabitan en la película las escenas que transcurren en el exterior, en el bosque que rodea la casa. Allí la protagonista entra en contacto con la naturaleza. Una naturaleza muy expresiva que rompe con la rutina del interior del hogar, convirtiéndose en un espacio irreal, que da lugar a la aparición de lo fantástico. Las flores de los cerezos que pueblan las ramas de los árboles. El agua que fluye entre las rocas. Y la vegetación que se apodera de los vestigios humanos abandonados. Tsukamoto lo filma con fascinación, describiendo ese mundo por primera vez, hasta ahora inédito en su filmografía. No es la primera película que rueda Tsukamoto fuera de los rascacielos de Tokio, pero sí la primera en la que la naturaleza juega un papel fundamental, en la que está filmada con tanta dedicación. En este espacio, la protagonista puede soñar con otro mundo. Se le aparece el fantasma de su amor perdido, pero no es más que una visión que le atormenta. Desaparece lentamente y tras él se encuentra la figura de un Buda encerrado entre las rocas. Estamos en el mundo del kaidan, del cuento de terror clásico japonés, donde no existe división entre lo real y lo fantástico, entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Alejado de su serie de Tetsuoy también de sus dramas filmados sin distancia alguna (Tokyo Fist, de 1995, y Bullet Ballet), el maestro japonés filma una historia de terror fantástico donde lo que menos importa son los elementos de género. Lo fundamental es observar cómo una persona, una mujer, reacciona ante lo sobrenatural, que en este caso se manifiesta de manera impresionista a través de la naturaleza, y ante la inminente llegada de la muerte. Las películas de Tsukamoto siempre son fatalistas. En ellas, su protagonista siente la muerte muy de cerca y eso le lleva a experimentar situaciones al borde o más allá de lo real. Su cine parecía ver avecinarse la llegada del tsunami, o de otra catástrofe similar, en ese Japón que había olvidado los horrores de su pasado, escondiéndolos como un mal sueño frente a su progreso económico. En tiempos de crisis y tras la tragedia humanitaria del pasado marzo, Tsukamoto ha radicalizado su cine. En lo formal y lo visual con Kotoko. Pero también, de una manera más compleja, con el poético cuento de frustración femenina y duda religiosa que es The Whistler. El hermoso final, tras la muerte de la hermana y el corte directo con la cámara sobrevolando las flores de los cerezos, es una de las más bellas escenas del cine de Tsukamoto.


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the whistler tsukamoto


 


KOTOKO
JAPÓN, 2011
Director: Shinya Tsukamoto
Guión: Shinya Tsukamoto
Fotografía: Satoshi Hayashi, Shinya Tsukamoto
Montaje:Shinya Tsukamoto
Intérpretes: Cocco, Shinya Tsukamoto

THE WHISTLER
JAPÓN, 2011
Director: Shinya Tsukamoto
Perteneciente a la serie Kaidan Horror Classics